martes, 22 de julio de 2014

Matrimonio Indisoluble: ¿pero siempre fue así?

Según la doctrina y la praxis de nuestra Iglesia, desde hace unos ocho siglos, la indisolubilidad es una característica ineludible del matrimonio rato y consumado, si ha sido contraído por una pareja de católicos de acuerdo con la forma establecida. De manera que –por más insoportable que se tornara la convivencia entre los esposos, y a pesar de extremas inconductas de uno en contra del otro–, el vínculo matrimonial permanece incólume, y ninguno de los dos (ni siquiera el perjudicado) puede acceder de modo válido y legítimo a un nuevo matrimonio. No existe una posible alternativa a partir de lo dictaminado por el papa Alejandro III, quien gobernó la Iglesia de 1159 a 1181. Oficialmente, ésa sigue siendo la norma a la que deben ajustarse los fieles en pos de un proyecto ideal, de imposible sustentación en muchos casos. ¡Qué distinta es la realidad objetiva que nos rodea!: se multiplican cada vez más los divorcios por la vía civil y se constituyen nuevas parejas conyugales. Y la corriente sigue “in crescendo”. Son las noticias que nos llegan día a día, referidas en general a matrimonios católicos, por ser mayoría en nuestro ambiente. Pero la disgregación de la dupla matrimonial es un fenómeno verdaderamente mundial que nos pone frente a un hecho lamentable en sí mismo y también en sus consecuencias (¡no es la menor la relativa a los hijos!...).

Hay que tachar de inconsciente a quien pensara que el matrimonio pueda marchar a remolque de la moda, y que deba considerarse como una entidad acomodaticia y mudable, a semejanza de la indumentaria, del moblaje, de la vivienda o de la actividad laboral… Al contrario, se trata de una institución tan básica y raigal en la naturaleza humana que es forzoso reconocerle estabilidad, o permanencia, sin la cual se frustraría su esencia o finalidad. Con todo, en las acciones humanas, aunque sean respetables y sagradas, conviene oportunamente acompasar el ideal con la realidad, la cual, muy a menudo se empeña en complicar las cosas, y de modo particular en temas matrimoniales. La sincera intención de indisolubilidad de por vida –que debe existir sin duda en la mente y en el corazón de los que se casan–, con frecuencia, al término de algunos años (o meses…), se vuelve moralmente insostenible.Recuerdo las sabias palabras de un clérigo muy erudito y profundo conocedor de los seres humanos, que solía repetirme las siguientes ideas:

Yo no puedo admitir “ninguna indisolubilidad absoluta” fuera de la que existe entre las divinas personas de la Santísima Trinidad. La indisolubilidad que debe tener vigencia entre esposos –aun cuando sean católicos–, pienso que no es otra cosa que “el franco y firme propósito e intención de estabilidad y perseverancia” que ellos abrigan en su alma, al momento de casarse, y que luego humanamente se esfuerzan por conservar. Pero somos muy frágiles, y con frecuencia la vida nos depara contratiempos agobiantes e imprevisibles que desbaratan los planes mejor intencionados. Cuando el amor ha sido herido de muerte, el matrimonio queda va-ciado. Es claro como el agua que, por lo general, nos mostramos bastante débiles frente a las exigencias del IDEAL, a pesar de la gracia divina que quiere ayudarnos. Son legión los que han claudicado en su primer matrimonio; y, dado que carecen de vocación monacal, ellos no se resignan a vivir al margen del estado matrimonial. Es comprensible que intenten formar nueva pareja, con la esperanza de buen resultado, sin renunciar por ello a su fe religiosa, mientras soportan con inocultable disgusto que sean irremediablemente diferenciados en la habitual convivencia eclesial.

Duele mucho que la Iglesia (madre que debe desvivirse por to-dos sus hijos) no arbitre soluciones ni ofrezca una respuesta superadora de la condición en que se encuentran actualmente los “católicos divorciados que han vuelto a casarse”. Sin negar el trato correcto que reciben y el clima de espiritualidad y apostolado en que pueden moverse en el seno de la comunidad católica, ellos sienten con pesar que su situación eclesial es bastante ambigua y precaria, y –en algunos casos–, pendiente de la inconfesable perspectiva del fallecimiento del cónyuge anterior… Teólogos y juristas de peso aseguran, con sólido fundamento, que la “imposibilidad de disolver el matrimonio ‘rato y consumado’ existe solamente ‘de hecho’, porque así lo estableció un Papa, en virtud de su facultad de ‘atar y desatar’ que Cristo le confirió”. Pero ello al mismo tiempo supone que el jefe de la Iglesia, en determi-nadas circunstancias, también puede introducir modificaciones o excepciones en nuestros días, tal como efectivamente las hubo hasta fines del siglo XII. ¡El papa Francisco no puede mantenerse ajeno al clamor de tantas almas!

Por Rodolfo A. Canitano

Fuente:
Periódico Diálogo
Nro. 231 - Julio 2014
www.periodicodialogo.blogspot.com.ar

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