miércoles, 31 de octubre de 2012

El Santo Rosario, tesoro de santificación

Nadie podrá comprender jamás el tesoro de santificación que encierran las oraciones del santo rosario; la meditación de los misterios de la vida y muerte del Señor constituye, para cuantos la practican, una fuente de los frutos más maravillosos. Hoy se quieren cosas que impresionen, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegado en quince cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración dominical y la salutación angélica? Ellas encierran cuanto deseamos y podemos necesitar.

La meditación de los misterios y oraciones del rosario es la más fácil de todas las oraciones. Porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo

– Sobre los cuales se reflexiona – recrea y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas.

Es preciso pasar por esta meditación sencilla antes de elevarse al grado más sublime de contemplación. Tal es la opinión de Santo Tomás de Aquino. Y tal es el consejo que nos da cuando nos dice que es necesario ejercitarnos de antemano, como en un campo de batalla, en la adquisición de todas las virtudes, de las que son modelo perfecto los misterios del rosario. Porque ahí – dice el sabio Cayetano – podremos adquirir la íntima unión con Dios, sin la cual la contemplación es sólo una ilusión capaz de seducir a las almas.

Si los falsos iluminados de nuestros días – los quietistas – hubieran seguido este consejo, no hubieran caído tan vergonzosamente ni causado tantos escándalos en cuestiones de devoción. Pretender que se pueden componer oraciones más sublimes que el padrenuestro y el avemaría y abandonar estas divinas oraciones, que son el sostén, fuerza y salvaguardia del alma, es una engañosa ilusión del demonio.

Convengamos en que no es necesario recitarlas siempre vocalmente y que la oración mental es, en cierto sentido, más perfecta que la vocal. Pero se asegura que es peligroso – por no decir perjudicial – abandonar voluntariamente el rezo del rosario so pretexto de una unión más íntima con Dios. El alma sutilmente orgullosa, engañada por el demonio meridiano, hace interiormente cuanto puede para elevarse al grado más sublime de la oración de los santos, desprecia y abandona para ello sus métodos antiguos de orar, que juzga buenos para almas ordinarias. Cierra por sí misma el oído a las oraciones, al saludo de un ángel y aun a la oración compuesta, prescrita y practicada por Dios.

Si se desea llegar a altos grados de contemplación sin menoscabo de la oración y sin caer en las ilusiones del demonio – tan frecuentes en personas de oración –, se recomienda recitar, si se puede, todos los días el santo rosario o, por lo menos, la tercera parte de él.
Una recomendación para aquellos que lo hacen diariamente: Si quieres conservarte en ellos y crecer en humildad, permanece fiel a la práctica del santo rosario, porque una persona que recite un rosario cada día no caerá jamás formalmente en una herejía ni será engañada por el demonio. ¡Con mi sangre rubricaría esta afirmación! Si Dios, no obstante, en su infinita bondad, te atrae tan poderosamente en medio del rosario como a algunos santos, ¡déjate conducir por su atracción, deja a Dios actuar y orar en ti y recitar el rosario a su manera! ¡Y que esto te baste en ese día!

Pero, si hasta ahora te hallas en la contemplación activa o en la oración ordinaria, de quietud, de presencia de Dios y de afecto, tienes aún menos razón para dejar tu rosario, ya que – muy lejos de retroceder en la oración y la virtud al recitarlo – te servirá, más bien, de ayuda maravillosa y será la verdadera escala de Jacob, con quince escalones, por los cuales irás subiendo, de virtud en virtud y de luz en luz, hasta llegar fácilmente y sin engaño a la perfección en Jesucristo.

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