miércoles, 1 de mayo de 2013

Lo razonable de creer - Segunda parte


Avanzamos en este Año de la fe, llevando en nuestros corazones la esperanza de redescubrir cuánta alegría hay en creer y encontrar el entusiasmo de comunicar a todos las verdades de la fe. Estas verdades no son un simple mensaje de Dios, una particular información sobre Él. Sino que expresan el acontecimiento del encuentro de Dios con los hombres, encuentro salvífico y liberador, que realiza que las aspiraciones más profundas del hombre, sus anhelos de paz, de fraternidad y de amor.

Esta doctrina es fácilmente reconocible en todo el Nuevo Testamento. Pablo, escribiendo a los cristianos de Corinto sostiene: "Mientras los Judíos piden señales y los Griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los Judíos, necedad para los gentiles" (1 Cor 1:22-23).

De hecho, Dios ha salvado al mundo no por un acto de fuerza, sino a través de la humillación de su Hijo único: de acuerdo a los parámetros humanos, el modo inusual dado por Dios contrasta con las exigencias de la sabiduría griega. Y sin embargo, la cruz de Cristo es una razón, que Pablo llama: "la palabra de la cruz" (1 Corintios 1:18). Por lo tanto, Pablo ve en la Cruz no un evento irracional, sino un hecho de salvación que tiene su propia racionalidad reconocible a la luz de la fe. Al mismo tiempo, tiene tal confianza en la razón humana, hasta el punto de asombrarse por el hecho de que muchos, incluso viendo la obras realizadas por Dios, se obstinan en no creer en Él: "En efecto –escribe en su carta a los Romanos– las perfecciones invisibles [de Dios], es decir, su eterno poder y divinidad, vienen contemplados y comprendidos por la creación del mundo a través de las obras realizadas por Él"(1,20).

También Pedro exhorta a los cristianos de la diáspora a adorar "al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a responder a todo el que os pida la razón de la esperanza que hay en vosotros" (1 Pedro 3:15). En un clima de persecución y de fuerte necesidad de dar testimonio de la fe, a los creyentes se les pide que justifiquen con motivaciones fundadas su adhesión a la palabra del Evangelio, de dar la razón de nuestra esperanza. Sobre esta base, acerca del nexo fecundo entre entender y creer, se funda también la relación virtuosa entre ciencia y fe. La investigación científica conduce al conocimiento de verdades siempre nuevas sobre el hombre y el cosmos. El verdadero bien de la humanidad, accesible en la fe, abre el horizonte en el que se debe mover su camino de descubrimiento.

Por lo tanto, deben fomentarse, por ejemplo, las investigaciones puestas al servicio de la vida y que tienen como objetivo erradicar las enfermedades. También son importantes las investigaciones para descubrir los secretos de nuestro planeta y del universo, a sabiendas de que el hombre está en la cima de la creación, no para explotarla de manera insensata, sino para custodiarla y hacerla habitable. Así, la fe, vivida realmente, no está en conflicto con la ciencia, más bien coopera con ella, ofreciendo criterios básicos que promuevan el bien de todos, pidiéndole que renuncie sólo a los intentos que –oponiéndose al plan original de Dios– pueden producir efectos que se vuelvan contra el mismo hombre. También por ello es razonable creer: si la ciencia es un aliado valioso de la fe para la comprensión del plan de Dios en el universo, la fe permite al progreso científico realizarse siempre por el bien y la verdad del hombre, fiel a este mismo diseño.

Por eso es crucial para el hombre abrirse a la fe y conocer a Dios y su proyecto de salvación en Jesucristo. En el Evangelio, se inaugura un nuevo humanismo, una verdadera "gramática" del hombre y de toda la realidad. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: "La verdad de Dios es su sabiduría que sostiene el orden de la creación y el gobierno del mundo. Dios, que "hizo Él solo, el cielo y la tierra" (Sal 115,15), puede dar, Él sólo, el verdadero conocimiento de todo lo creado en la relación con Él"(n. 216). Confiemos que nuestro compromiso en la evangelización ayude a dar nueva centralidad al Evangelio en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Oremos para que todos vuelvan a encontrar en Cristo el sentido de la vida y el fundamento de la verdadera libertad: sin Dios, de hecho, el hombre se pierde. Los testimonios de los que nos han precedido y han dedicado su vida al Evangelio, lo confirma para siempre. Es razonable creer, está en juego nuestra existencia. Vale la pena darse por Cristo, sólo Cristo satisface los deseos de verdad y de bien arraigados en el alma de cada hombre: ahora, en el tiempo que pasa, y en el día sin fin de la bendita eternidad.

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