martes, 21 de octubre de 2014

¿Cuántos milagros hizo Jesús? - Segunda Parte

Cuando Jesús realizaba sus “signos”, quería decir a la gente que no se quedara con el milagro, que éste no era importante, que fuera más allá, que viera lo que había detrás de estos prodigios. En síntesis: le pedía que descubrieran al enviado de Dios, que realizaba todas estas cosas. Sus milagros eran señales de la persona de Jesús. En cuarto lugar, así se entiende otra característica de los milagros del Evangelio de Juan, y es que suelen ir acompañados de discursos explicativos. En los otros Evangelios, el milagro es lo que es: una fuerza, un poder del Reino de Dios, y no necesita explicación. En cambio en Juan el milagro no apunta al hecho que acaba de ocurrir frente a sus ojos, sino apunta al que lo hizo; apunta hacia Jesús. Por eso, ante el peligro de que la gente se quede con el prodigio, Jesús debe ponerse a explicar cada milagro.

Así, cuando un sábado cura al paralítico de la piscina de Bezatá, Jesús explica que no lo hace principalmente por beneficiar a un enfermo; había allí muchos otros enfermos al lado del paralítico que también esperaban sanarse, y sin embargo los ignoró. Su objetivo, más que dar la salud al paralítico, era revelar que Él era igual a Dios, porque sólo Dios podía trabajar y curar en sábado (5,17-18). De igual modo, cuando multiplica los panes, explica a la multitud que su intención no fue la de calmarles el hambre, sino revelarles que Él era el Pan de Vida que había bajado del cielo, y al que había que buscar. Cuando devuelve la vista al ciego de nacimiento, aclara que lo hace para enseñar que Él es la luz del mundo, y que quien lo acepta tiene la luz verdadera (9,5.39-41). Y cuando resucita a Lázaro, enseña que su objetivo no era sólo devolver la vida a un muerto; aunque Lázaro resucitó ese día, iba a tener que morir de nuevo, y sus hermanas iban a volver a llorarlo y a ponerlo por segunda vez en una tumba; de modo que resucitarlo aquella mañana sólo para concederle una propina de vida de unos cuantos años más, no tenía mayor sentido.

Lo impresionante del milagro fue la revelación de que Jesús puede transmitir la vida eterna a quien cree en Él, porque Él es la Resurrección y la Vida (11,25). Finalmente, así se entiende por qué Jesús en el Evangelio de Juan nunca dice a sus discípulos que ellos harán “signos” como Él. Los otros Evangelios cuentan que, durante su vida, Jesús dio a los apóstoles el poder de curar a los enfermos (Lc 9,1), cosa que efectivamente ellos realizan (Lc 9,6). Y después de su resurrección Jesús amplía la facultad de los apóstoles no sólo a la curación de enfermos sino a todo tipo de milagros (Mc 16,17-18). En cambio en Juan, el único que realiza “signos” es Jesús; los discípulos no pueden realizarlos. Lo cual es lógico, porque si los “signos” son los medios de los que se vale Jesús para revelar su ser divino, su persona, su intimidad, nadie puede hacer signos más que Él, porque sólo Él revela a Dios. Incluso se afirma que ni siquiera Juan Bautista realizó signos (10,41). Los signos, en el Cuarto Evangelio, forman parte exclusivamente de la auto revelación de Jesús.

Si en el Cuarto Evangelio los milagros pretenden revelar algún aspecto de la interioridad divina de Jesús, ¿cuál es el aspecto que revela cada uno de los 7 milagros que cuenta? El primero, la conversión de 600 litros de agua en vino, revela que Él es el Mesías esperado. Porque según la creencia popular judía, cuando viniera el Mesías iba a hacer una fiesta con abundancia de vino. El segundo, la curación del hijo de un funcionario real, revela que Él es la “vida” de los que llevan una existencia menguada y disminuida. Él hace que uno viva con plenitud y abundancia (Jn 4,50). El tercero, la curación del paralítico de Bezatá, revela que Jesús es igual a Dios. Por eso puede trabajar y curar con todo derecho en sábado (Jn 5,17-18). El cuarto, la multiplicación de los panes, revela que Él es el Pan que ha bajado del cielo, y que puede saciar el hambre de felicidad, de sentido de vida, de búsqueda y de ilusión de las personas. El quinto, caminar sobre las aguas, revela que Jesús es el que acompaña a la Iglesia (la barca) en su marcha a través de los problemas del mundo (el lago encrespado) hasta hacerla llegar a salvo a la otra orilla. El sexto, la curación del ciego de nacimiento, revela que Él es la Luz del mundo, y que quien crea en él no andará nunca en tinieblas. Y el séptimo, el más extraordinario de todos, la resurrección de Lázaro, revela que Él es la resurrección de los muertos, y que todo el que haya muerto volverá un día a vivir.

En Juan, el significado de los milagros no es el mismo que en los Evangelios sinópticos. El acento teológico es diferente. En los sinópticos, son una muestra de la compasión de Jesús por la gente; en Juan, revelan la interioridad de Jesús. En los sinópticos son un anuncio del Reino; en Juan son un anuncio de Jesús. En los sinópticos indican que Dios se ha hecho presente en el mundo; en Juan indican que Dios se ha hecho presente en Jesús. En los sinópticos apuntan hacia afuera de su persona; en Juan apuntan hacia adentro de su ser. Por eso, al leer los milagros del Cuarto Evangelio, debemos tener cuidado de no leerlos de la misma manera que en los sinópticos. No hay que poner el acento en su poder, ni en su amor y misericordia por los enfermos, como hacen los sinópticos, sino entenderlos como signos que revelan algún aspecto de su interioridad. Son, en definitiva, respuestas a la gran pregunta: ¿quién es Jesús?

Según el Evangelio de Juan, frente a los signos que Jesús realizaba se dieron diferentes respuestas. Algunos, como el Sumo Sacerdote Caifás, vieron los signos, pero se negaron a creer, y aconsejaron a los fariseos matar a Jesús (11,47); son los que están ciegos, y permanecen en la oscuridad para siempre (3,19-20). Otros como Nicodemo (3,2-3), los hermanos de Jesús (7,3-7), o la multitud (6,26), han visto los signos pero se quedan en ellos; no van más allá ni descubren a Jesús; sólo buscan los milagros y hechos prodigiosos; son los que tienen una fe imperfecta e incompleta. Y otros, como el funcionario real (4,53) o el ciego de nacimiento (9,38), entienden el verdadero significado de los signos y por ello creen en Jesús, saben quién es Él, y han llegado a una fe adecuada.

Pero hay aún una cuarta respuesta posible: la de los que creen en Jesús sin haber visto nunca signos. Y ésta es la fe alabada por Jesús, cuando dijo: “Felices los que creen sin haber visto” (20,29). Es la fe de los que creen simplemente por la palabra de los que estuvieron con Jesús. Es la fe que debemos tener nosotros. Actualmente son muchas las denominaciones y nuevos movimientos cristianos que basan su fe en los milagros, las curaciones y los signos prodigiosos, manteniendo así a sus fieles en una fe imperfecta e infantil. Sólo quien no cae en esa tentación, y cree a pesar de no ver nada, ha entendido realmente el sentido de los milagros de Jesús.

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

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