miércoles, 17 de abril de 2013

¿Por qué Jesús no quiso tomar vino en la cruz? - 2º Parte



Continuando con este tema y como mencionáramos en el programa anterior: la noche antes de morir, Jesús bebió por última vez vino con sus discípulos, y les dijo que a partir de ese momento ya no volvería a hacerlo hasta que el Reino de Dios llegara. Ahora bien, sabemos que el Reino de Dios quedó inaugurado a partir de la muerte y resurrección de Jesús (Mc 8,31). Por lo tanto, el período en el que Jesús se comprometió a no beber vino es solamente el que va desde la última cena hasta su resurrección, es decir, el período de su pasión y muerte en la cruz. ¿Y por qué fue importante para Jesús no beber vino durante esta etapa? Creemos que la respuesta es: porque se convirtió en un nazir.

En efecto, el Antiguo Testamento nos cuenta que entre los judíos existía una institución religiosa, llamada nazireato, gracias a la cual una persona se consagraba a Dios de manera especial (Nm 6,1-21). Quien lo hacía, quedaba convertido en nazir (del verbo hebreo nazar = “separarse”, “abstenerse”). El nazir debía comprometerse a no ingerir vino ni bebidas alcohólicas por un tiempo, generalmente un mes. También se comprometía a no cortarse el pelo, y a no acercarse a un cadáver. Así, el nazir se convertía en una persona especial, sagrada, y se ponía casi a la misma altura del Sumo Sacerdote del Templo, que durante su vida no bebía vino (Lv 10,9), no se acercaba a cadáveres (Lv 21,11), ni se cortaba el cabello (Lv 21,5). Terminado el período de su consagración, el nazir ofrecía un sacrificio en el Templo, se cortaba el pelo y volvía a su vida normal.

A lo largo de la Biblia encontramos muchos nazires famosos. El más antiguo que conocemos fue Sansón (Jc 13,4-5; 16,17). Ya cuando su madre estaba embarazada de él, ella dejó de beber vino y bebidas alcohólicas para que su hijo quedara consagrado desde el vientre materno. También Samuel parece haber sido un nazir. Antes de nacer su madre lo consagró a Dios, y después de nacer nunca se cortó la cabellera (1 Sm 1,11) ni bebió vino (1 Sm 1,11, según la versión griega). Un tercer nazir que encontramos en la Biblia es un tal Yonadab, hijo de Rekab (2 Re 10,15-17). Era un fanático religioso, que llevaba una vida especial de consagración a Dios y se abstenía del vino. Su celo y su ejemplo de vida fueron tan grandes que sus seguidores fundaron una secta religiosa judía, llamada los rekabitas. Siglos más tarde, en tiempos del profeta Jeremías, seguían existiendo y absteniéndose de beber vino (Jer 35,6-7). El profeta Amós (Am 2,11-12) cuenta que en su época también existían nazires, pero que perdieron su consagración porque las tentaciones del mundo y las malas compañías los habían llevado a beber alcohol. En tiempo de los macabeos (siglo II A.c.) volvemos a encontrar un grupo de nazires muy preocupados: habían cumplido el período de su consagración, y debían ir al Templo de Jerusalén para dar por finalizada su promesa, pero como éste había sido profanado, no sabían qué hacer ni a dónde ir (1 Mac 3,49-51).

En tiempos de Jesús el nazireato seguía vigente. Juan el Bautista, por ejemplo, estuvo consagrado a Dios desde el vientre materno, nunca bebió vino ni licor (Lc 1,15; 7,33), y vivió en el desierto alejado de toda impureza (Lc 1,80; 7,24). También San Pablo parece haber hecho un voto de nazir, al final de su segundo viaje, cuando estuvo en el puerto griego de Cencreas, cerca de Corinto (Hch 18,18). Allí Pablo se cortó el pelo antes de consagrarse, quizás para evitar tenerlo después demasiado largo. Y meses más tarde, al final de su tercer viaje, cuando llegó a Jerusalén, se presentó en el Templo para pagar su ofrenda y dar por concluida su consagración. Ese día aprovechó y pagó también las ofrendas de otros cuatro nazires, menos pudientes que él (Hch 21,23-24). Vemos, pues, que el nazireato era una institución conocida y valorada en el Antiguo Testamento y también en la época de Jesús.

Es posible, pues, pensar que cuando el evangelista Marcos cuenta que Jesús durante la última cena hizo la promesa de abstenerse de vino, aludía a que esa noche Jesús quiso consagrarse como nazir. De hecho, la fórmula que emplea Jesús es una afirmación enfática (“Yo les aseguro”), seguida de una frase en primera persona (“que yo ya no beberé”). Se trata de una construcción gramatical única en todo el Evangelio de Marcos, y rarísima en los otros Evangelios (sólo Mateo la usa un par de veces). Tal construcción parece, pues, tener un sentido muy especial, como si expresara un compromiso solemne hecho por Jesús en ese momento. Además, las palabras que Jesús emplea (“ya no beberé del producto de la vid”) son casi idénticas, en griego, a las que emplea el libro de los Números para referirse a la consagración del nazir (6,3-4).

Para Marcos, pues, Jesús habría resuelto dedicar las últimas horas que le quedaban de vida a consagrarse como nazir. Y como las otras dos condiciones de su voto (es decir, no cortarse el cabello y no acercarse a un cadáver) podía cumplirlas fácilmente durante el tiempo que iba a estar crucificado, sólo le faltaba avisar que se privaba del vino. Cosa que dejó en claro cuando pronunció su frase: “Les aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”. Por eso Marcos cuenta que, cuando más tarde Jesús fue llevado a crucificar y le ofrecieron vino para reducir sus dolores, él lo rechazó. Por su condición de nazir, no podía tomarlo.

Queda por responder una pregunta: ¿por qué San Marcos quiso contar que Jesús había hecho esa consagración horas antes de su muerte? Sabemos que, de los cuatro evangelios, el de Marcos es el que presenta a Jesús de una manera más humana. Mientras los otros evangelistas destacan más la divinidad de Jesús, lo elevan, y lo describen con más rasgos gloriosos, Marcos lo presenta siempre con características humanas. A los lectores de Marcos les resultaba, pues, difícil enterarse de que Jesús era alguien especial. Aparece como un hombre que come y bebe (2,16), que se enoja (3,5), se duerme (4,38), se asombra (6,6), solloza (8,12), se indigna (10,14), tiene hambre (11,12), ignora ciertas cosas (13,32). O sea, Jesús aparece como un hombre ordinario, que hace cosas extraordinarias.

Por eso, al final de su vida, Marcos quiso incluir el detalle de que Jesús murió  privándose del vino, para decirnos que ese hombre sufriente que colgaba de un madero no era un mortal cualquiera, torturado por la saña de sus enemigos. Quien así moría era un consagrado de Dios, un ser especial, un hombre santo, un predilecto del Señor. Ese Jesús que a lo largo del Evangelio de Marcos había aparecido tan humano y cercano a los hombres, ahora, en el momento culminante de su existencia, se mostraba como realmente era: alguien dedicado a Dios de una manera especial. Pero mientras los otros nazires, que se entregaban a Dios mediante un voto, concluían su consagración con el sacrificio de algún animalito, Jesús concluyó su consagración con el sacrificio más grande que se pudo ofrecer: el sacrificio de su propia vida en la cruz. Fue el nazir más grandioso de todos.

Más que un detalle histórico, el relato de Jesús rechazando el vino es una idea teológica. Es decir, se trata de un concepto religioso, expresado a través de una escena historizada. Pero ¿por qué Marcos quiso contar esta idea a sus lectores, que no eran de origen judío sino pagano, y que no entendían demasiadas cosas sobre el nazireato? Quizás porque la encontró en la tradición anterior a él, y por eso la conservó.

Jesús no rechazó el vino antes de morir para dejarnos la prohibición de beber, como dicen algunos; él amaba la alegría y la fiesta. Tampoco lo rechazó para poder sufrir más en la cruz; él no era masoquista, ni devoto de los dolores gratuitos. El detalle de la negativa a beber el vino, contado por Marcos, quería expresar que en el momento de su pasión, Jesús se entregó a Dios, se consagró totalmente a Él, se puso absolutamente en sus manos, y que Dios lo aceptó, lo acompañó, y estuvo con él todo el tiempo que duró su agonía.

En las horas dolorosas de toda vida humana, los hombres solemos enojarnos con Dios, porque lo imaginamos lejos, o cuanto menos indiferente a nuestro dolor. Es difícil creer en Dios cuando uno está subido a una cruz y siente su carne desgarrada. Pero si, a ejemplo de Jesús, en esos momentos aprendemos a hacer un acto de consagración a Dios, si nos abandonamos en sus manos, si decidimos confiar en Él contra todas las apariencias, entonces uno se vuelve un nazir, la vida de uno se eleva, adquiere una grandeza insospechada, y ya nunca vuelve a ser como antes. Cuando uno vive un dolor con la mente puesta en Dios, el dolor no lo vuelve un desdichado, sino un consagrado. Es el mensaje de Aquél que se abstuvo del vino antes de morir.

Fuente:
Revista Vida Pastoral
Editorial San Pablo (Argentina)

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