En el Evangelio de Juan, los milagros de Jesús adquieren un significado diferente al de los otros tres relatos evangélicos. No son acciones destinadas a solucionar una enfermedad, alimentar a una multitud o devolver la vida a un muerto. Juan los presenta como signos: hechos que obligan a mirar más allá de lo ocurrido y a preguntarse quién es Jesús. El prodigio solo debe conducir hacia la identidad de quien lo realiza.
Por eso, varios episodios aparecen acompañados por discursos que explican su sentido. Cuando cura al paralítico de la piscina de Bezatá, el interés de Juan no se limita a que un hombre recupere la salud. La escena presenta a Jesús con autoridad sobre el sábado. Algo parecido sucede después de la multiplicación de los panes. La multitud recibe alimento, y Jesús dirige la atención hacia una realidad mayor: él mismo es el Pan de Vida. El signo no termina cuando desaparece el hambre; allí comienza su verdadero sentido.
La misma lógica aparece con el ciego de nacimiento y con Lázaro. La recuperación de la vista permite presentar a Jesús como la Luz del mundo. La salida de Lázaro del sepulcro conduce hacia una afirmación: Jesús es la Resurrección y la Vida. El muerto volverá a morir, por lo que el objetivo no es prolongar su existencia. El acontecimiento funciona como una señal de una vida que supera la muerte.
Esta perspectiva permite comprender los siete signos seleccionados por Juan. Cada uno revela una dimensión distinta de Jesús. Caná presenta al Mesías asociado con la abundancia; la curación del hijo del funcionario muestra su capacidad de comunicar vida; el paralítico conduce hacia su relación con Dios; los panes lo presentan como alimento definitivo; su caminar sobre las aguas expresa su acompañamiento a la comunidad representada por la barca; el ciego permite reconocerlo como Luz; y Lázaro culmina el recorrido mostrando que él es la Resurrección.
Los signos no funcionan como demostraciones destinadas a satisfacer la curiosidad. Busca provocar una respuesta. Algunos personajes observan lo ocurrido y rechazan a Jesús. Otros quedan fascinados por los prodigios, pero no comprenden su sentido. También están quienes reconocen el significado del signo y creen. Finalmente aparece una forma de fe superior: quienes creen sin haber visto.
Aquí aparece la diferencia con los Evangelios sinópticos. En ellos, los milagros suelen estar relacionados con la compasión, el sufrimiento humano y la llegada del Reino de Dios. Juan desplaza el centro de atención hacia Jesús. No pretende que el lector se quede admirando el poder extraordinario del acontecimiento, sino que descubra lo que ese acontecimiento revela.
Por eso, leer los signos de Juan exige superar el espectáculo. El milagro importa, pero importa todavía más aquello que anuncia. Cada signo forma parte de un retrato y conduce hacia una pregunta: quién es Jesús. La respuesta no depende solamente de haber visto lo extraordinario. Para Juan, la fe comienza cuando el creyente es capaz de mirar más allá del signo y reconocer a aquel que el signo señala.
Equipo de Redacción
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