martes, 5 de febrero de 2013

Jesús en su "vida oculta" 2º y última Parte


Sin duda que Jesús, durante su infancia, asistió como todos los niños de su época a los dos ciclos básicos escolares en la sinagoga de Nazaret, donde aprendió a leer y a escribir. Pero no parece haber recibido la enseñanza superior propia de los centros urbanos como Jerusalén. El comentario que de él hacían los judíos diciendo: "¿Cómo es que éste sabe escritura si no ha estudiado?"

¿Qué profesión practicó Jesús durante su adolescencia? Sabemos que todo padre de familia judío procuraba para su hijo una ocupación, pues los rabinos decían: "El que no le enseña a su hijo un oficio, le enseña a robar". San Marcos, como vimos, dice que cuando Jesús fue a predicar en la sinagoga de Nazaret los aldeanos comentaron: "¿No es éste el carpintero?" (Mc 6,3). La palabra griega tékton (carpintero) se aplicaba a quien trabajaba con materiales duros como la piedra, el hierro o la madera. Era propiamente un artesano. Requería esfuerzo y fuerza muscular.

Muchos han puesto en duda esta afirmación de Marcos. Primero, porque los otros evangelios traen una versión diferente. San Mateo, por ejemplo, dice que la gente comentaba que Jesús era "hijo" del carpintero (Mt 13,55), no que él lo fuera. Lucas, por su parte, dice que la gente preguntaba: "¿No es éste el hijo de José?" (Lc 4,22), con lo cual ninguno de los dos sería carpintero. Segundo, porque Nazaret, ubicada en la fértil región de la Galilea, era un pueblo de campesinos, donde la mayoría de sus habitantes se dedicaba a la agricultura y a criar ganados. Y tercero, porque en casi todas las parábolas de Jesús hay imágenes del ambiente agrícola (el sembrador, la cizaña, la viña, la higuera, la semilla de mostaza, etc.), y no del ambiente de la carpintería.

Sin embargo hoy los biblistas han concluido que Marcos, el primer evangelista que escribió, no se habría animado a llamar a Jesús "carpintero", ocupación que gozaba de poco prestigio en aquella época, si no fuera porque efectivamente era cierto. En cambio sí hay motivos para que Mateo haya cambiado la información: como él buscaba acentuar en Jesús la figura de un Maestro sabio, pensó que llamarlo carpintero sería poco respetuoso, por lo que prefirió llamar así a José. Y Lucas, más sensible que Mateo, vio como una burla de los galileos la mención de semejante oficio, y optó por suprimirlo tanto de José como de Jesús.

El hecho de que sus parábolas aludieran tanto a la agricultura se debe a que su auditorio estaba formado, en su mayoría, por agricultores, por lo que buscó amoldarse a ese lenguaje. Podemos, pues, concluir que Jesús, durante los años de su vida oculta, trabajó como carpintero.

Otras de las cosas que aprendió Jesús durante su adolescencia en Nazaret fue a rezar. Todo niño israelita a partir de los 13 años adquiría el hábito de orar tres veces por día: a la mañana, al mediodía y a la noche (Sal 55,18; Dn 6,11). Para ello se le enseñaba a cubrirse la cabeza y los hombros con un manto especial, llamado "talit", que tenía en sus cuatro esquinas unos flecos o "zitzit". Éstos representaban las leyes divinas que un judío observaba de corazón por las "cuatro esquinas" de su vida. Eran en total 32 flecos (8 en cada esquina), porque el número 32 simboliza la palabra "corazón" en hebreo. Esta costumbre la había ordenado Dios a Moisés en el libro de los Números: "Habla a los israelitas para que se pongan flecos en la punta de sus mantos. Así al verlos, se acordarán de los mandamientos del Señor" (15,37-41).

Dos eran las oraciones que un judío, desde su adolescencia, debía recitar cada día. La primera se llamaba "Shemá" (en hebreo: "Escucha"), porque comenzaba diciendo: "Escucha, Israel: Yahvé es nuestro único Dios". Más que una oración era una profesión de fe, sacada del libro del Deuteronomio (6,4-7). Y la segunda era la llamada "Shemoné Esre" (en hebreo: "Dieciocho") porque consistía en dieciocho oraciones (tres alabanzas, doce peticiones y tres agradecimientos a Dios). En estas oraciones, repetidas a lo largo del día, el niño Jesús fue aprendiendo a llamar a Dios "Padre nuestro". Y fueron éstas las que crearon el clima espiritual en el que creció, y las que marcaron profundamente su psicología religiosa de niño.

Desde su infancia, y acompañado por sus padres, el niño Jesús concurría los sábados a la sinagoga de Nazaret. Como cualquier otro niño, se habrá sentido aburrido y distraído ante las interminables oraciones de la asamblea, que duraban casi toda la mañana, y que le resultarían difíciles de seguir porque eran en hebreo, lengua que él no entendía, ya que hablaba el arameo. Pero con el paso de los años fue aprendiendo las plegarias y los ritos, hasta que se le volvieron familiares.

Además de concurrir a la sinagoga, el sábado debía ser venerado mediante la práctica del reposo total. Así, desde el viernes a la tarde el niño Jesús debió de ayudar a su madre María en los preparativos de la celebración: traer doble provisión de agua, limpiar la humilde vivienda, colocar en su lugar las herramientas de trabajo, mientras María preparaba las dos comidas: para el viernes a la noche y el sábado al mediodía.

Minutos antes de comenzar el sábado, es decir, el viernes por la tarde, el pequeño Jesús de pie ante la mesa asistía al rito de la luz, tradicionalmente reservado para las mujeres de la casa: María pronunciaba una bendición y luego prendía una lámpara que permanecía encendida hasta la mañana siguiente, cuando se levantaban para ir a la sinagoga.

De regreso al mediodía, se reunían las familias del pueblo en grupos para compartir un almuerzo común, en el que se hablaba principalmente de temas religiosos.

La vida oculta de Jesús, pues, no tuvo nada de extraordinario ni prodigioso, como la pintan las absurdas leyendas tejidas sobre ella. Fue en esta atmósfera sencilla y familiar, propia de los poblados de Galilea, donde el niño Jesús creció, maduró y descubrió la vida. El coro de los chicos en la escuela, la voz de las muchachas en la fuente de agua, el monótono golpear del martillo en la carpintería, el grito repetido de las madres llamando a casa a sus hijas entretenidas en la calle, fueron el clima que Jesús respiró y asimiló durante 30 años.

Y cuando un día su Padre del cielo le pidió que dejara todo y saliera a predicar el mensaje de salvación a sus hermanos los hombres, nunca se arrepintió de los años transcurridos en su pueblo, en su casa y con su gente; de sus años ocultos y silenciosos; de su trabajo en el taller y de sus reuniones con amigos. Nunca consideró ese tiempo como "perdido", pues vivió cada día y cada época como la mejor que tenía. Y así también lo enseñó, cuando fue mayor: "No se preocupen por el día de mañana; mañana ya habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas" (Mt 6,34).

Fuente: Revista Vida Pastoral (Editorial San Pablo-Argentina)

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