jueves, 10 de octubre de 2013

El Concilio Vaticano II – Primera Parte

“Cuanto a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos congrega aquí, baste, a simple título de orientación histórica, reafirmar una vez más nuestro humilde pero personal testimonio de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra "Concilio Ecuménico"…”

“…Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio…”

Tres años de laboriosa preparación, consagrados al examen más amplio y profundo de las modernas condiciones de fe y de práctica religiosa, de vitalidad cristiana y católica especialmente, Nos han aparecido como una primera señal y un primer don de gracias celestiales.

Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio —tal es Nuestra firme esperanza— crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas "actualizaciones" y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”.

Extracto del discurso de su Santidad Juan XXIII en la solemne apertura del CONCILIO VATICANO II, el Jueves 11 de octubre de 1962

En Junio de 1959 Juan XXIII habla por primera vez de su intención de convocar un concilio ecuménico, pero el anuncio oficial no se formula hasta el año 1961. En el momento de su apertura, el 11 de octubre de 1962, con un discurso histórico del papa, se pensaba en una o a lo sumo dos asambleas, pero habrá cuatro, hasta el año 1965, ya que la complejidad y variedad de los temas exigieron un esfuerzo mucho mayor del que se había calculado. La segunda sesión, con la desaparición de Juan XXIII, fue inaugurada por Pablo VI el 29 de septiembre de 1963. todas las sesiones se desarrollan de septiembre a noviembre o diciembre; los meses anteriores son de trabajo preparatorio. La sesión de clausura se celebra solemnemente el 7 de diciembre de 1965.

A mediados de siglo XX, en medio de transformaciones incesantes en la concepción de la sociedad y de progresos científicos asombrosos, la Iglesia católica se encontraba en la necesidad de repensar su misión en el mundo y su concepción del papel de los fieles en la vida eclesial. Cuatro ideas podrían resumir el desafío que el mundo moderno ha significado para una institución dos veces milenaria.

Crisis de la autoridad. La iglesia sé h presentado como una sociedad jerárquica, constituciones que se caracterizan por la intensidad con que practican la obediencia. En un mundo en el que la autoridad ha perdido gran parte de su brillo sacral y en que se anteponen los modelos democráticos a los autoritarios, la Iglesia debe en cierta manera democratizarse, o, al menos, multiplicar los centros de decisión y admitir que la obediencia es algo muy distinto al seguimiento no reflexivo de los preceptos drásticos de un poder indiscutible.

Ecumenismo. En una época en que el mundo ha adquirido una conciencia unitaria, la iglesia debe ser verdaderamente católica, no solo europea, y en consecuencia aceptar que en su organismo pueden integrarse las formas culturales y de pensamiento de otros continentes.

“Aggionamento”, puesta al día, Asunción de las realidades del siglo, postura que contrasta con la que adoptó a mediados del siglo XIX, durante el pontificado de Pío IX, en que rechazó (encíclica Quanta cura, Syllabus) los denominados errores del pensamiento moderno, adoptando una actitud condenatoria no solo para el socialismo sin incluso para el liberalismo y la democracia.

Encarnación. Esta asunción de lo temporal no debe limitarse a un plano teórico, sino que supone una auténtica preocupación por las dimensiones materiales y sociales de la vida humana; lo que se ha llamado “doctrina social de la iglesia” y en el orden individual “compromiso temporal del cristiano” no es otra cosa que el entendimiento de que el dogma básico del cristianismo es la Encarnación, la realidad de un Dios que vive entre los hombres y comparte sus angustias y problemas, como explica Juan XXIII en la introducción de la encíclica Mater et Magistra.

La democratización o pluralidad de cientos de decisión con un papel más activo de los seglares, no significa una reforma de las estructuras eclesiales sino únicamente de un modelo centralista que procede del Renacimiento. Parte de las instituciones que gobiernan con el papa la Iglesia, las Congregaciones y Oficios que integran la Curia romana, son creaciones del siglo XVI. El papa tiene una jurisdicción directa sobre la Iglesia, pero ¿cómo la ejerce?; en la época apostólica y post-apostólica no hubo Curia, dicho de otra forma, no son instituciones primordiales sino ocasionales de gobierno. El cisma de occidente durante la Edad Media y la Reforma luterana en la época renacentista colocaron a la iglesia católica en una postura defensiva, de enérgica centralización.

El voto de obediencia especial al papa que formula la Compañía de Jesús se encuentra en esta línea de exaltación de la autoridad de Roma frente a los movimientos centrífugos que amenazaban la pervivencia monolítica de la cristiandad. En la Edad Contemporánea las medidas anticlericales que adopta la Revolución Francesa y el intento de control papal por Napoleón acentúan esta tendencia centralizadora que culmina en el Concilio Vaticano I y en la definición del dogma de la infalibilidad del papa cuando habla como cabeza de la Iglesia. Un nuevo concilio, el Concilio Vaticano II clarificará la misión de los obispos, continuadores de los apóstoles y la de los fieles; pondrá nuevamente a la iglesia en estado de misión, después de abandonar la postura defensiva de los últimos cuatro siglos.

Por otra parte, la catolicidad implica la asunción de nuevas culturas; no son los mismos los problemas de Nueva York y los de Nigeria. En los campos de la investigación, la ciencia, el espacio, es esencial el papel de los laicos; no se puede ya pensar, con criterios teocráticos, que el eje de la sociedad lo constituyen los religiosos y que los seglares son una especie de menores de edad, de papel subordinado y no sustantivo. Si en la historia humana y el progreso se realiza un designio divino, los laicos están jugando con su preparación especializada, un papel protagonista que tiene también una dimensión religiosa. Un gran pontífice, Juan XXIII, tuvo conciencia clara de la nueva situación histórica y la audacia y la gloria de convocar un concilio universal para que la Iglesia encontrara su nuevo rostro.

La diferencia de este concilio es claramente diferenciada. Frente al Vaticano I, que es un concilio afirmador de la autoridad, con la definición de la infalibilidad pontificia, el Vaticano II lo es de colegialidad, laicado, temas y definiciones que atienden a dimensiones democráticas de la iglesia. Frente a Trento, concilio defensivo, cuyos textos están recorridos por anatemas, el Concilio que se abre en 1962 se desarrolla sin condenas, sin un espíritu evangélico alejado de la postura defensiva del siglo XVI. Es también más universal que ninguno, todos los continentes están representados, se abre a todas las culturas. Incluso el número de padres conciliares es acusadamente superior. En la clausura del Concilio de Trento eran poco más de doscientos; en el Vaticano I alrededor de setecientos sesenta, en el Concilio Vaticano II toman parte en la ceremonia de apertura 2.540 padres.

La descentralización, la perdida del protagonismo de Roma, es una exigencia de los tiempos. En el Concilio intervienen casi trescientos obispos africanos, casi cuatrocientos de Asia, 75 de Oceanía, en su mayor parte nativos, obispos que tienen que trabajar en zonas cuyas ideas raíces son el animismo y el fetichismo, o creencias de las antiguas culturas de china e india, con problemas muy diferentes a los que se presentan en la Europa industrial, con su historia secular de humanismo grecolatino. Clarificar el papel de los laicos era otra necesidad. Los laicos habían intervenido en los primeros siglos de la iglesia en el nombramiento de sus pastores, incluso en la elección del papa en Roma.

Posteriormente se produjo la interferencia de poderes temporales, los príncipes, en la vida religiosa, con grave daño para la Iglesia, al mismo tiempo que esta, “cargada” con un patrimonio territorial, unía en el papa una jurisdicción temporal a la espiritual. Reducida desde 1870 la Iglesia a un poder estrictamente espiritual, a mediados del siglo XX, como puso de relieve en una conferencia en Milán el cardenal Montini, la Iglesia se encuentra libre por vez primera de interferencias de poderes seculares en sus asuntos y en consecuencia no tiene ninguna justificación una Iglesia defensiva o condenatoria. Pero esta independencia no ha significado despreocupación de lo temporal; lo que caracteriza al Concilio Vaticano II y lo que le dio una resonancia universal es su preocupación por clarificar las relaciones de la Iglesia con la cultura y el mundo actual.

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