miércoles, 22 de junio de 2016

EL TABERNÁCULO Y SU HISTORIA-Segunda parte

Durante el periodo románico las custodias eucarísticas –torres, palomas y píxides– se colgaban sobre el altar, pero al desaparecer el antiguo ciborio se modificó el modo de suspensión. Generalmente se fijaba un colgadero con forma de cruz en el retablo y se colgaba la custodia en la parte alta. En el periodo románico el oro y la plata fueron los materiales habituales para la fabricación de las custodias eucarísticas, cualquiera que fuese su forma. Para decorar las píxides se usaron también piedras preciosas. Aunque también se usó el cobre dorado y esmaltado, el marfil e incluso la madera. Durante el periodo gótico el modo de guardar el Santísimo Sacramento presenta distintas soluciones. La custodia –torre, paloma o píxide– se suspendía sobre el altar envuelto en un velo. Normalmente, sin embargo, la custodia se guardaba en un pequeño armario o sagrario empotrado en la pared, a la derecha o a la izquierda del altar.

Se ponía mucho esmero, sobre todo en las iglesias de una cierta importancia, en adornar la puerta del sagrario con elegantes herrajes y también con pinturas, todo ello enmarcado por un arco agudo sostenido por pequeños pilares revestidos de arquitos y que terminaban en pináculos. De todos modos, se ponía cuidado en decorar con pinturas tanto el interior como la puerta del sagrario. Una apertura circular o con forma de trébol o de cuadrifolio, cerrada por una reja, practicada en la pared en correspondencia con el interior del sagrario, permitía a los fieles adorar en cualquier momento desde fuera el Santísimo Sacramento.

Una lámpara encendida frente a la apertura señalaba desde lejos el lugar donde se guardaba el pan transubstanciado. Con la llegada del siglo XVI ya no es suficiente este ornato, significativo pero modesto armario, aunque de cierto interés artístico. Empiezan a aparecer los primeros edículos del Sacramento, que en un primer momento –finales del siglo XIV– fueron una característica casi exclusiva de las iglesias del norte de Europa. El origen de estos edículos nos revela cómo el Espíritu Santo guía a los fieles y se debe a la piedad popular que, en la Edad Media, deseaba contemplar la Hostia consagrada, tanto durante la misa, en el momento de la elevación, como fuera de la celebración.

El culto de la Eucaristía se centra en las llamadas exposiciones públicas, que multiplicaban las exposiciones eucarísticas casi como por un multiplicarse de la fe cordial y sencilla y la vez profunda y preciosa. La exposición pública no era más que el culto público del Cuerpo del Señor con la Hostia expuesta a la adoración dentro de un ostensorio. Esta práctica estaba tan arraigada en el pueblo que algunas medidas restrictivas establecidas por algunos Sínodos no lograron limitarla. De todos modos, podemos anotar que la primera fiesta del Corpus Christi fue celebrada por los canónigos de Lieja en 1247. En 1264 el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia, pero sólo en 1316 el papa Juan XXII la aprobó definitiva y providencialmente. Los edículos eucarísticos fueron el punto de encuentro entre la piedad popular y las disposiciones sinodales, puesto que realizaron una especie de exposición permanente del Santísimo Sacramento ante los fieles. Se presentan como construcciones monumentales, con forma de torre que a veces llegaba hasta la bóveda, con predomino del estilo ojival, dentro de las cuales se guardaba la Hostia consagrada en un vaso transparente colocado detrás de una ancha reja metálica, para que los fieles pudieran contemplar, aunque confusamente, el Sacramento.

La última fase histórica de la evolución del tabernáculo, como custodia eucarística, sobre la mesa del altar, se da a principios del siglo XVI. En Italia, el pionero de esta solución fue el piadoso obispo de Verona, monseñor Matteo Giberti, que la adoptó en las iglesias de su diócesis. Por precisión histórica esta disposición ya la encontramos en las Ordinationes de los Ermitaños de san Agustín, redactadas bajo Alejandro IV (1254-1261): «Queremos que en todas nuestras iglesias se guarde el Cuerpo de Cristo en un ciborio colocado sobre el altar mayor, dentro píxides de marfil o de otra materia preciosa, en cantidad modesta, cubierto con un velo limpísimo».

La disposición de monseñor Giberti tuvo especial resonancia en la Italia del norte y pronto se extendió también a las otras diócesis; la primera fue Milán, por obra de san Carlos Borromeo, que dispuso trasladar la residencia del Santísimo Sacramento de la sacristía a un altar de la Catedral. En Roma esta iniciativa fue apoyada por el papa Pablo IV. En 1614 el Rituale de Pablo V lo imponía a las iglesias de su diócesis aconsejando su adopción también a las otras. Fuera de Italia varios concilios dejaron libertad de opción sobre el lugar de custodia del Santísimo Sacramento; se prefirió, en general, usar tabernáculos murales y, donde existían, los edículos eucarísticos.

Como es sabido, eran los años de la aplicación de las normas del Concilio de Trento (1545-1563) que, en este caso, reaccionaba contra la doctrina protestante que negaba la permanencia de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. A la exigencia de afirmar la doctrina católica se debe la difusión de colocar el tabernáculo, bien visible, sobre el altar mayor. Lo más habitual es que tuviera forma de casita y que se colocara en la parte alta del altar con tres órdenes de gradillas al lado sobre las que se colocaban los candeleros para los cirios, a veces numerosos, sobre todo con ocasión de las solemnes exposiciones eucarísticas.

Hacia la mitad del siglo XVIII la colocación del tabernáculo sobre el altar era ya una práctica común en casi todas las iglesias, por lo que Benedicto XIV en su constitución Accepimus (16 de julio de 1746) la declaraba «disciplina vigente». Fue aceptada universalmente a raíz del decreto de la Sagrada Congregación de los Ritos del 16 de agosto de 1863 que prohibía cualquier otra forma de custodia. La disciplina actual sobre el lugar en que se debe conservar la Santísima Eucaristía es un fruto de la renovación litúrgica llevada a cabo por el Concilio ecuménico Vaticano II. En la mayor parte de nuestras iglesias, por conocidas razones históricas, el elemento central –dominante respecto al propio altar– ha sido, durante casi cuatro siglos, el tabernáculo eucarístico.

La adaptación litúrgica de las iglesias existentes, que tiene por objetivo exaltar la primacía de la celebración eucarística y, por tanto, la centralidad del altar, debe reconocer también la función específica de la reserva eucarística. Se considera necesario, por eso, que, con motivo de posibles intervenciones de adaptación, se dedique un cuidado especial al “lugar” y a las características de la reserva eucarística. En este caso, reservar un lugar propio para la conservación de la Eucaristía ha de entenderse de tal modo que permita subrayar aún más el misterio de la permanencia de la presencia real y crear las condiciones para su adoración. También la localización y la eventual realización de una nueva noble custodia eucarística deben facilitar la identificación y el acceso directo a ella en un ambiente recogido y favorable a la adoración personal. En el caso de que la capilla eucarística no fuera visible inmediatamente al entrar en la iglesia, se debe pensar en indicaciones apropiadas que, con claridad y buen gusto, conduzcan a ella.

En la capilla, como en el local para las celebraciones, no han de faltar nunca bancos con reclinatorio para que se tenga siempre la posibilidad de hacer la adoración arrodillados. En todo caso, hay que recordar que en cada iglesia el tabernáculo para la reserva y para la adoración eucarística debe ser único. El Santísimo Sacramento debe ser reservado en un lugar arquitectónico verdaderamente importante, normalmente distinto de la nave de la iglesia, apropiado para la adoración y la oración, sobre todo personal, noblemente ornamentado y adecuadamente iluminado. El tabernáculo, además de ser único, ha de ser también inamovible, sólido e inviolable, no transparente. No se olvide disponer a su lado el lugar para la lámpara que debe arder constantemente, como signo de honor tributado al Señor.
No está de más aludir a los vasos sagrados destinados al cuerpo y la sangre del Señor durante la misa (cáliz, patena) y durante la adoración eucarística (ostensorio).

Recientemente la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos ha publicado una instrucción «sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía» que se ocupa también de los vasos sagrados, recordando que deben ser elaborados con materiales considerados nobles, según las varias regiones, que se deben evitar vasos de uso común o sin ningún valor artístico (cita explícitamente simples cestos, vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales frágiles), y esto porque «con su uso se tribute honor al Señor y se evite absolutamente el peligro de debilitar, a los ojos de los fieles, la doctrina de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas»

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