martes, 10 de marzo de 2015

Fue Jesús discípulo de Juan el Bautista - Segunda Parte

Para el cuarto evangelio, el bautismo de Jesús no existió, porque no lo cuenta. Ahora bien,¿qué hacía Jesús aquel día en Betania, en medio del desierto, si no había ido a hacerse bautizar? ¿Por qué andaba entre los discípulos de Juan cuando este lo señaló como el Cordero de Dios? El cuarto evangelio calla. No da ninguna explicación. Pero el sentido natural del relato parece sugerir que Jesús se encontraba allí porque formaba parte de los discípulos del Bautista.

Tenemos un segundo indicio en el relato siguiente (Jn 1,35-37), en el que dos discípulos de Juan el Bautista, Andrés y otro anónimo (que por el contexto se deduce que es Felipe), reconocen a Jesús como Maestro y empiezan a seguirlo. Luego, estos dos discípulos invitan a otros dos (Pedro y Natanael) para que también ellos se adhieran al nuevo Maestro .Pero ¿cómo es que Andrés y los otros discípulos del Bautista conocen a Jesús en ese ambiente? La razón debió ser porque Jesús, al igual que estos otros discípulos, formaba parte del mismo grupo. En efecto, antes de que Jesús se hiciera bautizar, era un perfecto desconocido. Si en determinado momento algunos discípulos del Bautista abandonaron a Juan para seguir a Jesús, es lógico suponer que Jesús llevaba en ese ambiente el tiempo suficiente como para que los discípulos del Bautista pudieran conocerlo y se sintieran impresionados por Él.

Pero que no fue fácil para los cristianos del cuarto evangelio conservar los recuerdos de un Jesús “bautizador” se ve en el hecho de que, cuando ya se había terminado de escribir este evangelio, una mano anónima le agregó una frase que decía: “En realidad no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2). La mano anónima quiso, así, mostrar a Jesús como lo más independiente posible respecto de Juan. Pero al no borrar las tres menciones anteriores que decían que Jesús sí bautizaba, esta frase quedó como una contradicción de aquello que el evangelio había dicho antes, y hoy resulta evidente que se trata de un añadido posterior.

¿Cuánto tiempo pasó Jesús al lado de Juan? Es imposible saberlo. Podemos suponer que no mucho, pues la vida pública de Jesús duró solo tres años, y en tan corto tiempo no queda un margen más amplio para cumplir esta etapa. Pero en determinado momento, y mientras estaba en la comunidad del Bautista, Jesús “descubrió” su propia vocación. Sintió que su Padre lo llamaba a Él personalmente para que se lanzara a predicar la Palabra de Dios por su propia cuenta. Fue entonces cuando Jesús decidió emprender su ministerio independiente. Pero durante este tiempo, Jesús había ido madurando sus propias ideas, y por esto se lanzó con una prédica diversa de la de Juan; la predicación de Jesús ya no anunciaba el castigo inminente, sino la misericordia y el amor de Dios.

Con una metodología distinta también: él predicaba, no ya en los desiertos, sino recorriendo los pueblos y aldeas del país. Con una actitud de vida distinta: no ayunando ni absteniéndose de bebidas, sino comiendo y bebiendo con los pecadores. Nacía, así, el Jesús de los evangelios. Jesús, pues, no fue “discípulo” de Juan Bautista en el sentido técnico de la palabra, es decir, en el de un alumno que aprende los conceptos de un maestro. Pero sí en el sentido amplio, en el de alguien que compartió cierto tiempo en el círculo de otra persona.

Nos queda una inquietante pregunta. ¿Acaso Jesucristo no lo sabía todo? ¿No era el Hijo de Dios? ¿Cómo es que necesitó que alguien le iluminara la mente para mostrarle el camino que debía seguir? Ciertamente Jesús era Dios. Pero también era plenamente hombre. Y una de las características de todo verdadero hombre es el lento aprendizaje de las cosas. Jesús, pues, debió haber experimentado esta misma pedagogía, como lo atestigua el evangelio de Lucas cuando dice que en Nazaret “(el niño) Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52). Quizás una manera de explicar esta dualidad de Jesús sea la de imaginar un gigantesco embudo con un estrecho orificio de salida. Si en él derramáramos una gran cantidad de vino, sería de todos modos muy poco lo que podría pasar al otro lado, ya que el cuello de salida resultaría pequeño.

Dentro de Jesús habitaba toda la divinidad, el Dios omnisciente que todo lo sabe. Pero esa infinita sabiduría de Dios, para exteriorizarse, debía pasar por los estrechos conductos de un cerebro, una mente y unas neuronas humanas, que no tenían capacidad para saberlo todo. Por eso Jesús debió experimentar, de alguna manera, el mismo aprendizaje de sus hermanos los hombres. Pensar que Jesús de Nazaret siempre supo todas las cosas con total claridad y perfección, además de ir contra lo que dicen los evangelios, es tener una visión simplista e infantil del Señor. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, Dios quiso obrar en Él a través de lo natural, es decir, del mundo a donde lo había enviado.

Por eso lo vemos “naturalmente” tener hambre, sed, calor, sueño; alegrías, penas, dudas, y morir cuando lo crucifican. Y así como no nos resulta extraño que la Virgen María fuera el “factor humano” necesario para que Jesús pudiera nacer en el mundo, ni que San José fuera el “factor humano” necesario para que Jesús tuviera una familia normal, conociera en su hogar las Escrituras y aprendiera un oficio manual, tampoco resulta extraño que Juan el Bautista hubiera podido ser el “factor humano” gracias al cual Jesús pudo descubrir la vocación que lo llevó a emprender su ministerio. Dios puede hablar de mil modos y a través de cualquier circunstancia, y no contradice a la sana Teología el hecho de que hubiera hablado a su Hijo a través de Juan el Bautista. Si Dios privilegió este modo “humano” de comunicación incluso con Jesús, nosotros los hombres deberíamos estar más atentos a las personas que nos hablan, nos advierten y nos exhortan. Podrían ser “la voz de Dios” que nos grita en el desierto de la vida.

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

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