miércoles, 10 de diciembre de 2014

Nuestra Señora de Guadalupe

Las apariciones se iniciaron el 9 de diciembre de 1531 en las cercanías de la Ciudad de México, entonces ciudad capital del imperio Azteca, cuando Juan Diego se dirigía al colina de Tepeyac. A medida que Juan Diego se acercaba, comenzó a oír el canto de muchos pájaros sobre el cerro, de pronto cesaron y Juan Diego se detuvo y dijo: “¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá lo estoy soñando? ¿Dónde estoy? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos, nuestros antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial?” De pronto oyó que lo llamaban de arriba del cerro, y que le decían:

"JUANITO, JUAN DIEGUITO".

Juan Diego se atrevió a ir a donde lo llamaban sin temor, comenzó a subir al cerro para ir a ver quien era la persona que lo llamaba. Cuando llegó a la cumbre, vio una Doncella que estaba de pie, Ella lo llamó para que se acercara. Cuando la contemplo, noto que su vestido relucía como el sol, y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como que lanzaba rayos; y el resplandor que emanaba de Ella era como el de las piedras preciosas. En su presencia Juan Diego se postró, y escucho palabras sumamente dulces que le dijeron:

"ESCUCHA, HIJO MÍO EL MENOR, JUANITO. ¿A DÓNDE TE DIRIGES?".

Y él le contestó: "Mi Señora, mi Reina, muchachita mía, estoy yendo allá a tu casita de México, a seguir las cosas de Dios que nos enseñan los sacerdotes". Con esto comienza a dialogar con él, y le descubre su preciosa voluntad; diciéndole:

"SÁBELO, TEN POR CIERTO, HIJO MÍO EL MÁS PEQUEÑO, QUE YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA, MUCHO DESEO QUE AQUÍ ME LEVANTEN MI CASITA SAGRADA. EN DONDE LO MOSTRARÉ, LO ENSALZARÉ AL PONERLO DE MANIFIESTO: LO DARÉ A LAS GENTES EN TODO MI AMOR PERSONAL, EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI AUXILIO, EN MI SALVACIÓN: PORQUE YO EN VERDAD SOY VUESTRA MADRE COMPASIVA, TUYA Y DE TODOS LOS HOMBRES QUE EN ESTA TIERRA ESTÁIS EN UNO, Y DE LAS DEMÁS VARIADAS ESTIRPES DE HOMBRES, MIS AMADORES, LOS QUE A MÍ CLAMEN, LOS QUE ME BUSQUEN, LOS QUE CONFÍEN EN MÍ, PORQUE ALLÍ LES ESCUCHARÉ SU LLANTO, SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR PARA CURAR TODAS SUS DIFERENTES PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES.

Y PARA REALIZAR LO QUE PRETENDE MI COMPASIVA MIRADA MISERICORDIOSA, ANDA AL PALACIO DEL OBISPO DE MEXICO, Y LE DIRÁS QUE CÓMO YO TE ENVÍO, PARA QUE LE DESCUBRAS CÓMO MUCHO DESEO QUE AQUÍ ME PROVÉA DE UNA CASA, ME ERIJA EN EL LLANO MI TEMPLO; TODO LE CONTARÁS, CUANTO HAS VISTO Y ADMIRADO, Y LO QUE HAS OÍDO.

Y TEN POR SEGURO QUE MUCHO LO AGRADECERÉ Y LO PAGARÉ, QUE POR ELLO TE ENRIQUECERÉ, TE GLORIFICARÉ; Y MUCHO DE ALLÍ MERECERÁS CON QUE YO RETRIBUYA TU CANSANCIO, TU SERVICIO CON QUE VAS A SOLICITAR EL ASUNTO AL QUE TE ENVÍO.

YA HAS OÍDO, HIJO MÍO EL MENOR, MI ALIENTO MI PALABRA; ANDA, HAZ LO QUE ESTÉ DE TU PARTE".


Juan Diego al escuchar estas palabras inmediatamente le dijo: "Señora mía, mi niña, voy a realizar tu venerable aliento, tu venerable palabra; yo, tu pobre indio". Juan Diego se dirige a testimoniar ante el obispo, Don Fray Juan de Zumárraga, sacerdote de San Francisco. Tras varios intentos fallidos para verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes, que vayan a decírselo; después de un largo rato de espera le concede la entrevista. En cuanto entró, le cuenta la aparición de la Reina del Cielo, y comenta el mensaje que le encargo que transmitiera al prelado. Habiendo escuchado el obispo, le respondió:  "Hijo mío, otra vez vendrás, con más calma y te oiré, bien aun desde el principio miraré, consideraré la razón por la que has venido, tu voluntad, tu deseo".

Al terminar el día, luego de la entrevista con el obispo se dirigió a la cumbre del cerro, y se encontró a la Reina del Cielo, donde apareció la primera vez, Ella lo estaba esperando, en cuanto la vio, se postró y le dijo: "Patroncita, Señora, Reina, mi muchachita, ya fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento, tu amable palabra; aunque difícilmente entré a donde es el lugar del gobernante sacerdote, lo vi, ante él expuse tu aliento, tu palabra, como me lo mandaste. Me recibió amablemente y lo escuchó perfectamente, pero, por lo que me respondió, como que no lo entendió, no lo tiene por cierto. Me dijo: "Otra vez vendrás; aun con calma te escucharé, bien aun desde el principio veré por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad".

La Virgen a su respuesta le contestó a Juan Diego lo siguiente:

"ESCUCHA, EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HIJOS, TEN POR CIERTO QUE NO SON ESCASOS MIS SERVIDORES, MIS MENSAJEROS, A QUIENES ENCARGUÉ QUE LLEVEN MI ALIENTO MI PALABRA, PARA QUE EFECTÚEN MI VOLUNTAD; PERO ES MUY NECESARIO QUE TÚ, PERSONALMENTE, VAYAS, RUEGUES, QUE POR TU INTERCESIÓN SE REALICE, SE LLEVE A EFECTO MI QUERER, MI VOLUNTAD. Y, MUCHO TE RUEGO, HIJO MÍO EL MENOR, Y CON RIGOR TE MANDO, QUE OTRA VEZ VAYAS MAÑANA A VER AL OBISPO. Y DE MI PARTE HAZLE SABER, HAZLE OÍR MI QUERER, MI VOLUNTAD, PARA QUE REALICE, HAGA MI TEMPLO QUE LE PIDO.

Y BIEN, DE NUEVO DILE DE QUÉ MODO YO, PERSONALMENTE, LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, YO, QUE SOY LA MADRE DE DIOS, TE MANDO".


Terminado el dialogo se fue a su casa a descansar. Al día siguiente todavía de noche, salió de su casa para ver al obispo. Juan Diego hizo todo lo posible para ver al prelado, cuando este lo recibió, postrado a sus pies y llorando le relato cual era el pedido de la Reina del Cielo, que creyera y que aceptara, la voluntad de la Santa Señora, el de erigirle su casa sagrada, en donde había dicho, en donde Ella la quería. El obispo le preguntó muchas cosas, lo investigó, para poder cerciorarse, dónde la había visto, cómo era Ella, entonces comprendió con toda claridad que era la Virgen María. Pero el prelado le dijo que no sólo por su palabra, era necesaria alguna otra señal para poder creer que el mensaje de Juan Diego era el de la Reina del Cielo en persona.

Juan Diego partió al encuentro de la Reina del Cielo y le comento la respuesta que traía del señor obispo; la que, la Señora, le dijo:

"BIEN ESTÁ, HIJITO MÍO, VOLVERÁS AQUÌ MAÑANA PARA QUE LLEVES AL OBISPO LA SEÑAL QUE TE HA PEDIDO; CON ESO TE CREERÁ Y ACERCA DE ESTO YA NO DUDARÁ NI DE TI SOSPECHARÁ; Y SÁBETE, HIJITO MÍO, QUE YO TE PAGARÉ TU CUIDADO Y EL TRABAJO Y CANSANCIO QUE POR MI HAS EMPRENDIDO; EA, VETE AHORA; QUE MAÑANA AQUÍ TE AGUARDO".

Al día siguiente cuando debía llevar Juan Diego alguna señal para ser vista por el obispo, no pudo hacerlo porque cuando llego a su casa, su tío, Juan Bernardino, estaba muy enfermo así que de inmediato llamó al médico, pero la enfermedad de su tío era irreversible. Cuando anocheció, su tío le rogó que buscara algún sacerdote para que venga a darle los santos óleos porque estaba seguro de que ya era el tiempo, que ya no se levantaría, que ya no se curaría. Juan Diego, fue a buscar al sacerdote, pero cuando llego al lado del cerro donde terminaba la sierra pensó: "Si me voy derecho por el camino, no vaya a ser que me vea esta Señora y seguro, como antes, me detendrá para que le lleve la señal al obispo como me lo mandó…". En seguida dio la vuelta al cerro, para llegar a México, para que no lo detuviera la Reina del Cielo. Juan Diego pensó que de este modo podría evadir un posible encuentro con María, pero de pronto la vio y observó que lo estaba mirando y Ella salió a su encuentro diciéndole:

"¿QUÉ PASA, EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HIJOS? ¿A DÓNDE VAS, A DÓNDE TE DIRIGES?".

En su presencia se postró diciéndole: "Mi Jovencita, Hija mía la más pequeña, ojala que estés contenta. Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón: haciéndote saber, que está muy grave un servidor tuyo, tío mío. Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que pronto va a morir de ella. Te ruego me perdones, tenme todavía un poco de paciencia, porque con ello no te engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa". En cuanto oyó las razones de Juan Diego, le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:

"ESCUCHA, PONLO EN TU CORAZÓN, HIJO MÍO EL MENOR, QUE NO ES NADA LO QUE TE ESPANTÓ, LO QUE TE AFLIGIÓ, QUE NO SE PERTURBE TU ROSTRO, TU CORAZÓN; NO TEMAS ESTA ENFERMEDAD NI NINGUNA OTRA ENFERMEDAD, NI COSA PUNZANTE, AFLICTIVA. ¿NO ESTOY AQUI, YO, QUE SOY TU MADRE? ¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO? ¿NO SOY, YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA? ¿NO ESTÁS EN EL HUECO DE MI MANTO, EN EL CRUCE DE MIS BRAZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA OTRA COSA? QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PERTURBE; QUE NOTE APRIETE CON PENA LA ENFERMEDAD DE TU TÍO, PORQUE DE ELLA NO MORIRÁ POR AHORA. TEN POR CIERTO QUE YA ESTÁ BUENO"

Su tío quedo sanado en el momento, Juan Diego se enteraría tiempo después. Luego Ella le mandó que subiera a la cumbre del cerro, en donde antes la veía; y le dijo:

"SUBE, HIJO MÍO EL MENOR, A LA CUMBRE DEL CERRILLO, A DONDE ME VISTE Y TE DI ÓRDENES; ALLÍ VERÁS QUE HAY VARIADAS FLORES: CÓRTALAS, REÚNELAS, PONLAS TODAS JUNTAS; LUEGO, BAJA AQUÍ; TRÁELAS AQUÍ, A MI PRESENCIA".

Juan Diego subió al cerro, y cuando llegó a la cumbre, se asombró al ver una cantidad de hermosas flores de las especies y formas más variadas, lo más extraño es que todavía no era su tiempo, ya que caía nieve en el lugar, pero lo que más maravillo a Juan Diego fue el aroma y el perfume mas dulce y suave que se desprendían de aquellas frescas flores. Asombrado porque en la cumbre del cerro, sólo abundan los riscos, abrojos y espinas, comenzó a cortarlas, las juntó, las puso en el hueco de su tilma. Bajo y llevo a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar, y cuando Ella las vio, con sus venerables manos las tomó; y las puso todas juntas en el hueco de su ayate, le dijo:

"MI HIJITO MENOR, ESTAS DIVERSAS FLORES SON LA PRUEBA, LA SEÑAL QUE LLEVARÁS AL OBISPO; DE MI PARTE LE DIRÁS QUE VEA EN ELLAS MI DESEO, Y QUE POR ELLO REALICE MI QUERER, MI VOLUNTAD. Y TÚ, TÚ QUE ERES MI MENSAJERO, EN TI ABSOLUTAMENTE SE DEPOSITA LA CONFIANZA; Y MUCHO TE MANDO, CON RIGOR QUE NADA MÁS A SOLAS EN LA PRESENCIA DEL OBISPO EXTIENDAS TU AYATE, Y LE ENSEÑES LO QUE LLEVAS. Y LE CONTARÁS TODO PUNTUALMENTE; LE DIRÁS QUE TE MANDÉ QUE SUBIERAS A LA CUMBRE DEL CERRITO A CORTAR FLORES, Y CADA COSA QUE VISTE Y ADMIRASTE, PARA QUE PUEDAS CONVENCER AL GOBERNANTE SACERDOTE, PARA QUE LUEGO PONGA LO QUE ESTÁ DE SU PARTE PARA QUE SE HAGA, SE LEVANTE MI TEMPLO QUE LE HE PEDIDO".

Así fue a México, cuidando lo que llevaba en el hueco de su vestidura, disfrutando del aroma de las preciosas flores. Cuando llego al palacio del obispo, salieron a su encuentro el portero y los demás servidores del prelado, Juan Diego les suplicó que le dijeran que deseaba verlo, pero ninguno quiso, fingiendo que no le entendían. En cuanto el obispo lo oyó, se dio cuenta de que aquello era la prueba para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba Juan Diego y enseguida dio la orden para que pasara a verlo.

En presencia del obispo le contó lo que había visto admirado, y el mensaje que la Reina del Cielo tenía que transmitir. “…me dijo que de su parte te las diera, y que ya así yo probaría, que vieras la señal que le pedías para realizar su amada voluntad, y para que parezca que es verdad mi palabra, mi mensaje. Aquí las tienes, hazme favor de recibirlas”

Luego extendió su blanca tilma, en cuyo hueco había colocado las flores. Cayeron al suelo todas las más variadas flores, las más bellas, luego en ese mismo instante se convirtió en señal, se apareció de repente la Imagen de la Perfecta Virgen Santa María, en la forma y figura como hoy la conocemos. El y todos los que allí estaban, se arrodillaron, la admiraron, se pusieron de pie para verla, se entristecieron, se afligieron. El obispo con llanto, con tristeza, le rogó, le pidió perdón a Juan Diego por no haber realizado su voluntad antes, por no haber creído en su palabra.

Juan Diego pasó un día en la casa del obispo y al día siguiente le dijo: "Anda, vamos a que muestres dónde es la voluntad de la Reina del Cielo que le erijan su templo". Luego lo acompañaron a su casa y al llegar vieron a su tío de pie, sano. Le dijo su tío que era cierto, que en aquel preciso momento lo sanó, y la vio exactamente en la misma forma en que se le había aparecido a su sobrino, le dijo cómo a él también que lo había enviado a México a ver al obispo; y que también, cuando fuera a verlo, que le descubriera, le contara lo que había visto y la manera maravillosa en que lo había sanado, y que la llamara LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARIA DE GUADALUPE.

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