miércoles, 23 de julio de 2014

¿Es posible perdonar siempre a los enemigos?

Promediaba ya la vida pública de Jesús cuando una tarde, mientras les enseñaba a sus discípulos en Cafarnaún, Pedro le preguntó: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21). Los maestros judíos solían discutir la cantidad de veces que una persona tenía que perdonar. Y los Doctores de la Ley habían llegado a la conclusión de que un hombre debía perdonar a su hermano hasta tres veces. Porque, decían, Dios en las Escrituras perdonaba siempre hasta tres veces, y la cuarta vez castigaba. En efecto, en el libro del profeta Amós se anuncia que Dios castigó a varios pueblos por el cuarto pecado cometido. Allí el profeta declara: “Por los tres crímenes de Damasco, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,3). “Por los tres crímenes de Gaza, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,6). “Por los tres crímenes de Tiro, y por el cuarto, no los perdonaré” (Am 1,9). Y lo mismo va diciendo de Edom, Ammón, Moab, Judá, Israel (Am 1,11.13; 2,1.4.6).

De estas palabras, los israelitas deducían que si el perdón de Dios se limitaba a tres ofensas, no había que pedirle a un hombre que fuera más misericordioso que Dios. Por eso no existía la obligación de perdonar más de tres veces. Pedro, al proponerle a Jesús perdonar hasta siete veces, lo que hizo fue tomar los tres perdones de los israelitas, multiplicarlos por dos, y agregarle uno. Y así, muy contento y satisfecho, pensaba haber dado un gran paso de generosidad, superando en misericordia a los maestros judíos. Esperaba, pues, escuchar las felicitaciones de Jesús.

Pero Jesús le respondió a Pedro de uno modo inesperado y sorprendente: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). La expresión “setenta veces siete” no significa 490 veces, como puede parecer si la tomamos literalmente (70 x 7 = 490). Incluso la versión del evangelio de Lucas, tomada textualmente, es aún más extrema: “Si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y las siete veces te dice: «Me arrepiento», debes perdonarlo” (Lc 17,4). Siete veces al día, equivalen a ¡2.555 perdones al año!

Lo que Jesús quiso decir con esta frase simbólica es que debemos perdonar “siempre”, sin poner límites. Que el perdón no debe ser una excepción, o un favor que le hacemos a alguien, sino un modo habitual de nuestra vida. ¿Por qué usó Jesús la expresión “setenta veces siete”? Por la historia de Caín y Abel narrada en el Génesis. Allí se cuenta que Caín era tan malvado que cuando alguien le hacía un daño, él no se vengaba una vez sino siete veces (Gn 4,15). Este resentimiento se fue transmitiendo a sus descendientes de tal manera, que uno de sus nietos llamado Lámek adquirió el hábito de vengarse, por cada ofensa que le hacían, setenta veces siete (Gn 4,17-24). Y fue esa violencia creciente la que provocó la ruina de la sociedad de aquel tiempo, con el diluvio universal.

Recordando esta vieja historia, Jesús quiso enseñar que a las ansias de venganza, los cristianos debemos oponer el perdón fraterno. Únicamente con el perdón es posible salvar del desastre a la nueva sociedad de los cristianos. Y para resaltar esta contraposición, utilizó la misma expresión de la historia de Caín. Varias veces enseñó Jesús a sus discípulos que debían perdonar. Y para que no olvidaran esta obligación la dejó inmortalizada en el Padrenuestro, cuando enseñó a pedirle a Dios: “Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lc 11,4). “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial los perdonará a ustedes; pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre perdonará las ofensas de ustedes” (Mt 6,14-15).

Sin embargo, y a pesar del énfasis que Jesús puso en este mandato, pocas cosas hay que le cuesten tanto a los cristianos como perdonar. Y eso se debe a que tienen una idea equivocada sobre el perdón. El primer error consiste en creer que, cuando uno perdona, le hace un favor a su enemigo. En realidad cuando uno perdona, se hace un favor a sí mismo. La misma experiencia nos enseña que cuando guardamos rencor a alguien, o tenemos un resentimiento hacia otra persona, somos nosotros los únicos perjudicados, los únicos que sufrimos, los únicos lastimados; y nos causamos daño, pasando noches sin dormir, masticando odios, envenenando nuestra mente y atormentándonos con ideas de venganzas. Mientras tanto, nuestro enemigo está en paz y no se entera de nada.

Es llamativo cómo la medicina moderna, cada vez más, reconoce que los sentimientos negativos o de odio hacia otra persona producen enfermedades físicas y psíquicas, provocan infartos, disfunciones coronarias, afecciones cardíacas, problemas en los huesos, en la piel y el sistema inmunológico. Incluso muchas de nuestras dolencias - explica la ciencia médica - son en el fondo producto de nuestros rencores ocultos. Es indudable que nuestro enemigo estaría feliz si se enterara del daño que su recuerdo provoca en nosotros.

Equivocadamente, pues, solemos creer que el que perdona pierde. En realidad el que perdona gana. Porque perdonar es quitarse uno mismo una espina dolorosa e infectada, capaz de envenenar toda una vida. El odio causa mayor daño a quien lo tiene que a quien lo recibe. Y el que se niega a perdonar sufre mucho más que aquél a quien se le niega el perdón. Porque cuando uno odia a su enemigo, pasa a depender de él. Aunque no quiera, se ata a él. Queda sujeto a la tortura de su recuerdo, y al suplicio de su presencia. Le otorga poder para perturbar su sueño, su digestión, su salud entera, y convertir toda su vida en un infierno. En cambio cuando logra perdonar, rompe los lazos que lo ataban a él, se libera, y deja de padecer.

Por eso cuando Jesús pidió que perdonemos a los demás, no lo dijo pensando en los demás. Lo dijo pensando en nosotros. Porque dentro del proyecto de Jesús está que sus seguidores sean gente sana, y que puedan vivir la vida en plenitud. Él mismo lo afirmó: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). La segunda idea errónea que los cristianos tienen sobre el perdón, es creer que perdonar significa justificar. Que si uno perdona, de algún modo es porque “comprende” la actitud del otro, la minimiza. Que perdonar es, en el fondo, una manera de decir “aquí no ha pasado nada”.

Y no es así. A veces es mucho y muy serio lo que ha pasado. Pero si a pesar de ello uno perdona, no es porque cierra los ojos ante la evidencia de los hechos, ni porque le resulta indiferente el mal que se ha producido. Cuando a Jesús le presentaron una mujer sorprendida en pleno adulterio, Jesús la perdonó. Pero no justificó su mala conducta, ni le dijo que estaba bien lo que había hecho. Al contrario. La despidió aconsejándole: “Vete, y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8,3-11). Con lo cual el Señor reconoció la gravedad del pecado cometido por la mujer.

Cuando uno perdona, pues, reconoce que el otro ha obrado mal, que ha cometido un hecho más o menos grave; pero aun así, y a pesar de todo, decide perdonarlo para preservar su propia salud y su bienestar interior. Perdonar, entonces, no es “disculpar”. No es liberarlo de la culpa al otro. No. Aun cuando el otro sea culpable de una mala acción, uno debe buscar perdonarlo, porque de esa manera se está librando de un sentimiento de frustración y tristeza que puede intoxicarlo. Perdonar siempre las ofensas, los agravios y los insultos no es minimizar la diferencia entre el bien y el mal, ni convertirse en cómplice del injusto, sino asumir una higiénica actitud de vida, que produce a los largos efectos benéficos y saludables.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

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