miércoles, 9 de julio de 2014

La Cité Catholique - Segunda Parte

Desde su comienzo, la Ciudad Católica se propuso la formación de cuadros con vistas a la acción en el mundo contemporáneo. Autodefinidos como “Un grupo de laicos obrando como católicos, pero también como ciudadanos”, encaminados a la “formación e irradiación de “cuadros”, procuraron articular los valores universales católicos con las disyuntivas que desplegaba la lucha política presente, “no en un plano meramente local o nacional sino internacional” A causa de su renuencia inicial a involucrarse en las pugnas del país, la revista se abstuvo de manifestar sus posiciones respecto al contexto político argentino. Esta actitud cambió en 1966, cuando vislumbraron posibilidades para actuar en el gobierno.

Sus máximas estaban contenidas en el pensamiento integrista, delineado por Ousset pero nutrido por múltiples pensadores reaccionarios que continuaron o enriquecieron el camino abierto por Joseph de Maistre. Rechazaban la masonería, el racionalismo, el laicismo, el sistema institucional liberal y lo que consideraban sus derivados: el “homo democraticus”, los mass media, el progresismo, la “atomización”, el socialismo, el comunismo, la lucha de clases y, en definitiva, la secularización de la sociedad –a la que homologaban con la “Revolución”–. Frente a ello proponían establecer una sociedad católica orgánica, funcionalmente integrada, donde colaboraran empresarios y trabajadores, y los vínculos se basaran en las jerarquías “naturales” bajo el fundamento sagrado: Dios y el Reinado social de Jesucristo.

Dicho en sus propias palabras, los miembros de la Ciudad Católica afirmaban: oramos y luchamos para que Cristo reine en todos los órdenes de la vida social: empresas, cámaras gremiales, sindicatos, fuerzas armadas, en el cine, los diarios y demás medios de comunicación, en el mundo de la cultura y del deporte, en la escuela, la familia, los municipios, universidades, la literatura, la ciencia, en el mismo poder político. Huelgan comentarios acerca del carácter radicalmente integrista de la propuesta del grupo, así como también de lo arduo de su empresa en la realidad en la que estaban inscriptos. Si bien en un momento ulterior esta dificultad permitirá entender la belicosidad de su proyecto, cabe analizar la organización a través de los cuales pensaban dotarse para actuar con eficacia en pos de su apuesta.

Si rechazaban la organización partidaria y la masificación, ¿qué tipo de estructuración y nucleamiento proponían? Convencidos de que la revolución estaba en marcha y de que la contrarrevolución no debía dar treguas, retomaron lo que visualizaron como un método eficaz experimentado por sus oponentes. En este sentido, se observa su análisis de los escritos de Mao, Stalin y, particularmente, de Lenin, cuya incidencia en el modo de acción elegido por la revista Verbo es decisivo: “el trabajo en células es la forma normal y permanente de nuestra acción: LA CIUDAD CATÓLICA ha sido concebida así” (V-3-Julio-1959-p.27). Este tipo de organización se sostuvo en todas las naciones donde se asentaban. Tras de esta fórmula reconocían los métodos y la psicología de una acción eficaz”. Por ellos no sólo entendían el sistema de organización celular, sino también la apelación a hombres que no consagren solamente a la Revolución sus tardes libres, sino toda su vida”; “la selección de los mejores, [...] de los más sacrificados; en todas partes, en todas las capas sociales, en todas las posiciones que permitan conocer los resortes del mecanismo del Estado” (V-9-En/Feb.-1960-pp.36-60).

Justamente, por medio de estos dispositivos, la Ciudad Católica esperaba nuclear a personas competentes, cuyo encuentro robustecería la formación de cuadros idóneos. Se trataba de expandir la Ciudad Católica por medio de la multiplicación de grupos de trabajo basados en la reflexión de la doctrina y su articulación con las problemáticas contemporáneas. Ello suponía estar en contacto con lo real, que nos integramos naturalmente en las conversaciones corrientes, en las preocupaciones del momento, para sacar provecho de todas las ocasiones que se presenten y orientar así, poco a poco, los espíritus hacia la Verdad a la cual servimos”. (V-46/47-Diciembre-1964-p.22-26). En el repertorio de modalidades se advierte una preocupación atenta por la adopción de técnicas acordes con las necesidades que la lucha demandaba. En esa perspectiva, el “combate” –tal término derivaba de la percepción sobre la naturaleza del “enemigo”– implicaba renegar de las convenciones vigentes.

La organización para los grupos era flexible –en tanto brindaba autonomía a cada célula– pero muy reglamentada en cuanto a su funcionamiento. Los círculos debían estar formados por “diez como máximo, nunca más de una docena. ¿Lo ideal? Una célula de 5 a 8 personas. Sus encuentros debían ser semanales, como mínimo cada dos semanas. A su vez, “todo amigo de la Ciudad Católica, animador de una célula en un lugar cualquiera, puede crear otras en los cuatro puntos cardinales del país y del mundo” (V-3-Julio-1959-p.31). Ahora bien, la organización en células de ninguna manera constituía un fin, pues éste era “la irradiación de la Verdad; y el medio la formación intensiva, sistemática, de un número de hombres llamados a ser los agentes de esa irradiación” (V-3-Julio-1959-p.33). Pero, descartada la propaganda abierta, ¿cómo incorporar a esos hombres? La propuesta era seleccionarlos en base a “relaciones amistosas previas” (V-3-Agosto-1959-pp.31-34).

Frente a la inexistencia de locales partidarios y de figuras públicas que actuaran como portavoces, la revista Verbo tenía un rol aglutinante y materializaba la existencia de la Ciudad Católica. A través de la publicación se congregaban y discutían los miembros de las células, a las que dotaba de material para el intercambio y la formación. Era el boletín, pues, el que permitía el modus operandi del grupo. La revista, además, difundía la realización de seminarios, de congresos, de campamentos y de Retiros Ignacianos, que constituían otras instancias de congregación y reflexión. La práctica de estos últimos era muy recomendada, en tanto constituían un código del que todo buen soldado de Cristo debe hacer uso (V-22-Marzo-1961-pp.25-56).

El tamaño de la revista era pequeño –un octavo de tabloide– y su diagramación se caracterizaba por la sencillez. No había dibujos, fotografías ni diagramas de ningún tipo. En sus primeros años no incluía publicidad –en todo caso, promocionaba algunos libros–, por lo que es probable que se financiara con el aporte y la suscripción de sus miembros. De todos modos, Verbo manifestó importantes variaciones con el tiempo. En sus inicios, sus miembros se definieron como “portavoces” de la palabra papal y, congruente con ello, la tapa presentó los colores del Vaticano –blanca y amarilla, igual que Verbo de otros países–. El título estaba acompañado por el subtítulo “La Ciudad Católica” y la frase “En el principio era el Verbo”. Su paginación no era fija sino que presentaba oscilaciones. Así, mientras varios números tuvieron 56 páginas, otros rondaron las 40.

Cuando en 1964 Ousset organizó su Oficina Internacional en Laussane, la portada pasó a tener un solo color de fondo, acompañado por el subtítulo “Formación Cívica y Acción Doctrinal según el derecho natural y cristiano”. Poco a poco incorporó un listado de obras de venta en la redacción del boletín. Allí figuraban obras de Ousset, algunas encíclicas papales y libros de colaboradores de Ciudad Católica. Después del golpe de Estado de 1966, la tapa cambió su subtítulo por “Formación para la Acción”. Esta variación expresa su reposicionamiento en la política argentina, pues ahora vislumbraban condiciones propicias para su cometido. Desde mediados de 1967 Verbo aumentó el número de páginas y comenzó a tener cierta publicidad. En vista de que la publicación tenía una función central para el intercambio y la formación de sus miembros, los diferentes números de Verbo presentaban artículos de “enganche” con el propósito de despertar el interés sobre los temas de discusión en las células. De este modo, los propulsores de la Ciudad Católica ansiaban que sus miembros pudieran pasar del análisis temas de actualidad a la formación en la acción doctrinal.

Conforme se acercaba la caída del gobierno de Illia –en medio de una campaña mediática orientada a marcar la “caducidad” del sistema de partidos y a ensalzar la necesidad de un cambio de estructuras que afianzara el desarrollo y la seguridad, focalizaron las discusiones en el fortalecimiento de los cuerpos intermedios; la reorganización de la seguridad social; el régimen corporativista y la responsabilidad de las FFAA. La discusión de estas temáticas implicaba también una operatoria concreta dentro de la célula y su canalización al exterior. Los pasos propuestos a seguir eran “a) situar el problema en el seno de un pequeño equipo de elaboración. Reunir la documentación básica. Asistir a reuniones vecinales, sindicales, etc. para “ pulsar” los temas de interés. Leer los libros que contribuyen a crear el consenso. b) redactar el texto de base. Hacer corregir el texto de base [...] c) difundir el texto [...] d) utilizar los contactos surgidos de dicha difusión y mantenerlos metódicamente” (V-46/47-Diciembre-1964-pp.22-26). Esta referencia permite colegir la sistematicidad de su propuesta y su actitud férrea que no deseaba dejar nada librado al azar.

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