martes, 24 de enero de 2012

Porque creemos y rezamos a los santos

Este es un tema que trae mucha controversia entre los cristianos evangélicos y hasta en los católicos que por nuestras malas catequesis no hemos sabido transmitir la fe y no hemos puesto las cosas en su verdadero lugar. La Iglesia no inventa santos, ni hace santo a una persona, Dios es quien lo santifica, la Iglesia sólo reconoce lo que Dios ha hecho, y por lo mismo las reconoce como modelos en las virtudes cristianas y pone como ejemplo y camino para que todos los hombres y mujeres de buena voluntad encuentren la senda que conduce a ese estado maravilloso y pleno que el Señor quiere de cada uno de nosotros, como hijos suyos y como Padre amoroso que es.

Los vocablos hebreo y griego para “santidad” transmiten la idea de puro o limpio en sentido religioso, apartado de la corrupción. La santidad de Dios denota su absoluta perfección moral. En español se utiliza la palabra santa cuando se trata de una mujer (por ejemplo, Santa Teresa de Jesús). Cuando es un hombre se utiliza siempre “San”, con las excepciones de Santo Tomé, Santo Toribio, Santo Tomás, y Santo Domingo, en las que se emplea el término completo.

Los santos fueron personas destacadas por sus virtudes y son como modelos capaces de mostrar a los demás un camino ejemplar de perfección. Al ser Dios amor, su principal virtud es, consecuentemente, su capacidad para amar a Dios y a los demás seres humanos. El cristianismo considera además que toda la humanidad está llamada a ser santa y a seguir a los santos, que representan el ejemplo de creencia y seguimiento de Dios cuya vida puede resumirse en un sólo concepto: el amor al ser supremo.

Muchas veces con asombro me encuentro con testimonios relacionados a los santos, como por ejemplo, “San Antonio no me cumplió la promesa y lo pongo de cabeza y así “castigo” al santo”, o sino esa disputa que existe que un santo puede ser más milagroso que otro. De hecho, los santos no hacen milagros. Los santos piden junto con nosotros para que el milagro o gracia pedida en la oración ocurra, si Dios así lo permite o desea.

Muchas personas por el amor que tienen a María o a algún santo le dedican un culto muy particular, hasta el extremo de adorarlo (la mayoría de las veces sin saberlo) y allí es cuando cometemos un error grave: debemos aprender como manifestar nuestro respeto a las imágenes que nos recuerdan a la Virgen, al Sagrado Corazón, como a cualquier santo, lo saludamos haciendo una pequeña reverencia con mucha piedad, inclinando la cabeza y nuestra mano en el corazón, sin necesidad de hacernos la señal de la cruz, ni arrodillándonos, ya que esas imágenes no son divinas ni tienen ningún poder sobrenatural, solo nos recuerdan a aquellos que hoy están en la presencia del Padre; no cometemos ningún pecado manifestando nuestro respeto y amor de esta manera ya que la adoración se la reservamos por completo a Dios y a Jesucristo presente en el Sacramento de la Eucaristía.

Ya en el concilio de Trento, en el año 1563, decía al respecto: “Deben tenerse y conservarse las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los otros santos y tributárseles el debido honor y veneración, no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, sino porque el honor que se les tributa, se refiere a los originales que ellas representan; adoramos a Cristo y veneramos a los santos, cuya semejanza ostentan aquéllas”.

Es importante hacer hincapié sobre el hecho de que esta autorizada declaración nos recuerda que todos los beneficios de Dios los obtenemos por intermedio de Jesucristo, "que es nuestro único Redentor y Salvador". Pero venerar a los santos, no nos aparta de Cristo. Cuando oramos a nuestra Señora y a los santos, les rogamos a ellos que gozan del favor de Dios, que intercedan por nosotros ante Dios, a fin de recibir de El, a través de Jesucristo, lo que necesitamos. No pedimos a Nuestra Señora o a los santos que nos concedan favores, sencillamente porque sabemos que no pueden concederlos. A Dios le pedimos que tenga misericordia de nosotros, que nos perdone, y nos conceda los beneficios que merezcamos.

Volviendo al tema principal de esta editorial, que entendemos por la palabra santo, la misma se utiliza como adjetivo para indicar una relación directa con Dios, El es la fuente de toda santidad y, así, llamamos santas las cosas relacionadas con él o dedicadas a él: “Santas Escrituras”, “un lugar santo”, “Tierra Santa”. También llamamos santos a los hombres y mujeres que El santificó. El hombre por sí mismo no es capaz de la santidad, sólo es capaz de colaborar con Dios y responder positivamente a las gracias que El otorga.

Hay muchos caminos para llegar a la santidad, sea cual sea nuestra vida, podemos ser santos. Unos llegaron a la santidad por la vía del martirio (dar la vida por Cristo); hay santos en todos los estados de la vida: vírgenes, religiosos, casados, viudos, sacerdotes, jóvenes, niños, reyes, pobres, ricos y pobres, sabios y campesinos sin estudio, esclavos, soldados y hasta prostitutas (como María Magdalena) y ladrones (como el buen ladrón crucificado junto a Jesús) han alcanzado la santidad. San Agustín decía: ¿Lo que estos y estas hicieron ¿no lo podrás hacer tú también?

Los milagros existen, pero no son signos de santidad. Que nos quede muy claro y esto es muy importante para nuestra vida de fe, que realmente los milagros no los hace el santo, ¿esta claro esto? El santo no OTORGA ninguna gracia, ni pedido que le hagamos, el único que nos da las gracias pedidas en nuestra oración al santo, cualquiera que sea el santo, la OTORGA Dios, aunque muchas veces elige hacerlos a través de alguien, por ejemplo: a San Expedito que es el patrono de las causas urgentes, o a San Cayetano, patrono del trabajo, nunca olvidemos que quién hizo lo que pedimos en la oración al santo fue: Dios.

María en cambio, es Mediadora entre Dios y los hombres, en cuanto que Ella presenta a su Hijo los bienes y súplicas de nosotros a Dios y, a la vez, transmite la vida divina que se nos ofrece en Cristo Jesús. Hay que saber, sin embargo, que la mediación de Cristo es única en cuanto que es por virtud propia y exclusiva. Como dice San Pablo: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también” (1 Timoteo 2,5). En cambio, la mediación de María es, por voluntad de Jesús, participada y subordinada a la de Cristo, pero es verdadera mediación: en virtud de su Maternidad divina que establece una especial unión con la Trinidad, y en virtud de su Maternidad espiritual que establece una relación especial con todos los hombres. Así, es Mediadora en cuanto que se encuentra sirviendo de lazo de unión entre dos extremos: Dios y los hombres.

Dice Santo Tomás que nada impide que existan entre Dios y los hombres, por debajo de Cristo, mediadores secundarios que cooperen con Él de una manera dispositiva o ministerial; es decir, disponiendo a los hombres a recibir la influencia del Mediador principal o transmitiéndosela, pero siempre en virtud de los méritos de Jesucristo.

Nuestros hermanos separados, denuncian que los católicos adoramos imágenes, cuando nos dirigimos a los santos o la Virgen, representados por una imagen, veamos bien cómo es esto. En el libro del Éxodo 20, 4-5, leemos: “No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto…”

Por lo tanto, a primera vista parecería que nuestros hermanos evangélicos tienen razón. Pero en otros pasajes de la Biblia el mismo Dios ordena hacer imágenes. Por ejemplo, en el mismo libro del Éxodo 25, 18-19, está escrito: “…y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa”. Notemos que es el propio Dios quien ordena la confección de esos dos ángeles, así como ponerlos a ambos lados del Arca de la Alianza.

Dios pareciera que se contradice, Dios prohíbe hacer imágenes, ¿y al mismo tiempo manda hacerlas? Espere no se inquiete, hacer imágenes no constituye pecado en sí mismo, pero puede serlo dependiendo del fin con que sean esculpidas. Por eso, Dios prohíbe terminantemente producir una imagen con el fin de adorarla como si fuese un dios. Esto se explica porque en aquella época los israelitas estaban rodeados de naciones paganas idólatras, es decir, que creían que las estatuas eran dioses o estaban dotadas de propiedades divinas, y por eso las adoraban y eran tendientes a imitarlas.

Antes de terminar mi editorial, quisiera explicarles cuatro modos que debemos aprendernos (no de memoria) sobre diferentes maneras de expresar nuestro amor a Dios, a Jesús, a su Madre la Virgen y los santos, puede ser un poco difícil de recordar pero nos ilustran muy bien como rendir el culto sin meter la pata:

LatríaLatría es un término usado en la teología para referirse a la forma más alta de reverencia, la cual debe ser dirigida solamente a Dios o la Trinidad. Latría es también usado como sufijo, con el significado de adoración, en composiciones como, por ejemplo, idolatría: adoración a los ídolos.

HiperdulíaLa Hiperdulía es el culto de veneración que los católicos, ortodoxos y algunos protestantes rinden a la Virgen María, considerada por los católicos como la madre de Dios, al ser la Madre de Jesucristo. El culto de la Hiperdulía es básicamente el mismo que el de la Dulía, sólo que en este caso, nosotros los católicos, mostramos que existe más amor, más respeto y más confianza ante la gracia que recibió de Jesús, por mediación de María. Igualmente se diferencia la Hiperdulía o veneración a la Virgen María, lo que se llama la Protodulía o veneración al Patriarca San José, padre putativo de Jesús.

DulíaLa Dulía es la veneración a los Apóstoles, a los santos y a los beatos y a los ángeles y arcángeles. Cabe recordar que la Iglesia católica, basada en las Santas Escrituras establece que los católicos deberán profesar amor y respeto a todos los demás seres humanos, familia, amigos y enemigos, según lo enseñó Jesús. En la teología, la Dulía es la veneración hacia los santos o hacia sus imágenes o reliquias. Según Santo Tomás, la dulía no es comparable con la Latría o veneración a Dios en el sentido que una va dirigida hacia un par y la otra hacia un ser superior.

En síntesis: Benedicto XVI, nos decía sobre los Amigos de Dios: "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".
No olvidemos y recordémoslo siempre: el cristiano, ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente.

A veces pensamos que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre. Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados.

Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian. Perseverar en la santidad es mantenerse en comunión con Cristo quien salva y da vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta en la carta a los Hebreos 12-14: "Busquen la paz con todos y la santificación, porque sin ella nadie verá al Señor."

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa radial
EL ALFA Y LA OMEGA

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