jueves, 24 de octubre de 2013

El Concilio Vaticano II – Tercera Parte

El documento de mayor importancia del Concilio es el Esquema XIII, convertido una vez aprobado en “Constitución Gaudium et Spes”, aunque en los estudios que se han realizado sobre el texto conciliar ha predominado la nominación de “Esquema XIII”.

El esquema presentado y discutido en el Concilio tenía cuatro capítulos.

1) El hombre ante el mundo, en el que afirmaba que para elevarse hacia Dios habrían de tenerse satisfechas las necesidades primarias; 2) la Iglesia al servicio de Dios y de los hombres; 3) comportamiento del cristiano ante los demás; 4) deberes de los cristianos en nuestro tiempo frente al racismo, la cultura, la justicia social, la paz y la guerra. El tema de la paz con sus precisiones diferenciadoras, no es solo orden, no es solo tranquilidad, y la oposición a los métodos tradicionales de conservarla, el equilibrio de los armamentos, centró los debates más extensos.

La “Constitución Gaudium et Spes” o constitución pastoral sobre "la Iglesia en el mundo de hoy” consta de dos partes; en la primera expone la Iglesia su doctrina sobre el hombre y el mundo, en la segunda atiende a diversos aspectos de la sociedad actual, y particularmente ciertos problemas urgentes. En la exposición preliminar afirma que “es necesario... conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia lo caracteriza”. Una relación de los puntos sobresalientes del documento conciliar nos apetece acercarnos a la obra profunda de reflexión y renovación que se elaboró supuso:

Familia. Dignidad del matrimonio. Fecundidad. Se exalta la paternidad responsable que supone no solo la procreación sino la educación adecuada de la prole, y se reconoce que el amor mutuo entre los esposos es un fin primario del matrimonio, fin que tradicionalmente se había relegado ante el de la procreación; “por eso, si la descendencia, tan deseada a veces, faltare, sigue en pie el matrimonio, como intimidad y participación de la vida toda”.

Cultura. Toda autoridad ha de discutirse. Se apoya en el progreso de las ciencias y las técnicas. En el aula conciliar se pronunciaron juicios muy duros sobre la Inquisición y sus excesos, sobre la base del reconocimiento de que la cultura en un derecho personal y exige una búsqueda libre del saber.

Vida económico-social. En línea con las encíclicas sociales se propugna la participación de los trabajadores en la empresa, la eliminación de las desigualdades excesivas de nivel económico, se estudian las condiciones de trabajo, la regulación de los conflictos laborales, el ascenso a la propiedad. Como medios de defensa del trabajador se defiende la actividad sindical y la licitud de la huelga.

Vida en la comunidad política. Siguiendo las directrices señaladas por Juan XXIII en la Pacem in Terris se exaltan en el texto conciliar los derechos de la persona, “como son el derecho libre de reunión, de libre asociación, de expresar la propia opinión y de profesar privada y públicamente la religión”, y la participación de los ciudadanos en la vida política. Por otra parte se postula la armonía e independencia entre la Iglesia y el Estado, “la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno”, de donde se deduce el propósito de la Iglesia de no identificarse con ninguna opción política concreta, y se reafirma su deseo de renunciar a privilegios otorgados por el poder civil al tiempo que solicita en todo momento y en todas partes libertad para predicar la fe sin trabas.

La paz y la guerra. La paz es el ansia de todos los espíritus. La guerra, con la perfección de los armamentos, ha legado a ser en cualquier caso inmoral. La resolución conciliar es tajante: “Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones”. Por este camino se llega a la prohibición absoluta de la guerra y a la obligación de la sociedad internacional de evitarla y de poner fin a la carrera de armamentos, sobre la que el Concilio pronuncia sentencias conminatorias: “Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero en vez de restañar verdadera y radicalmente las decisiones entre las naciones, otras zonas del mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas, que partan de una renovación de la mentalidad, para eliminar este escándalo y poder reestablecer la verdadera paz, quedando el mundo libre de la ansiedad que le oprime”.

Este Concilio abierto a la renovación y al mundo de hoy no se contento con la elaboración de unos textos doctrinales tan importantes como la “Constitución Gaudium et Spes”, sino que cerró sus sesiones con una serie de conmovedores mensajes dirigidos a los jóvenes, enfermos, trabajadores, mujer, etc. Al clausurarse en diciembre de 1965 la última asamblea del Concilio Vaticano II la Iglesia católica había profundizado en su doctrina, renovado su rostro y encontrado un lenguaje nuevo para dialogar con el mundo en transformación.

Pablo VI inició los viajes fuera del Vaticano para materializar el espíritu de comunicación con el mundo postulado por el Concilio. La fraternidad y el diálogo con las restantes confesiones cristianas se hizo realidad en su viaje a Tierra Santa y en su brazo con el primado ortodoxo Atenágoras; la afirmación esperanzada de un mundo fraterno quedó ensalzada en su discurso en la ONU, la colegialidad dentro de la Iglesia se llevó a cavo con la formación de las Conferencias episcopales dentro de cada nación que comenzaron a elegir en votación democrática a su presidente y a orientar la pastoral propia de cada sociedad; la liturgia se hizo mas participativa. En resumen, la doctrina del Concilio fue asumida e impulsada desde Roma, sin ningún titubeo.

Aunque nos falte perspectiva, es evidente que con la llegada al Vaticano de polaco Karol Wojtyla, que tomó el nombre de Juan Pablo II en homenaje a los dos grandes pontífices conciliares, la orientación del Vaticano ha experimentado un giro de 180 grados y la Iglesia ha comenzado una era de Restauración, de liquidación de los avances y propuestas del Concilio. La llegada de un cardenal polaco al Trono de Pedro, tras siglos de papas italianos constituyó un acontecimiento. Dotado de cualidades excepcionales para la pastoral, el nuevo papa inició su pontificado con viajes continuos, que se convirtieron en fiestas de multitudes. Sus dotes de “gran comunicador”, atribuidas también a otros políticos contemporáneos, de hombres que saben utilizar los medios de comunicación social actuales, entre ellos la televisión, son indiscutibles.

Un análisis del Sínodo de obispos de noviembre de 1985 no deja lugar a dudas sobre el deseo de silenciamiento del Concilio. Con motivo de los 20 años de la clausura del Vaticano II se abrió en Roma un Sínodo, el 25 de noviembre de 1985, con un discurso del Papa. La comparación de su contenido con el de apertura del Concilio de Juan XXIII resulta significativo del cambio de sensibilidad. El Sínodo se convocó como extraordinario, no como ordinario, con lo cual los obispos asistentes no fueron votados en las Conferencias episcopales sino designados, en su mayoría, por el Papa. Asistieron 165 padres sinodales, solo 63 testigos del Concilio.

A modo de síntesis podemos cerrar este informe diciendo:

«Después de 50 años, ¿hemos hecho todo lo que nos ha pedido el Espíritu Santo con respecto al Concilio; en esa continuidad del crecimiento de la Iglesia que fue el Concilio?».

El que se planteó estas preguntas fue el Papa Francisco, que usó el término «continuidad» refiriéndose a la interpretación de Benedicto XVI (que expresó durante el importante discurso del 20 de diciembre de 2005 a la Curia Romana), según la cual la hermenéutica de la continuidad se contrapone a la de la ruptura que teorizó la Escuela de Boloña. El nuevo Pontífice responde: «no», el Concilio ha permanecido sin ser aplicado. Por ello, el Vaticano II representa una oportunidad histórica para una gran revolución eclesiástica que todavía no se ha llevado completamente a cabo. Gracias al espíritu conciliar, la Iglesia se ha abierto al mundo, pero todavía hay mucho camino por delante. «Festejamos –dijo el Papa– este aniversario, hacemos un monumento, pero que no dé fastidio. No queremos cambiar. Es más: hay algunas voces que quieren dar vuelta atrás. Esto se llama ser testarudos, esto se llama querer domesticar al Espíritu Santo, esto se llama volverse flojos y lentos de corazón». «Lo mismo sucede –indicó el Pontífice– incluso en nuestra vida personal»: de hecho, «el Espíritu nos impulsa a tomar una vía más evangélica», pero nosotros nos resistimos. Es por ello que el Papa Francisco lanzó la siguiente exhortación: «no opongamos resistencia al Espíritu Santo. ¡Es el Espíritu el que nos hace libres, con esa libertad de Jesús, con esa libertad de ser hijos de Dios!».

El Concilio fue un evento extraordinario y no solo para la Iglesia, sino para todo el mundo, puesto que cambió el rostro de las jerarquías eclesiásticas y ofreció una esperanza a la humanidad durante los años de la Guerra Fría. La Iglesia, finalmente, fue entendida como Pueblo de Dios y la jerarquía se puso al servicio de los fieles. «También Jesús –observó el Papa– regañó a los discípulos de Emaús», porque eran lentos y perezosos para creer todo lo que habían anunciado los profetas. «Siempre, incluso entre nosotros, existe esa resistencia al Espíritu Santo». Además, «El Concilio fue una obra hermosa del Espíritu Santo; piensen en el Papa Juan: parecía un párroco bueno y él fue obediente al Espíritu Santo e hizo eso». Aunque muchos al comienzo lo consideraban un Pontífice de transición, Roncalli promovió el evento más relevante de la historia eclesiástica contemporánea, llamando a todos los hombres de buena voluntad, dialogando con las demás religiones y con los no creyentes, saliendo de los muros del Vaticano y difundiendo el mensaje cristiano a todos los hombres de buena voluntad.

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