miércoles, 21 de abril de 2010

La acción creadora del Espíritu de Dios – Programa Nº 437

Anticipandonos a Pentecostés, EL ALFA Y LA OMEGA, irá ofreciendo diferente material sobre este tema.

La importancia que se da en el lenguaje bíblico al ruah como 'soplo de Dios' parece demostrar que la analogía entre la acción divina invisible, espiritual, penetrante, omnipotente, y el viento, tiene su raíz en la psicología y en la tradición de donde se alimentaban y que al mismo tiempo enriquecían los autores sagrados. Aun dentro de la variedad de significados derivados, el término servía siempre para expresar una 'fuerza vital' que actúa desde fuera o desde dentro del hombre y del mundo. Incluso cuando no designaba directamente a la persona divina, el término referido a Dios, espíritu (o soplo) de Dios, imprimía y hacía crecer en el alma de Israel la idea de un Dios espiritual que interviene en la historia y en la vida del hombre, y preparaba el terreno para la futura revelación del Espíritu Santo.

Así, podemos decir que ya en la narración de la creación, en el libro del Génesis, la presencia del 'espíritu (o viento) de Dios', que aleteaba sobre las aguas mientras la tierra estaba desierta y vacía, y las tinieblas cubrían el abismo (Cfr. Gen 1, 2), es una referencia de notable eficacia a 'aquella fuerza vital'. Con ella se quiere sugerir que el 'soplo' o 'espíritu' de Dios desempeñó un papel en la creación: casi un poder de animación, junto con la 'palabra' que da el ser y el orden a las cosas.

La conexión entre el espíritu de Dios y las aguas, que observamos al principio de la narración de la creación, vuelve parecer de otra forma en diversos pasajes de la Biblia y se hace más estrecha porque el Espíritu mismo es presentado como un agua fecundante, manantial de nueva vida. En el libro de la consolación, el segundo Isaías expresa esta promesa de Dios: “Porque derramaré agua sobre el suelo sediento y torrentes sobre la tierra seca; derramaré mi espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre tus vástagos. Ellos brotarán como la hierba entre las aguas, como sauces al borde de los arroyos”. (Is 44, 3.4). El agua que Dios promete verter es su espíritu, que 'derramará' sobre los hijos de su pueblo. De forma semejante el profeta Ezequiel anuncia “…ya no les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado mi espíritu sobre la casa de Israel -oráculo del Señor-.” (Ez 39, 29).

En la narración de la creación, tras la mención inicial del espíritu o soplo de Dios que aleteaba sobre las aguas (Gen 1, 2) no encontramos más la palabra ruah, nombre hebreo del espíritu. Sin embargo, el modo en que es descrita la creación del hombre sugiere una relación con el espíritu o soplo de Dios. En efecto, se lee que, después de haber formado al hombre con el polvo del suelo, el Señor Dios “…sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente”. (Gen 2, 7). La palabra 'aliento' (en hebreo neshama) es un sinónimo de 'soplo' o 'espíritu' (ruah), como se deduce del paralelismo con otros textos: en vez de 'aliento de vida' leemos 'soplo de vida' en Génesis 6, 17. Por otra parte, la acción de 'insuflar', atribuida a Dios en la narración de la creación, es aplicada al Espíritu en la visión profética de la resurrección (Ez 37, 9).

Por tanto, la Sagrada Escritura nos quiere dar a entender que Dios ha intervenido por medio de su soplo o espíritu para hacer del hombre un ser animado. En el hombre hay un 'aliento de vida', que procede del 'soplar' de Dios mismo. En el hombre hay un soplo o espíritu que se asemeja al soplo o espíritu de Dios. Cuando el libro del Génesis, en el capitulo segundo, habla de la creación de los animales (v. 19), no alude a una relación tan estrecha con el soplo de Dios. Desde el capítulo anterior sabemos que el hombre fue creado 'a imagen y semejanza de Dios' (1, 26.27).

Otros textos, sin embargo, admiten que también los animales tienen un aliento o soplo vital, y que lo recibieron de Dios. Bajo este aspecto el hombre, salido de las manos de Dios, aparece solidario con todos los seres vivientes. Así el salmo 103/104 no establece distinción entre los hombres y los animales cuando dice, dirigiéndose a Dios Creador: “Todos esperan de ti que les des la comida a su tiempo: se la das, y ellos la recogen; abres tu mano, y quedan saciados”. (vv. 27.28). Luego, el salmista añade: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra”. (vv. 29.30). Por consiguiente, la existencia de las criaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la tierra.

La primera creación, desgraciadamente, fue devastada por el pecado. Sin embargo, Dios no la abandonó a la destrucción, sino que preparó su salvación, que debía constituir una 'nueva creación' (Cfr. Is 65, 17; Gal 6, 15; Ap 21, 5). La acción del Espíritu de Dios para esta nueva creación es sugerida por la famosa profecía de Ezequiel sobre la resurrección. En una visión impresionante, el profeta tiene ante los ojos una vasta llanura 'llena de huesos', y recibe la orden de profetizar sobre estos huesos y anunciar: “La mano del Señor se posó sobre mí, y el Señor me sacó afuera por medio de su espíritu y me puso en el valle, que estaba lleno de huesos. Luego me hizo pasar a través de ellos en todas las direcciones, y vi que los huesos tendidos en el valle eran muy numerosos y estaban resecos. El Señor me dijo: "Hijo de hombre, ¿podrán revivir estos huesos?". Yo respondí: “Tú lo sabes, Señor”. El me dijo: "Profetiza sobre estos huesos, diciéndoles: Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Así habla el Señor a estos huesos: Yo voy a hacer que un espíritu penetre en ustedes, y vivirán”. (Ez 37, 1.5). El profeta cumple la orden divina y ve 'un estremecimiento y los huesos se juntaron unos con otros' (37, 7). Luego el profeta continúa diciendo: “Al mirar, vi que los huesos se cubrían de nervios, que brotaba la carne y se recubrían de piel, pero no había espíritu en ellos. Entonces el Señor me dijo: "Convoca proféticamente al espíritu, profetiza, hijo de hombre, Tú dirás al espíritu: Así habla el Señor: Ven, espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que revivan". Yo profeticé como él me lo había ordenado, y el espíritu penetró en ellos. Así revivieron y se incorporaron sobre sus pies. Era un ejército inmenso”. (37, 8.10)

El primer sentido de esta visión era el de anunciar la restauración del pueblo de Israel tras la devastación y el exilio: “Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.” (37, 14). Sin embargo, a la luz del misterio pascual de Jesús, las palabras del profeta adquieren un sentido más fuerte, el de anunciar una verdadera resurrección de nuestros cuerpos mortales gracias a la acción del Espíritu de Dios.

El Apóstol Pablo, expresa esta certeza de fe, diciendo: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes”. (Rom 8,11). En efecto, la nueva creación tuvo su inicio gracias a la acción del Espíritu Santo en la muerte y resurrección de Cristo. En su Pasión, Jesús acogió plenamente la acción del Espíritu Santo en su ser humano (Cfr. Hb 9,14), quien lo condujo, a través de la muerte, a una nueva vida (Cfr. Rom 6,10) que él tiene poder de comunicar a todos los creyentes, transmitiéndoles este mismo Espíritu, primero de modo inicial en el bautismo, y luego plenamente en la resurrección final.

La tarde de Pascua, Jesús resucitado, apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo, renueva sobre ellos la misma acción que Dios Creador había realizado sobre Adán. Dios había 'soplado' sobre el cuerpo del hombre para darle vida. Jesús 'sopla' sobre los discípulos y les dice: 'Recibid el Espíritu Santo' (Jn 20, 22).

El soplo humano de Jesús sirve así a la realización de una obra divina más maravillosa aún que la inicial. No se trata sólo de crear un hombre vivo, como en la primera creación, sino de introducir a los hombres en la vida divina.

Con razón, pues, San Pablo establece un paralelismo y una antítesis entre Adán y Cristo, entre la primera y la segunda creación, cuando escribe: “Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida”. (1 Cor 15, 45). Cristo resucitado, nuevo Adán, está tan penetrado, en su humanidad, por el Espíritu Santo, que puede llamarse él mismo 'espíritu'. En efecto, su humanidad no tiene sólo la plenitud del Espíritu Santo por sí misma, sino también la capacidad de comunicar la vida del Espíritu a todos los hombres. 'Por tanto, el que está en Cristo -escribe San Pablo- es una nueva creación' (2 Cor 5, 17).

Se manifiesta así plenamente, en el misterio de Cristo muerto y resucitado, la acción creadora y renovadora del Espíritu de Dios, que la Iglesia invoca diciendo: 'Ven Espíritu Creador'.