miércoles, 7 de diciembre de 2016

NUESTRA SEÑORA DEL VALLE


En la Provincia de Catamarca, al Noroeste de la Argentina. Entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste. El misterio rodeó por siglos  la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Cómo llegó allí? Nunca se supo. Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos. Hoy en día, Nuestra Señora del Valle de Catamarca configura un foco de atención de la fe del pueblo Argentino, que junto a la Virgen de Luján y la Virgen de Itatí, hacen un conjunto que envuelve y enriquece la tradición Mariana de este pueblo. Lo que pasamos a narrar, luego de cuidadosa información documental, aconteció entre 1619 a 1620. Corrían las horas de un avanzado atardecer que caía apacible sobre las lomadas de Choya. Un indio, de los jornalizados, al servicio del vizcaíno Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes, recogiendo alguna majada para llevarla de vuelta a los corrales, para librar a las cabras u ovejas del puma hambriento o de zorros que atacaban a las crías pequeñas.

Allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera. Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus voces, mitad kakan, mitad castellano se mezclaba con el susurro del viento. El indio no pudo comprender lo que decían pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares. A las últimas luces del día, vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña. Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco kilómetros, remontó la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero al que podía llegar con relativa facilidad. Hacía aquel lugar se dirigía el frecuentado sendero. Lleno de asombro continuó investigando y vio cómo, al pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradicionales danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones vio rústicos asientos, restos de pequeños "fogones" y llegó a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo un tanto secreto.

El indio se propuso entonces, ver qué significaba aquello. Su afán por descubrir el misterio le hizo trepar cautelosamente hasta el mismo nicho y a su entrada quedó como clavado por lo tan imprevisto y hermoso que veía. Allá al fondo de la gruta se descubría una imagen de la Virgen María, pequeña, era como algunas que había visto en casas de los españoles. Esta era de rostro morenito y tenía las manos juntas. Lo atraía misteriosamente y allí se quedó contemplándola por mucho tiempo. ¿Cómo había ido a parar en aquellos lugares una imagen de la Virgen María? Ella, Reina de la Luz y de la Gloria, con su imagen siempre hermosa y venerada en la tierra, ¿no sería causa de que los nativos volvieran a sus antiguas idolatrías? Por ello, decidió cerciorarse personalmente de la veracidad de aquel extraño relato, yendo al lugar descrito por el indio. No sabía porqué, pero aquella imagen, morena como sus rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes en aquellos años de opresión y dura servidumbre. Ante Ella, los pesados afanes de la jornada se diluían en el sabor de una esperanza que no alcanzaban a comprender, por eso no permitirían que se la llevasen. No tenían armas y en caso de tenerlas, no hubieran sido capaces de utilizarlas ante aquel nicho lleno de luz para sus almas. Pero tenían sí, y sabrían manejar, la súplica de sus varones, las lágrimas de sus mujeres y hasta el rogar de los pequeños.

Al llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual su servidor se la había descrito. No cabía duda; era la imagen de la Reina del Cielo, soberana en su advocación de la Pura y Limpia Concepción. De inmediato dispone no dejar un momento más la imagen en aquella agreste y desolada cueva. Y del modo más amable pero firme manifiesta a los presentes que la llevará consigo. Los nativos comienzan a expresar quedadamente su descontento y dicen a media voz: “Si es nuestra, nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende”, Salazar insiste en su determinación lo que acentúa la resistencia de los nativos, comienzan las lágrimas y los ruegos, pero el español se mantiene firme; y allí mismo, tomándola delicadamente en sus manos, la lleva reverente a su casa.

Salazar, al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo, antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar a la “Madrecita Morena” que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra. Al preguntarle a su esposa, Beatriz, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior (asegura) estaba la imagen en su repisa y no sabía que hubiera entrado persona alguna a la casa. A todo esto, ya entrada la mañana, el Administrador del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen ya entre los amigos, ya entre vecinos más alejados. Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno y labranzas para buscar la imagen por todas partes. Entonces se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la imagen... y para su asombro: allí estaba, tal cual la viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios. No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él. Apresuradamente la levanta y al llegar al pueblo y a la casa, la coloca en su sitio; día y noche multiplica la vigilancia. Todo fue inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a “capturar a la Fugitiva” y traerla de nuevo a su casa, no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.

Es que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares, junto al dulce amor de sus corazones sencillos, humildes y por eso buenos. Al describir la imagen de la Pura y Limpia Concepción, ya desde 1645, bajo la advocación de Virgen del Valle, en conformidad con una antigua costumbre española, la imagen fue vestida desde los principios y vestida ha quedado siempre. En la actualidad, encerrada en una vitrina o urna como se dice comúnmente, está envuelta en amplios y lujosos paramentos. Las vestiduras constan de túnica blanca y largo velo azul. No dejan visible más que el óvalo del rostro y las manos que sobresalen de una hendidura de la túnica y ocultan un conjunto formado por tres piezas distintas: un pedestal de 24 centímetros de alto; una peana de 10 centímetros y la Imagen propiamente dicha que mide 42 centímetros desde la cabeza hasta los pies.

Pío IX impuso las normas y costumbres para que el Capítulo Vaticano pudiera delegar en dignatarios eclesiásticos la facultad de coronar imágenes de la Santísima Virgen, que por su antigüedad y culto u origen maravilloso, junto a hechos extraordinarios y repetidos, hubieran dado fama a sus Santuarios. Por decreto Vaticano de 1889 se concede la coronación de la imagen de la Virgen del Valle de Catamarca en virtud de los innumerables prodigios que realizó en toda la región del noroeste argentino.

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