miércoles, 25 de enero de 2017

JESÚS EN SU VIDA OCULTA-PRIMERA PARTE

Lejos de las especulaciones legendarias, la actual investigación histórica sobre Jesús permite dar con muchos elementos que habrían marcado los años "ocultos" de Jesús en Nazaret. Todos sabemos qué hizo Jesús durante los tres años de su vida pública: cómo recorrió las ciudades y pueblos de Palestina predicando el Reino de Dios, curando enfermos, resucitando muertos y enseñando parábolas. Pero ¿qué hizo durante los más de 30 años anteriores? ¿Por qué los evangelios guardan silencio sobre esa etapa de su vida. El único episodio que conocemos de este largo período es lo que le sucedió a los 12 años, cuando se perdió en Jerusalén durante una fiesta de Pascua, y cómo José y María lo hallaron "en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas" (Lc 2,46-47). Pero inmediatamente después dice el evangelio que volvió a Nazaret, y de nuevo el velo del misterio desciende sobre su vida, oscureciendo todas sus actividades durante los siguientes 20 años. Este enigmático silencio hizo que muchos le inventaran historias y relatos absurdos. Algunos afirman que viajó a Inglaterra con su tío abuelo José de Arimatea, donde conoció el druidismo (la religión de los celtas) y aprendió algunas de las ideas que más tarde enseñará, como la Trinidad y la llegada del Mesías. Otros sostienen que fue a la India, donde los Budas le enseñaron a leer, a curar enfermos y a realizar exorcismos. Otros aseguran que estuvo en Egipto aprendiendo la magia de los sacerdotes faraónicos y llenándose de energía misteriosa en las pirámides. Y los más ingenuos piensan que llegó hasta América para iniciarse en la sabiduría de los pieles rojas. 

Estos relatos se han podido inventar porque, según la creencia popular, los evangelios callan y no cuentan nada sobre los años perdidos de Jesús. Pero ¿realmente los evangelios callan absolutamente? ¿En ninguna parte dan indicios de lo que hizo Jesús durante todos aquellos años? En realidad no es así. El evangelio de san Lucas proporciona dos pistas muy importantes. La primera, después de narrar la presentación del niño Jesús en el Templo de Jerusalén a los pocos días de haber nacido. Dice que José, María y el niño "volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y allí el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (Lc 2,39-40). Por lo tanto, claramente el evangelista nos informa que Jesús pasó los siguientes años de su vida en el pueblo de Nazaret, donde experimentó un desarrollo físico, intelectual y religioso, como cualquier niño de su edad. La segunda, luego de contar que el niño Jesús se perdió a los 12 años en la ciudad de Jerusalén y fue hallado en el Templo. Dice que "regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió, obedeciéndoles a ellos en todo. Y Jesús seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres" (Lc 2,51-52). Si nos atenemos, pues, al evangelio, debemos concluir que Jesús no se movió de Nazaret durante todos esos años. "Allí vivió", dice Lucas. Y allí, en su círculo familiar, "obedeciendo a sus padres en todo", experimentó su madurez humana, intelectual y psicológica, de la misma manera que lo hacían los demás niños judíos de su tiempo.

Esto queda confirmado por un episodio del evangelio de Marcos. Cuando Jesús fue a predicar por primera vez a Nazaret, los aldeanos al escucharlo se asombraron y dijeron: "¿De dónde ha sacado esa sabiduría que tiene, y ese poder de hacer milagros? ¿No es éste, acaso, el carpintero, el hijo de María?" (Mc 6,2-3). La vida de Jesús, pues, debió de haber transcurrido de una manera tan ordinaria y normal en su apacible pueblo de Nazaret, que el día que se presentó en público con una sabiduría fuera de lo común los paisanos de Nazaret se sorprendieron. Nunca habían sospechado que él fuera nadie más que "el carpintero", "el hijo de María". De haberse ausentado Jesús del pueblo para estudiar y perfeccionarse, como dicen las leyendas arriba mencionadas, los galileos no habrían tenido por qué asombrarse de sus prodigiosos conocimientos.

Si Jesús no salió de Nazaret durante su infancia y su juventud, fuera de sus peregrinaciones a Jerusalén, o de un viaje ocasional a algún pueblo vecino, ¿qué hizo en todos esos años? ¿Es posible conocer algo de su vida oculta? Sí es posible, gracias a los descubrimientos arqueológicos y literarios que actualmente poseemos. Lo primero que hicieron los padres con el niño Jesús, apenas nacido, fue ponerle un nombre. Esto se realizaba en medio de una alegre ceremonia, celebrada al octavo día como mandaba el Génesis (17,12), y ante la presencia de varios testigos. El nombre que José y María le pusieron fue el de "Yehoshúa", que en hebreo significa Josué. Por la Biblia sabemos que en Palestina ese nombre solía acortarse y pronunciarse "Yeshúa", por razones de familiaridad. A su vez en Galilea, donde se hablaba de una manera distinta al resto del país, y donde vivía la sagrada familia, se lo abreviaba aún más y se lo pronunciaba "Yeshú". Por eso, los primeros cristianos de origen griego lo tradujeron más tarde por "Jesús". 

El nombre de Yeshúa, en el siglo I, era uno de los más comunes y ordinarios que había. Así lo vemos, por ejemplo, en el escritor Flavio Josefo, quien en sus obras menciona a más de 20 personas que se llamaban Jesús en la historia judía; de las cuales, por lo menos 10 son contemporáneas de Jesús de Nazaret. En hebreo Jesús (o Josué) significa "Dios salva". Y no le pusieron ese nombre al niño sólo por un homenaje al caudillo hebreo Josué, sino porque, según Mateo, un ángel le dijo a José: "Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Mt 1,21). ¿Aprendió Jesús a leer y escribir, en un pueblito tan insignificante como Nazaret, o permaneció analfabeto? Muchos piensan que semejante pregunta es absurda, ya que en los evangelios tres episodios muestran claramente que él sabía leer y escribir. El primero es aquél en el que los escribas y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio para ver si debían apedrearla o no, y Jesús, en vez de contestarles, "se agachó y se puso a escribir en la tierra con el dedo" (Jn 8,6). El segundo es cuando se presentó en la sinagoga de Nazaret, y lo invitaron a leer el libro del profeta Isaías (Lc 4,17). El tercero es aquél en el que los judíos, al escucharlo predicar en Jerusalén, se preguntaron maravillados: "¿Cómo es que éste sabe escritura sin haber estudiado?" (Jn 7,15).

Pero lamentablemente ninguno de estos tres textos sirve para probar la capacidad de lectura y escritura de Jesús. El primero, porque al mostrar a Jesús "escribiendo" con el dedo en el suelo, sin mencionar qué es lo que escribía, ha llevado a concluir que sólo trazó unas líneas sobre la arena, con la intención quizás de hacer ver su molestia a los acusadores de la mujer, sin tratarse de ninguna escritura real. El segundo, porque el texto del profeta Isaías que Jesús lee en la sinagoga de Nazaret, así como está, no existe. Es un pasaje construido por el evangelista Lucas con versículos salteados de ese libro (es decir, de Is 61,1; 58,6 y 61,2). ¿Cómo se las hubiera arreglado Jesús para leer en el libro de Isaías un pasaje semejante? El tercero, porque en realidad no dice que Jesús supiera "escritura", sino que sabía usar las Sagradas Escrituras (es decir, el Antiguo Testamento) en una discusión teológica, cosa que podía haber aprendido oralmente, sin saber por eso leer. No tenemos, pues, en los evangelios pruebas seguras de que Jesús supiera leer y escribir. ¿Podemos averiguarlo por otro lado? Sí. Sabemos que para los judíos, contrariamente a otros pueblos, el saber leer era una exigencia fundamental, debido a la necesidad de conocer las Escrituras. Por eso, dentro de lo posible procuraban impartir aunque más no fuera una instrucción elemental.

Ahora bien, por la literatura judía sabemos que cuando Jesús era niño existía en Nazaret, como en los demás pueblos de Palestina, una pequeña escuela a la que concurrían los niños desde los 5 años. El local estaba pegado a la sinagoga, y el programa escolar tenía dos ciclos básicos. El primero duraba 5 años. Los niños comenzaban aprendiendo las letras del alfabeto hebreo, y luego se iniciaban en la lectura de la Biblia, empezando por el libro del Levítico. De ahí pasaban a los demás libros bíblicos, repitiéndolos versículo por versículo, hasta que aprendían el texto sagrado casi de memoria. En la Biblia los alumnos estudiaban todo: la lengua, la gramática, la historia, la geografía. Terminada esta primera etapa los niños pasaban al segundo ciclo, que duraba 2 años. Allí se aplicaban al conocimiento de la "Ley Oral" judía (llamada Mishná), es decir, a las interpretaciones y complementos que los doctores de la Ley hacían de las leyes bíblicas.

A llegar a los 12 años, los niños terminaban sus estudios. Si alguno era particularmente brillante, entonces podía cursar estudios más avanzados; para ello debía viajar a Jerusalén o a alguna otra ciudad importante del país, e inscribirse en las escuelas dirigidas por los más célebres doctores de la Ley. Pero eso era privilegio de algunos pocos; la mayoría de los jóvenes se reintegraba a su familia, donde empezaba a aprender de su padre una profesión para ganarse la vida.

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