martes, 5 de noviembre de 2013

¿Qué dice la Biblia sobre el Infierno? - Segunda Parte

Antes que nada, debemos aclarar que el infierno no es un “castigo” inventado por Dios para los pecadores. Pensar así lo convierte a Dios en un ser cruel y despiadado, un ser sádico que se venga de los seres humanos que le han desobedecido, justamente cuando estos no tienen ya posibilidad alguna de enmendar su situación. Más bien el infierno es un “fracaso” de Dios, una “tragedia” para Dios, que él no puede evitar porque respeta profundamente la libertad y la elección de cada hombre.

El infierno no es un “lugar” creado por Dios, sino una “situación”, que no existe independientemente de la persona que se aleja de Dios. También el cielo es una “situación”, un “estado” de amor de la persona. Al ser, pues, el cielo y el infierno una “situación” humana, ni siquiera Dios puede obligar a nadie a entrar en ellos. Así como Dios no puede salvar a nadie a la fuerza, tampoco puede “condenar” a nadie. Es simplemente la consecuencia de las opciones del ser humano.

Aclarado este punto, nos preguntamos ahora: ¿en qué consiste el infierno? ¿Cómo será aquella realidad que deberán enfrentar los que se han “condenado”? A lo largo de la historia los teólogos han propuesto diferentes hipótesis, que pueden resumirse en tres. ¿Qué enseña esta postura? Que al morir, la persona está destinada en el más allá a vivir para siempre sin Dios. Y como todo ser humano fue creado para estar junto a Dios, la imposibilidad de estar con él en la otra vida le producirá un dolor “infernal”, un tormento atroz y brutal, que durará por toda la eternidad.

A esta explicación del infierno se le puede hacer una crítica. La posibilidad de resucitar en el más allá no es una facultad que el hombre tiene por naturaleza. Es un regalo que Dios hace a cada persona luego de su muerte. Como dice san Pablo: “El don de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús” (Rom. 6, 23). Ahora bien, si a una persona luego de su muerte le espera la condenación, ¿para qué Dios la va a resucitar? ¿Por qué no la deja que se quede muerta definitivamente? ¿Le va a regalar la resurrección sólo para poder castigarla y torturarla eternamente en el otro mundo?

Por ejemplo, cuando dice: “se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 14), como si los pecadores no fueran a resucitar. O cuando enseña: “los que sean dignos de entrar en la otra vida y de resucitar de entre los muertos” (Lc 20, 35), como si algunos fueran declarados indignos de resucitar. Esta segunda hipótesis tiene un punto débil. Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que si alguien libremente se niega a aceptar la vida que él ofrece, con dolor de Padre aceptará su voluntad y lo dejará condenarse. Pero, ¿puede una libertad finita en el hombre merecer un castigo infinito? ¿Puede un pecado temporal acarrear un castigo eterno? ¿Cómo es posible que a alguien, que en este mundo sólo rechazó a las criaturas de Dios, se lo castigue privándolo de la persona de Dios?

Esto ha llevado a los teólogos a una tercera propuesta: la del infierno como condenación del mal de cada uno. ¿Qué significa esto? Que todos nos vamos a salvar, pero de diferente manera. En efecto, nadie es tan absolutamente malo que no tenga algo bueno en su haber. Y ningún pecado, por serio y grave que sea, puede aniquilar ese algo de bondad que hay en cada persona. De modo que Dios, al final, salvará en toda persona lo que “pueda”, es decir, el resto de bondad que queda en todo hombre. La misma persona, pues, se salvará en parte y se condenará en parte. Dios salvará lo bueno que hay en cada uno, y condenará y anulará lo malo.

Esta explicación (ya aceptada en el siglo IV nada menos que por san Ambrosio), parece justificada por las palabras de Pablo (1Cor 3, 15), el cual al hablar del día del juicio enseña que toda persona tiene algo que salvar, incluso aquéllas cuyas malas obras queden anuladas en el juicio: “Aquel cuya obra quede destruida, sufrirá daño, pero él se salvará, aunque como quien ha pasado por el fuego” (es decir, disminuido). Y más adelante dice: “Así como entre las estrellas hay diferentes brillos, así también será en la resurrección de los muertos” (1Cor 15, 41-42).

Esta tercera propuesta (aunque tampoco resiste a todas las críticas) parecería ser la que, de alguna manera, mejor refleja la imagen amorosa del Dios de la Biblia. El plan de Dios. Ninguna hipótesis presentada por los teólogos hasta ahora puede explicar plenamente el infierno. Lo que sí está claro es que hay un “algo” en el más allá, que no sabemos bien en qué consiste, al que llamamos “infierno”, y que hace la diferencia entre ser bueno y ser malo. En efecto, no todos tendrán el mismo destino después de la muerte. Dependerá de cómo haya vivido cada uno. No da lo mismo ser justo que injusto, ayudar a los demás que maltratarlos, ser sembrador de paz que ser violento.

Es que cada acto de amor que uno hace, cada gesto de servicio, aun cuando nadie se entere, provoca en lo íntimo de cada persona un reclamo de resurrección, un grito de vida plena, un retazo de cielo fascinante. Y toda acción mala genera en el hombre una mengua, un menoscabo, un deterioro íntimo que lo hará surgir apocado, “condenado” en la otra vida. Pero mientras tanto, nuestra tarea es la de anunciar la salvación de todos, sin cerrar de antemano las puertas del paraíso a nadie. Porque dice la Biblia que Dios tiene un plan: “quiere que ‘todos’ los hombres se salven” (1Tim 2, 4).

¡Y nosotros no tenemos por qué arruinarle los planes a Dios…!

Ariel Álvarez Valdez
Biblista

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