miércoles, 18 de febrero de 2015

Juan el Bautista y su Predicación en el Desierto - Segunda Parte


La respuesta a ese misterio se encuentra en la Biblia. Según ésta, precisamente por el mismo sitio donde Juan predicaba y bautizaba, el general Josué siglos antes había entrado con el pueblo de Israel para apoderarse de la Tierra Prometida e inaugurar una nueva época de esplendor en la historia (Jos 4,13.19). En efecto, cuentan las Escrituras que después de deambular durante 40 años por el desierto, llevando una vida descarriada y vergonzosa, desobedeciendo a Dios y sufriendo por ello numerosos castigos, el pueblo de Israel llegó por fin a las puertas de la Tierra Prometida. El lugar donde se instaló, antes de entrar, fue precisamente la margen oriental del río Jordán (donde ahora estaba Juan el Bautista).

Allí  Moisés, viendo que la marcha por el desierto había llegado a su fin, dirigió una serie de discursos a los israelitas. En ellos les expuso cuatro ideas fundamentales: a) les recordó los pecados de su vida pasada, y cómo habían desobedecido a Dios durante todos esos años; por eso habían andado errantes y sin rumbo fijo a través del desierto (Dt 1-3); b) les dijo que ahora tenían la posibilidad de convertirse, cambiar de conducta y empezar una vida nueva, cumpliendo los mandamientos divinos (Dt 5-30); c) les advirtió que si no se convertían, no iban a permanecer mucho tiempo en la nueva tierra a la que estaban por entrar (Dt 28); d) les anunció la llegada de un gran profeta que vendría después de él, para ayudarlos a cumplir la ley de Dios (Dt 18). Cuando Moisés terminó de hablar, Josué llevó a los israelitas hasta la orilla del Jordán, y a quienes estaban dispuestos a aceptar el desafío, los invitó a entrar en el río para atravesarlo hacia la otra orilla, donde les aguardaba la nueva tierra y la nueva vida (Jos 3-4).

Esos recuerdos bíblicos estaban muy grabados en la mente de todo judío. A tal punto que, en tiempos de Jesús, las ideas de “desierto” y de “cruzar el río Jordán” evocaban casi de forma inmediata los episodios de Josué. Ahora bien, cuando siglos más tarde Juan el Bautista salió a predicar, eligió a propósito como lugar de operaciones el mismo sitio por donde Josué había cruzado el río Jordán. Así, transportando a la gente hasta el marco geográfico de los antiguos recuerdos, el profeta pretendía simbólicamente colocar de nuevo a sus oyentes en aquella primitiva situación histórica. Con esto, Juan ya tenía medio sermón predicado. Estaba diciendo a los judíos que, en tiempos de Josué, sus antepasados habían cruzado ese mismo río y por ese mismo punto, llenos de ilusión y buscando la felicidad de una nueva vida. Vida que nunca pudieron conseguir, porque una vez instalados en la flamante tierra, habían vuelto a descarriarse y pecar contra Dios. Pero las cosas no tenían porque seguir así. Ahora era el turno de ellos, y Dios les ofrecía una nueva oportunidad. Allí estaban otra vez en el desierto, en el mismo sitio de Josué, más allá del Jordán, listos para repetir la antigua gesta y entrar en la salvación, que seguía al alcance de todos. Era como si Juan hiciera retroceder el tiempo, y permitiera a su auditorio volver a ubicarse en la etapa anterior a la conquista de la Tierra Prometida. ¡Y el efecto que esto producía en la gente era impresionante!

A continuación, les predicaba un discurso con las cuatro ideas de Moisés: a) les hacía ver los errores de su vida pasada (Mt 3,7); b) los invitaba a arrepentirse y cambiar de vida (Mt 3,8); c) les anunciaba un castigo divino que caería sobre quienes no se convirtieran (Mt 3,10); d) les revelaba la llegada de alguien, detrás de él, que vendría para hacer cumplir la Palabra de Dios (Mt 3,11-12). Cuando terminaba de hablar, a quienes se comprometían a cambiar de vida los invitaba a bautizarse en el río, como señal de que aceptaban “cruzar” la frontera de una nueva existencia, y luego los enviaba a sus hogares para aguardar el gran cambio que iba a producirse a través de ellos. Las multitudes que se bautizaban y regresaban a sus casas, volvían convencidas de que acababan de actualizar la antigua hazaña de Josué; que al igual que sus antepasados, habían abandonado en la otra orilla un viejo estilo de obrar, y estaban listos para la conquista de un nuevo país, una nueva sociedad, una nueva familia, mientras esperaban la llegada inminente del Reino de Dios, que aparecería de un momento a otro para premiarlos por haberse convertido. Gracias a esta genial estrategia, Juan el Bautista logró reunir innumerables discípulos que aceptaron su mensaje, se encontraron con Dios, cambiaron sus corazones, y transformaron sus vidas de manera poderosa.

A principios del año 27, una muchedumbre se dio cita junto al río Jordán para oír a un nuevo profeta. El lugar donde predicaba era célebre por haber sido el escenario donde Josué había iniciado la conquista de la Tierra Prometida. Pero las multitudes no habían ido allí para conmemorar ese hecho. Iban a ver a un hombre que les aseguraba que ellos podían repetir en sus vidas aquella epopeya extraordinaria. Es que Juan había creado una metodología capaz de transformar un hecho histórico en un acontecimiento actual, un suceso del pasado en una realidad presente, revivida con un sentido nuevo. Hace tiempo ya, en 1983, el papa Juan Pablo II en un famoso discurso ante los obispos latinoamericanos les pidió lo mismo: que prepararan una nueva evangelización para la Iglesia, “nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión”. Porque la Iglesia hoy tiene que actualizar algo mucho más importante que el mensaje de Moisés a los israelitas: el mensaje de Jesús de Nazaret que entregó su vida por amor y se ocupó de los más pobres.

Sin embargo, a pesar del pedido del Papa, poco se ha hecho en ese sentido. Nuestra catequesis sigue siendo en muchos casos anticuada, nuestra prédica se ha vuelto insulsa, nuestras enseñanzas son en gran medida obsoletas, y nuestras celebraciones están muy lejos de tener la originalidad y la contundencia que poseían las de Jesús de Nazaret. Algunas no son más que una inflación superficial de palabras reiteradas, a veces vetustas, más ocupadas en evocar hechos históricos que en reeditar caminos nuevos de expresión de la fe. El mensaje de aquel “idealista”, que cuando vio que se le venían encima su condena y su muerte celebró una cena con sus amigos y entregó su cuerpo y su sangre para que el mundo fuera mejor, es algo demasiado profundo y excelso como para ser trivializado en tantas ideas teológicas y definiciones que parecen expresarlo todo, menos el Evangelio de Jesús. Nos hace falta inventar expresiones nuevas, formas inéditas, contextos más adecuados, criterios originales, para que el Evangelio suelte toda la fuerza que tiene encerrada para el hombre de hoy.

Si el austero y solitario profeta del desierto fue capaz de conseguirlo, también nosotros podremos lograrlo.

Fuente:
Artículo extractado de la revista “Vida Pastoral” de la Editorial san Pablo - Argentina

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