martes, 25 de marzo de 2008

Sanar las heridas de nuestra historia: recordar sin odio ni violencia

Martes 25.03.2008
Editorial - Programa Nº 329
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“La memoria de un pueblo se nutre de innumerables hechos que jalonan su historia. Algunos han de ser celebrados como acontecimientos fecundos que fortalecen la convivencia social. Otros, aunque generen dolor y tristeza, no deben ser silenciados.”[1]

Los argentinos volvemos nuestra mirada al pasado para recordar el quiebre de nuestra vida democrática del 24 de marzo de 1976. Este hecho, acontecido en un contexto de gran fragilidad institucional, y consentido por parte de la dirigencia de aquellos momentos, tuvo graves consecuencias que marcaron negativamente la vida y la convivencia de nuestro pueblo.

Ahora ¿Qué sentido tiene traer hoy a la memoria tan doloroso aniversario? ¿Con qué espíritu lo haremos?

En el año 1968, el Papa Pablo VI inaugura en la ciudad de Medellín, Colombia, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Estamos en plena vigencia de las dictaduras militares. Allí el Papa, reconoce que hay una ola desbordante de inquietudes por el desarrollo de los países de América Latina agitados por la conciencia de los desequilibrios económicos, políticos, sociales y morales.

Los obispos denuncian que existe una "violencia institucionalizada" para subrayar que "un sordo clamor brota de millones de hombres, como injusticia que clama a los cielos". Hablan, además, de la "vigencia de estructuras inadecuadas e injustas" que pesan duramente sobre los pueblos del continente. También afirman que: "Nos sentimos en la obligación de afirmar, ante nuestros Obispos y eventualmente ante el mundo, el resultado fundamental de nuestra reflexión pastoral: América Latina, desde hace varios siglos es un continente de violencia [...] y pedimos a nuestros Pastores que en la consideración del problema de la violencia en América Latina se evite por todos los medios equiparar o confundir la violencia injusta de los opresores que sostienen este nefasto sistema, con la justa violencia de los oprimidos, que se ven obligados a recurrir a ella para lograr su liberación".

Si hacemos un viaje al pasado de nuestra historia argentina, nos encontramos con Mons. Enrique Angelelli, quien a su muerte era el obispo de la provincia de La Rioja. Fue asesinado el 4 de agosto de 1976, a meses del golpe de estado, cuando su coche sufrió un accidente y el cuerpo de Mons. Angelelli apareció brutalmente golpeado y muerto en el paraje riojano Punta de los Llanos. Caso no aclarado y denunciado por los fallecidos obispos Mons. Jaime de Nevares y Mons. Jorge Novak, y de Mons. Miguel Esteban Hesayne, obispo emérito de Viedma.

La última dictadura no respetó sotanas, hábitos, edades, condición de mujeres, embarazadas o no. Muchos fueron los sacerdotes, religiosas, religiosos, y laicos perseguidos, asesinados, torturados y desaparecidos en esta etapa. Aún en otros países quedan causas abiertas contra represores involucrados en esos crímenes de lesa humanidad.

Estos hechos del pasado, que nos hablan de enormes faltas contra la vida y la dignidad humana, y del desprecio por la ley y las instituciones, son una ocasión propicia para que los argentinos nos arrepintamos una vez más de nuestros errores y para asimilar, en la construcción del presente, el aprendizaje que nos brinda nuestra historia.

Los cristianos, cuando recurrimos a la memoria, lo hacemos para purificarla y constituirla en fuente de sabiduría, reconciliación y esperanza.

Por ello, si asumimos nuestra historia como verdadera maestra de nuestra vida presente, podremos vivir en el respeto a la ley, fortalecer nuestras instituciones y consolidar una democracia fundada en los valores de la verdad y la vida, de la justicia y la solidaridad, del amor y la paz.

A veces creo que debemos descubrir los motivos que han impulsado a los seres humanos a lo largo de la historia a matarse y a torturarse por sus diferencias en materia religiosa, política o económica. La respuesta es que la defensa de la pureza moral frente al vicio y la contaminación es la causa de la crueldad y la intolerancia humanas.

Cuando preparaba esta editorial me vino a la memoria lo que dijera el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Mons. Estanislao Karlic, en la confesión de las culpas, arrepentimiento y pedido de perdón de la Iglesia en la Argentina, realizado en el acto de apertura del Encuentro Eucarístico Nacional, el viernes 8 de septiembre de 2.000 a las afueras de la ciudad de Córdoba. En este histórico documento la Iglesia reconoce culpas, pecados, errores y omisiones por haber sido "indulgente" con los totalitarismos que "lesionaron libertades democráticas que brotan de la dignidad humana".

En este mea culpa, la Iglesia argentina pidió al Señor de la Vida y la Historia: "Padre bueno y lleno de amor, perdónanos y concédenos la gracia de refundar los vínculos sociales y de sanar las heridas todavía abiertas en tu comunidad."[2]

Solicitó "el perdón por no haber rechazado adecuadamente el antisemitismo". Este documento también reconoce "la responsabilidad de tantos cristianos en graves formas de injusticia y marginación social"[3].

En esa confesión de culpas, el documento recuerda: "Te pedimos perdón por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto desencuentro político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y las guerras, y la muerte absurda que ensangrentaron nuestro país."[1]

"Porque el mal de la violencia, fruto de ideologías de diversos signos, se hizo presente en distintas épocas políticas, particularmente la violencia guerrillera y la represión ilegítima, que enlutaron nuestra patria."[2]

Quizás usted pueda o no estar de acuerdo con esta editorial, pero solamente quise dejar mi opinión trayendo a la memoria esta autocrítica de la Iglesia argentina que se inscribió en la recomendación de hacer examen de conciencia y arrepentimiento por parte del Papa Juan Pablo II en el año 2.000, Año del Gran Jubileo.

Deseo concluir con la súplica que cerraba esta confesión de las culpas, arrepentimiento y pedido de perdón diciendo: "Padre, tenemos el deber de acordarnos ante Ti de aquellos hechos dramáticos y crueles. Supliquemos a Dios, Señor de la historia, que acepte nuestro arrepentimiento, y sane las heridas de todos los sectores de nuestro Pueblo".

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa Radial
EL ALFA Y LA OMEGA

[1] “Recordar el pasado para construir sabiamente el presente”
Declaración difundida al término de la 143ª Reunión de la Comisión Permanente del Episcopado - 15 de marzo de 2006
[2] “Reconciliación de los bautizados.” Confesión de las culpas, arrepentimiento y pedido de perdón de la Iglesia en la Argentina, en el acto de apertura del Encuentro Eucarístico Nacional, el viernes 8 de septiembre de 2000.
[3] IBIDEM

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