viernes, 17 de marzo de 2017

ATENTADO CONTRA LA EMBAJADA DE ISRAEL, RELATO, CONFESIONES Y DUDAS DE UN CRONISTA

El 17 de marzo de 1992 quien firma este artículo trabajaba como cronista del programa “DESPERTAR AL PAÍS”, que se emitía todas las mañanas por el entonces llamado ATC. A las 14,47 hs, momento exacto de la explosión, me encontraba en el estacionamiento subterráneo ubicado sobre Avenida Corrientes esquina San Martín. A pocas cuadras del lugar. Debo reconocer que mi primera impresión fue que se había iniciado un temblor o terremoto. Hay que tener en cuenta que en Argentina fue la primera vez que sufrimos un atentado terrorista con explosivos de tan alto poder. En ese momento solamente tenía mi grabador de mano, ya que también trabajaba en Radio del Plata por la mañana. No recuerdo exactamente por qué ese día no estaba en el canal. Corrí todas las cuadras que separan el garaje mencionado con lo que quedaba de la Embajada de Israel.

Decenas de personas, de cronistas, de argentinos solo atinábamos a mirar con una infantil cara de asombro y de terror y a caminar en círculos levantado trozos de vidrio, de cemento, de ladrillos. Jamás habíamos visto semejante calamidad. Todos recuerdan la conmovedora aparición espontánea de los ciudadanos que –luego de enterarse a través de los medios de comunicación del espantoso atentado- se acercaron a la calle Arroyo para colaborar en lo que fuera necesario. Se les colocó una pechera amarilla pocas horas después. Fue la primera vez que percibí esa extraña mezcla entre aroma y sensación indescriptible de la muerte por asesinato. Allí comprobé que esa muerte despierta un sexto sentido profundo en todos los que sobrevivimos ¿Miedo? ¿Espanto? ¿Aturdimiento? Si...todo eso y algo que es inexorablemente inexplicable.

Todo lo que había aprendido mal o bien del oficio hasta esa mañana quedaba entre paréntesis. Nada servía. Todo se volvía a inventar. Aunque resulte doloroso y sin medir las consecuencias, siento el deseo y la obligación de contar ciertas cosas que hasta hoy callé, un poco por no lastimar a familiares de las víctimas y otro poco por ese temor que se siente al revivir recuerdos e imágenes tan escalofriantes. Todo lo que usted pueda imaginar cómo morboso y escalofriante es poco: trozos de cuero cabelludo, un ojo, un antebrazo. Me cuesta aún contarlo. Pero lo más doloroso no fue ver eso mientras realizaba mis varias salidas al aire informando sobre la mañana más conmovedora por lo espantosa de la historia argentina, siendo consciente de que en todo el país estaban pendientes de lo que decía con extrema avidez de noticias, sino lo que voy a relatar a continuación y que es, justamente, el único silencio del cual me culpo luego de tantos años de ejercer mi oficio.

Recién terminábamos de informar que el embajador israelí había ordenado que se suspendieran las tareas de remoción de escombros. El argumento que se nos brindó fue que “puede provocar más desmoronamientos y si hay sobrevivientes, aplastarlos”. Un voluntario se acercó a mí en uno de los cortes en su mano tenía un palo un trozo de madera. Me llevó hasta el supuesto cráter que la supuesta camioneta-bomba Ford F-100 había dejado. “¿Eso te parece un cráter?”- me preguntó de manera airada. Aunque sea materia opinable y la Justicia haya determinado que tenía 1 metro y medio de profundidad, debo decir que el sentido común me sigue indicando que lo que vi no era un cráter. Semejante explosión no pudo haber dejado una marca en el asfalto de tan escasa profundidad. Lo que vi no era un metro y medio ni mucho menos.

Pensé en esa costumbre tan argentina de convertirnos en especialistas de lo que fuere con tal de “tener la posta” y esa tendencia a ser peritos en materias supinamente desconocidas por nosotros, y decidí no ahondar sobre la cuestión. Además, estábamos realmente desbordados por versiones, evidencias y hechos que debían ser informados y nunca opinados. Todo era realmente caótico y no había tiempo ni espacio para detenerse en "detalles". Solo habían pasado unas pocas horas desde la explosión. Una pregunta que aún me hago, quizás por ignorante y desinformado: ¿alguna vez se publicaron fotografías de los restos de esa supuesta camioneta que la Justicia dijo haber hallado? Lo pregunto solamente de puro desinformado. Sigo. Este voluntario –de quién no sé su nombre y a quien jamás volví a ver- no era el “cráter” lo único que quería mostrarme.

Me tomó del brazo pidiéndome “acompáñame por favor”. Me llevó hasta donde –según se decía- se encontraban los primeros subsuelos de la embajada. Se encontraba en sentido opuesto a la pequeña sala que había sido improvisada como “centro de operaciones” de los amateurs rescatistas voluntarios en una edificación lindera con la embajada. Me llevaba del brazo hacia la zona de la embajada más cercana a la calle Suipacha. Una versión circulaba insistentemente: debajo del sitio exacto donde nos dirigíamos habría algo que el gobierno israelí no estaría dispuesto a mostrar al público y que deseaba esconder celosamente. Y recordemos que el terreno de una embajada es considerado diplomáticamente como territorio del país al cual representa. ESE LUGAR puntual era territorio israelí. Una guardia numerosa de la Policía federal nos impedía a los periodistas o voluntarios llegar hasta la zona.

Recordemos que las labores de rescate estaban suspendidas por órdenes del embajador ITZHAK SHEFFI ¡A pocas horas de ocurrido el atentado! Los agentes de MOSSAD (SERVICIO DE INTELIGENCIA DE ISRAEL) ya estaban en el país. Todo era terriblemente desconcertante y confuso y, reitero, era la primera experiencia argentina en atentados de semejante magnitud. El muchacho que me guió, que no llegaba a los 30 años, golpeó 3 veces en el suelo (suelo argentino...a centímetros del suelo considerado como israelí) con ese trozo de madera. Y escuchamos, solo él y yo, como desde las profundidades nos devolvían el mismo código de comunicación: “TOC… TOC... TOC...”. Era la prueba de que aún quedaban sobrevivientes. Inmediatamente corrí al móvil de exteriores y pedí que me dejaran salir al aire de manera urgente.

Mi intención era hacer público mi descubrimiento o, mejor dicho, el descubrimiento de ese voluntario anónimo. Es más. Todos los voluntarios insistían ante los cronistas que había sobrevivientes y era un verdadero crimen suspender las tareas de rescate. La distancia de los años me impide recordar detalles, como el tiempo que demoró una voz desde el canal a través del móvil de exteriores en decirme: “Dante...ni se te ocurra decir todavía lo que viste o escuchaste...”. “¡Pero van a dejar morir a personas...no sean hijos de puta!”- grité. La respuesta fue un “quédate tranquilo”, y después...el silencio. Así ocurrió, palabras más, palabras menos. Ninguna prueba. Ofrecí acercarme al lugar con cámara y micrófono y que se escuche en vivo y directo lo que yo había escuchado. Fue en vano.

Horas después, miles de almas se habían concentrado en la avenida 9 de julio aplaudiendo a rabiar al embajador ITZHAK AVIRAN, quien reemplazó a ITZHAK SHEFFI a pocos días del atentado por orden del gobierno israelí. ¿Por qué el gobierno israelí decidió cambiar su embajador en Argentina a pocas horas del atentado? ¿Por qué ese voluntario me eligió únicamente a mí para presentarme esa prueba? ¿Solo porque desde el único televisor que tenían en su “búnker” los voluntarios estaban sintonizando ATC? ¿Será cierta la "pista israelí" de la que tanto se habla? ¿Matar a su propia gente? Esos sonidos que escuché ¿habrá sido pura sugestión causada por el horror? Respuestas que jamás conoceré.

Concluido este artículo no crea que me siento más desahogado. Hay tres sonidos que vienen a mi cada 17 de marzo. Y otros días también. Casi todos los días: TOC – TOC – TOC.

Lo relatado en este segmento es un resumen de lo escrito por el periodista Dante López Foresi

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