miércoles, 22 de mayo de 2013

El Niño Fidencio


Fue un famoso curandero mexicano, y su nombre verdadero fue José de Jesús Fidencio Constantino Síntora, venerado ahora por la Iglesia Fidencista Cristiana. La Iglesia Católica no le reconoce status oficial de santo, pero su culto se ha extendido por gran parte del norte de México y el sur de Estados Unidos. Uno de los capítulos menos conocidos de la historia paranormal mexicana consiste en la historia del extraño curandero conocido como "El Niño Fidencio" cuyo increíble historial de curaciones causó sensación en los primeros años del siglo 20. Nacido el 17 de octubre de 1898 en Yuriria, Guanajuato, México, fue el numero catorce de una familia con veinte hijos. A los seis años, su madre lo dejó en un pueblo cercano en una escuela de una sola aula y nunca regresó por el. Fue recogido por los padres de un compañero de clase, Enrique López de la Fuente, en cuya casa trabajaba a cambio de alojamiento y comida.

Se decía que el joven Fidencio: "deambulaba por las calles iluminando con la fe, sanando a los enfermos y buscando fervientemente la tierra santa, como Dios le había mandado a hacer."

Mientras tanto, su amigo Enrique López se había hecho un nombre por sí mismo como un oficial de la Revolución Mexicana; huyendo de Pancho Villa encontró refugio en un rancho propiedad de un emigrante alemán en el pueblo de Espinazo, Nuevo León. Recordando a su amigo Fidencio que tenía una gran habilidad como cocinero y mayordomo lo hizo llamar. Fidencio viviría en ese pueblo durante más de una década, ya que su reputación como curandero aumentó a pasos agigantados, sobre todo como partera masculina, el utilizaba solo fragmentos de vidrios duros, hilos del hogar y agujas para suturar a las heridas, eran sus únicos instrumentos para la realización de cesáreas. La reputación del curandero se extendió a lo largo y ancho del país, y al igual que en un cuento de hadas, llego a los oídos del hombre más poderoso de México en ese entonces: Plutarco Elías Calles, presidente de México. Investigadores del gobierno federal fueron enviados desde la capital hacia el remoto norte para ver exactamente lo que estaba pasando, y un informe oficial describe las curaciones de Fidencio como nada menos que "milagroso".

El Presidente de la Republica Mexicana fue a Espinazo en busca de "sanación espiritual", pero lo más importante, un remedio para la "enfermedad vergonzosa" que lo aquejaba. El 8 de febrero de 1928, el tren presidencial se detuvo en el pueblo, impresionando a los aldeanos, que nunca esperaba ver tan augusta compañía en medio de ellos. Una vez dentro de la casa Fidencio, el presidente Calles se reunió en privado con el curandero y el tema de la discusión sigue siendo desconocido hasta hoy. El único hecho es que el ejecutivo se encerró con el curandero durante tres horas. Después de ese período de tiempo transcurrido, la comitiva presidencial vio salir a Fidencio de la habitación sin hacer frente a ellos. Más horas pasaron, y el general Almazán, uno de los principales asesores, se estaba poniendo nervioso. ¿Qué estaba pasando en la habitación, y que hacia el Niño Fidencio? No pudiendo esperar más, y en vista del hecho de que Fidencio no había regresado, el general irrumpió en la habitación, sólo encontró al presidente desnudo sentado en una silla de madera, cubierto de una gruesa capa de miel, de la cabeza a los pies. Visiblemente molesto, el general ordenó a sus guardias encontrar al curandero. Lo encontraron muy pronto, jugando con algunos de sus pacientes con discapacidad.

El trabajo del curandero debió de haber sido sorprendente ya que el Presidente Calles recompenso sus buenos servicios mediante la construcción de un acueducto que transportaba el agua directamente a Espinazo desde una distancia de treinta kilómetros además de más trenes cargados de suministros para los habitantes y los pacientes. Nunca se sabrá la verdad sobre la curación milagrosa del presidente Calles fue por los poderes Niño Fidencio, si es que en realidad tenía. Pero el interés político en la asistencia de otro mundo no se circunscribe a ese momento en particular en los primeros años del siglo 20. El Niño Fidencio murió a la edad de 40 años el 19 de octubre de 1938. Según el acta de defunción su muerte se determinó como muerte natural. Se atribuye su muerte a consecuencia de las largas jornadas de trabajo que realizaba para curar a sus enfermos que llegaban a ser hasta de 48 horas, a veces sin probar alimento, lo cual fue minando su salud hasta llevarlo a un agotamiento irreversible. 

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