martes, 3 de febrero de 2015

¿Cuál fue la última tentación de Cristo? - Primera Parte


Que Jesús tuvo muchas tentaciones en su vida lo sabemos por dos motivos. Porque la Biblia dice que él era semejante a los demás hombres en todo (Hb 2,17), inclusive en las tentaciones (Hb 4,15). Y porque Jesús lo afirmó al despedirse de sus apóstoles: "Vosotros me habéis acompañado a lo largo de todas mis tentaciones" (Lc 22,28). Sin embargo los Evangelios mencio­nan sólo tres, que le sucedieron antes de su vida pública. Es que, como lo dijimos en otra oportunidad, estas tres tentaciones en realidad simbolizan todas aquellas tentaciones por las cuales Jesús pasó a lo largo de su vida. Ahora bien, ¿cuál fue la última tentación que sufrió Jesús? La cuestión viene al caso, porque Mateo y Lucas, los dos únicos evangelistas que las cuentan, traen un orden diferente. Sí están de acuerdo sobre la primera tentación. Ambos afirman que tuvo lugar en el desierto, donde el diablo se le presentó luego de un ayuno de cuarenta días, y lo incitó a convertir las piedras en pan para calmar su hambre (Mt 4,1-4; y Lc 4, 1-4).

Pero sobre la última, la más importante ya que en ella Satanás quedó definitivamente derrotado y dejó en paz a Jesús, ya no hay acuerdo. Según Mateo fue sobre una montaña (4,8). Según Lucas fue en Jerusalén, en la parte más alta del Templo (4,9). Es decir que en Mateo el escenario de las tentaciones es: a) desierto, b) templo, c) montaña. En cambio en Lucas es: a) desierto, b) montaña, c) templo. Si los dos escritores cuentan el mismo relato y con los mismos detalles, ¿por qué al llegar al final cambian y dan una versión diferente de la tercera tentación? La respuesta está en lo que se llama "la teología del autor". Es decir, si bien los evangelistas narran los hechos históricos de la vida de Jesús, cada uno retoca los detalles para transmitir a los lectores un "mensaje" especial de parte de Dios lo cual sería la "teología". Sobre la base de esto, adelantemos ahora la respuesta. Mateo ubicó la última tentación de Cristo sobre una montaña, porque en su Evangelio la montaña tiene un significado particular. En cambio Lucas la ubica en Jerusalén, porque es esta ciudad lo que tiene un sentido especial en el tercer Evangelio. Para decirlo con palabras más técnicas, en Mateo nos encontramos con la "teología del monte". En Lucas, con la "teología de Jerusalén".

¿En qué consiste la "teología del monte"? Resulta curioso que Mateo, un escritor que casi no muestra interés por ubicar geográficamente los episodios que cuenta, sin embargo encuadre cuantas veces puede sus escenas en alguna montaña. La menciona tantas veces, y en momentos tan dispares, que los estudiosos concluyen que no se trata sólo de un detalle geográfico, sino que por detrás hay un interés especial. ¿Pero cuál? El secreto está en el significado que la montaña tenía en la antigüedad. A los judíos siempre les impresionaron los lugares altos. En la Biblia son el símbolo de la estabilidad, de lo que no tiembla, de lo más firme que existe sobre la tierra. Por ejemplo, para hablar del amor de Dios se dice: "Las montañas podrán moverse y las colinas correrse; pero mi amor no se apartará de tu lado" (Is 54,1). Las montañas son consideradas las primeras criaturas de Dios, lo más antiguo del mundo. Cuando Job, por ejemplo, pretende cuestionar la sabiduría de Dios, un amigo le reprocha: "¿Acaso tú has nacido antes que las montañas?" (Jb 15,7). Y cuando se habla de la eternidad de Dios, los Salmos exclaman: "Antes de que los montes fueran creados, desde siempre tú eres Dios" (90,2).

Esta atracción misteriosa que provocaban las montañas, hizo pensar a los judíos que en ellas habitaba la divinidad, y que desde allí hablaba con los hombres. Por eso uno de los títulos más antiguos de Yahvé era "El Shadday", que significa "Dios de las montañas". Y de ahí la creencia de que para encontrarse con Dios había que subir a las montañas. Eso explica que muchos de los episodios importantes del Antiguo Testamento sucedieran en las montañas. Por ejemplo, fue en un monte (el Sinaí) donde Yahvé habló con Moisés y le dio los diez mandamientos. En un monte (el Moria) Abraham intentó sacrificar a su hijo Isaac y Dios se lo prohibió. Desde otra montaña (el Tabor) Dios hizo ganar a los judíos la batalla contra los cananeos, en tiempos de los jueces. También fue en un monte (el Carmelo) donde Elías, el más grande de los profetas, hizo llover fuego del cielo y derrotó a los falsos profetas de los dioses paganos (1 Re 18,20-48). Y en un monte (el Sión) se construyó el único y grandioso Templo de Jerusalén, la morada permanente de Yahvé con su pueblo. Pero no solamente los hechos pasados, sino también los futuros se esperaban sobre las montañas. Así, según una tradición, cuando venga el Mesías juzgará a todas las naciones desde una montaña (Za 14,4). Según otra tradición, al final de los tiempos Dios ofrecerá sobre una montaña un gran banquete con suculentos manjares y vinos de solera, y allí destruirá la muerte y traerá la salvación (Is 25, 1-9). También la construcción del templo futuro era esperada sobre una montaña (Ez 40,2).

En el Antiguo Testamento, entonces, la montaña era el lugar desde donde Dios se comunicaba con el hombre y le otorgaba la salvación. Ahora bien, Mateo, un escritor judío que escribía para los judíos, participaba de esta mentalidad. Por eso en su Evangelio la figura de la montaña no es un "lugar geográfico" sino un "lugar teológico", es decir, una imagen con un mensaje. Esto explica su interés de mostrar a Jesús frecuentemente ligado a un monte. Por ejemplo, el primer sermón que pronunció, con sus famosas Bienaventuranzas, según Lucas fue "en un lugar llano" (6,17); en cambio para Mateo, "en una montaña" (5,1). Lógicamente si Dios en el Antiguo Testamento había dado sus leyes desde una montaña (el Sinaí), también ahora Jesús, para dar en nombre de Dios las nuevas leyes a sus seguidores, y según la mentalidad de Mateo, tenía que "subirse a una montaña". La transfiguración aparece, igualmente, ubicada en una montaña (Mt 17,1).Era la manera de decir que en esa transformación que sufrió Jesús, podía verse nada menos que a Dios mismo, ese Dios grandioso y resplandeciente que desde las montañas se manifestaba al pueblo de Israel en la antigüedad. También el último discurso de Jesús, llamado discurso escatológico, aparece pronunciado en una montaña (Mt 24,3), porque en él Jesús hace a sus apóstoles las últimas revelaciones, como la destrucción de Jerusalén, el fin del mundo y su segunda venida. Tremendos misterios que sólo Dios conoce y domina. Y por eso los anuncia subido a una montaña.

Después de la resurrección, sólo Mateo cuenta que Jesús se apareció a sus discípulos en una montaña de Galilea (28,16). Porque desde allí promulgó el solemne mandato a sus apóstoles de predicar por todo el mundo su Evangelio. Pronunciado desde una montaña, adquiría la fuerza y la autoridad del propio Dios. No solamente la vida de Jesús aparece ligada a las montañas en Mateo. También modificó algunas de sus frases con tal de mencionarlas. Por ejemplo, en la enseñanza sobre la fe Lucas pone: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a este árbol que se arranque y se plante en el mar, y él les obedecería" (17,6). En cambio la frase en Mateo es: "Si tienen fe como un grano de mostaza, le dirán a esta montaña que se mueva de aquí hacia allá, y ella se desplazará" (17,20). Al hablar sobre las buenas obras, Lucas escribe: "porque no se puede esconder una lámpara encendida bajo la cama" (Lc 8,16). Mateo, en cambio, la transforma: "No se puede esconder una ciudad construida sobre una montaña" (5,14). Otro tanto tenemos en la parábola de la oveja perdida. Mientras Lucas dice que para buscarla el pastor deja a las otras noventa y nueve ovejas "en el desierto" (15,4), Mateo precisa que las deja "en las montañas" (18,2), es decir, no en cualquier parte como si no le importaran, sino en un lugar seguro, marcado por la presencia de Dios. El interés de Mateo por la figura de la montaña llega a tanto, que cuenta (sólo él lo cuenta) que un día Jesús se subió a una montaña para curar a la gente; y allí se dirigieron todos llevando a los lisiados, cojos y ciegos (15,29-31). Realmente Jesús no podía haber elegido peor lugar para hacer sus curaciones. Imaginemos la incomodidad de esta pobre gente discapacitada, que difícilmente podía haber llegado hasta la cima en busca de salud.

Es que la escena de Jesús sanando en un monte expresaba claramente que no se trataba de cualquier sanación, sino de aquéllas que venían de Dios, y que traían la salvación incluida. De este modo, el mensaje del Evangelio se enriquecía notablemente con este simple detalle. Ahora bien, después de ver la importan­cia que Mateo le otorga a la montaña, se aclara súbitamente el porqué de su tercera tentación. Tenía que contar el triunfo final del Señor sobre Satanás, sobre las fuerzas malignas. Y qué mejor lugar que ubicarlo en una montaña, el lugar que caracteriza a los grandes acontecimientos de Dios con los hombres. La victoria de Jesús sobre el Diablo en una montaña, era la victoria definitiva de Dios sobre el mal. Por eso es la tercera y última tentación.

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