martes, 26 de marzo de 2013

Los “Apóstoles” de Francisco



Miriam le da la teta a su bebé y en el pecho se le ven los cortes. Una noche, dice, cuando el paco la había dejado tan flaca que necesitaba ayuda para pararse, unos pibes la agarraron en el Puente Alsina, la desmayaron a patadas, le dieron 23 puñaladas y la tiraron al Riachuelo.

Está nublado y hay olor a tuco en la villa y al lado de Miriam está Mario. No se conocen pero sus historias están enhebradas por el mismo hilo. Una tarde, Mario se encerró en una casilla con sus amigos. Tenía una bolsa de pegamento en una mano, un revólver en la otra y la idea fija de jugar a la ruleta rusa.

Mario frunce la cara y se ve: todavía le retumba el balazo que mató al que estaba sentado al lado. Y acá es donde sus historias se tocan. Miriam vivía en la Villa 21.24, en Barracas, Mario, en la 1.11.14, en el Bajo Flores: las dos villas a las que el Arzobispo de Buenos y Cardenal Primado de la Argentina Mons. Jorge Bergoglio: hoy el Papa Francisco, fue a lavarle los pies a chicos adictos al paco.

Lo que siguió no fue un milagro ni una recuperación instantánea pero para ellos fue una bisagra: ahí donde el Estado no estaba, la Iglesia no se les acercaba con el sermón ni con la Biblia en la mano. Se acercaba a través de los “curas villeros”, seguidos de cerca por el nuevo Papa, metiéndose en las ranchadas, acompañándolos a internarse, enfrentando a los narcos y convenciendo a los adictos de que sí tenían una posibilidad.

Un jueves Santo, hace exactamente cinco años, Bergoglio vino a esta parroquia, en la Villa 21-24 y Zavaleta. Ese día lavó y besó los pies a 12 jóvenes que peleaban contra el paco –imitando el gesto de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena– e inauguró el Hogar Hurtado.

Los “curas villeros” hicieron el trabajo duro pero él estaba ahí. “Bergoglio dejó de mandar curas a otros lugares para traerlos a las villas. Nos conseguía los recursos para hacer los comedores y nos apoyó cuando salimos a denunciar que las villas son zonas liberadas donde las drogas están despenalizadas de hecho y el Estado no se mete. Nadie puede hablar de algo que no vive pero él podía porque tenía una relación directa con la gente de la villa”, declara el Padre Pepe.

Empezaron tres y ahora los “curas villeros” son más de 20. Saben que la recuperación no es rápida y que el paco está siempre listo para colarse en las grietas emocionales.

Uno de los jóvenes recuperado: Mario, pasó de pegarle un tiro a alguien y dejarlo en silla de ruedas a decir esto: “Yo estaba destrozado, lleno de forúnculos por el consumo y por comer de la calle y Bergoglio me besó los pies. Capaz suena exagerado pero sentí que no le daba asco, que me decía que había una posibilidad”.

Miriam –la única mujer de los elegidos en la villa 21– pasó de arrancarse los dedos con una botella rota revolviendo la basura a formar una familia. “La última vez que me vio yo estaba embarazada. Bergoglio me abrazó y me dijo: ‘Ya está”. Pero Miriam andaba triste: le faltaba reencontrarse con dos hijas a las que había abandonado por el paco. “Lo acompañé a la parada y él me dijo ‘paciencia Miriam, paciencia, vos sos una luchadora’. Tenía razón. Se va a poner contento cuando se entere que recuperé a mi familia”.

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