martes, 14 de junio de 2016

EL TABERNÁCULO Y SU HISTORIA-Primera parte

Dice un antiguo dicho: “Se acostumbra uno a todo”; y para nosotros es habitual ver el tabernáculo en el centro del altar. Pero no siempre tuvo esta ubicación e incluso hoy, después del Concilio Vaticano II, vemos a veces el tabernáculo colocado en una capilla, fuera del aula principal de la iglesia o, de todos modos, fuera del altar mayor. Desde el siglo VI tenemos testimonios de la unicidad del altar en las iglesias; luego el número de altares aumenta, pero se mantiene el respeto absoluto por la mensa dominica que excluye todo lo que es ajeno a la celebración del Santo Sacrificio. Hacia finales del siglo IX se empieza a colocar de manera permanente sobre la mesa del altar un nuevo elemento muy significativo: las reliquias de los santos.

Pronto se añaden otros elementos, por lo que a principios del siglo X un documento importante, de origen galicano, conocido con el nombre de ADMONITIO SYNODALIS, que se convierte en ley general para todas las Iglesias de Occidente, prescribe que sobre el altar “se deben tener solamente las urnas de los santos, el evangeliario y la píxide con el Cuerpo del Señor para los enfermos; cualquier otra cosa ha de ser colocada en un lugar conveniente”. Hay que esperar hasta el siglo XVI para ver el tabernáculo fijo sobre el altar mayor y, más tarde, para verlo colocado en el centro de la mesa, última fase del desarrollo histórico del altar.

San Eusebio nos informa que los sacerdotes conservaban la Eucaristía en sus casas para llevar la comunión a los enfermos. Por antiguos testimonios sabemos también que la Eucaristía se llevaba colgada del cuello, sea dentro de paños de hilo, que san Ambrosio llama ORARIA, sea en vasos de oro, plata, marfil, madera y también arcilla, llamados comúnmente ENCOLPIA. El ENCOLPIUM era una cajita que contenía las reliquias y también el libro de los Evangelios que los fieles llevaban colgada del cuello por devoción. Conocemos algunos de estos objetos hallados en las tumbas del cementerio del Vaticano, de forma cúbica, provistos de suspensorio y adornados en la parte frontal con el monograma de Cristo y a los lados con el ALFA y OMEGA.

Después de la paz de Constantino, que permitió a los cristianos celebrar libremente los sagrados ritos y construir los lugares de culto, sabemos por los testimonios de los Padres que pronto se estableció la práctica de custodiar la Eucaristía en las iglesias, aunque, por lo que nos dice Baronio, el uso de conservar la Eucaristía en las casas privadas dejó de hacerse definitivamente a principios del siglo VI. San Juan Crisóstomo nos dice que, a veces, se conservaba la Eucaristía bajo las dos especies y por san Ambrosio sabemos que en Milán la preciosísima Sangre se conservaba en un vaso de oro con forma de cubeta, llamado DOLIUM. La sacralidad y la preciosidad son constantes. Y es la lógica de la ley del amor.

En las primeras basílicas la custodia eucarística tuvo dos formas: la TORRE y la PALOMA. Debaten los eruditos sobre la prioridad de estas dos formas, pero es muy probable que la torre sirviera de custodia a la paloma que contenía el pan eucarístico. Avala esta hipótesis la materia usada para la fabricación: las torres eran de plata y las palomas de oro. El bibliotecario Anastasio escribe en el DE VITA PONTIFICUM que Constantino regaló a la Basílica de San Pedro una torre y una paloma de oro purísimo, adornada con doscientas cincuenta perlas blancas; Inocencio I mandó construir una torre de plata y una paloma de oro para la iglesia de los Santos Gervasio y Protasio y el papa Hilario regaló una torre de plata y una paloma de oro a la Basílica de Letrán.

Se debate asimismo sobre el lugar en el que se colocaban las torres y las palomas. Citando un fragmento de las Constituciones apostólicas, que se remontan al siglo IV, algunos consideran que se conservaban en el PASTOPHORIUM, es decir, en el lugar más apartado e inaccesible de la iglesia: «Después de que todos hayan comulgado, que los diáconos lleven lo que ha sobrado al pastoforio». Las especies eucarísticas se metían dentro de la paloma a través de una pequeña apertura realizada en el dorso y cerrada cuidadosamente mediante una tapa con bisagra. Las torres y las palomas se suspendían, por medio de cadenas, en el centro del CIBORIO sobre el altar. Hay que decir al respecto, que por CIBORIO (del latín CIBORIUM más tarde TEGURIUM y TIBURIUM) se ha de entender el baldaquín de planta cuadrada que, desde la época de Constantino, se levantaba sobre el altar, saliendo de los cuatro lados, para darle más elegancia y suntuosidad.

Algunas veces debajo del CIBORIO se construía otro, de pequeñas dimensiones, llamado PERISTERIUM (palomar) porque conservaba la paloma eucarística. Las cuatro cortinas que rodeaban el CIBORIO, llamadas por esta característica TETRAVELA, se siguieron usando hasta los últimos años del siglo IX. A las dos formas ya en uso –torre y paloma– se suma en el periodo románico la PÍXIDE. Con este nombre se designa normalmente el vaso sagrado, de cualquier forma o tamaño, que contiene la Eucaristía. El sustantivo griego, sin embargo, tiene el significado concreto de caja que le quita todo tipo de ambigüedad al término genérico de “custodia”, diferenciando claramente este vaso de la torre y de la paloma.

No puede decirse que el uso de la píxide desplazara al de la torre y la paloma; por lo demás, la píxide no era nada más que una torre de medio tamaño. Normalmente consistía en una caja redonda, algunas veces cuadrada, con una tapa generalmente cónica, aunque también plana. Precisamente por estas características resultaba muy práctica y más barata. A veces se juntaba la píxide al pico de la paloma como señal evidente de la presencia de las especies eucarísticas dentro de ella. Tenemos también ejemplos de píxides apoyadas en un pedestal, especialmente durante el siglo XII, de ahí el nombre de píxide pediculada.

Fuente:
www.30giorni.it

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