
Hay una frase del Evangelio que aparece cada vez que alguien cuestiona el Rosario: Jesús habría prohibido repetir oraciones. La referencia es Mateo 6:7, donde advierte que al rezar no debemos hablar como los paganos, pensando que seremos escuchados por nuestras muchas palabras. La acusación parece sencilla: si el Rosario repite Avemarías, entonces estaría haciendo exactamente aquello que Cristo condenó. Pero hay un problema. Para saber qué quiso decir Jesús no basta una traducción aislada. Hay que mirar el contexto, el vocabulario griego y lo que Jesús mismo hizo cuando oró. Y ahí la cuestión cambia.
Mateo 6 sitúa estas palabras dentro del Sermón de la Montaña. Jesús critica primero la oración utilizada como espectáculo y después habla de los paganos y de su manera de dirigirse a sus divinidades. El verbo griego de Mateo 6:7 es battalogeo, una palabra excepcional que aparece solamente aquí en el Nuevo Testamento. Los léxicos la relacionan con balbucear, hablar inútilmente, repetir de manera vacía o acumular palabras sin sentido. El versículo siguiente completa la idea: el Padre ya sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Por eso, el blanco de la crítica no parece ser una palabra repetida en sí misma, sino confiar en la cantidad de palabras para conseguir una respuesta divina.
Esto resulta decisivo cuando aparece el Rosario. El texto de Mateo no dice simplemente que toda repetición esté prohibida. La palabra utilizada apunta a una forma de hablar vacía o insistente, La advertencia de Jesús está relacionada con pensar que muchas palabras hacen más eficaz la oración. El problema es convertir la oración en una técnica. Si alguien cree que repetir una fórmula un número determinado de veces obliga a Dios a conceder algo, aparece el problema que Jesús denuncia. Pero repetir una oración con sentido, como expresión de fe, petición o contemplación, es diferente.
Y el propio Evangelio ofrece un ejemplo difícil de ignorar. En Getsemaní, Jesús ora antes de su pasión. Mateo cuenta que pide al Padre que, si es posible, aparte de él el cáliz, aunque acepta su voluntad. Después vuelve a orar y finalmente se retira por tercera vez. Mateo 26:44 dice que en esa tercera oración utilizó las mismas palabras. El dato es importante porque demuestra que la repetición, considerada por sí sola, no puede ser aquello que Mateo 6:7 condena. Jesús repite una oración en un momento de angustia extrema, pero no intenta manipular al Padre. La repetición expresa perseverancia, dolor y confianza.
La Biblia también conserva oraciones estructuradas mediante repeticiones. El Salmo 136 utiliza una respuesta que vuelve después de cada afirmación sobre las obras de Dios. La repetición forma parte de la composición del salmo. Por eso no resulta correcto afirmar que toda fórmula repetida sea automáticamente una práctica pagana. La pregunta bíblica es otra: qué se está diciendo, por qué se repite y qué espera realmente quien reza. Una repetición puede ser vacía, pero también puede servir para mantener la atención sobre una misma verdad. La diferencia está en el sentido de la oración.
Esto permite entender mejor el Rosario. Sus repeticiones no pretenden informar a Dios de algo que desconoce. Cada decena combina el Padre Nuestro, diez Avemarías y el Gloria mientras se contempla un misterio de la vida de Cristo. La repetición crea un ritmo que permite permanecer en una escena evangélica. Puede rezarse de manera distraída o mecánica, pero no es lo mismo eso que afirmar que repetir una oración sea, por sí mismo, contrario a las palabras de Jesús. Mateo 6:7 no autoriza una conclusión tan simple.
Y existe una ironía todavía mayor: inmediatamente después de advertir contra la palabrería, Jesús enseña el Padre Nuestro. El mismo pasaje ofrece una oración concreta para dirigirse a Dios. La cuestión no es cuántas veces se pronuncia una frase, sino qué significa realmente rezarla ante Dios. Jesús sí condena una oración vacía, mecánica y basada en la idea de que la cantidad de palabras puede obligar a Dios a escuchar. Pero el Evangelio también muestra a Jesús repitiendo su propia oración. Por eso la pregunta correcta no es cuántas veces repetimos una oración, sino qué estamos haciendo con ella cuando la repetimos.
Equipo de Redacción
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