miércoles, 29 de agosto de 2018

TIEMPO DE LA CREACIÓN 2018


Este es el título de la gran campaña internacional para este año en curso, convocada por el Movimiento Católico Mundial por el Clima. A raíz de la Encíclica del Papa Francisco titulada Laudato Si, organizaciones ecologistas católicas en todo el mundo se han organizado para participar de una  jornada mundial de oración, charlas y motivación para hacer conciencia de la protección de Nuestra Casa Común, el Planeta Tierra. El Papa Francisco insta a los 1200 millones de católicos en el mundo, y a todas las personas de buena voluntad a tomar medidas urgentes contra la injusticia del cambio climático y la crisis ecológica, para proteger a los pobres y a las generaciones futuras. Su carta encíclica Laudato Si, es una llamada convincente para cuidar nuestro hogar común, la Tierra, basándose en una larga historia de enseñanza católica. Estamos construyendo un movimiento vibrante para responder al llamado del Papa Francisco.

Queremos destacar la campaña internacional Tiempo de la Creación 2018, en la que estamos caminando juntos hacia un mejor cuidado de la creación. Desde el próximo  1 de Setiembre y hasta el 4 de octubre, más de 650 organizaciones católicas, miembros del Movimiento Católico Mundial por el Clima, en los cinco continentes se unirán desde grandes redes internacionales hasta locales, órdenes religiosas, además de parroquias, líderes de base y miles de católicos como usted y como yo, nos uniremos en un ambiente de reflexión y oración para llevar al corazón del género humano un mensaje que nos ayude a cambiar el paradigma de la cultura del descarte hacia  la civilización que protegerá la vida en sus diferentes manifestaciones y que vivirá en armonía con el medio ambiente.

Para que lo tome en cuenta desde el 1 de setiembre al 4 de octubre del 2018, se desarrollará en todo el mundo la campaña denominada “Tiempo de la Creación”. En la que miles de cristianos alrededor del mundo estaremos rezando y aprendiendo a actuar para proteger el Patrimonio Natural de la Humanidad que es el Planeta Tierra. Le queremos invitar a usted que nos escucha a unirse a esta campaña mundial, que este año lleva como tema central,  “Caminando Juntos”. Hay muchas formas en que las comunidades pueden organizarse y participar. La meta común es darle un mejor cuidado a todo lo creado, alcanzar el buen cuidado de la “Casa Común”, como la llama el Papa Francisco, desde la promulgación de su Encíclica LaudatoSi.

Invitación de Líderes Religiosos a participar en el Tiempo de la Creación

Estimadas Hermanas y Hermanos en Cristo,

“Pero interroga a los animales, y ellos te darán una lección; pregunta a las aves del cielo, y ellas te lo contarán; habla con la tierra, y ella te enseñará; con los peces del mar, y te lo harán saber. ¿Quién de todos ellos no sabe que la mano del Señor ha hecho todo esto?” (Job 12:7-9)

Cada año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, miembros de la familia cristiana destinan este tiempo para profundizar nuestra relación con el Creador, con cada uno de nosotros y con toda la creación. El Tiempo de la Creación comenzó en 1989, con el reconocimiento como jornada de oración por el cuidado de la creación por el Patriarca Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa, y ahora es reconocido por la familia ecuménica en general.

Durante el Tiempo de la Creación, nos unimos para celebrar el don de la creación y reflexionar sobre el cuidado que le damos. Este tiempo nos ofrece una invaluable oportunidad para hacer una pausa en nuestra vida cotidiana y contemplar las maravillas de la creación en la que vivimos. 

A medida que la crisis medioambiental incrementa, hacemos un llamado urgente a los cristianos para dar testimonio de nuestra fe y tomar acciones reales para preservar el don de la creación que compartimos. Cómo lo canta el salmo, “Del Señor es la tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan.” (Salmo 24:1-2) Durante el Tiempo de la Creación, nos preguntamos si nuestras acciones honran al Creador, si existe manera de fortalecer nuestra fe, al proteger a los “más vulnerables”, y quiénes son los más vulnerables a los impactos de la degradación ambiental.

Te invitamos a unirte en este viaje de fe que nos desafía y nos recompensa con una perspectiva con vínculos de amor más fuertes. Unidos en nuestro deseo sincero de proteger la creación que todos compartimos, juntamos nuestras manos de hermanos y hermanas en nombre Cristo. Durante este tiempo, caminamos juntos hacia un mejor cuidado de nuestro lugar en la creación.

“Señor mi Dios, tú eres grandioso; te has revestido de gloria y majestad. Te cubres de luz como con un manto; extiendes los cielos como un velo.”   (Salmo 104:1-2)

Contigo, damos gracias por la comunidad de creyentes de todo el mundo, que comparten su amor por la creación en este tiempo, y alabamos al creador por estos dones.

En la gracia de Dios,

Arzobispo Job de Telmessos, Representante Permanente del Patriarcado Ecuménico en el CMI, en nombre de Su Santidad el Patriarca Ecuménico Bartolomé

Reverendo Monseñor Justin Welby, Arzobispo de Canterbury

Cardenal Peter K.A. Turkson, Prefecto del Dicasterio Vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Desde Costa Rica
Jorge Muñoz Somarribas
Coordinador

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martes, 28 de agosto de 2018

MAXIMILIANO KOLBE


Franciscano polaco. Dedicado al periodismo católico, fue arrestado por la Gestapo en 1941, y se ofreció para morir en lugar de un compatriota polaco, casado y padre de familia, que había sido condenado al búnker del hambre. Cursó estudios de filosofía en la Universidad Georgiana de Roma, por la que se graduó en 1915, y de teología en la Facultad de Teología de San Buenaventura de la misma ciudad, que terminaría en 1919. Durante esa etapa de formación en la capital italiana creó, por sugerencia del rector Esteban Igundi, la Milicia de la Inmaculada junto con otros de sus compañeros. Fundada en 1917, la agrupación se extendería posteriormente por todo el mundo.

Investido sacerdote en 1918, de regreso a Polonia impartió clases de teología hasta que en enero de 1922 inició su apostolado mariano con su primera revista mensual polaca católica. En la Polonia comunista su publicación fue prohibida desde 1952 hasta 1981. En 1930 viajó a Japón, donde fundaría, en la región de Nagasaki, la segunda Ciudad o Jardín de la Inmaculada. Editó además una revista mariana en lengua nipona. Proyectó crear nuevas misiones marianas en Corea, China e India, pero diversas dificultades se lo impidieron.

De vuelta a su país, fue otra vez el superior de la Casa de la Inmaculada y cobró gran popularidad. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial fue deportado dos veces a Alemania por los nazis. En 1941 fue confinado en el campo de concentración de Auschwitz, tristemente célebre por sus horrores. En este lugar se ofreció voluntariamente para cumplir el suplicio impuesto a un padre de familia, que había sido condenado a morir de hambre. Cuando un oficial nazi le preguntó por qué lo hacía, Kolbe contestó: "porque soy un sacerdote católico". Kolbe murió de inanición en su celda, convertida hoy en lugar de peregrinación, y su ejemplar sacrificio se divulgó por todo el mundo. Fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado por Juan Pablo II en 1982.

SIGNIFICADO DE LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ


PRIMERA PALABRA
“PADRE, PERDÓNALES, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”
(Luc. 23, 34)
Según la narración de Lucas, ésta es la primera Palabra pronunciada por Jesús en la Cruz. Cristo se ve envuelto en un mar de insultos, de burlas y de blasfemias. Lo hacen los que pasan por el camino, los jefes de los judíos, los dos malhechores que han sido crucificados con El, y también los soldados. Se mofan de Él diciendo: “Si eres hijo de Dios, baja de la Cruz y creeremos en ti” (Mt. 27,42). “Ha puesto su confianza en Dios, que Él lo libre ahora” (Mt.27,43).

La humanidad entera, representada por los personajes allí presentes, se ensaña contra El. “Me dejareis sólo”, había dicho Jesús a sus discípulos. Y ahora está solo, entre el Cielo y la tierra. Se le negó incluso el consuelo de morir con un poco de dignidad. Jesús no sólo perdona, sino que pide el perdón de su Padre para los que lo han entregado a la muerte. Para Judas, que lo ha vendido. Para Pedro que lo ha negado. Para los que han gritado que lo crucifiquen, a El, que es la dulzura y la paz. Para los que allí se están mofando.

Y no sólo pide el perdón para ellos, sino también para todos nosotros. Para todos los que con nuestros pecados somos el origen de su condena y crucifixión. “Padre, perdónales, porque no saben…” Jesús sumergió en su oración todas nuestras traiciones. Pide perdón, porque el amor todo lo excusa, todo lo soporta… (1 Cor. 13).

SEGUNDA PALABRA
“TE LO ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO”
(Luc. 23, 43)
Sobre la colina del Calvario había otras dos cruces. El Evangelio dice que, junto a Jesús, fueron crucificados dos malhechores. (Luc. 23,32). La sangre de los tres formaban un mismo charco, pero, como dice San Agustín, aunque para los tres la pena era la misma, sin embargo, cada uno moría por una causa distinta. Uno de los malhechores blasfemaba diciendo: “¿No eres Tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!” (Luc. 23,39). Había oído a quienes insultaban a Jesús. Había podido leer incluso el título que habían escrito sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Era un hombre desesperado, que gritaba de rabia contra todo.

Pero el otro malhechor se sintió impresionado al ver cómo era Jesús. Lo había visto lleno de una paz, que no era de este mundo. Le había visto lleno de mansedumbre. Era distinto de todo lo que había conocido hasta entonces. Incluso le había oído pedir perdón para los que le ofendían. Y le hace esta súplica, sencilla, pero llena de vida: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Se acordó de improviso que había un Dios al que se podía pedir paz, como los pobres pedían pan a la puerta de los señores.

Y Jesús, que no había hablado cuando el otro malhechor le injuriaba, volvió la cabeza para decirle: “Te lo aseguro. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Jesús no le promete nada terreno. Le promete el Paraíso para aquel mismo día. El mismo Paraíso que ofrece a todo hombre que cree en El. Pero el verdadero regalo que Jesús le hacía a aquel hombre, no era solamente el Paraíso. Jesús le ofreció el regalo de sí mismo. Lo más grande que puede poseer un hombre, una mujer, es compartir su existencia con Jesucristo. Hemos sido creados para vivir en comunión con él.

TERCERA PALABRA
“MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO, AHÍ TIENES A TU MADRE” (Jn. 19, 26)
Junto a la Cruz estaba también María, su Madre. La presencia de María junto a la Cruz fue para Jesús un motivo de alivio, pero también de dolor. Tuvo que ser un consuelo el verse acompañado por Ella. Ella que, por otra parte, era el primer fruto de la Redención. Pero, a la vez, esta presencia de María tuvo que producirse un enorme dolor, al ver el Hijo los sufrimientos que su muerte en la cruz estaban produciendo en el interior de su Madre. Aquellos sufrimientos le hicieron a Ella Corredentora, compañera en la redención.

Era la presencia de una mujer, ya viuda desde hacía años, según lo hace pensar todo. Y que iba a perder a su Hijo. Jesús y María vivieron en la Cruz el mismo drama de muchas familias, de tantas madres e hijos, reunidos a la hora de la muerte. Después de largos períodos de separación, por razones de trabajo, de enfermedad, por labores misioneras en la Iglesia, o por azares de la vida, se encuentran de nuevo en la muerte de uno de ellos. Al ver Jesús a su Madre, presente allí, junto a la Cruz, evocó toda una estela de recuerdos gratos que habían vivido juntos en Nazaret, en Caná, en Jerusalén. Sobre sus rodillas había aprendido el shema, la primera oración con que un niño judío invocaba a Dios. Agarrado de su mano, había ido muchas veces a la Pascua de Jerusalén… Habían hablado tantas veces en aquellos años de Nazaret, que el uno conocía todas las intimidades del otro.

En el corazón de la Madre se habían guardado también cosas que Ella no había llegado a comprender del todo. Treinta y tres años antes había subido un día de febrero al Templo, con su Hijo entre los brazos, para ofrecérselo al Señor. Y fue precisamente aquel día, cuando de labios de un anciano sacerdote oyó aquellas palabras: “A ti, mujer, un día, una espada te atravesará el alma”. Los años habían pasado pronto y nada había sucedido hasta entonces. En la Cruz se estaba cumpliendo aquella lejana profecía de una espada en su alma. Pero la presencia de María junto a la Cruz no es simplemente la de una Madre junto a un Hijo que muere. Esta presencia va a tener un significado mucho más grande. Jesús en la Cruz le va a confiar a María una nueva maternidad. Dios la eligió desde siempre para ser Madre de Jesús, pero también para ser Madre de los hombres.

CUARTA PALABRA
“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO”
(Mt. 27,46)
Son casi las tres de la tarde en el Calvario y Jesús está haciendo los últimos esfuerzos por hacer llegar un poco de aire a sus pulmones. Sus ojos están borrosos de sangre y sudor. Y en este momento, incorporándose, como puede, grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. No había gritado en el huerto de los Olivos, cuando sus venas reventaron por la tensión que vivía. No había gritado en la flagelación, ni cuando le colocaron la corona de espinas. Ni siquiera lo había hecho en el momento en que le clavaron a la Cruz.

Jesús, el Hijo único, aquel a quien el Padre en el Jordán y en el Tabor había llamado: “Mi Hijo único” , “Mi Predilecto”, “Mi amado”, Jesús en la Cruz se siente abandonado de su Padre. ¿Qué misterio es éste? ¿Cuál es el misterio de Jesús Abandonado, que dirigiéndose a su Padre, no le llama “Padre”, como siempre lo había hecho, sino que le pregunta, como un niño impotente, que por qué le había abandonado? ¿Por qué Jesús se siente abandonado de su Padre? Este momento de la Pasión de Jesús, en que se siente abandonado de su mismo Padre, es el más doloroso para El de toda la Redención. El verdadero drama de la Pasión Jesús lo vivió en este abandono de su padre.

Y en este abandono de Jesús, descubrimos el inmenso amor que Jesús tuvo por los hombres y hasta dónde fue capaz de llegar por amor a su Padre. Porque todo lo vivió por haberse ofrecido a devolver a su Padre los hijos que había perdido y por obediencia a Él.

QUINTA PALABRA
“TENGO SED” (Jn. 19, 28)
1.- Uno de los más terribles tormentos de los crucificados era la sed. La deshidratación que sufrían, debida a la pérdida de sangre, era un tormento durísimo. Y Jesús, por lo que sabemos, no había bebido desde la tarde anterior. No es extraño que tuviera sed; lo extraño es que lo dijera.

2.- La sed que experimentó Jesús en la Cruz fue una sed física. Expresó en aquel momento estar necesitado de algo tan elemental como es el agua. Y pidió, “por favor”, un poco de agua, como hace cualquier enfermo o moribundo. Jesús se hacía así solidario con todos, pequeños o grandes, sanos o enfermos, que necesitan y piden un poco de agua. Y es hermoso pensar que cualquier ayuda prestada a un moribundo, nos hace recordar que Jesús también pidió un poco de agua antes de morir.

3.- Pero no podemos olvidar el detalle que señala Juan: Jesús dijo: “Tengo sed”. “Para que se cumpliera la Escritura”, dice Juan (Jn.19, 28). Jesús habló en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vivía El como Redentor. Jesús, en aquel momento de la Cruz, cuando está realizando la Redención de los hombres, pedía otra bebida distinta del agua o del vinagre que le dieron.

Poco más de dos años antes, Jesús se había encontrado junto al pozo de Sicar con una mujer de Samaria, a la que había pedido de beber.”Dame de beber”. Pero el agua que le pedía no era la del pozo. Era la conversión de aquella mujer. Ahora, casi tres años después, Juan que relata este pasaje, quiere hacernos ver que Jesús tiene otra clase de sed. Es como aquella sed de Samaria.

“La sed del cuerpo, con ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”.

Jesús tenía sed de que todos recibieran la vida abundante que El había merecido. De que no se hiciera inútil la redención. Sed de manifestarnos a Su Padre. De que creyéramos en Su amor. De que viviéramos una profunda relación con El. Porque todo está aquí: en la relación que tenemos con Dios.

SEXTA PALABRA
“TODO ESTÁ CUMPLIDO” (Jn. 19, 30)
Estas fueron las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la Cruz. Estas palabras no son las de un hombre acabado. No son las palabras de quien tenía ganas de llegar al final. Son el grito triunfante del vencedor. Estas palabras manifiestan la conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo: dar la vida por la salvación de todos los hombres. Jesús ha cumplido todo lo que debía hacer. Vino a la tierra para cumplir la voluntad de su Padre. Y la ha realizado hasta el fondo.

Le habían dicho lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Le dijo su Padre que anunciara a los hombres la pobreza, y nació en Belén, pobre. Le dijo que anunciara el trabajo y vivió treinta años trabajando en Nazaret. Le dijo que anunciara el Reino de Dios y dedicó los tres últimos años de su vida a descubrirnos el milagro de ese Reino, que es el corazón de Dios. La muerte de Jesús fue una muerte joven; pero no fue una muerte, ni una vida malograda. Sólo tiene una muerte malograda, quien muere inmaduro. Aquel a quien la muerte le sorprende con la vida vacía. Porque en la vida sólo vale, sólo queda aquello que se ha construido sobre Dios.

Y ahora Jesús se abandona en las manos de su Padre. “Padre, en tus manos pongo mi Espíritu”. Las manos de Dios son manos paternales. Las manos de Dios son manos de salvación y no de condenación. Dios es un Padre. Antes de Cristo, sabíamos que Dios era el Creador del mundo. Sabíamos que era Infinito y todopoderoso, pero no sabíamos hasta qué punto Dios nos amaba. Hasta qué punto Dios es PADRE. El Padre más Padre que existe. Y Jesús sabe que va a descansar al corazón de ese Padre.

SÉPTIMA PALABRA
“PADRE, EN TUS MANOS PONGO MI ESPÍRITU (Luc. 23,46)
Y el que había temido al pecado, y había gritado: “¿Por qué me has abandonado?”, no tiene miedo en absoluto a la muerte, porque sabe que le espera el amor infinito de Su Padre. Durante tres años se lanzó por los caminos y por las sinagogas, por las ciudades y por las montañas, para gritar y proclamar que Aquel, a quien en la historia de Israel se le llamaba “El”, “Elohim”, “El Eterno”, “El sin nombre”, sin dejar de ser aquello, era Su Padre. Y también, nuestro Padre. Y si es cierto que es un Padre Todopoderoso, también es cierto que lo es todo cariñoso. Y en las mismas manos que sostiene el mundo, en esas mismas manos lleva escrito nuestro nombre, mi nombre.

Hay que vivir con la alegre noticia de que Dios es el Padre que cuida de nosotros. Y, aunque a veces sus caminos sean incomprensibles, tener la seguridad de que El sabe mejor que nosotros lo que hace. Hay que amar a Dios, sí. Pero también hay que dejarse amar y querer por Dios. En las manos de ese Padre que Jesús conocía y amaba tan entrañablemente, es donde El puso su espíritu.

martes, 21 de agosto de 2018

EL PADRE PEDRO, EL SUBLEVADO DE MADAGASCAR


Pedro Opeka vive desde hace 43 años en la gran isla de África sobre los pasos de San Vicente de Paul. A la cabeza de una verdadera ciudad, donde viven 20.000 desheredados que encuentran una vida digna gracias su asociación Akamasoa, el religioso lazarista llama, entre la esperanza y el enojo, a rechazar la «globalización de la indiferencia». «Don sobrenatural extraordinario otorgado a un creyente o a un grupo de creyentes para el bien común de la comunidad», explica el diccionario Tesoro de la Lengua Francesa en la entrada de carisma. Es este carisma llevado por la religión y dirigido al prójimo que impacta cuando nos cruzamos en la ruta del Padre Pedro. A los 69 años, este sacerdote lazarista, nacido en Argentina de padres eslovenos, finaliza una gira europea para promover Akamasoa, «los buenos amigos» en malgache, la asociación que fundó en 1989 para la lucha contra la pobreza en Madagascar. Con su aire a la vez de patriarca y de aventurero, con su imponente barba blanca y su mirada azul acero, resulta imposible no reconocerlo cuando entra en una habitación.

Su rostro delgado, cuyas arrugas se encuentran marcadas por más de cuarenta años de vida en la extensa isla de África, transmite una alegría desbordante pero desprovista de toda indulgencia. Porque Pedro Opeka es un hombre enojado. Un enojo que se siente volcánico, solamente contenido por una esperanza que se la percibe aún más grande. «Sublevación rima con resurrección», lanza el Padre Pedro en alusión a la obra que acaba de publicar junto a Pierre Lunel, Sublévense (Insurgez-vous! Ediciones Le Rocher) a la manera del exitoso manifiesto de Stéphane Hessel. «Frente a la miseria, a la pobreza extrema, este deber de sublevación concierne a todos, no solamente a los que detentan el poder, continúa el religioso lazarista, todos debemos sublevarnos con las armas del corazón. No hace falta esperar a ser perfectos para iniciar alguna cosa de bien.»

Es el 20 de mayo de 1989. Pedro Opeka ya es misionero en Madagascar desde hace 14 años, oficia en la sabana en Vangaindrano en una de las aldeas más pobres de la isla. «Caí enfermo, no me podía mantener en pie frente a tanta miseria y sufrimiento. Me dije a mí mismo que me iría de Madagascar. Pero en ese momento mi comunidad me propuso una nueva misión en la capital, Antananarivo», recuerda el Padre Pedro. «Lo que ví en el basurero me hizo caer en el horror.» Desde 1985, el gobierno centraliza todos los desechos en un inmenso vertedero a cielo abierto a la salida de la ciudad, donde los pobres, en medio de los animales, vienen a rescatar el mínimo pedazo de tela, pilas usadas o chatarra, cualquier objeto que pueda ser revendido en la calle.

Los niños con los pies descalzos recorren a trancos estos desechos. «Recuerdo el shock. No era posible que los niños pudieran vivir una vida tan inhumana. Fueron ellos lo que me sublevaron. Esa noche no podía dormir, me puse de rodillas sobre mi cama y le pedí ayuda a Dios». Al día siguiente el Padre Pedro volvía al basurero, organizaba una merienda con los niños y luego formaba una escuela bajo un árbol En diciembre de ese mismo año lanzaba la asociación Akamasoa, «los buenos amigos» en malgache. «Hoy, cuando miro a esa ciudad desde la distancia, me pregunto ¿quién puede haber hecho eso? No logro creerlo», dispara el religioso. Después de casi treinta años de existencia Akamasoa ya no es una simple asociación de lucha contra la pobreza. Los «buenos amigos» conforman ahora una verdadera ciudad, o mejor dicho un conjunto de 18 ciudades que congregan más de 20.000 pobres de Madagascar, con casas de ladrillos pero también con estadios, escuelas y dispensarios. «De esta montaña de desechos hemos hecho un oasis de esperanza», dice el padre Pedro, que recuerda las primeras casas construidas. «¡Todo comenzó con un ladrillo!», dice aquel cuyo padre, inmigrante esloveno, se convirtió en albañil en Argentina.

Como en el Evangelio de Mateo, «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». «He aquí que un lugar de sufrimiento y de exclusión se transformó en un lugar de reunión. Estoy sorprendido de ver cómo Dios sabe dar  vuelta las cosas», dice el lazarista. El tema de la piedra es desde el principio un símbolo. «Al principio, para construir las casas comenzamos a trabajar en la montaña de al lado. Los dos huecos que cavamos y que se parecen a cráteres de un meteorito se pueden ver en Google Earth», explica orgulloso mientras precisa con alegría  «En este lugar que llamamos la catedral rezamos de vez en cuando». «Sacamos de esta montaña miles de metros cúbicos de granito. Las mujeres lo llevaban apoyado en sus cabezas. Ellas ganan apenas un poco más de un euro por día. Nunca instalamos una máquina, todo fue hecho a mano. Si no, ¿qué haría esta gente? No tendrían más trabajo», cuenta el Padre Pedro. Y explica: « Es un combate sin fin, como la piedra del castigo de Sísifo, pero tenemos fuerza». Allí, una vez más, el tema de la piedra vuelve como un hilo conductor.

Después de la vivienda, el trabajo y la educación  son las dos piedras angulares, ya que en Akamasoa, «no prestamos asistencia, ayudamos». Los adultos  trabajan, los niños van a la escuela. ¿La filosofía? «Un techo, un trabajo, una educación para encontrar la dignidad». «Cien veces se debe poner el trabajo sobre el yunque», como escribió el poeta Nicolás Boileau. Todo se debe continuar todos los días, pero la energía desplegada no cae en un pozo sin fondo. El trabajo no se frena nunca, pero el domingo también se lo dedica a la oración. «Esta misa es un milagro», suelta el padre Pedro quien, emocionado, ve cada semana a las seis de la mañana que varios miles de personas -hasta 10.000, de los cuales una inmensa mayoría son jóvenes- se congregan en un hangar, transformado en una gigantesca catedral a cielo abierto. El júbilo es la regla. «¡Nos tomamos tres horas para celebrar la misa! Nos tomamos el tiempo para rezar, cantar, mirarse», explica exaltado.  Hasta los turistas «que no sienten pasar el tiempo», ocupan el lugar. Entre cincuenta y cien llegan cada semana.  Guide du routard y Lonely Planet citan a esta ceremonia semanal entre los eventos que no se pueden perder en la isla 

¿Se puede hablar de evangelización en este país que ya es mayoritariamente cristiano y donde la tradición animista por otra parte se encuentra aun enraizada? El religioso lazarista responde: «Cuando comencé a trabajar con ellos me dijeron “Pero padre, vos sos sacerdote, porque no bautizás a nuestros hijos?” Fui a ver al cardenal de Antananarivo, que me autorizó y me dio esta parroquia donde mis parroquianos son todos los sin techo. Al principio éramos cincuenta cada semana, hoy somos millares. » ¿De dónde proviene esta fuerza que anima el cuerpo y alma del padre Pedro? «Aun siendo originario de Eslovenia, está ciertamente mi costado argentino, esa alegría que se te pega al cuerpo», lanza, sin estar del todo convencido. En realidad, está persuadido que son los Evangelios los que lo sostienen. «Creo en un hombre que se llama Jesús, que dio su vida por sus hermanos. Eso que él dijo, eso que él hizo, a ese hombre es a quien quiero imitar, a quien quiero seguir», dice, sin tener la más mínima duda. «Se puede dudar a veces, pero no de manera sistemática. Si no, no se avanza nada», explica.

Pedro Opeka tiene a quien salir y lo reconoce de buen grado: «Vengo de una familia en la que mis dos padres eran creyentes. Un padre honesto, una madre honesta. Siempre me dijeron que cuando un pobre golpea a nuestra puerta, hay que ayudarlo. Mi padre y mi madre han sido mi ejemplo». Lo que ahora no dice es que sus padres fueron ejemplos heroicos, atrapados, sin  quererlo, en la tormenta de la historia. Después de la guerra, Luis Opeka fue arrestado y condenado a muerte por los comunistas del mariscal Tito por sus convicciones cristianas. En junio de 1945 escapó de la muerte, único sobreviniente de una matanza y huyó de Yugoslavia. En un campo de refugiados en Italia conoció a María Marolt, con quien se casó. Ambos se embarcaron en Nápoles hacia América del Sur el 31 de diciembre de 1947. Su hijo Pedro nació el 29 de junio de 1948 en San Martín en Argentina.

Con el paso del tiempo, el padre Pedro no ha perdido esa esperanza, fijada en el corazón de un hombre que puede contemplar la obra de una vida transcurrida bajo los auspicios de San Vicente de Paul, el fundador en 1625 de la Congregación de la Misión, que luego tomará el nombre de Lazaristas.  En 1648, ¡los primeros lazaristas fueron enviados a Madagascar! Tres siglos más tarde el padre Pedro, ordenado en 1975, camina en la gran isla de África del Sur por los caminos de aquel a quien el papa León XIII instituyó en 1885 como «patrono de todas las obras de caridad». Pero si la esperanza es manifiesta, el enojo no está nunca lejos. Con su manifiesto  Sublévense, el padre roza  la frontera entre lo religioso y lo político. «La gente me dice: está bien lo que hace usted Padre, siga adelante. ¡Hasta los políticos! Ataco a la hipocresía. Cultiven la verdad porque sólo la verdad los hará libres. Verdad, justicia, compartir, fraternidad, ser uno mismo, ayudar a los niños, respetar a las mujeres, nunca bajar los brazos. ¡Sublévense por amor! Nunca con las armas de fuego sino con las del corazón», se irrita antes de decir: «En el hombre están el bien y el mal. Al mal se lo recibe con mayor velocidad que al bien. El camino del egoísmo camina solo, es un tobogán. Pero el bien es una cuesta ardua y en la cima tiene una entrada  estrecha. Aquel que elige el juego sucio de del dinero está animado por el mal».

El padre Pedro pasó parte de su juventud con grupos de hippies y en las villas miseria de Buenos Aires. Su primer combate fue junto a los indios matacos y mapuches, en los confines de la Argentina. Ya entonces Pedro Opeka, que había aprendido de su padre los oficios de la construcción, trabajó junto con estudiantes católicos para concebir una casa en la que los indios se pudieran inspirar. Al pie de los Andes, el joven descubre su vocación de ayudar a los pobres. «Descubrí la verdadera felicidad, la de escuchar resonar en lo más profundo de mi interior las palabras de Jesús: Lo que hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». En el continente de su juventud,  donde la tradición revolucionaria está profundamente enraizada, el Padre Pedro aprende a manejar conceptos que en el tablero político lo ubicarían sin dudas en la izquierda. «La globalización de las finanzas y de los bienes alimenta como nunca los egoísmos, resulta urgente movilizar a la familia humana y sublevarse en nombre de la fraternidad», lanza.  Un combate político que inscribe de buen grado en los pasos del Papa Francisco. «Hemos entrado en la globalización de la indiferencia, dice el Papa, es contra esa indiferencia que hay que alzarse, contra esa pobreza del corazón que nos vence». Y continúa: «Vayan hacia el pobre, ayuden al pobre. El Papa está en el cima de la Iglesia. Nosotros estamos más abajo, no se puede estar más abajo que en un basurero. Cuando todos escuchamos el mismo mensaje del Evangelio, estamos felices».

Un Papa con quien ya se ha cruzado en el camino. «Estuvimos en el mismo lugar durante dos años cerca de Buenos Aires, en el edificio de filosofía y teología del Colegio Máximo de San Miguel. Yo soy once años más joven que él, yo estaba en propedéutica de filosofía y él estaba terminando sus estudios y enseñaba teología. Su nombre, Jorge Mario Bergoglio, ya resonaba en los pasillos de la Facultad», recuerda. El Padre Pedro no duda en llevar su críticas a la Iglesia. «La institución debe siempre renovarse para poder hablarle a la gente. Es por eso que la Iglesia se muere. Lo digo por amor a ella y al Evangelio. Felizmente, el Papa quiere hoy limpiar esta institución, pero cambiar todas esas mentalidades no es fácil.  La Iglesia debe ser siempre joven, porque Dios no puede ser viejo», no duda en proclamar. Sin embargo, el religioso lazarista no es crédulo. »Fuera de la Iglesia nunca podría haber hecho esto. Un partido político me hubiera impedido hacer lo que hice».

El Padre Pedro lo sabe, el mundo no cambiará, la pobreza no desaparecerá. «Seguiré empujando mi roca como Sísifo, ¡pero no puedo callarme!» Nuestros largos años de actividad nos han dado el derecho, a mí como a todos mis hermanos misioneros, de alzar nuestro murmullo para decirles las cosas más simples. No tengo ninguna varita mágica, solamente he vivido entre los pobres. Juntos nos hemos sublevado contra esta fatalidad, lo que me permite decirle a mis hermanos: ¡Sí, se puede!». En el enojo del padre Pedro aflora una pizca de incomprensión: ¿por qué los hombres no sacrifican su vida para dársela a quienes más la necesitan? La cosa le parece tan evidente, este sacrificio en su caso se acompaña de una felicidad tal que su incomprensión resuena como un reproche, incluso como una condena severa hacia los países del Norte que permanecen sordos a la miseria de aquellos del Sur. «La gente habla pero no actúa, éste el drama de lo políticamente correcto», se subleva.

Paradoja de cualquier figura (demasiado) ejemplar, el Padre Pedro puede dar la impresión de vivir una lucha y una fe fuera del alcance del común de los mortales. Esta incomprensión que surge de su ejemplaridad se expresa en la dureza de su rostro. Pero cuando, de repente, el enojo de su sublevación se calma, dice evocando el recuerdo de sus padres: “La bondad, hermano mío, salvará al mundo”, no solamente la bella imagen de este desierto de esperanza que es Akamasoa y que sin él, no existiría.

Fuente:

miércoles, 15 de agosto de 2018

LA ASUNCIÓN DE MARÍA

Al término de su vida terrena, María Santísima, por singular privilegio, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria –gloria singularísima- del cielo. Mientras a todos los otros santos los glorifica Dios al término de su vida terrena en cuanto al alma (mediante la visión beatífica), y deben, por consiguiente, esperar al fin del mundo para ser glorificados también en cuanto al cuerpo, María Santísima –y solamente Ella- fue glorificada cuanto al cuerpo y cuanto al alma. La verdad de la Asunción no está explícitamente dicha en las Escrituras, pero sí figurada en el Protoevangelio, como lo desarrollan en el Concilio Vaticano I los 200 Padres que solicitaron el dogma. El dogma se apoya en la revelación indirecta de las Sagradas Escrituras, ya que todos los otros dogmas de María que exigen la Asunción tienen su apoyo en ellas.

La Maternidad Divina exige la Asunción porque la carne de Cristo es carne de María, dice un refrán teológico. No cabe pensar que el Hijo de Dios, Hijo de María, permitiera que su Madre sufra la corrupción. El prodigio de que su Cuerpo lo haya concebido y dado a luz en perfecta virginidad, supone –exige- la Asunción, y la exige la Inmaculada Concepción, porque un cuerpo que jamás tuvo pecado no puede corromperse, porque la corrupción y la muerte son consecuencias del pecado. El principio de la maternidad llena de misterio y de una virginidad admirable, lo enunciaron en el siglo II San Ignacio Mártir, San Justino, San Ireneo y en el siglo III Tertuliano, Orígenes, San Hipólito y San Gregorio Taumaturgo. Según este principio, el cuerpo de María, consagrado por altísimos misterios, no podía ser presa de la muerte. La preservación de la corrupción en el parto reclamaba la preservación de la corrupción de la tumba.

Los privilegios y prerrogativas de la Santísima Virgen comenzaron a estudiarse a partir del siglo IV. Cuando el emperador Constantino dio la libertad al Cristianismo en el Imperio Romano –con el Edicto de Milán-, cesó la persecución y la Iglesia se dedicó a su organización interior y a su expansión exterior. En ese ámbito surgió la herejía de Nestorioque negaba la Divina Maternidad. Condenado el Patriarca y sus blasfemias, María Santísima resplandece en la Iglesia y en el mundo con una nueva luz celestial, admirando los hombres su más preciosa prerrogativa y el mayor de sus títulos: Madre de Dios. El enemigo quiso atacarla y no sólo fue vencido por Cristo y su Iglesia, sino que la Iglesia por voluntad de Cristo, y con su gracia comenzó a profundizar “las maravillas que Dios hizo en Ella” y entre ellas su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. El llamado pseudo Atanasio, dice en el año 373:

“Está la Reina, junto a su Hijo Rey, vestida con vestido dorado, es decir de incorrupción y de inmortalidad...”

San Epifanio fue considerado el primer teólogo de la Asunción, no por haberla expuesto propiamente sino porque tuvo la intuición del misterio. Velada la tradición primitiva sobre el tránsito de la Virgen, por los inescrutables secretos de Dios, por el razonamiento teológico, y la consideración de la incomparable dignidad de la Madre de Dios, se llega al siglo VII con testimonios explícitos de la tradición sobre la Asunción, tal como hoy lo creemos. Los testimonios de la Tradición son innumerables; hacia el siglo XIII se hizo sentencia común. Se destacaron en ensalzar la Asunción, San Antonio de Padua, San Buenaventura, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Bernardino de Siena, San Vicente Ferrer, San Antonio de Florencia.

Sobre la muerte de María no hay datos concluyentes sean bíblicos o históricos ni del lugar (algunos señalan Éfeso o Jerusalén) ni del modo. La primera referencia oficial a la Asunción se halla en la liturgia oriental; en el siglo IV se celebraba la fiesta de "EL RECUERDO DE MARÍA" que conmemoraba la entrada al cielo de la Virgen María y donde se hacía referencia a su asunción. Esta fiesta en el siglo VI fue llamada la DORMITIO o DORMICIÓN DE MARÍA, donde se celebraba la MUERTE, RESURRECCIÓN Y ASUNCIÓN DE MARÍA. El emperador bizantino Mauricio decretó que la fiesta se celebrara el 15 de agosto en todo el imperio; conviene aclarar que sólo fijó una fecha, no “inventó” la fiesta, ya que esta se celebraba desde antes.

Los relatos apócrifos sobre la ASUNCIÓN DE MARÍA aparecen aproximadamente desde el siglo IV y V. Siendo el más difundido y posiblemente uno de los más antiguos en el oriente bizantino el "LIBRO DE SAN JUAN EVANGELISTA (EL TEÓLOGO)". Este y otros escritos apócrifos tuvieron gran influencia en diversas homilías y escritos de los oradores orientales, como por ejemplo Juan de Tesalónica, Juan de Damasco, San Andrés de Creta, San Germán de Constantinopla, entre otros. La influencia del libro llamado el Seudo-Jerónimo el cual ponía en duda si María fue asunta al cielo con o sin su cuerpo (aunque manteniendo la creencia en su incorrupción) hizo surgir la duda de si la asunción corporal estaba incluida en la celebración de la fiesta. A esto se sumó otro libro que gozó de fama entre los conventos y cabildos llamado el "MARTIROLOGIO" del MONJE USUARDO (quien murió hacia el año 875) el cual alababa la reserva de la Iglesia de aquella época que preferiría no saber "el lugar donde por mandato divino se oculta este dignísimo templo del Espíritu Santo y nuestro señor el Dios"

En 1849 llegaron las primeras peticiones al Vaticano de parte de los obispos para que la Asunción se declarara como doctrina de fe, estas peticiones aumentaron conforme pasaron los años. Cuando el Papa Pío XII consultó al episcopado en 1946 por medio de la carta DEIPARAE VIRGINIS MARIAE, la afirmación de que fuera declarada dogma fue casi unánime. Así el 1 de noviembre de 1950 se publicó la bula MUNIFICENTISSIMUS DEUS en la cual el Papa, basado en la Tradición de la Iglesia Católica, tomando en cuenta los testimonios de la liturgia, la creencia de los fieles guiados por sus pastores, los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia y por el consenso de los obispos del mundo como "Magisterio Viviente", declaraba como dogma de fe católica la doctrina de la ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA:

“Por eso, después que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”

LARIMÓN EL SECRETO DE LAS FANTASÍAS FEMENINAS

LARIMÓN es uno de los íncubos más citados en libros prohibidos y grimorios, lo cual ha hecho pensar a muchos que se trata del primero de su especie, y acaso el amante más aventajado de todos. En el oscuro tratado de DEMONOLOGÍA SOBRE SUCUBOS E INCUBOS de LUDOVICO MARÍA SINISTRARI, se dice que la belleza y la perfección masculina de LARIMÓN no son elementos decisivos para obtener, casi sin esfuerzo, el amor y la pasión de todas las mujeres que caen bajo su influencia. El verdadero punto fuerte de LARIMÓN reside en el conocimiento intuitivo e infalible de las fantasías femeninas, sobre todo de las fantasías inconfesables.

Favorecido por este contexto, la tasa de aciertos de LARIMÓN es casi perfecta. Cuanto más clara y evidente se vuelve para LARIMÓN. Justamente por eso se dice que las caricias de LARIMÓN son inolvidables. Y sus amantes, que alaban entre gemidos la pericia del íncubo, desconocen que fueron ellas mismas quienes diseñaron cada acrobacia, cada inciso, cada vértigo.

LA VIDA OCULTA DE JESÚS-Primera Parte

Lejos de las especulaciones legendarias, la actual investigación histórica sobre JESÚS permite dar con muchos elementos que habrían marcado los años “ocultos” de JESÚS en Nazaret. Todos sabemos qué hizo JESÚS durante los tres años de su vida pública: cómo recorrió las ciudades y pueblos de Palestina predicando el Reino de Dios, curando enfermos, resucitando muertos y enseñando parábolas. Pero ¿qué hizo durante los más de 30 años anteriores? ¿Por qué los evangelios guardan silencio sobre esa etapa de su vida.

El único episodio que conocemos de este largo período es lo que le sucedió a los 12 años, cuando se perdió en Jerusalén durante una fiesta de Pascua, y cómo José y María lo hallaron “en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas” (Lc 2,46-47). Pero inmediatamente después dice el evangelio que volvió a Nazaret, y de nuevo el velo del misterio desciende sobre su vida, oscureciendo todas sus actividades durante los siguientes 20 años. Este enigmático silencio hizo que muchos le inventaran historias y relatos absurdos.

Algunos afirman que viajó a Inglaterra con su tío abuelo JOSÉ DE ARIMATEA, donde conoció el druidismo (la religión de los celtas) y aprendió algunas de las ideas que más tarde enseñará, como la Trinidad y la llegada del Mesías. Otros sostienen que fue a la India, donde los Budas le enseñaron a leer, a curar enfermos y a realizar exorcismos. Otros aseguran que estuvo en Egipto aprendiendo la magia de los sacerdotes faraónicos y llenándose de energía misteriosa en las pirámides. Y los más ingenuos piensan que llegó hasta América para iniciarse en la sabiduría de los pieles rojas.

Estos relatos se han podido inventar porque, según la creencia popular, los evangelios callan y no cuentan nada sobre los años perdidos de JESÚS. Pero ¿realmente los evangelios callan absolutamente? ¿En ninguna parte dan indicios de lo que hizo JESÚS durante todos aquellos años? En realidad no es así. El evangelio de Lucas proporciona dos pistas muy importantes. La primera, después de narrar la presentación del niño JESÚS en el Templo de Jerusalén a los pocos días de haber nacido.

Dice que José, María y el niño “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y allí el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,39-40). Por lo tanto, claramente el evangelista nos informa que JESÚS pasó los siguientes años de su vida en el pueblo de Nazaret, donde experimentó un desarrollo físico, intelectual y religioso, como cualquier niño de su edad. La segunda, luego de contar que el niño se perdió a los 12 años en la ciudad de Jerusalén y fue hallado en el Templo. Dice que “regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió, obedeciéndoles a ellos en todo. Y Jesús seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52).

Si nos atenemos, al evangelio, debemos concluir que JESÚS no se movió de Nazaret durante todos esos años. “Allí vivió”, dice Lucas. Y allí, en su círculo familiar, “obedeciendo a sus padres en todo”, experimentó su madurez humana, intelectual y psicológica, de la misma manera que lo hacían los demás niños judíos de su tiempo. Esto queda confirmado por un episodio del evangelio de Marcos. Cuando JESÚS fue a predicar por primera vez a Nazaret, los aldeanos al escucharlo se asombraron y dijeron: “¿De dónde ha sacado esa sabiduría que tiene, y ese poder de hacer milagros? ¿No es éste, acaso, el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6,2-3).

La vida de JESÚS, debió de haber transcurrido de una manera tan ordinaria y normal en su apacible pueblo de Nazaret, que el día que se presentó en público con una sabiduría fuera de lo común los paisanos se sorprendieron. Nunca habían sospechado que él fuera nadie más que “el carpintero”“el hijo de María”. De haberse ausentado JESÚS del pueblo para estudiar y perfeccionarse, como dicen las leyendas que mencionaramos, los galileos no habrían tenido por qué asombrarse de sus prodigiosos conocimientos.

Si JESÚS no salió de Nazaret durante su infancia y su juventud, fuera de sus peregrinaciones a Jerusalén, o de un viaje ocasional a algún pueblo vecino, ¿qué hizo en todos esos años? ¿Es posible conocer algo de su vida oculta? Sí es posible, gracias a los descubrimientos arqueológicos y literarios que actualmente poseemos. Lo primero que hicieron los padres con el divino niño, apenas nacido, fue ponerle un nombre. Esto se realizaba en medio de una alegre ceremonia, celebrada al octavo día como mandaba el Génesis (17,12), y ante la presencia de varios testigos.

El nombre que José y María le pusieron fue el de “YEHOSHÚA”, que en hebreo significa JOSUÉ. Por la Biblia sabemos que en Palestina ese nombre solía acortarse y pronunciarse “YESHÚA”, por razones de familiaridad. A su vez en Galilea, donde se hablaba de una manera distinta al resto del país, y donde vivía la sagrada familia, se lo abreviaba aún más y se lo pronunciaba “YESHÚ”. Por eso, los primeros cristianos de origen griego lo tradujeron más tarde por “JESÚS”. El nombre de YESHÚA, en el siglo I, era uno de los más comunes y ordinarios que había. Así lo vemos, por ejemplo, en el escritor FLAVIO JOSEFO, quien en sus obras menciona a más de 20 personas que se llamaban JESÚS en la historia judía; de las cuales, por lo menos 10 son contemporáneas de JESÚS DE NAZARET.

En hebreo JESÚS (o JOSUÉ) significa “Dios salva”. Y no le pusieron ese nombre al niño sólo por un homenaje al caudillo hebreo Josué, sino porque, según Mateo, un ángel le dijo a José: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

Ariel Alvarez Valdez
Biblista

miércoles, 1 de agosto de 2018

EL SELECTIVO SILENCIO DE LAS FEMINISTAS FRENTE A LA MUERTE DE DOS POLICÍAS


Nuevamente dos mujeres policías fueron asesinadas por delincuentes. Tamara Ramírez, oficial de 26 años que encontró a su padre peleando con un ladrón en el partido de Almirante Brown donde vivía. El ladrón le disparó un tiro en la cabeza muriendo en el acto, mientras fueron heridos su padre y su pareja. El otro caso es el de Lourdes Espíndola, de 25 años que yace con muerte cerebral y a la cuál le extraerán sus órganos.

Mientras tanto no escuchamos a ninguna referente feminista ni a ninguna organización feminazi salir a repudiar ambos hechos, ni convocar a una marcha por ellas. En cambio, si lo hicieron por la asesina Nahir Galarza, demostrándose así que en la defensa de los derechos por la mujeres carecen de la igualdad que reclaman, ya que para este colectivo prima un método de selección a la hora de movilizarse. Y las uniformadas asesinadas no están en esa selección.

La hipocresía del feminismo es rampante, para ellas si un hombre piropea a una mujer en la calle y le dice algo bonito dicen que les faltan el respeto, las invaden, que violan su libertad, y por ello les desean la muerte a los piropeadores. Pero cuando son lapidadas en los países musulmanes, les impiden vestirse libremente y son obligadas a usar el burka, o el hijab. Cuando las matan en Venezuela o Nicaragua por levantarse contra el régimen, cuando se mueren de hambre o desnutrición, o cuando un "chorro" le disparan, ahí no hay derechos que reclamar, no son mujeres que merezcan el interés de estas, que con sus panzas desnudas -en cambio-, piden una ley para matar a sus hijos en el vientre, mientras levantan sus pañuelos verdes orgullosas de su causa.

La imagen de vestirse de víctimas donde colocan al hombre como los victimarios, no comprenden su cruzada contra el machismo cuando se trata del patriarcado islámico, ni la violencia de los delincuentes, ni la trata de blancas del crimen organizado. En esto hay marchas ni voces que gritan en su defensa. Sino un silencio cómplice que traspasa la coherencia de un mensaje que se aleja de toda igualdad en sus voces, pero que se recorta hacia un diseño de intereses que solo comprende el odio y el resentimiento en horizontalidad a los hombres.

Fuente:
La siguiente columna de opinión, fue escrita por Maria Celsa Rodríguez Mercado, Directora de Chaco Realidades - Analista del Circulo Acton Chile.
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