miércoles, 22 de junio de 2016

MARÍA MUJER EUCARÍSTICA

¿Qué relación tiene María con la Sagrada Eucaristía? ¿La Madre participó en la Última Cena cuando Jesús instituyó este sacramento o, en todo caso, en las celebraciones eucarísticas de la primera comunidad cristiana? ¿Está presente la Madre en todas las ceremonias eucarísticas de la Iglesia? ¿Qué puede enseñarnos María respecto a nuestro amor al Señor Jesús sacramentado?

Lo primero que debemos decir es que en toda la Sagrada Escritura no se menciona explícitamente la relación entre María y la Eucaristía. «A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María». Sin embargo sabemos, siguiendo el relato de los Hechos de los Apóstoles, que María perseveraba en la oración con la primera comunidad en espera del Espíritu Santo. Así pues, la presencia de la Madre «no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos "en la fracción del pan"».

La relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer "eucarística" con toda su vida. Ella encarnó con toda su existencia la lógica de la Eucaristía. Podemos decir pues que la espiritualidad de María es una espiritualidad netamente eucarística. De esta forma «la Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio».

En la Eucaristía «está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira. Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias».

La Eucaristía es un misterio de fe. Sin embargo, «... el hombre está siempre tentado a reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio». En el momento de la celebración de la Eucaristía la fe es puesta a prueba, pues como dice Santo Tomás de Aquino: la vista, el gusto y el tacto se engañan, solamente el oído cree todo. Nadie como María puede educarnos en esta virtud para reconocer, más allá de las apariencias sensibles, a Cristo Vivo. ¿Y cómo ha vivido María su "fe eucarística"?

En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. ¿Por qué? María concibió en la Anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Ese Cuerpo y esa Sangre divinos, que después de la consagración están presentes en el altar... conservan su matriz originaria de María... En la raíz de la Eucaristía está, pues, la vida virginal y materna de María... Y si el Cuerpo que nosotros comemos y la Sangre que bebemos son el don inestimable del Señor Resucitado para nosotros viadores, lleva también consigo, como Pan fragante, el sabor y el perfume de la Virgen Madre. De esta forma «María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas».

El Pan eucarístico que recibimos es el verdadero Cuerpo nacido de María Virgen. Jesús es «carne y sangre de María». Podemos descubrir de esta forma una semejanza profunda entre el HÁGASE de María y el amén que cada fiel pronuncia antes de recibir el Cuerpo de Cristo. A María le pidió el ángel creer que Aquel que nacería de su seno era el Hijo de Dios y a nosotros se nos pide de manera análoga creer que es el mismo Señor Jesús quien está presente de forma verdadera, real y substancial bajo la apariencia del pan.

En la VISITACIÓN de María a su prima Isabel podemos descubrir a la Madre como «el primer "tabernáculo" de la historia» donde el Señor Jesús, todavía oculto a los ojos y oídos de los hombres, «se ofrece a la adoración de Isabel, como "irradiando" su luz a través de los ojos y la voz de María». María es verdaderamente la "Custodia viva del Señor", el «admirable ostensorio del Cuerpo de Cristo».

Podemos también releer el MAGNIFICAT en perspectiva eucarística. Tanto la Eucaristía como el cántico de María son una acción de gracias a Dios que se complace en la humildad y obediencia de su Siervo, Jesús, y de su Sierva, María. La actitud de la Madre ante el NACIMIENTO de su Hijo es también modélica: su mirada extasiada contemplando el rostro del Niño Jesús, tomándolo en sus brazos con todo el cariño de su amor maternal ¿no será acaso el modelo en el que ha de inspirarse cada fiel al recibir la comunión eucarística o al adorarlo presente en el sagrario?

María hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía con toda su vida, especialmente al pie de la CRUZ. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de "Eucaristía anticipada" se podría decir, una "comunión espiritual" de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como "memorial" de la pasión.

El encuentro con Cristo, profundizado continuamente en la intimidad eucarística, suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y de dar testimonio. Recibir continuamente el don de la comunión sacramental implica también acoger el memorial de la Cruz, donde el Hijo nos entrega a su Madre, encomendándole la misión de velar por nuestra configuración con Él: «María guía a los fieles a la Eucaristía»

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