martes, 19 de octubre de 2010

La gran lección de fe que nos deja Atacama

Quizá lo que ocurrió en el desierto chileno no fue un milagro, sino una parábola. Uno de esos deslumbrantes cuentos que usaba Jesús para enseñar algo a sus discípulos. Sí, es muy probable que millones de personas hayamos asistido a una narración inolvidable sobre el valor de cada vida humana; que ante nuestros ojos perplejos se haya desplegado una clase magistral de solidaridad; que Dios haya querido sacudirnos y despertarnos. Quizás, en un mundo en el que importa más el oro que quien desciende a buscarlo, con esta parábola el Creador quiso poner ante nuestras narices lo que valen para Él esas 33 personas que hasta hace poco no valían nada para nosotros.

Hombres enterrados a 700 metros de profundidad son algo estremecedor, basta pensarlo un instante para que el espanto nos paralice. ¿Qué haríamos en una situación así? Es entonces cuando entra en escena la oración, esa actividad tan natural y tan antigua como la historia del ser humano. En la situación límite elevamos nuestro corazón a Dios y con las palabras que sean, como nos salga, empezamos a rezar. ¿Una forma ilusoria de escapar de la realidad? ¿Una reacción primitiva y propia de gente ignorante? ¿No será acaso lo contrario? ¿No será el momento en el que se descubre lo que siempre somos: seres absolutamente frágiles a quienes sólo una fe puede mantener en pie? ¿No será el momento de la oración el que nos muestra la verdadera imagen de lo que el hombre es?

"Bienaventurados los pobres", dice Jesús. El pobre es el que no tiene, el que solamente es. ¿Cuándo somos así? Las situaciones concretas son tan variadas y presentan tantos matices como la vida misma: puede tratarse de alguien que realmente no tiene nada para comer o de un hombre rico a quien se le está muriendo un hijo; o puede ser un niño abandonado en la calle o una joven leyendo el resultado aterrador de una biopsia.

En esos momentos solamente somos y sólo podemos encontrar una respuesta en Aquel que quiso que existiéramos. Una cierta voz clama en nuestros corazones diciendo que si respiramos es porque somos valiosos a los ojos de quien nos da el aliento. Por eso miramos hacia quien nos puso en la vida sin consultarnos y queremos que nos muestre el sentido de lo que hizo.

La Pascua es el paso de la muerte a la vida. Para los cristianos es la resurrección de Jesús; para los judíos, la salida de Egipto. Imprevistamente, mientras estábamos distraídos en otras cosas, la tecnología de las comunicaciones depositó en nuestras casas una pascua: la pascua de los mineros. El paso de la muerte a la vida de hombres con los que nadie contaba y que irrumpieron en nuestras ocupaciones cotidianas con su infortunio transformado en oración.

Esta vez ellos fueron el elemento precioso que se extrajo de la mina, se convirtieron en aquello que bajaron a buscar. Y el desierto fue la tierra prometida.

Jorge Oesterheld-(Para LA NACION)
Domingo 17 de octubre de 2010
El autor es el vocero de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA).

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