🎙️ EL ALFA Y LA OMEGA | 04.11.2026

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¿JESUCRISTO TRANSGÉNERO? CUANDO LA IDEOLOGÍA REINTERPRETA EL EVANGELIO

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¿JESUS ES TRANS? ¿DIOS ES NO BINARIO?

Hay afirmaciones que invitan a la reflexión, otras que provocan desconcierto y algunas que obligan a preguntarnos hasta dónde puede llegar la reinterpretación de aquello que consideramos sagrado. En marzo de 2026, en la Catedral de San Juan el Divino, en Nueva York, durante una celebración dedicada a la comunidad transgénero, la ministra episcopal Flourish Klink pronunció una homilía que posteriormente generaría una importante controversia. Ordenada en 2024 y perteneciente a la Diócesis Episcopal de Nueva York, afirmó que Dios es no binario y fue más allá: sostuvo que Dios también es trans.


Su razonamiento continuó con una interpretación particularmente controvertida de la figura de Jesucristo. Según explicó, cuando Dios nació en forma humana, María identificó al recién nacido como un niño. Pero, desde su perspectiva, aquella asignación de género no correspondía a la verdadera identidad divina. Pero la afirmación más sorprendente llegó al hablar de la Resurrección. Klink interpretó que, cuando Jesús resucitó, sus discípulos no lo reconocieron inmediatamente porque había algo diferente en Él. A partir de esa circunstancia, formuló su propia hipótesis: Jesucristo habría experimentado una transición y habría resucitado como su verdadero ser, más allá de las categorías masculina y femenina. No estamos ante una frase sacada de contexto. La homilía completa está publicada por el propio sacerdote. Ahora bien, ¿qué estamos escuchando realmente?

Es necesario comprender que Klink intenta ofrecer un mensaje de aceptación y esperanza a las personas transgénero, a quienes considera históricamente marginadas por determinadas comunidades religiosas. Su intención declarada es mostrarles un Dios que comprende su sufrimiento y acompaña su búsqueda de reconocimiento. Pero, una intención pastoral, por comprensible que pueda resultar, no convierte automáticamente una interpretación personal en una verdad teológica.

Desde la perspectiva de la fe, debemos establecer una distinción fundamental. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su apartado 239, enseña expresamente que Dios trasciende la distinción humana de los sexos: "No es hombre ni mujer, es Dios". Pero, esta afirmación no significa que Dios posea una identidad transgénero o no binaria. Significa que su naturaleza divina está más allá de las categorías sexuales propias de la condición humana.

La cuestión adquiere todavía mayor importancia cuando hablamos de Jesucristo. Los apartados 461 y 463 del Catecismo establecen que el Hijo de Dios asumió verdaderamente nuestra naturaleza humana y que la Encarnación constituye un signo distintivo de la fe cristiana. No fue una apariencia ni una representación temporal. Dios se hizo verdaderamente hombre.

El apartado 467 recoge la definición del Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, que proclama a Jesucristo perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, con dos naturalezas unidas en una sola persona, sin confusión ni cambio. Por su parte, el apartado 470 recuerda que el Hijo de Dios trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana y amó con corazón humano.

Pero existe un argumento todavía más directo frente a la interpretación de esta mujer. El apartado 645 establece que el cuerpo resucitado de Jesucristo es el mismo que fue martirizado y crucificado, aunque ahora participa de las propiedades gloriosas de la Resurrección. El apartado 646 explica que no se trató de una transformación de identidad, sino del paso de la muerte a una vida gloriosa y definitiva. Por tanto, afirmar que Jesucristo experimentó una transición de género a partir de las dificultades de sus discípulos para reconocerlo después de la Resurrección constituye una interpretación personal que contradice la comprensión católica de la Encarnación y de la Resurrección.

No estoy cuestionando la dignidad de ninguna persona. Estoy señalando que no todo planteamiento presentado desde un púlpito constituye doctrina cristiana, ni toda reinterpretación de las Sagradas Escrituras puede considerarse compatible con la fe que dice representar. El cristianismo proclama que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Su Resurrección no significó la sustitución de su identidad, sino la glorificación de su humanidad. El mismo cuerpo que fue crucificado resucitó glorioso. Aquí reside el problema fundamental: cuando utilizamos las convicciones culturales de nuestro tiempo para reinterpretar los acontecimientos centrales del Evangelio, corremos el riesgo de terminar sustituyendo el mensaje original por nuestras propias construcciones.

Y quiero detenerme en algo importante.

No necesitamos despreciar, humillar ni perseguir a nadie para expresar nuestro desacuerdo. Cada persona merece respeto, dignidad y misericordia, independientemente de sus circunstancias personales. Jesucristo jamás enseñó a responder al error con el odio. Enseñó a amar al prójimo, incluso cuando existen diferencias profundas. Pero la misericordia tampoco significa renunciar a la verdad. Acompañar a una persona no obliga a aceptar todas sus interpretaciones religiosas. Y defender nuestra fe no nos convierte en enemigos de quienes piensan diferente.

Como hombre de fe y bautizado católico, considero que Jesucristo no necesita ser reinventado para demostrar que ama a todos los seres humanos. Su sacrificio en la cruz ya constituye la expresión más extraordinaria de ese amor. Quizás deberíamos preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿estamos dispuestos a aceptar que Dios nos ame tal como somos, sin necesidad de modificar quién es Dios? Porque la fe no consiste en construir un Cristo a nuestra imagen y semejanza. Consiste en acercarnos a Él, incluso cuando sus enseñanzas nos interpelan y nos obligan a revisar nuestras propias convicciones. Y esa diferencia, aunque algunos pretendan ignorarla, es fundamental.

Alfredo Musante Martínez
Director del programa de radio
El Alfa y la Omega

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