martes, 28 de junio de 2016

EL OBISPO QUE SE OLVIDO DE SER PASTOR

“El Obispo está llamado a santificarse y a santificar sobre todo en el ejercicio de su ministerio, visto como la imitación de la caridad del Buen Pastor, teniendo como principio unificador la contemplación del rostro de Cristo y el anuncio del Evangelio de la salvación”
Exhortación Apostólica "Pastores Gregis", CAPÍTULO II LA VIDA ESPIRITUAL DEL OBISPO, párrafo 11.

Casi dos meses después que el arzobispo Rubén Héctor Di Monte iniciara su ministerio en la Arquidiócesis Mercedes-Luján, el 13 de junio de 2000, cerca de la medianoche, la cruz de hierro de casi 2 mil kilos se quebró y cayó desde lo alto de la Basílica de Luján. Exactamente 16 años después, el ex secretario de Obras Públicas José López intentó esconder casi 9 millones de dólares en la propiedad de General Rodríguez en la que Di Monte, junto a tres hermanas consagradas, había decidido pasar sus últimos días.

Di Monte era oriundo de Luján y había sido monaguillo de la Basílica, pero el primer tramo de su carrera episcopal lo dio en Avellaneda, donde fue designado obispo auxiliar en 1980. Se consideraba amigo personal de los generales Suárez Mason y Cristino Nicolaides, que lo ayudaron a obtener dinero para la reforma de la Catedral de Avellaneda. Era hábil para acomodarse en las mesas del poder y conseguir donaciones y promover negocios. En 1987, como secretario general del episcopado local, Di Monte se ocupó de la reforma de la sede local de los obispos de la calle Suipacha que inauguró y bendijo Juan Pablo II. El dinero le siguió fluyendo cuando fue titular de Caritas en la década del ‘90 y estuvo en la lista de obispos conservadores a los que Menem contentó en forma personal con aportes del Tesoro (ATN): como obispo de Avellaneda cobró 1.210.000 pesos por parte de Menem. Di Monte no reparaba en delicadezas cuando olía dinero.

“El Obispo es enviado como pastor, en nombre de Cristo, para cuidar de una porción del Pueblo de Dios. Por medio del Evangelio y la Eucaristía debe hacerla crecer como una realidad de comunión en el Espíritu Santo”
Exhortación Apostólica "Pastores Gregis", CAPÍTULO V GOBIERNO PASTORAL DEL OBISPO, párrafo 43.

Cuando volvió a Luján como arzobispo, Di Monte llevó a la hermana Alba y sus laicas consagradas, que vivían con él en la curia de Avellaneda. Su designación, en reemplazo del arzobispo Emilio Ognéñovich -que había movilizado a los fieles en una marcha contra el divorcio en los años ‘80 y apoyó la candidatura de Carlos Ruckauf a la gobernación en 1999 en un aviso publicitario- fue leída como un “golpe de Estado” eclesiástico que contó con la bendición de Monseñor Ubaldo Calabrese, quien diez días después abandonó la Nunciatura. La Arquidiócesis seguía siendo conservadora, pero profundizaba su perfil de negocios, de los que no resultaba ajeno Esteban Caselli, embajador ante la Santa Sede y promotor de obispos conservadores.

A la vez que se deshacía de Ogñénovich de la propia jurisdicción -decidió ir a vivir a la curia porteña hospedado por el cardenal Jorge Bergoglio-, Di Monte desarrolló la amistad del ex banquero prófugo Raúl Moneta. Su harás “La República”, de 3000 hectáreas, en Luján era un centro de influencia política y social en el menemismo, que podía recibir al ex presidente norteamericano Bill Clinton o a la actríz Sharon Stone montando a caballo. Por cortesía de Di Monte, la Arquidiócesis cedió el escenario de la Basílica de Luján para festivales gauchesco-religiosos promovidos por Moneta y el jefe municipal Miguel Prince.

La relación entre Di Monte y Moneta, unida en distintos eventos de “pago chico”, creaba suspicacia porque el arzobispo había designado en su Consejo de Asuntos Económicos, además del sindicalista Jorge Triaca y del ex Ministro de Obras y Servicios Públicos Roberto Dromi, al juez federal Gustavo Literas, que investigaba a Moneta por lavado de dinero. Di Monte descartaba cualquier sospecha sobre ellos:

“Es un grupo de laicos generosos que nos ilumina en temas económicas y financieros en los que los clérigos no solemos ser competentes”, diría, y negaba “suposiciones injustas y mentirosas” sobre la influencia de Moneta en su Consejo asesor.

Poco después del primer año de su ministerio, Di Monte se deshizo de la congregación de Padres Vicentinos que ejercían la atención pastoral y la administración de la Basílica desde hacía 130 años. Cuando intentó explicar su decisión después de la homilía, el arzobispo fue abucheado e insultado por los fieles. Para simular el despido de los 13 padres vicentinos y explicar que se trataba de una ‘limpieza general’. El rector de la Basílica, Padre Carlos Pucheta, en su momento expreso, que la decisión de Di Monte "cayó muy mal en la comunidad lujanense, porque la congregación está muy unida a la vida de Luján".

Los cambios beneficiaron a la hermana Ana María “Chiquita” Novara de Di Monte,  en la dirección de la Junta Regional de Educación Católica de la Arquidiócesis, que le permitió controlar todos los colegios católicos, y le dio mayor relevancia a la hermana Alba Martínez y sus dos “monjas orantes”, aunque no eran monjas. Alba actuaba como su consejera y tesorera personal en la economía del ‘día a día’. Di Monte no estaba interesado en la religiosidad popular que generaba la basílica como mayor centro espiritual del país sino como la base para proyectar negocios.

Existe un video de agosto de 2001 que registra el descontento de los fieles contra el arzobispo, y que le hizo sellar su antipatía con la comunidad, se ve al Oscar Sarlinga designado vicario general de la Arquidiócesis desde el inicio del ministerio de Di Monte. Sarlinga era, además, rector del Seminario Mayor. Los dos conformaron una dupla en que, con modales de príncipes, intentaba conseguir dinero de donde fuera. Ambos contaban con la bendición de Caselli y buena entrada en la Santa Sede, durante la Secretaría de Estado de Ángelo Sodano.

Incluso para la designación de Sarlinga como obispo auxiliar, en 2003, Di Monte relató en la homilía del 17 de mayo de ese año que salteó la obligada intervención de la Nunciatura para la confección de la terna de candidatos, y le pidió la designación de Sarlinga, que aún no tenía 40 años. “Diga al cardenal Re (responsable de la Congregación de los Obispos) que el Santo Padre es favorable a su solicitud”, reveló Di Monte que le dijo el Papa Juan Pablo II. Quizá esta designación pueda ser interpretada como el “episodio cero” de la ofensiva conservadora que intentaba retomar el control institucional de la Iglesia argentina, para lo cual consideraba indispensable desplazar a Bergoglio de la catedral porteña, tarea en la que se encomendaron los cinco años siguientes.

La refacción de la Basílica posicionó a Di Monte con el kirchnerismo. Las obras eran una vieja aspiración que encontró cauce cuando Menem la declaró “monumento histórico nacional”, pero las obras no se iniciaron ni con De la Rúa ni con Duhalde. Néstor Kirchner modificó el presupuesto nacional y ordenó una partida de 4.550.000 pesos, que luego se multiplicaría varias veces, para su ejecución. De hecho, luego de que el entonces flamante presidente Néstor Kirchner firmara su primer decreto, una partida para la restauración de la basílica de Luján -bajo la órbita eclesiástica de Di Monte- este construyó un estrecho lazo con los responsables de la ejecución de la obra, el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, y su segundo, el secretario de Obras Públicas, José López.

Aquel anuncio representó no sólo el anuncio de la restauración y la puesta en valor de la Basílica, sino también la puesta en escena de Di Monte con el nuevo poder. En su deseo de posicionarse con el kirchnerismo, Di Monte llegaría a ceder el altar de la Basílica de Luján para que hablara Kirchner. La continuidad de la obra, en tanto, con reiteradas ampliaciones y re determinación de precios, que superó los 100 millones de pesos, quedaría en manos de Crearurban S.A. de los hermanos Ángelo y Fabio Calcaterra, primos de Mauricio Macri, quienes, mientras se trabajaba en la reforma, aportaron casi 400.000 pesos en la campaña electoral de Cristina Kirchner en 2007.

En 2004 el ministerio de Di Monte en la jurisdicción Mercedes-Luján era un territorio fértil de negocios, al punto que incomodaba a otros obispos que preferían sacar a los seminaristas de esa jurisdicción eclesiásticas. También migraron muchos sacerdotes para incardinarse en otros obispados. Ese año, Di Monte vendió 46 hectáreas de la Arquidiócesis a orillas del lago Perito Moreno, donde había una casa de ejercicios espirituales, en US$ 600.000

Un año más tarde, Di Monte intentó convertir a la Basílica de Luján en un centro turístico-religioso, con la construcción de hoteles en la ribera del río, como parte de una concesión privada de 99 años que se haría cargo del centro histórico de Luján. La iniciativa, con auspicio de Di Monte y el intendente Prince, fue rechazada en movilizaciones populares y en el Concejo Deliberante.

A este fracaso como gestor económico, Di Monte le sumaría otro de carácter político dentro de la Iglesia. El grupo conservador -motorizado por Caselli- estaba obteniendo distintas jurisdicciones eclesiásticas con la bendición de Roma -Sarlinga en Zárate-Campana, Mollaghan en Rosario, Sigampa en Resistencia- pero la salida de Sodano de la Secretaría de Estado tras el advenimiento de Benedicto XVI, menguó su influencia en Roma y no lograrían la anhelada destitución de Bergoglio.

Cuando cumplió 75 años, Di Monte ya tenía organizado su retiro canónico en el “convento” de 17 habitaciones de General Rodríguez junto a Alba y María y Marcela, las otras dos hermanas laicas. En su morada, investida como un “poder paralelo”, lo visitaban José López, Scioli, De Vido, Alicia Kirchner, entre otros funcionarios. La Arquidiócesis, con el apoyo del kirchnerista Oscar Parrilli y el propio Bergoglio, quedó para el obispo Agustín Radrizzani. Aunque el nuevo “gestor económico” en la administración fue el vicario general Jorge Bruno, que heredó los vínculos de Di Monte. Cuando López intentó ocultar los US$ 9.000.000, -Alba lo recordó como el hombre que traía “té y café”-, Di Monte estaba lejos del “convento” en el que quiso ser enterrado.
Consciente de su responsabilidad en la transmisión y educación de la fe, el Obispo se ha de esforzar para que tengan una disposición similar cuantos, por su vocación y misión, están llamados a transmitir la fe. [...] Cuando se vea oportuno, los Obispos deben defender con firmeza la unidad y la integridad de la fe, juzgando con autoridad lo que está o no conforme con la Palabra de Dios [...]

Exhortación Apostólica "Pastores Gregis", CAPÍTULO III, MAESTRO DE LA FE Y HERALDO DE LA PALABRA, párrafo 29.

Fuente:
www.clarin.com 

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