martes, 22 de enero de 2013

Puente de Carlos



Las ciudades con ríos, tienen un encanto particular. El movimiento de las aguas, el lento murmullo de las olas golpeando contra las costas y sobre todo los puentes, les dan un atractivo muy especial. Entre muchas, El Viajero detiene su mirada en la ciudad de Praga, la milenaria capital de la República Checa. Esta deslumbrante ciudad medieval sería inimaginable sin el sobrio discurrir del río Moldava y claro ni los 17 puentes que unen las dos márgenes de la ciudad. Sin duda, el que más llama la atención y subyuga al Viajero Ilustrado es el Puente de Carlos.

Cada día, miles de residentes y turistas transitan con paso lento sobre esta estructura de piedra, cuyas torres góticas con toques del barroco están coronadas por 30 esculturas de santos. Sus 515 metros de largo y casi 10 metros de ancho parecen empequeñecidos por la cantidad de gente que transita y se detiene en cada detalle de esa deslumbrante obra de arte. El puente, muy bullicioso durante el día, parece flotar al atardecer o a la mañana muy temprano sobre la bruma del río, mientras sobre el agua inmóvil duermen gaviotas y cisnes.

No menos sorprendentes, por cierto, son sus 16 columnas de sostén que también hicieron de Karluv Most –o sea, Puente de Carlos– una de las más conmovedoras creaciones del hombre. Llamado así desde 1870, comunica la ciudad vieja –Stare Mesto, un laberinto casi fantasmal de callejuelas estrechas y paredes casi iguales, donde es fácil perderse– con Mala Strana (“Ciudad Pequeña”), donde está ubicado el Castillo de Praga, la construcción gótica más grande del mundo.

El puente debe su nombre al rey de Bohemia y sacro emperador romano Carlos IV. Durante su reinado, entre 1347 y 1378, Praga se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de Europa. Fundó la ciudad Nueva, la primera universidad centroeuropea e iglesias de estilo gótico. También comenzó la construcción del legendario puente para reemplazar al cruce Judith, que se había hundido parcialmente en la inundación de 1342. Reconstruido, continuó siendo paso de peatones hasta 1406, cuando se terminó.

La cábala no le alcanzaría al emperador para ver coronada su obra, pues murió en diciembre de 1378 y su féretro transitó sólo una parte de su magna obra. En más de 600 años de existencia, el puente fue testigo de los acontecimientos más trascendentes de la historia checa; el último fue el cortejo fúnebre de Vaclav Havel, presidente checo entre 1993 y 2003. 

Sobre el Puente de Carlos llaman la atención dos hileras de estatuas de carácter religioso. La primera fue la de San Juan Nepomuceno, vicario de Praga, una suerte de reivindicación pues en 1393 había sido arrojado al vacío desde ese mismo lugar. El sacerdote se habría negado a revelar los secretos de confesión de la esposa del celoso rey Wenceslao.

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