martes, 19 de agosto de 2014

Cómo comenzó la Catequesis en la Iglesia – Primera Parte

Uno de los primeros problemas que se planteó la Iglesia al tener que ocuparse de la formación inicial de los que deseaban incorporarse a Ella por la recepción del bautismo. La respuesta a esta cuestión recibió, muy pronto, el nombre de catequesis. La palabra "catequesis" proviene del verbo griego KATEXEIN, que Pablo utilizaba para indicar la "enseñanza oral de la fe" (1Cor 14, 19; Gal 6, 6). Primero precedía la predicación de la palabra de Dios, y luego tenía lugar la explicación de esa palabra predicada. Más tarde se empleó en un sentido más técnico para significar la "formación cristiana previa a la recepción del bautismo". Así aparece en S. Justino como un periodo de instrucción y preparación para recibir el bautismo (1Apol., 1, 61). Anticipadamente se puede decir que el proceso de generación del catecismo se extiende desde la época apostólica hasta el siglo XVI; se justifica si reconocemos como modelo de catecismo el publicado en 1566 por el Papa San Pío V ejecutando la decisión del Concilio de Trento, que significó una de las reformas más importantes de la Iglesia en toda su historia. El Catecismo de Trento fue, en buena medida, inspirador de la obra evangelizadora de la Iglesia en los siglos siguientes, no sólo en Europa, sino análogamente, en América Latina.

Este Catecismo es propuesto por la autoridad de la Iglesia como la regla de la doctrina y el punto de referencia que debe inspirar la tarea catequística de la Iglesia en el futuro; no por cierto para un futuro prolongado indefinidamente ya que los catecismos no son eternos. Lo que intento sugerir es que tanto el Catecismo como el Compendio pueden representar la apertura de otro ciclo evangelizador y de difusión de la verdad análogo a aquel que se abrió con el Catecismo del Concilio de Trento; un ciclo que va de la catequesis al catecismo, pero que del catecismo vuelve a la catequesis, a la vida concreta de la Iglesia y al ejercicio de su tarea fundamental de educar a los creyentes en la fe. "Catequesis", "catecismo", "catecúmeno"; aquí nos encontramos con una familia de palabras, derivadas de una raíz de origen griego, que tiene un significado propiamente cristiano. Es verdad que los griegos la usaban en el lenguaje referido al teatro, pero a partir del Nuevo Testamento esa raíz, ese verbo KATEJÉO se ha convertido en un concepto típicamente cristiano; lo podríamos traducir "hacer resonar como un eco". En el Nuevo Testamento KATEJÉO se refiere a la enseñanza del mensaje de Cristo, a su transmisión, que es desde el principio una enseñanza oral: se hace resonar como un eco la Palabra de Dios, la proclamación del Evangelio. Desde ya podemos advertir que hay un parentesco muy interesante entre catequesis y evangelio, entre catequizar y evangelizar; se trata del anuncio del mensaje que  Dios nos dirige en Jesucristo.

La catequesis ha de ser, entonces, como un eco del Evangelio: la voz que resuena en la educación como discípulos de aquellos que por la fe han recibido el KÉRYGMA, la proclamación, el mensaje del Evangelio de Cristo. En el texto del Nuevo Testamento, sobre todo en los escritos de San Pablo y en los de San Lucas (tanto en su Evangelio como el libro de los Hechos de los Apóstoles) nos encontramos con el uso de esta palabra referida siempre a la enseñanza oral de la verdad cristiana. Dice Pablo en la primera carta los Corintios 14, 19: "prefiero pronunciar en la asamblea cinco palabras inteligibles para catequizar a los demás, que diez mil palabras en un lenguaje incomprensible". Se refiere el Apóstol al mensaje articulado de la doctrina de la fe, destinado a instruir a los creyentes, contrapuesto al balbuceo carismático que tanto apreciaban los corintios -con exageración e indebidamente- hasta ofuscar lo principal: la catequesis, por la cual los fieles debían acceder a la comprensión de la Palabra de Dios. Lucas, en el prólogo de su Evangelio declara que él se propone, con ese escrito en el cual ordena los acontecimientos de la vida de Jesús y su enseñanza, avalar la solidez de la doctrina que los primeros cristianos han recibido mediante la catequesis; podríamos traducir: "la doctrina en la cual ustedes han sido catequizados". En la Carta a los Gálatas 6, 6, San Pablo reconoce ya un estatuto eclesial para el catequista, que tiene su sitio señalado en la comunidad, de manera que establece "el que recibe la enseñanza de la palabra (el catecúmeno) que haga participar de todos sus bienes a aquel que lo catequiza". En estos pasajes aducidos queda claro ante todo que se trata, en el caso de la catequesis, de una enseñanza oral, y una enseñanza oral que muy pronto se entiende de un modo dialogal; en realidad,  siempre procede así la transmisión de la fe: un testigo autorizado transmite el mensaje de la verdad a aquel que la recibe y que la acepta por la gracia de la fe. Pero ese diálogo catequístico se concreta ritualmente en el diálogo o interrogatorio que precede al  bautismo.

Notemos, por tanto, que no hay catequesis sin un contenido, sin textos que la Iglesia comienza a redactar con un cuidado especial y que encomienda a la memoria de sus hijos. Así como en el Antiguo Testamento se encontraban profesiones de fe, fórmulas que el israelita piadoso debía recitar en determinadas circunstancias para manifestar su adhesión a la alianza con el Dios vivo, así también en el período constitutivo del Nuevo Testamento se van plasmando fórmulas que condensan los contenidos fundamentales de la fe cristiana. Se trata de "confesiones", que han sido incorporadas al texto del Nuevo Testamento. Algunos de esos contenidos son fácilmente reconocibles, por ejemplo,  en la primera Carta a los Corintios. En ella nos encontramos con dos formulaciones catequísticas de fe que son testimonio de la primera transmisión oral de la enseñanza cristiana: para nosotros no hay más Dios que el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor Jesucristo por quien todo existe y por quien nosotros existimos (I Corintios 8, 6). Más adelante, en I Cor. 15, 3, dice San Pablo: les he transmitido lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados conforme a la Escritura, fue sepultado y resucitó al tercer día de acuerdo con la Escritura, se apareció a Pedro y después a los doce. Lo mismo podríamos decir sobre el himno del capítulo segundo de la Carta a los Filipenses, o el himno de la primera Carta a Timoteo (cap. 3), y otros pasajes del Nuevo Testamento que representan las primeras formulaciones de la fe. En la generación que sigue a los apóstoles, la catequesis comienza a cobrar tal importancia que se convierte en una actividad principal de la Iglesia. A esta altura del desarrollo histórico, corresponde distinguir tres géneros en la transmisión de la fe. El primero es el kerigma, la proclamación del Evangelio y su mensaje; hoy nosotros hablaríamos de evangelización en un sentido estricto, a saber, la proposición del mensaje del Evangelio a aquellos que todavía no creen y por tanto no forman parte de la comunidad cristiana.

Segundo, la catequesis, que es la instrucción de aquellos que han creído, han adherido a la Palabra de Dios mediante la fe, y se preparan para recibir el Bautismo. También se llama catequesis a la instrucción que se dirige a aquellos que ya han recibido la gracia bautismal pero deben crecer en la fe y sobre todo entrar en la comprensión de los misterios (MISTAGOGIA). El tercer género es la enseñanza asidua que los pastores de la Iglesia ofrecen al pueblo de Dios especialmente en la celebración litúrgica; es lo que los Padres llamaban la homilía (hoy todavía nosotros damos el nombre de homilía a la instrucción dominical que el sacerdote ofrece en la celebración de la Misa).

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