miércoles, 3 de agosto de 2016

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

La tradición ha situado la escena en el monte Tabor. El texto de Mateo se limita a decir que "en un monte alto". Imaginemos la escena en tres tiempos: subida, estancia y bajada. Mientras suben, los discípulos llevan en su mochila el desconcierto causado por las palabras que Jesús les ha dicho un poco antes (cf Mt 16,24-28). No saben qué significa cargar con la cruz o perder la vida para ganarla. Nosotros subimos también a ese Tabor con nuestras dudas y aflicciones. Y la ascensión se nos hace pesada. El camino da vueltas y vueltas. En la cima del monte tiene lugar una experiencia de la belleza de Dios. Debió de ser de tal magnitud que Pedro, en nombre de los otros, exclama: "¡Qué bueno/bello es estar aquí". También podría haber dicho: "Si seguirte a ti consiste en esto, yo me anoto en esto". Es la experiencia de ver que "todo concuerda": Moisés (la ley) y Elías (los profetas) levantan acta de que Jesús no es un impostor sino el Mesías anunciado ("conversaban con Jesús"). Por si fuera insuficiente el testimonio de estos dos notarios del Reino, se oye la voz del que todo lo puede: "Este es mi Hijo amado". Tanta concordancia produce miedo. Y otra vez, como en el relato, Jesús tiene que repetir el mismo mensaje: "No tengan miedo". Pero añade algo: "No se lo cuenten a nadie".

La bajada debió de ser en silencio. Hay experiencias para las cuales no disponemos de palabras adecuadas. Y, sin embargo, se trata de experiencias que nos permiten seguir caminando en el llano con más sentido y con más esperanza. «Pasados como ocho días después de estas palabras, se llevó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió al monte a orar». Notemos en primer lugar cómo enlaza esta escena con la anterior. «Después de estas palabras»: referencia clara a las nuevas condiciones que acaba de poner a todo el que quiera hacerse discípulo suyo, motivadas por el hecho que los discípulos han descubierto que era el Mesías de Dios, pero que, por culpa de su mentalidad equivocada, identificada plenamente con la expectación mesiánica triunfalista de Israel, se han resistido a aceptar que el Mesías debía fracasar. «Pasados como ocho días»: la partícula «como» tiene valor comparativo, poniendo de relieve el número «ocho». Mt 17,1 y Mc 9,2 hablan de «seis» días, aludiendo a la creación del hombre; Lucas hace referencia al día después de la creación visible, el «octavo», es decir, al mundo definitivo, a la tierra prometida inaugurada con la resurrección de Jesús, que tuvo lugar «el primer día de la semana». El contenido de esta nueva escena tiene que ver con la predicción que ha hecho sobre la muerte y resurrección del Mesías.

«Tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago»: de entre «los discípulos»o, lo que es lo mismo, del grupo de los Doce, es decir, de entre «los seguidores» que siguen plenamente identificados con la institución judía, Jesús separa a los tres más reticentes: Pedro, el portavoz de este grupo; Juan y Santiago, los dos hijos de Zebedeo. Son precisamente los tres primeros discípulos a los que Jesús llamó. Simón, sin embargo, aquí es nombrado «Pedro», por su tozudez; Juan ha pasado delante de Santiago: de hecho, Pedro y Juan aparecerán juntos frecuentemente en los Hechos de los Apóstoles, como líderes del grupo. Si lo compara­mos con la lista de la elección de los Doce, notaremos que allí Jesús respetaba los lazos familiares (Simón... y An­drés, su hermano, y Santiago y Juan y...»), sin hacer ninguna clase de discriminación entre ellos («y... y...»). Ahora, en cambio, los «toma consigo», como líderes que son del grupo de los Doce y teniendo en cuenta su personalidad. Todavía alientan aspiraciones de poder. Conviene separarlos del grupo, la revelación que les ha hecho sobre la suerte del Mesías y la nueva llamada al discipulado, dirigida a todos como quien dice haciendo borrón y cuenta nueva, no ha servido para hacerlos reflexionar.

«Subió al monte a orar»: es Jesús quien toma la iniciativa de subir para orar. Siempre que están en juego asuntos importantes, Jesús se dispone a orar. «El monte», con artículo, pero sin otra determinación, es el nuevo lugar donde Jesús se pone en contacto dialogante con el Padre. Se opone al monte Sión, donde se encuentra el templo de Jerusalén. A nivel psicológico, el monte acerca el hombre a Dios. El hombre está repleto de mitos. No podemos ir por la vida desmitificándolo todo: es necesario aprovechar, como lo hace Jesús, el lenguaje de las cosas. Los discípulos se obstinan en que la Escritura no habla sino de la victoria definitiva del Mesías sobre los enemigos del pueblo de Dios. Le aducen textos y más textos. Toda la tradición está a su favor. Ya ha pasado un lapso de tiempo considerable («como ocho días»), y no están dispuestos a ceder. «Lo esconde», se dicen; «Se hace el humilde», «¡El Mesías no puede fracasar, porque tiene a Dios a su favor!». Jesús se retira para pedir luz. «Mientras oraba», se le despeja el horizonte (sólo él reza; los otros, los encontraremos «dormidos», completamente despreocupados de su suerte).

El cambio externo que se produce en la figura de Jesús -la mal llamada «transfiguración»- no tiene por función anticipar la futura gloria de Jesús resucitado, como se suele comentar. Daría la razón a los discípulos: « ¡Ya lo decíamos nosotros que triunfaría!» No, su función consiste, en primer lugar, en suscitar dos figuras del pasado que encarnan toda la Escritura: Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas, lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Jesús, con tal de poder conversar con personajes de la antigüedad, ha sido revestido con una aureola, indicándose así que la escena no pertenece al presente. En segundo lugar, se anticipa, ciertamente, la escena de la resurrección, pero no como una pregustación de la gloria futura, sino como una reafirmación de lo que Jesús les había predicho anteriormente: «Este Hombre... será ejecutado y resucitará al tercer día».

La misma expresión: «Y, miren, dos hombres... con vestidos resplandecientes», se repetirá en la escena del sepulcro vacío, para recordar a las mujeres (dimensión femenina del grupo) que el Mesías tenía que morir y resucitar. Todavía se aparecerán una tercera vez, de nuevo a los discípulos, después de la ascensión de Jesús, a fin de disuadirlos de esperar una manifestación inminente y clamorosa del reino de Dios. La función de la escena de la transfiguración consiste, pues, en visualizar lo que antes se había formulado de palabra: Moisés y Elías encarnan la Escritura que Jesús les había aducido en su momento, con el fin de hacerles ver cuál era el plan de Dios sobre el Mesías. El significado central de este relato es la revelación del Hijo de Dios. A mitad de camino entre la teofanía del Jordán (bautismo) y los hechos pascuales (resurrección), la altura de la Transfiguración sirve de lugar privilegiado para contemplar en visión panorámica todo el misterio de Jesús. El redactor centra el foco de su intención pedagógica no precisamente en la glorificación del Señor sino en la iluminación de la fe de los tres discípulos. El punto de encuentro entre la revelación y la fe es la persona de Jesús, el Hijo de Dios. El mismo es la nueva ley viviente que el Padre promulga a la Iglesia.

Sobre la montaña aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús (la ley y los profetas, dicen algunos); Pedro reacciona como siempre y se ofrece para hacer tres tiendas; quiere quedarse, permanecer allí, porque humanamente es mejor quedarse en la gloria de este monte que emprender el camino a Jerusalén. Después de esto, sigue como centro de la unidad la teofanía, con una doble manifestación: una visual y otra acústica, la nube y la voz desde el cielo. Los dos signos visibles manifiestan la gloria de Dios, son signos reales de su presencia especial, actualizada, perceptible. En esta teofanía el Padre proclama a Jesús ante la pequeña comunidad representada en los tres discípulos como siervo de Yahveh al mismo tiempo que Mesías, todo ello elevado a la definitiva revelación de que es hijo suyo en sentido propio y único. La voz de Dios "desde la nube" en un "alto monte" evoca la revelación de Yahveh a Moisés en el Sinaí: Jesús es el nuevo Moisés. Desde la nube, en el Sinaí, la palabra de Yahveh dio la ley a Moisés. En el alto monte, la voz le habla a la pequeña Iglesia para decirle la única palabra que el Padre dirige a los hombres en todo el Nuevo Testamento al presentar a Jesús como ley viviente: "Escúchenlo".

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