miércoles, 28 de junio de 2017

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE EL INFIERNO-Primera Parte

¿Existe el infierno? Y si es así, ¿en qué consiste? ¿Revela la Biblia algún detalle sobre él?

Para responder a estas preguntas, debemos tener en cuenta que sobre este tema (así como en otros) la mentalidad bíblica fue evolucionando. En los primeros tiempos, los israelitas no se preguntaban mucho qué ocurría después de la muerte. Simplemente creían que todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, al morir bajaban a una inmensa habitación oscura y silenciosa llamada SHEOL, donde llevaban una vida debilitada y somnolienta. Así, por ejemplo, vemos que tres personajes malvados llamados CORÉ, DATÁN Y ABIRÓN, que se sublevaron contra Moisés, murieron y bajaron al SHEOL (Núm 16, 28-30). Y alguien tan venerado como el PATRIARCA JACOB (Gn 37, 35), o el piadoso REY EZEQUÍAS (Is 38, 10), también al morir terminan yendo al SHEOL. Job mismo dice: “Sé que al morir me iré al lugar donde se reúnen todos los mortales” (Jb 30, 23).

Para la mentalidad primitiva, no había diferencia en el destino final de los hombres. Todos, buenos y malos, iban a parar al mismo lugar. Con el paso del tiempo se empezó a ver lo errado de esta manera de pensar. No era posible que tuvieran un final semejante los que habían llevado una vida buena y los que habían tenido una vida de pecado. Así, alrededor del año 200 a.C., los judíos dejaron de creer en el SHEOL como único final para todos, y comenzaron a enseñar que en el otro mundo había dos habitaciones distintas, una para los justos y otra para los pecadores. Y que allí los pecadores serían atormentados con castigos. El primer libro de la Biblia que afirma esto es el de Daniel, escrito alrededor del año 165 a.C. Ahí leemos: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán; unos para la vida eterna, y otros para la vergüenza y el horror eternos” (Dn 12, 2-3).

Esta es la primera vez que el Antiguo Testamento menciona lo que nosotros después llamaremos “INFIERNO”. Aquí se lo denomina “vergüenza y horror eternos”, pero no explica en qué consiste. Lo único que queda en claro es que se trata de un destino diferente al de los buenos. La segunda vez que se habla del infierno es en el libro de la Sabiduría, escrito alrededor del año 50 a.C: “Los pecadores recibirán el castigo que sus pensamientos merecen, por despreciar al justo y apartarse de Dios” (Sab 3, 10). Son las dos únicas menciones del infierno en todo el Antiguo Testamento. Pero ninguna explica qué es. Cuando Jesús empezó a predicar, la originalidad de su mensaje fue que él hablaba en sus discursos exclusivamente de la salvación, no de “salvación y condenación”. Por eso llamó a su mensaje Buena Noticia. Basta comparar una frase suya con la de Juan Bautista, para darnos cuenta. Mientras Juan anunciaba: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca. El hacha ya está puesta en la raíz del árbol, y el que no dé fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3, 2. 10), Jesús sólo decía: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Lo mismo vemos cuando Jesús fue a predicar a la sinagoga de Nazaret. Leyó un largo pasaje del profeta Isaías, pero al llegar a la última parte, donde Isaías anunciaba “un día de venganza” contra la gente, Jesús se detuvo y lo cortó (Lc 4, 16-19). Y Lucas comenta que todos se admiraban de las palabras “llenas de gracia” que salían de su boca.

Sus parábolas sobre el perdón (como la del hijo pródigo, el fariseo y el publicano, la oveja perdida), y su actitud de misericordia hacia los pecadores más despreciables (la adúltera, la prostituta, los cobradores de impuestos) muestran hasta dónde la salvación era el único objeto de su prédica. Se lo dice claramente a Nicodemo: “Dios no ha enviado a su Hijo a condenar al mundo, sino a salvarlo” (Jn 3, 17). Y también a los jefes judíos: “No he venido a condenar al mundo, sino a salvarlo” (Jn 12, 47). Sin embargo, en algunas enseñanzas Jesús admite la posibilidad de una condena eterna. Lo hace, por ejemplo, cuando habla de “perder la vida” (Mc 8, 35), “perder el alma y el cuerpo” (Mt 10, 28), “no ser conocido” (Mt 7, 23), “ser apartado” (Mt 7, 23), “ser echado afuera” (Lc 13, 28). Con estas expresiones Jesús presenta la condena eterna, o sea, el infierno, como una exclusión del ámbito de Dios, como un no permitirle al hombre unirse a Dios en el más allá. Por lo tanto, para Jesús el infierno es simplemente la ausencia de Dios. Pero además de estas expresiones, en otras palabras de Jesús encontramos cuatro imágenes que describen de alguna manera cómo es el infierno. Estas son: a) fuego que no se apaga; b) gusanos que no mueren; c) tinieblas exteriores; y d) llanto y rechinar de dientes.

El elemento más característico del infierno es el fuego. El Nuevo Testamento lo menciona de seis maneras distintas: “fuego que no se apaga” (Mc 9, 48), “fuego eterno” (Mt 25, 41), “horno de fuego” (Mt 13, 42), “fuego ardiente” (Heb 10, 27), “lago de fuego y azufre” (Apoc 19, 20), “Gehena de fuego” (Mt 5, 22), y “llama que atormenta” (Lc 16, 25). Los teólogos han discutido durante siglos sobre la realidad de este fuego, pero hoy sabemos que se trata simplemente de un símbolo, de un lenguaje figurado, del mismo modo que es simbólica la frase de Jesús cuando nos dice que debemos arrancarnos un ojo o cortarnos la mano si ellos nos hacen pecar (Mt 5, 27-30). Nos podemos preguntar entonces, ¿Por qué el Nuevo Testamento emplea el símbolo del fuego para explicar los sufrimientos del infierno? Algunos piensan que es porque, de los dolores físicos que experimentamos en la vida diaria, uno de los peores es el de la quemadura. Por lo tanto, la posibilidad de arder eternamente en el infierno representa un castigo absolutamente terrible.

Sin embargo, para la mentalidad judía, el fuego ardiente estaba asociado, más que a la idea de un dolor grande, al lugar donde iba a parar la basura, aquello que ya no sirve, el desperdicio. Por eso Jesús dice que el árbol que no da fruto es “arrojado al fuego” (Mt 7, 19); y que la cizaña inservible “es quemada” (Mt 13, 30). Por lo tanto, decir que alguien va a ser quemado equivale simplemente a decir que es un inútil, que no sirve para nada. No que va a sufrir mucho. Por eso, ante el abuso de muchos cristianos que se habían esmerado en describir con detalles el fuego del infierno, el Papa Juan Pablo II aclaró, en una catequesis pronunciada el 28 de julio de 1999, que se trata de “imágenes que expresan la completa frustración y vaciedad de una vida sin Dios”. De esta manera, Juan Pablo II se convertía en el primer papa que eliminaba el “fuego” del infierno.

El segundo elemento mencionado por Jesús sobre el infierno es el “gusano que no muere”. Sólo lo trae Marcos (Mc 9, 48). ¿Qué significado tiene? Para la Biblia, la presencia del gusano alude (igual que el fuego) a lo inservible e inútil. Lo menciona en el maná podrido (Éx 16, 20), en los enfermos pestilentes (2Mac 9, 9; Hech 12, 23), en los cadáveres (Is 14, 11; 66, 24). Por lo tanto, afirmar que en el infierno hay “gusanos que no mueren” significa que la situación de los que se condenan es como la de un cadáver descompuesto o la de un montón de basura inútil. El tercer elemento del infierno es el de las “tinieblas exteriores”. Sólo lo cita Mateo (8, 12; 22, 13; 25, 30). ¿Por qué emplea esta figura? Los judíos imaginaban la salvación eterna como un gran banquete, espléndidamente iluminado. Era lógico, pues, que imaginaran el infierno como lo contrario, es decir, como “tinieblas que quedaban afuera” de ese banquete. Las tinieblas simbolizan simplemente la no participación en la fiesta final.

El cuarto elemento es el “llanto y rechinar de dientes”. Lo mencionan Mateo (Mt 8, 12) y Lucas (13, 28). El rechinar de dientes en la Biblia aparece siempre como ejemplo de rabia y de odio (Job 16, 9; Sal 35, 16; Hech 7, 54). Unida al llanto, la frase completa quiere expresar el dolor y la desesperación de los que quedan excluidos de la salvación.

Ariel Alvarez Valdés
Biblista

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