martes, 18 de junio de 2013

Prioricemos lo más importante

En estos últimos tiempos se ha replanteado, en los medios católicos, cuál deba ser la fórmula más adecuada para la consagración del vino, al celebrarse la misa. Esta cuestión que de por sí parece de carácter meramente idiomático, puede suscitar inquietudes relacionadas con nuestro destino final (¡un tema importante por cierto!). De todos modos, refuerza nuestra confianza en la misericordia divina la clara y rotunda doctrina que al respecto nos inculca la Iglesia: “Cristo ha muerto por todos los seres humanos sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá ninguno por quien él no haya padecido’” (Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 605). Naturalmente, aquí también juega su papel la libertad de la opción humana, pero no es esa en rigor la cuestión que visualizamos ahora.

Pasando a un plano experimental de nuestro tema –y en mi condición de sobreviviente de la época bastante anterior al Concilio–, creo conveniente manifestar ciertas comprobaciones de entonces en el trato con compañeros de apostolado y con cristianos en general. Más de una vez me llamaban la atención las angustiadas cavilaciones en que algunos de ellos se sumergían a propósito de las palabras de Cristo que habían leído en su misal en la celebración eucarística del domingo. Se trataba precisamente de la segunda fórmula consagratoria: “Esta es mi sangre (…), que se derrama POR MUCHOS para el perdón de los pecados” (cfr. Mateo 26, 28; Marcos 14, 24; Isaías 53, 11). No siempre resultaba fácil tranquilizar esos estados de ánimo con el argumento de que, en casos como ése, muchos es lo mismo que “todos”, de acuerdo con un modismo semítico del que daba cuenta el papa Benedicto XVI: “En los años ‘60 (…) existía un consenso exegético de que el término muchos era una expresión hebrea para indicar el conjunto, ‘todos’”, sin que ninguno quede afuera.

Con bastante lógica y más que nada, con pleno sentido pastoral, se decidió que en adelante cesara el uso de muchos y se lo reemplazara por “todos”. Pero lamentablemente, he aquí que ahora habrá que volver sobre esos pasos tan conformes con el espíritu del Concilio Vaticano II. Y, en franca oposición al criterio de los años 60, se suprimirá “todos” y figurará de nuevo el término muchos… Para justificar la medida –que no pocos interpretan como una especie de involución–, se apela al respeto que merecen los textos bíblicos, y además se alega que “el consenso exegético– arriba mencionado– se ha desmoronado”…

Pero por una parte, no se ve que en este caso haya sido afectado el respeto a la palabra de Dios, y, por otra parte, lo realmente importante es que sigue manteniéndose en pie el HECHO SEMÁNTICO, característico del lenguaje semítico, en virtud del cual, puede existir una perfecta equivalencia entre muchos y “todos”. Lo que se ha desmoronado es la unidad de los puntos de vista y de las “tendencias” dentro de los grupos de biblistas y teólogos, a causa de motivaciones ajenas a la cuestión lingüística…

En la delicada situación por la que atraviesa nuestra Iglesia, ¿no sería aconsejable soslayar decisiones carentes de urgente necesidad que, incluso, pueden potenciar las divisiones? Reservemos en cambio lo mejor de nuestros deseos y energías a la solución de los más graves problemas que nos aquejan.

Por Rodolfo A. Canitano
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