miércoles, 23 de mayo de 2012

Alfonsina Storni


(Sala Capriasca, Suiza, 1892 - Mar del Plata, Argentina, 1938) Poetisa argentina de origen suizo. A los cuatro años se trasladó con sus padres a Argentina, y residió en Santa Fe, Rosario y Buenos Aires. Se graduó como maestra, ejerció en la ciudad de Rosario y allí publicó poemas en Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Se trasladó luego a Buenos Aires y fue docente en el Teatro Infantil Lavardén, en la Escuela Normal de Lenguas Vivas y en 1917 se la nombró maestra directora del internado de Marcos Paz.

Alfonsina Storni comenzó a frecuentar los círculos literarios y dictó conferencias en Buenos Aires y Montevideo; colaboró en las revistas Caras y Caretas, Nosotros, Atlántida, La Nota y en el periódico La Nación. Compartió además la vida artística y cultural del grupo Anaconda con Horacio Quiroga y Enrique Amorín y obtuvo varios premios literarios.

En la década de 1930 viajó a Europa y participó de las reuniones del grupo Signos, donde asistían figuras importantes de las letras como Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna. En 1938 participó en el homenaje que la Universidad de Montevideo brindó a las tres grandes poetas de América: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y ella misma.

Madre soltera, hecho que no era aceptable en su época, fue sin embargo la primera mujer reconocida entre los mayores escritores de aquel tiempo. Su trayectoria literaria evolucionó desde el Romanticismo hacia la vanguardia y el intimismo sintomático del Modernismo crepuscular. El rasgo más característico de su producción fue un feminismo combativo en la línea que se observa en el poema Tú me quieres blanca, el cual se halla motivado por las relaciones problemáticas con el hombre, decisivas en la vida de la poetisa.

La obra poética de Alfonsina Storni se divide en dos etapas: a la primera, caracterizada por la influencia de los románticos y modernistas, corresponden La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920) y Ocre (1920).

La segunda etapa, caracterizada por una visión oscura, irónica y angustiosa, se manifiesta en Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Hizo también incursiones en la dramaturgia: en 1927 estrenó en el Teatro Cervantes El amo del mundo y en 1931 aparecieron Dos farsas pirotécnicas, que incluían Cimbellina en 1900 y pico y Polixena y la cocinerita. En 1950 se editó Teatro infantil, pero varias de sus obras para niños permanecen inéditas. En 1936 colaboró en el IV centenario de la fundación de Buenos Aires con el ensayo Desovillando la raíz porteña.

Storni ejerció como maestra en diferentes establecimientos educativos y escribió sus poesías y algunas obras de teatro durante este período. Su prosa es feminista, ya que busca en ella la igualdad entre el hombre y la mujer, y según la crítica, posee una originalidad que cambió el sentido de las letras de Latinoamérica. Otros dividen su obra en dos partes: una de corte romántico, que trata el tema desde el punto de vista erótico y sensual y muestra resentimiento hacia la figura del hombre, y una segunda etapa en la que deja de lado el erotismo y muestra el tema desde un punto de vista más abstracto y reflexivo.

La crítica literaria, por su parte, clasifica en tardo románticos a los textos editados entre los años 1916 y 1925 y a partir de Ocre encuentra rasgos de vanguardismo y recursos como el antisoneto. Sus composiciones reflejan, además, la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida y muestran la espera del punto final de su vida, expresándolo mediante el dolor, el miedo y otros sentimientos.

Fue diagnosticada con cáncer de mama, del cual fue operada. A pedido de un medio periodístico se realizó un estudio de quirología, cuyo diagnóstico no fue acertado. Esto la deprimió, provocándole un cambio radical en su carácter y llevándola a descartar los tratamientos médicos para combatirla.

Se suicidó en Mar del Plata arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres. Hay versiones románticas que dicen que se internó lentamente en el mar. Su cuerpo fue velado inicialmente en esa ciudad balnearia y finalmente en Buenos Aires. Actualmente sus restos se encuentran enterrados en el Cementerio de la Chacarita.

La Orden de San Agustín


Cuyos miembros se conoce individual y colectivamente como Agustinos (que no debe confundirse con los Canónigos agustinos), es una Orden religiosa mendicante de la Iglesia Católica, fundada por el papa Inocencio IV en el siglo XIII (1244), ante la necesidad de unificar una serie de comunidades de monjes en la Toscana (Italia) que siguieran las directrices conocidas como la Regla de San Agustín, dictadas por San Agustín de Hipona (fallecido en 430).

El nacimiento de la Orden tuvo lugar en el mes de marzo de 1244 en Roma. El cardenal Ricardo Degli Annibaldi, delegado del Papa Inocencio IV, dirigió la unión de diversos grupos de eremitas de vida cenobítica diseminados por la región de Tuscia, aceptando todos ellos la Regla de San Agustín y la forma de vida que en ella se propone.

Unos meses antes, en 1243, cuatro ermitaños (Esteban de Cataste, Hugo de Corbaria, Guido de Rosia y Pedro de Lupocavo) en representación de los grupos de eremitas situados en la antigua Tuscia, Lacio superior y zonas limítrofes de Umbría (Italia), se habían dirigido al papa Inocencio IV para pedirle una Regla común y un Prior General, según el nuevo estilo de Orden de fraternidad apostólica.

Con todo, Inocencio IV, una vez conocida la propuesta de Esteban, Hugo, Guido y Pedro, en el año primero de su pontificado, determinó la creación de una nueva Orden mendicante, la tercera después de los franciscanos y dominicos, en la Iglesia católica. Dos bulas pontificias, ambas fechadas el 16 de diciembre de 1243, sientan las bases jurídicas de la erección canónica de la Orden de San Agustín.

La bula Incumbit nobis es conocida como la carta fundacional de la Orden de San Agustín. Ordena que los eremitas de Tuscia, envíen uno o dos representantes de cada casa al Capítulo General, profesen “la regla y el género de vida del bienaventurado Agustín”, redacten las Constituciones y elijan un Prior General. La reunión tuvo lugar en marzo de 1244, en la ciudad de Roma. En ella tuvo lugar la Pequeña Unión de diferentes grupos de eremitas italianos.

Este fue, pues, el lugar y momento histórico de la fundación de la Orden de Ermitaños de San Agustín, conocida también como Orden de San Agustín, Orden Agustiniana o, simplemente, Agustinos. A su vez, en la bula Praesentium vovis, recuerda el Papa las funciones que le corresponden al Cardenal Ricardo Degli Annibaldi en la formación de la nueva Orden religiosa: diligente 'corrector' y 'provisor'.

Una segunda fase en el desarrollo inicial de la Orden se produjo por la agrupación de otras órdenes de ermitaños situados en las regiones centrales y septentrionales de Italia, aunque no profesasen la Regla de San Agustín, como los Guillermitas que tenían la de San Benito a la Orden de San Agustín. Otros grupos de ermitaños que entraron a formar parte de la Orden de San Agustín fueron los de Juan Bueno, los Ermitaños de Santa María de Cesena o Guillermitas, los Ermitaños de Bréttino y los Ermitaños de Monte Favale. A todo este movimiento anexionado se le conoce como La Gran Unión de 1256. Este segundo momento fundacional de la Orden de San Agustín está configurado por la bula Licet Ecclesiae Catholicae, de fecha 9 de abril de 1256.

domingo, 20 de mayo de 2012

Qué significa que Cristo subió a los cielos


El cielo no es un lugar al que vamos sino una situación en la que seremos transformados si vivimos en el amor y en la gracia de Dios. El cielo de las estrellas y de los viajes espaciales de los astronautas y el cielo de nuestra fe no son idénticos. Por eso cuando rezamos el Credo un domingo tras otro y decimos que Cristo subió a los cielos no queremos decir que El, anticipándose a la ciencia moderna, emprendiera un viaje espacial. En el cielo de la fe no existe el tiempo, la dirección, la distancia ni el espacio. Eso vale para nuestro cielo espacial. El cielo de la fe es Dios mismo de quien las Escrituras dicen: "Habita en una luz inaccesible" (1 Tim 6,16).

Del mismo modo, la subida de Cristo al cielo no es igual a la subida de nuestros cohetes; éstos se trasladan constantemente de un espacio a otro, se encuentran constantemente dentro del tiempo y nunca pueden salir de estas coordenadas por más lejanos que viajen por espacios indefinidos. La subida de Cristo al cielo es también un pasar, pero del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible. De la inminencia a la transcendencia, de la opacidad del mundo a la luz divina, de los seres humanos a Dios.

Con su ascensión al cielo Cristo fue por consiguiente entronizado en la esfera divina; penetró en un mundo que escapa a nuestras posibilidades. Nadie sube hasta allí si no ha sido elevado por Dios. El vive ahora con Dios, en la absoluta perfección, presencia, ubicuidad, amor, gloria, luz, felicidad, una vez alcanzada la meta que toda la creación está llamada a lograr. Cuando proclamamos que Cristo subió al cielo pensamos en todo eso.

¿Qué decir entonces de la narración de Lucas al final de su evangelio (24,50-53) y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles (1,9-11) donde cuenta con algunos detalles la subida de Cristo a los cielos hasta que una nube lo oculto de los ojos de los espectadores? Si la ascensión de Cristo no significa una subida física al cielo estelar, ¿por qué entonces Lucas la describió así? ¿Qué pretendía decir? Para dar respuesta a esto tenemos que comprender una serie de datos acerca del estilo y género literario de la literatura antigua.

La ascensión, ¿fue visible o invisible?

En primer lugar constatemos el hecho de que es Lucas el único que narra el acontecimiento de la ascensión en términos de una ocultación palpable y de un desaparecer visible de Cristo en el cielo, cuarenta días después de la Resurrección. Marcos sólo dice: «El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (16, 19). Sabemos que el final de Marcos (16, 9-20) es un añadido posterior y que este fragmento depende del relato de Lucas. Mateo no conoce ninguna escena de ocultamiento de Jesús; termina así su evangelio: «Jesús les dijo: se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra... Yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos» (28, 18-20). Para Mateo, Jesús ya ascendió al cielo al resucitar. El que dice «todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra» ya ha sido investido de ese poder; ya está a la derecha de Dios en los cielos. Para Juan la muerte de Jesús significó ya su pasar al Padre (Jn 3, 13): «Dejo el mundo y voy al Padre» (16,28). Cuando dice: «Reciban el Espíritu Santo», según la teología de Juan eso significa que Jesús ya está en el cielo y envía desde allá su Espíritu. Para Pablo la resurrección significaba siempre elevación en poder junto a Dios. Pedro habla también de Jesucristo «que subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios» (1 Pe 3, 22). 1 Tim 3, 16 habla de su exaltación a la gloria.

En todos estos pasajes la ascensión no es un acontecimiento visible para los apóstoles, sino invisible y en conexión inmediata con la resurrección. Esta perspectiva que contemplaba conjuntamente resurrección y ascensión se mantuvo, a pesar del relato de Lucas, hasta el siglo IV, como atestiguan los Padres como Tertuliano, Hipólito, Eusebio, Atanasio, Ambrosio, Jerónimo y otros. San Jerónimo, por ejemplo, predicaba: «el domingo es el día de la resurrección, el día de los cristianos, nuestro día. Por eso se llama el día del Señor, porque en este día Nuestro Señor subió, victorioso, al Padre»

De igual manera la liturgia celebró hasta el siglo V como fiesta única la pascua y la ascensión. Sólo a partir de entonces, con la historificación del relato lucano, se desmembró la fiesta de la ascensión en cuanto fiesta propia. El sentido de la ascensión era el mismo que el de la resurrección: Jesús no fue revivificado ni volvió al modelo de vida humana que poseía antes de morir. Fue entronizado en Dios y constituido Señor del mundo y juez universal, viviendo la vida divina en la plenitud de su humanidad.

Y aquí se Impone la pregunta: si la ascensión no es ningún hecho narrable sino una afirmación acerca del nuevo modelo de vivir de Jesús junto a Dios, ¿porqué Lucas la transformó en una narración? Finalmente, ¿estaba él interesado en comunicar sobre todo hechos históricos externos? ¿o es que a través de semejante narración nos quiere transmitir una comprensión más profunda de Jesús y de la continuidad de su obra en la tierra? Creemos que esta última pregunta ha de transformarse en una respuesta.

La ascensión, esquema literario

Veamos en primer lugar los textos. Al final de su evangelio nos cuenta: «Condujo a los discípulos cerca de Betania y alzando las manos, los bendijo. Y sucedió que mientras los bendecía se separó de ellos y era elevado al cielo. Y ellos, después de postrarse ante él volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios» (24, 50-53).

En los Hechos se nos cuenta: «Y dicho esto, se elevó mientras ellos miraban y una nube lo ocultó a sus ojos. Y según estaban con los ojos fijos en el cielo mientras él partía, he aquí que se presentaron ante ellos dos varones con vestiduras blancas que les dijeron: Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús elevado de entre vosotros al cielo volverá tal como lo habéis visto ir al cielo» (1,9-11).

En estos dos relatos se trata realmente de una escena de ascensión visible y de ocultamiento. Escenas de ocultamiento y de ascensión no eran desconocidas en el mundo antiguo greco-romano y judío. Era una forma narrativa de la época para realzar el fin glorioso de un gran hombre. Se describe una escena con espectadores; el personaje famoso dirige sus últimas palabras al pueblo, a sus amigos o discípulos; en ese momento es arrebatado al cielo.

El Antiguo Testamento cuenta el arrebato de Elías descrito por su discípulo Eliseo (2 Re 2, 1-18) y hace una breve referencia a la ascensión de Henoc (Gen 5, 24). Es interesante observar cómo el libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe la «Ascensión de Henoch»

Los paralelos entre la narración de Lucas y las demás narraciones saltan a la vista. No cabe duda de que el paso de Jesús del tiempo a la eternidad, de los hombres a Dios, está descrito según una historia de ocultamiento, forma literaria conocida y común en la antigüedad. No que Lucas haya imitado una historia de ocultamiento anterior a él. Hizo uso de un esquema y de un modelo narrativo que estaban a su disposición en aquel tiempo.

Nosotros hacemos lo mismo cuando en la catequesis empleamos el sicodrama, el teatro o aun el género novelístico para comunicar una verdad revelada y cristiana a nuestros oyentes de hoy. Al hacerlo nos movemos dentro de un esquema propio de cada género sin que con ello perdamos o deformemos la verdad cristiana que pretendemos comunicar o testimoniar. La Biblia está llena de recursos como éste. Nos alargaríamos si quisiéramos presentar más ejemplos. Existe una amplia literatura científica y de divulgación referente a este asunto.

¿Por qué historificó Lucas la verdad de la glorificación de Jesucristo junto a Dios? Analizando su evangelio descubrimos en él no sólo un gran teólogo sino también un escritor refinado que sabe crear la «punta» en una narración y sabe cómo comenzar y concluir de forma perfecta un libro. En ese sentido se entienden las dos narraciones de la ascensión, una al concluir el evangelio y otra abriendo los Hechos de los Apóstoles.

En cuanto conclusión del evangelio cobra una gran fuerza de expresión porque utiliza un género que se prestaba exactamente para exaltar el fin glorioso de un gran personaje. Jesús era mucho mayor que todos ellos pues era el mismo Hijo de Dios que retornaba al lugar del que había venido, el cielo. A eso le añade motivos más que destacan quién era Jesús: en el Evangelio lucano Jesús nunca había bendecido a los discípulos; ahora lo hace; nunca había sido adorado por ellos y ahora es adorado por vez primera. Queda así claro que con su subida al cielo la historia de Jesús alcanzó su plena perfección; con la ascensión los discípulos comprenden la dimensión y profundidad del acontecimiento.

Pero, ¿por qué se relata la ascensión dos veces y con formas diversas? En los Hechos, además de los motivos literarios presentes en el evangelio lucano, entran también motivos teológicos. Sabemos que la comunidad primitiva esperaba la venida del Cristo glorioso y el fin del mundo. En la liturgia recitaban con frecuencia la oración «Maranatha», ¡Ven Señor! Pero el fin no llegaba. Cuando Lucas escribió su evangelio y los Hechos, la comunidad y principalmente Lucas, se dan cuenta de ese retraso de la Parusía. Muchos fieles ya habían muerto y Pablo había extendido la misión Mediterráneo adelante. Esto exigía una aclaración teológica: ¿Por qué no ha llegado el fin? Lucas intenta dar una respuesta a esa cuestión angustiosa y frustradora.

Ya en su evangelio reelabora los pasajes que hablaban muy directamente de la próxima venida del Señor. Así, cuando el Jesús de Marcos dice ante el Sanedrín: «Veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (14,62), Lucas hace decir a Jesús únicamente: «Desde ahora, el Hijo del Hombre estará a la derecha del poder de Dios» (22,69).

Para Lucas la venida de Cristo y el fin del mundo ya no son inminentes, aprendió la lección de la historia y ve en ello el designio de Dios. El tiempo que ahora se inaugura es el tiempo de la misión, de la Iglesia y de la historia de la Iglesia. Esa constatación, Lucas la pone en el frontispicio de los Hechos y se contiene igualmente en la narración de la ascensión de Jesús al cielo. Cristo no viene como esperaban; se va. Volverá otra vez un día, pero al fin de los tiempos.

El tema de Hch 1, 6-11 (la ascensión) es el problema de la parusía. Lucas intenta decir a sus lectores: el hecho de que Jesús haya resucitado no significa que la historia haya llegado a su fin y que la venida de Jesús en gloria sea inminente. Por el contrario, la pascua significa exactamente que Dios crea un espacio y un tiempo para que la Iglesia se desarrolle, partiendo de Jerusalén, Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra. Por eso es erróneo quedarse ahí parado y mirar para el cielo. Sólo quien dé testimonio de Jesús ha entendido correctamente la pascua. Jesús vendrá. ¿Cuándo? Eso es asunto reservado a Dios. La tarea de los discípulos está en constituirse ahora en el mundo en cuanto Iglesia» (53-54). En otras palabras eso es lo que Lucas intentó con el relato de la ascensión en los Hechos.

Comparando las dos narraciones, la del evangelio con la de los Hechos, se perciben notables diferencias. Las nubes y los ángeles del relato de Hechos no aparecen en el evangelio. En éste, Jesús se despide con una bendición solemne; en los Hechos ésta falta totalmente. Las palabras de despedida en el evangelio y en Hechos difieren profundamente. Esas diferencias se comprenden porque Lucas no pretendía hacer el relato de un hecho histórico. Quiso enseñar una verdad, como ya dijimos arriba, y a tal fin debían servir los diversos motivos introducidos.

La verdad del relato no está en si hubo o no bendición, en si Jesús dijo o no dijo tal frase, si aparecieron o no dos ángeles o si los apóstoles estaban o no estaban en el monte de los Olivos mirando al cielo. Quien busque este tipo de verdad no busca la verdad de la fe, sino únicamente una verdad histórica que hasta un ateo puede constatar. El que quiera saber si la historia de la ascensión de Jesús al cielo es verdadera, y eso es lo que intenta saber nuestra fe, deberá preguntar: ¿Es cierta la interpretación teológica que Lucas da de la historia después de la resurrección? ¿Es verdad que Dios ha dejado un tiempo entre la resurrección y la parusía para la misión y para la Iglesia? ¿Es cierto que la Iglesia en razón de esto no debe sólo mirar hacia el cielo sino también hacia la tierra?

Pues bien, ahora estamos en mejor situación para responder de lo que estaban los contemporáneos de Lucas, pues tenemos detrás de nosotros una historia de casi dos mil años de cristianismo. Podemos con toda seguridad y toda fe decir: Lucas tenía la verdad. Su narración sobre la ascensión de Jesús a los cielos en Hechos, además de interpretar correctamente la historia de su tiempo, era una profecía para el futuro; y se realizó y todavía se está realizando. Jesucristo penetró en aquella dimensión que ni ojo vio ni oído oyó (cfr 1 Cor 2, 9). El, que durante su vida tuvo poco éxito y murió miserablemente en la cruz, fue constituido por la resurrección en Señor del mundo y de la historia. Sólo es invisible pero no es un ausente.

Lucas lo dice en el lenguaje de la época: «se elevó mientras ellos miraban, y una nube lo ocultó a sus ojos» (Hch 1, 9). Esa nube no es un fenómeno meteorológico; es el símbolo de la presencia misteriosa de Dios. Moisés en el Sinaí experimenta la proximidad divina dentro de una nube: «Cuando Moisés subía a la montaña las nubes envolvían toda la montaña; la gloria de Yahvé bajó sobre el monte Sinaí y las nubes lo cubrieron por seis días» (Ex 25, 15). Era la proximidad de Dios. Cuando el arca de la alianza fue entronizada en el templo de Salomón se dice que «una nube llenó la casa de Yavé Los sacerdotes no podían dedicarse al servicio a causa de la nube, pues la gloria de Yahvé llenaba toda la casa» (1 Re 8, 10).

La nube por consiguiente significa que Dios o Jesús esta presente, aunque de forma misteriosa. No se le puede tocar y sin embargo está ahí, a la vez revelado y velado. La Iglesia es su signo-sacramento en el mundo, los sacramentos lo hacen visible bajo la fragilidad material de algunos signos, la Palabra le permite hablar en nuestra lengua invitando a los hombres a una adhesión a su mensaje que, una vez vivido, los llevará hacia aquella dimensión en la que él existe ahora, al cielo.

martes, 15 de mayo de 2012

Maestro Amor, el Sai Baba argentino



Se llama ‘Maestro Amor’, vive en Argentina en un pueblo llamado Colonia del Valle de la Provincia de Catamarca, y existen testimonios sobre la manifestación de sus divinos poderes, de sus divinas palabras desde los 6 años. Vive en una casa muy humilde pero rica en amor y desapego de las necesidades materiales. Sólo una túnica cubre su cuerpo. Todo lo que da es amor. Es la fuente del amor mismo, viene del mismo lugar de donde vino Jesús, y nos viene a recordar lo que ya está escrito, pero que necesita de su presencia, con todos sus poderes divinos para empezar a cambiar una era de individualismo por una nueva era de amor, donde la devoción es el camino para lograr a Dios pero el servicio desinteresado a los demás realiza el Ser.

Vino para mostrarnos que el único camino es el amor, como dijo Jesús, “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Así se presentaba en la contratapa de un libro, Ricardo Javier Ocampo, un riojano que es señalado como el Sai Baba argentino. La historia oficial dice que nació a su vida carnal el 28 de junio de 1974 en la ciudad de La Rioja. Que emergió con tres pétalos de jazmín sobre el ombligo y una llaga en su costado, muestras claras que Dios se hacia carne en nuestro país. Ese día espontáneamente los vecinos del lugar se reunieron para cantarle al niño coplas folklóricas y danzaron con alegría.

A los seis años comenzó a ‘materializar’ lápices y frutas que regalaba a otros niños y a curar enfermedades. A los 13 años, como sus padres no comprendían que pertenecía a otro mundo, se fue de su casa. Durante los años de la adolescencia -como Jesús- nadie supo de él hasta reaparecer a los 22 años con el nombre de Maestro Amor o Ananda Baba. Hoy, además de tener su propio Ashram en Catamarca, tiene seguidores por todo el país, Paraguay, Brasil, España e Italia.

En realidad, Ricardo Javier Ocampo vivió en distintos hogares de menores porque sus padres no pudieron hacerse cargo de él y durante la adolescencia, cuentan quienes lo recuerdan, que se dedicó a la practica de artes marciales y a trabajar como curandero y ‘tirando’ las cartas. Luego se traslado a Capital Federal donde conoció a seguidores de Sai Baba que le enseñaron su doctrina. En poco tiempo era su símil latinoamericano: realizaba los mismos trucos de materializar objetos y comenzó a vestirse con túnicas igual que el gurú de la India. Dos importantes ex dirigentes de la organización de Sai Baba lo rodearon y además ‘creyeron’ que era una reencarnación de Dios en la Tierra.

Durante los primeros años, el maestro Amor fue cimentando un mundo de simpatía a través de cadenas de mail. Viajaba invitado por todo el país para dar sus charlas y seminarios y poco se conocía de él. Se sabia de los milagros y de sus textos que circulaban como ‘mensajes’, muy similares al gurú hindú. En sus cartas se podía leer:

“Mis Queridos: Las enseñanzas que ofrezco son tan ilimitadas como la fuerza que me mueve a escribirlas para cada uno de ustedes. Los ojos son la ventana del espíritu. Sin embargo, los ojos son la parte no tan física de los ojos mismos. Sabrán que dejar de ver es imposible, ya que los ojos son por naturaleza espontáneos y se mueven de un lado a otro (...)”

“Esta es su casa, la casa de todo aquel que llega desesperado y agobiado. Lleno de dolor en su alma y en su cuerpo. Lleno de locura por exceso de mundo mental y de pasión corporal. Esta es la casa de aquellos que no tienen donde ir. Cada uno puede desde su corazón decir con seguridad, que el Maestro les da Su casa para que se curen y encuentren paz en su Ser”.

El maestro Amor era joven pero no modesto:

“Yo Soy sapiencia pura, conocimiento siempre. Como siempre Soy el uno, sin segundo este conocimiento es auto-conocimiento de mí mismo siempre. Ser auto consciente en la Omnipresencia no es algo que le sea al ser humano dado, sino solo en Mi unidad con él, lo cual significa, que no se puede decir que somos dos. Si no solo uno. JESÚS, BABA, SHIRDI, KRISHNA, RAMA y otros no tan conocidos por algunos de ustedes, son expresiones de mí mismo. Como así cada uno de ellos no pueden decir que yo no soy ellos sin saber primero, que Yo y ellos somos uno. Esto lo digo de esta manera a causa de la mente de ustedes tan solo. Yo no paso de la potencia al acto. Esto no es posible. Mis actos son actos luminosos y por ende puros.”

A principio del 2002, en la ciudad de Mar del Plata un grupo de seguidores de las enseñanzas de Sai Baba y de la New Age, que estaban en una búsqueda espiritual sintieron que el maestro Amor era un nuevo avatar y lo comenzaron a tratar como un dios viviente. Durante casi dos años fueron su sostén y su organización hasta que Ricardo Javier Ocampo decidió armar su propio Asrham en las cercanías de colonia del Valle, Catamarca donde un adepto le regalo un predio de 75 hectáreas. Desde esa época hasta la actualidad se realizan peregrinaciones para festejar su cumpleaños, realizar los retiros espirituales y en algunos casos a instalarse a vivir si el maestro lo autoriza.

Su crecimiento fue veloz. Seguidores en casi todo el país y viajes por América Latina y Europa. En poco tiempo creció la leyenda de sus milagros y sus adeptos comenzaron a relatarlos. Desde la aparición de ceniza sagrada (Vihbuti) hasta limgam (piedras redondas que vomita de su interior) o el caminar sobre el agua o tele transportar un libro por mas de 60 kilómetros o multiplicar el pan. El maestro Amor lo cuenta de esta forma:

“Algunos de ustedes se preguntan ¿qué encierran tus milagros y materializaciones?, no encierran intención de aplausos ya que al Señor no le hacen falta para llevar a cabo su obra. En realidad si aprenden a ver, descubrirán que Yo hago esto para que miren más allá, para que observen más allá. Si ven que materializo cenizas, lo hago para que puedan observar que hay otras realidades, otras dimensiones donde el espíritu tiene la fuerza de Dios. Y así haciendo esto sepan que el Maestro conoce estas leyes y es por ello que las domina, y que si El dice “esto será así”, así será. Sepan a partir de esto que el Mundo que ven no lo es todo. Cuando ustedes vienen a Mí y me piden solución de las cosas, ya que no encuentran solución de ningún tipo, es porque reconocen que Yo conozco y existo en otros planos donde están las soluciones para este plano. Así actúo en esa realidad donde ustedes no pueden acceder. El milagro acontece para que cada uno despierte. Para que abra los ojos del alma y para siempre. El verdadero devoto sabe, después de profundas indagaciones, que el Maestro lo puede todo y sabe que el pertenece a una cadena de perfección que desconoce, sin embargo, gracias a su Maestro la disfruta y lo hace pensando en el Amor. En el Amor que Yo Soy y represento”.

Y como buen gurú habla de milagros y también de dinero. En varias cartas les aconseja que “el dinero no es una amenaza. Dejen de estar contra el dinero. No tomen el dinero como algo malo. El dinero no tiene la culpa de nada. No es bueno ni malo”. Es común en sus reuniones por el país, luego de sus charlas, que los adeptos ingresen a un cuarto donde hay una urna y depositen lo que deseen. Pero el ‘deseo’ del adepto no es el mismo del maestro, por lo cual si en la urna no esta la cantidad suficiente de dinero, todos volverán a pasar y depositaran nuevamente hasta cumplir con el deseo del maestro. Por otro lado, quienes se instalan en el Ashram de Catamarca trabajaran gratuitamente en la elaboración de sahumerios, velas y adornos que luego son vendidos entre los visitantes.

En mayo del 2003, los devotos de Mar del Plata habían agasajado al avatar y realizando la ceremonia de los Divinos Pies del Loto que consiste en colocar los pies en una vasija rodeada de flores donde le vierten agua con leche, miel u otros ingredientes considerados sagrados. Esa noche el maestro, extrañamente para los presentes, le toco los genitales a varios hombres, situación incomoda pero que se interpreto como un ritual para descargarle los chacras de energía negativas. A uno se lo llevo a un cuarto y se los acaricio con la excusa que tenia un cáncer en los testículos. Al poco tiempo, ese devoto –casado y con tres hijos- fue invitado a instalarse en el Asrham de Catamarca. El hombre, de más de 40 años se fue a vivir con la esperanza de un crecimiento espiritual. Al poco tiempo, el maestro lo invito a dormir en su habitación -costumbre que habitualmente lo hace con otros adeptos varones- y luego de desnudarlo decidió penetrarlo para transmitirle la ‘energía divina’. El adepto decidió negarse y esa misma noche se escapo del Asrham. En Mar del Plata conto lo sucedido y el grupo decidió denunciarlo. Una cadena de mail comenzó a circular entre los devotos del maestro Amor: “Cuidado amigos, es un impostor que cuando puede ejecuta sus torcidos bajos deseos con inocentes victimas que le creen Dios”.

La situación no paso a mayores, porque la mayoría de los adeptos creyeron en la palabra de ‘Dios’, por lo cual el grupo siguió funcionando como si nada hubiera pasado. El periodista Sergio Carreras, del prestigioso diario La Voz del Interior de Córdoba, empezó a recibir denuncias acerca de un personaje que se hacia llamar dios y que había nacido en La Rioja. Luego de una exhaustiva investigación publico en el año 2005 una serie de artículos bajo el titulo ‘Dios atiende en Catamarca’ donde relataba la historia de Ricardo Javier Ocampo, de profesión cantante melódica y devenida en dios autóctono.

Entre los testimonios que denunciaron al maestro Amor llamo la atención el de una cordobesa de nombre Marcela. Ella relata que durante mucho tiempo fue devota del maestro Amor y que un día fue invitaba al Asrham y que decidió llevar a su novio con el que pensaba casarse. Cuando llegaron a Catamarca el gurú les prohibió vivir juntos o tener relaciones sexuales. Acepto para “no abrir una puerta a los espíritus malignos que rondan el templo” como le habían dicho. Con el paso del tiempo su novio comenzó a estar raro. Conto Marcela al diario:

“Mi novio comenzó a tratarme mal. Un día me contó que el Maestro le había dicho que iba a perder algo que apreciaba mucho: la virilidad. Que también le había dicho que iba a abrirle su energía femenina. Otro día me confesó que le gustaban las caricias que le hacía el maestro. Varios de los muchachos que conocí y que fueron a Catamarca durmieron con el Maestro. Algunos me dijeron que habían aprendido a hacer el amor gracias a él. A uno le dijo que tenía cáncer de testículo, para tratarlo. En todo el tiempo que estuve en el Ashram, jamás llevó a dormir con él a mujeres, pero sí a muchos hombres. Otra vez le pidió a uno de los vedas que lo besara, y el chico le dio, sin dudar, un beso apasionado en la boca y todos aplaudieron. Dijo que era porque ese veda podía ver con los ojos de su alma, en cambio a una mujer que no se animó a besarlo le dijo que era porque no había evolucionado y sólo lo veía con los ojos de la carne”.

Las denuncias en La Voz del Interior produjeron un verdadero revuelo. Ricardo Javier Ocampo las ignoró y siguió con su alegre predica:

“Soy un bebe que desea darles la muestra perfecta de la ternura. Soy un niño, que desea ser un espejo de la soltura y la inocencia. Soy un adolescente que desea hacerles perder el miedo a los errados pensamientos sobre todo lo confuso que es esta etapa. Soy ser maduro, que les muestra la firmeza del vivir con una mente ya crecida pero no abatida o aniquilada. Soy un anciano que guarda los más antiguos secretos que jamás imaginarán ustedes que existieron. Soy la mujer que deseas, en cuerpo, mente y alma. El hombre que anhelas te devuelva la luz que otros hombres le robaron a tu alma, la madre que ama profundamente y el padre que dirige su familia con severa y blanda verdad. Soy compinche de mis amigos y cómplice de cualquiera fechoría o injusticia realizada por Mis devotos o seguidores, amigos o enemigos, amantes o enamorados, pues Yo estoy presente siempre sea lo que sea que haga cada uno de todos ustedes. Yo Soy Su abogado y juez. Como abogado les diré a los señores del Karma, la inocencia que se les robo. Y la ignorancia que los llevo a cometer los delitos de los que se los acuse. Y como juez le creeré a ese abogado pues no son dos cosas separadas. Abogado y juez Soy Yo. No teman todo esta brillando y yendo hacia Mis pies”.


Fuente:
www.alfredosilletta.wordpress.com

Concilio de Nicea

Fue convocado por el emperador romano Constantino I, quien acababa de imponer su dominio sobre la totalidad del Imperio Romano después de vencer a Licinio. Previamente, Constantino ya había dado muestras de sus simpatías por el Cristianismo al dictar el Edicto de Milán del año 313, que daba a los cristianos libertad para reunirse y practicar su culto sin miedo a sufrir persecuciones. No obstante, el emperador era consciente de las numerosas divisiones que existían en el seno del Cristianismo, por lo que, siguiendo la recomendación de un sínodo dirigido por Osio de Córdoba en ese mismo año, decidió convocar un concilio ecuménico de obispos en la ciudad de Nicea, donde se encontraba el palacio imperial de verano. El propósito de este concilio debía ser establecer la paz religiosa y construir la unidad de la Iglesia cristiana.

En aquellos momentos, la cuestión principal que dividía a los cristianos era la denominada controversia arriana, es decir, el debate sobre la naturaleza divina de Jesús. Un sector de los cristianos, liderado por el obispo de Alejandría, Alejandro, y su discípulo y sucesor Atanasio, defendía que Jesús tenía una doble naturaleza, humana y divina, y que por tanto Cristo era verdadero Dios y verdadero Hombre; en cambio, otro sector liderado por el presbítero Arrio y por el obispo Eusebio de Nicomedia, afirmaba que Cristo había sido la primera creación de Dios antes del inicio de los tiempos, pero que, habiendo sido creado, no era Dios mismo.

Aunque todos los obispos cristianos del Imperio fueron formalmente convocados a reunirse en Nicea, en realidad asistieron alrededor de 300 (según san Atanasio), o quizá un número ligeramente inferior. La mayoría de los obispos eran orientales, si bien participaron también dos representantes del Papa Silvestre. El concilio fue presidido por Osio de Córdoba. También estuvo presente Arrio y algunos pocos defensores de sus posiciones teológicas. La posición contraria a Arrio fue defendida, entre otros, por Alejandro de Alejandría y su joven colaborador, Atanasio.

Frente a la herejía de Arrio, que negaba la verdadera divinidad de Jesucristo, el Concilio de Nicea (325) fijó la ortodoxia cristiana al definir que el Hijo es “consustancial” con el Padre. Una palabra no bíblica, “consustancial”, es introducida en el Credo para defender, con términos nuevos, la peculiaridad de la fe cristiana, profesada desde los orígenes: Jesucristo es el Hijo encarnado, de la misma sustancia que el Padre, unido esencialmente al Padre. No es una criatura, ni una especie de ser intermedio entre Dios y los seres creados, sino “Dios de Dios y Luz de Luz”. Sólo si Jesucristo es verdadero Dios, nosotros estamos salvados.

El Concilio de Nicea tiene lugar en un momento particularmente significativo, por cuanto estaba cuajando la instauración de un sistema de Iglesia imperial. Un teólogo notable como Eusebio de Cesárea se sentía fascinado por la idea de la convergencia, en los planes de Dios, entre el Cristianismo y el Imperio. La Providencia había guiado los destinos de la historia para hacer coincidir la aparición del Mesías con la paz imperial; la monarquía celeste con la monarquía romana.

El emperador Constantino personificaba, a los ojos de Eusebio, esa feliz coincidencia. Su papel no era meramente político, sino también religioso. Hará falta esperar el genio de San Agustín para que se plantee la adecuada distancia entre la Ciudad terrena y la Ciudad de Dios. En la “Vita Constantini”, Eusebio de Cesárea exagera el papel desempeñado por el Emperador en los concilios y, en concreto, en el Concilio de Nicea. Al emperador le atribuye la tarea de abrir los debates, reconciliar a los adversarios, convencer a unos y doblegar a otros, instando a todos a la concordia. Constantino, según la imagen que de él nos da Eusebio, parece imponerse, incluso en cuestiones doctrinales, sobre los obispos reunidos en el Concilio.

¿Es real esta visión? ¿Puede sostenerse, con argumentos, la idea de que Constantino manipuló el Concilio de Nicea, imponiendo a todos los Obispos, con la finalidad de garantizar la unidad religiosa del Imperio? La realidad se distancia de esta imagen trazada por Eusebio. Es verdad que el Emperador defendió la relación entre la Iglesia y el Imperio; entre el bien del Estado y el bien de la Iglesia, pero su participación en el Concilio de Nicea, aunque destacada, fue mucho menos importante de lo que Eusebio de Cesárea nos quiere hacer creer.

Constantino convocó el Concilio de Nicea con la finalidad de fomentar la unidad y eliminar la herejía. Se sintió obligado a velar por las resoluciones dogmáticas y disciplinares, pero jamás aspiró a suplantar a los Obispos. La intervención imperial la entendía como meramente subsidiaria, puesto que la norma última en cuestiones doctrinales había de ser, como de hecho fue, las tradiciones y los cánones eclesiales y la asistencia del Espíritu Santo a los Obispos. Únicamente si los Obispos no conseguían hacer cumplir las decisiones conciliares, el Emperador estaba dispuesto a intervenir para aplicarlas; jamás para imponerlas él mismo.

Constantino no reclama para sí una supremacía sobre el concilio en cuestiones de fe; prerrogativa que, junto a otras, sí está dispuesto a reconocerle Eusebio, quien convierte al emperador en algo más que un guardián de la Iglesia, viendo en él la cúspide religiosa suprema del mundo visible. Más allá de visiones precipitadas, bien sean polémicas o apologéticas, el estudio serio de las fuentes se presenta, también en este caso, como el único recurso para reconstruir, de modo fiable, el pasado.

Fascismo


Es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo; y propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, denominada cuerpo social, formado por cuerpos intermedios y sus representantes unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad.

Para ello el fascismo inculcaba la obediencia de las masas (idealizadas como protagonistas del régimen) para formar una sola entidad u órgano socio espiritual indivisible. El fascismo utiliza hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder dictatorial en el que se concentra todo el poder con el propósito de conducir en unidad al denominado cuerpo social de la nación.

El fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población.

La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identifica tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.

El proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigista, mientras su base intelectual plantea una sumisión de la razón a la voluntad y la acción, un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas que conduce a la violencia contra los que se definen como enemigos por un eficaz aparato de propaganda, un componente social interclasista, y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas), lo que no impide que habitualmente las corrientes historio graficas marxistas y la ciencia política de extrema izquierda sitúen al fascismo en la extrema derecha y le relacionen con la plutocracia, identificándolo algunas veces como un capitalismo de Estado, o bien lo identifique como una variante chovinista del socialismo de Estado.

Se presenta como una «tercera vía» o «tercera posición» que se opone radicalmente tanto a la democracia liberal en crisis (la forma de gobierno que representaba los valores de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, como Inglaterra, Francia o Estados Unidos, a los que considera «decadentes») como a las ideologías del movimiento obrero tradicional en ascenso (anarquismo o marxismo, este último escindido a su vez entre la socialdemocracia y el comunismo, que desde 1917 tenía como referente al proyecto de Estado socialista que se estaba desarrollando en la Unión Soviética); aunque el número de las ideologías contra las que se afirma es más amplio:

El fascismo tiene sus enemigos agrupados en estos tres frentes: el social-comunista, el demo liberal-masónico y el populismo católico.

El concepto de «régimen fascista» puede aplicarse a algunos regímenes políticos totalitarios o autoritarios de la Europa de entreguerras y a prácticamente todos los que se impusieron por las potencias del Eje durante su ocupación del continente durante la Segunda Guerra Mundial.

De un modo destacado y en primer lugar a la Italia fascista de Benito Mussolini (1922) que inaugura el modelo y acuña el término; seguida por la Alemania del III Reich de Adolf Hitler (1933) que lo lleva a sus últimas consecuencias; y, cerrando el ciclo, la España Nacional de Francisco Franco que se prolonga mucho más tiempo y evoluciona fuera del periodo (desde 1936 hasta 1975). Las diferencias de planteamientos ideológicos y trayectorias históricas entre cada uno de estos regímenes son notables.

Por ejemplo, el fascismo en la Alemania nazi o nacional-socialismo añade un importante componente racista, que sólo es adoptado en un segundo momento y con mucho menor fundamento por el fascismo italiano y el resto de movimientos fascistas o fascistizantes. Para muchos de estos el componente religioso (católico u ortodoxo según el caso) fue mucho más esencial, tanto que Trevor-Roper ha podido definir el término fascismo clerical (entre los que estaría el nacional catolicismo español).

Puede considerarse que el fascismo italiano es un totalitarismo centrado en el Estado:

El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo.

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

Mientras que el nazismo alemán está centrado en la raza identificada con el pueblo (Volk) o Volksgemeinschaft (interpretable como comunidad del pueblo o comunidad de raza, o incluso como expresión del apoyo popular al Partido y al Estado):

«¡Un Pueblo, un Imperio, un Guía!»

También se pueden encontrar elementos del fascismo fuera del período de entreguerras, tanto antes como después. Un claro precedente del fascismo fue la organización Action Française (Acción Francesa, 1898), cuyo principal líder fue Charles Maurras; contaba con un ala juvenil violenta llamada los Camelots du Roi y se sustentaba en una ideología ultranacionalista, reaccionaria, fundamentalista católica (aunque Maurras era agnóstico) y antisemita. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial reaparecieron movimientos políticos minoritarios, en la mayor parte de los casos marginales (denominados neofascistas o neonazis), que reproducen idénticos o similares planteamientos, o que mimetizan su estética y su retórica; a pesar de (o precisamente como reacción a) la intensa demonización a que se sometió a la ideología y a los regímenes fascistas, considerados principales responsables de la guerra que condujo a algunos de los mayores desastres humanos de la historia. En muchos países hay legislaciones que prohíben o limitan su existencia, sus actuaciones (especialmente el denominado delito de odio), su propaganda (especialmente el negacionismo del Holocausto) o la exhibición de sus símbolos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Catecismo de la Iglesia católica


Es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Es uno de los dos catecismos de la Iglesia Universal que han sido redactados en toda la historia, por lo que es considerado como la fuente más confiable sobre aspectos doctrinales básicos de la Iglesia católica. La redacción de este catecismo, junto con la elaboración del nuevo Código de Derecho Canónico, el Código de Derecho de las Iglesias Orientales católicas, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia católica y el Directorio Catequético General representan los documentos más importantes frutos de la renovación iniciada en el Concilio Vaticano II y que se han convertido en textos referenciales sobre la Iglesia católica y documentos trascendentales para la historia de la Iglesia contemporánea.

El Catecismo de la Iglesia católica es un texto de dominio público para la Iglesia Universal, es decir, es un documento que puede ser consultado, citado y estudiado con plena libertad por todos los integrantes de la Iglesia católica para aumentar el conocimiento con respecto a los aspectos fundamentales de la fe. De la misma manera es el texto de referencia oficial para la redacción de los catecismos católicos en todo el mundo.

Como parte de las actividades realizadas por el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Juan Pablo II convocó a una sesión extraordinaria del Sínodo de los obispos el 25 de enero de 1985 para agradecer a Dios y celebrar los enormes frutos espirituales productos del Concilio. Como parte de las conclusiones de ese evento el Sínodo pidió al Papa que se organizara la redacción de un Catecismo de toda la doctrina católica para que fuese punto de partida de todos los catecismos de las Iglesias locales y además fuese instrumento de derecho público para la Iglesia Universal, que expusiera con rigor todos los aspectos de la doctrina, expusiera claramente los principios de la moral y la liturgia; siendo a la vez ameno en su lenguaje y adaptado a los tiempos modernos.

Atendiendo el deseo del Sínodo en 1986 el Papa convocó a una Comisión de doce obispos lideradas por el cardenal Joseph Ratzinger (que se convertiría en el Papa Benedicto XVI) para preparar el proyecto del Catecismo. Esta primera comisión, apoyada por un grupo de otros siete obispos expertos en Teología y Catequesis, fueron nombrados para apoyar a la Comisión.

Ellos abrieron la consulta a toda la Iglesia a través de todos los obispos católicos y los institutos de teología y de catequesis. Durante 6 años se estuvieron revisando las aportaciones de la iglesia mundial, a la par que se iniciaban los trabajos de redacción. Se realizaron nueve versiones del texto, incluyendo las modificaciones de teólogos y expertos de todo el mundo.

Juan Pablo II declaró que se puede decir que el Catecismo es fruto de toda la colaboración del episcopado de la Iglesia católica.

El 11 de octubre de 1992 se publica en francés el Catecismo de la Iglesia católica (CCE) como una exposición oficial de las enseñanzas de la Iglesia, por autoridad del papa Juan Pablo II. En el año de 1993 una nueva comisión, liderada nuevamente por Joseph Ratzinger, se encargó de recibir las numerosas modificaciones recibidas de todo el mundo de esta primera versión con el fin de redactar en latín el texto definitivo, proyecto concluido con la publicación de la versión latina oficial el 15 de agosto de 1997, fruto de una intensa labor de más de diez años donde participaron muchos miembros de la Iglesia Universal.

Miguel Ángel Buonarroti



En Caprese, provincia de Arezzo, nace Miguel Ángel en el año de 1475, en el seno de una familia noble: los Buonarroti. Ya desde pequeño su vocación queda manifiesta, tomando su padre finalmente la decisión de enviarlo a formarse al taller del pintor Domenico Ghirlandaio. Sin embargo, y a pesar de que con dicho maestro su aprendizaje en el campo del dibujo es indiscutible, será en la escuela creada por los Médici en el Jardín de San Marcos donde Miguel Ángel se revele realmente como el gran escultor que llegará a ser.

Es en este ambiente donde va a entrar en contacto por primera vez con el conocimiento de obras legadas por la Antigüedad clásica, resultando éste un factor decisivo en su producción posterior. Pronto despuntará entre sus coetáneos, llamando la atención de Lorenzo de Médici, quien desde este momento y hasta su muerte se convertirá en mecenas y admirador del genio miguel ángel. De esta etapa inicial datan diversos encargos que algunos amigos realizarían al artista, además de lo que habrían sido sus "falsificaciones artísticas".

Es a la muerte de su protector cuando Miguel Ángel inicia verdaderamente su trayectoria profesional, surcada por diversos viajes e importantes encargos. Tras una estancia en Bolonia, donde dejará esculpido un ángel para Santo Domingo de Guzmán y descubrirá el trabajo de Jacobo Della Quercia, regresa nuevamente a Florencia por un breve lapso de tiempo antes de iniciar su primer viaje a Roma. En dicha ciudad, donde permanece en esta ocasión entre los años de 1496 y 1501, va a realizar su famosísima, delicada y perfecta Piedad del Vaticano (obra de la que el artista, ya en vida, se sentía especialmente orgulloso, como demuestra el hecho de que la reconociera con su firma, circunstancia única en su producción).

Pero Miguel Ángel no es tan sólo escultor, acometiendo, por estas fechas asimismo, el encargo realizado por Piero Soderini de decorar con un episodio de la guerra de Pisa parte de la Sala Grande del Consejo de Florencia, en la que ya estaba trabajando Leonardo da Vinci. El cartón de esta obra, maestro de un sinnúmero de posteriores artistas, mostraría ya la tendencia a la dramatización y tensión de los cuerpos que posteriormente se apreciará en su obra pictórica cumbre, la Capilla Sixtina.

Tal era la admiración que entre sus coetáneos levantaba Miguel Ángel que el propio Papa Julio II le convertirá en el responsable de un proyecto de una envergadura colosal, su tumba, encargo que a la postre tan sólo generará disgustos y frustración al artista. La muerte del Papa, el desinterés de sus sucesores en la finalización del mausoleo, la escasez de fondos para llevar a cabo el diseño original o la propia dispersión a la que sometía Julio II con la encomienda de diversos encargos solapados, dieron como resultado que la ejecución de la obra se alargara durante décadas.

Miguel Ángel iniciará los trabajos en la bóveda de la capilla en 1508 y los finalizará en 1512 (posteriormente, en 1534, habiendo recibido el encargo de pintar la pared de la misma, ejecutará un manierista Juicio Final); a pesar de la energía que el genio derrochaba en cada uno de los proyectos que llevaba a cabo, éste en concreto puede dar buena idea de la fortaleza de su carácter, de su capacidad y de su determinación.

Posteriormente a esta segunda etapa romana ya vista, vendría otra florentina (1513-1534), marcada por el mecenazgo de otros dos Papas, León X y Clemente VII, para quienes llevará a cabo obras como la de fachada (no construida) de la iglesia de San Lorenzo, la construcción de la escalera de la biblioteca Laurenciana (1524) o una serie de sepulcros conmemorativos de diversos miembros de la familia Médici.

En su vejez (1546) se hará cargo de otro importante proyecto: la finalización de las obras de la basílica de San Pedro del Vaticano, cuya cúpula se convertirá posteriormente en paradigma a seguir en buena parte del mundo. Básicamente, Miguel ángel tomará el plan trazado por Bramante y lo mejorará visualmente mediante la supresión de las torres laterales y la modificación de perfiles, permitiendo que la cúpula se erija en eje central de la composición.

Cansado de los hombres y desencantado del mundo, estos años marcan el inicio del cambio; a partir de este momento la lozanía y fortaleza de sus composiciones deriva en un misticismo desgarrado, que sin embargo para muchos dará como resultado algunas de sus mejores obras. Es su última época en Roma, adonde llegará en el año de 1534, permaneciendo hasta su muerte.

También son los años de su platónica relación con Vittoria Coonna, cuya amistad reforzará esa tendencia a la espiritualidad apreciable en su producción última. Terribles y absolutamente precursoras son sus Deposiciones de estos años (en las mismas se puede apreciar claramente la idea repetida hasta la saciedad, aunque no por ello menos cierta, de la capacidad de Miguel Ángel de "extraer vida de la piedra"), ejemplo clásico de las cuales ha de señalarse la Piedad Rondanini.

martes, 1 de mayo de 2012

El Pentágono del Diablo

Muchas personas consideran que el Triángulo de las Bermudas sencillamente no existe. Que se trata, en el mejor de los casos, de un invento febril destinado a cautivar a aburridos lectores domingueros. Algo así como un cuento de brujas. 
 
Sin embargo, curiosamente, como haciendo referencia al conocido dicho popular que reza: "las brujas no existen... pero que las hay... las hay", la Guardia Costera de los Estados Unidos (que no cree en el Triángulo, como tampoco cree en las brujas), en un impreso del Séptimo Distrito del servicio -archivado como Registro 5720-, informa: " El Triángulo de las Bermudas o del Diablo, es una zona imaginaria situada frente a la costa atlántica sudoriental de los Estados Unidos, que es conocida por la alta proporción de pérdidas inexplicables de barcos, pequeños botes y aviones. Los vértices generalmente aceptados del Triángulo son las Bermudas, Miami (Florida) y San Juan (Puerto Rico)."
 
Se dice a menudo que si el individuo en cuestión tiene bigotes de gato, orejas de gato y cola de gato es (sin duda)... un gato. De modo que si un registro oficial reconoce la existencia de "pérdidas inexplicables", y al mismo tiempo pretende dar a entender que el lugar de los hechos no existe, no necesita uno tener el gran olfato de un sabueso para darse cuenta de que hay aquí, por lo tanto, un gato encerrado.
 
El problema de hallar una solución al enigma de las desapariciones en el Triángulo  se ciñe a la necesidad de establecer la relación causa-efecto que mejor se adecue, si no a todos, al menos a la mayoría de los casos. De hecho, se ha hablado hasta el cansancio de, por ejemplo, el accionar de ovnis, de agujeros dimensionales y desgarros del tiempo, y también de los arrecifes y de grandes marejadas repentinas o trombas marinas muy comunes; e incluso de las turbulencias de aire claro que pueden destruir a un avión... y un prolongado etcétera.
 
Pero, en cualquier caso, quienes más tiempo han invertido en el estudio del fenómeno se muestran reacios a la hora de aceptar explicaciones empapadas de convencionalismos, y aunque esto no implique renunciar a un análisis lógico del problema, sí conlleva la necesidad de un replanteo acerca de qué tipo de fuerzas de la Naturaleza se desatan súbitamente en la zona para dar cabida a las notorias anomalías magnéticas que, en un visto y no visto, afectan a los instrumentos de navegación de barcos y aviones y tornan el cielo, momentos antes limpio, en un escenario espectral.
 
Probablemente, durante las incontables horas en busca de una respuesta convincente, muchos hayan bebido litros de café, o té. Y tal vez, quienes tengan predilección por esta última infusión acostumbren jugar revolviendo rápidamente el líquido con una cuchara para distraerse observando cómo los minúsculos trocitos de hojas culminan su vertiginoso giro concentrándose en el fondo de la taza.
 
Esta simple distracción cotidiana encierra un hecho físico si se quiere enigmático. Los trozos de té se juntan en el centro y, no obstante, según se desprende de las leyes de la física clásica, lo que deberían hacer es desbandarse por la acción de la fuerza centrífuga.
 
¿Cuál es la explicación del enigma? En opinión de Albert Einstein, según consta en un informe de su autoría presentado ante la Academia de Ciencias de Prusia en 1926, el fenómeno guarda relación con los flujos formados en el líquido en rotación, cuya velocidad angular en la parte inferior del embudo que se forma es mucho menor que en la parte superior, lo que ocasiona allí una notable reducción de la fuerza centrífuga hasta límites casi imperceptibles. En otras palabras, cuando hacemos girar un líquido en un recipiente, tal líquido sube hasta el borde y baja en el centro dando lugar a las diferencias de las velocidades angulares. Ahora bien, esta explicación, aceptada casi sin discusión al amparo de la merecida autoridad de Einstein, ha sido puesta en tela de juicio por ulteriores comprobaciones experimentales que bien podrían echar luz sobre los desusados acontecimientos registrados en el Triángulo de las Bermudas.
 
En efecto, en 1976, un tal Nikolai Koroviakov, un sencillo mecánico y a la sazón jefe del departamento de armas deportivas de la Armería de Tula (de la entonces Unión Soviética), construyó un recipiente -similar a un vaso-, cuyo fondo fue fijado a un eje de rotación. Luego lo llenó de agua con trocitos de té hasta el borde mismo, y lo cerró con una tapa transparente. Acto seguido, hizo girar el recipiente sobre su eje logrando la inmediata dispersión de los trocitos de té por las paredes. Lo detuvo, y el té se centralizó en el fondo.
 
Aparentemente, salvo un pequeño detalle, todo respondía al marco expuesto por Einstein. Y sin embargo, el punto a tener en cuenta es que en el recipiente hermético de Koroviakov el agua no tenía adónde subir o bajar: no existía de hecho en éste ese flujo al que aludía el genio alemán, puesto que la velocidad era allí igual en todos lados. Y a pesar de ello, los trocitos de té acababan unidos en el centro del fondo...
 
Incógnita mediante, Koroviakov pasó a repetir la experiencia con alguna variante. Cambió los trozos de té por unas esferas plásticas de diferente peso y color, al tiempo que, perfeccionando el recipiente original, fabricó un "trompo hidrodinámico" (que patentó como "Instrumento para demostrar fenómenos hidrodinámicos"). Y el resultado puso entonces en evidencia ciertas particularidades aun más llamativas. En una constante que se repitió sin variantes, al frenar la rotación del "trompo hidrodinámico" las partículas plásticas se juntaban en el centro, las más pesadas en primer lugar seguidas por las más livianas, pero, extrañamente, siempre culminaban dándole forma a una especie de pentágono.
 
Para el mecánico ruso, esto no podía ser fruto de la casualidad. Y se convenció cuando, otro hecho singular se sumó: durante el transcurso del día, el pentágono giraba lentamente, desplazándose en dirección contraria a la de la rotación de la Tierra. Con lo cual, Koroviakov no tardó en comprender qué estaba ocurriendo. En rigor, su trompo estaba respondiendo a las fuerzas que determinan la rotación de nuestro planeta en torno al Sol y, en consecuencia, a la interacción de ambos cuerpos celestes. Así, en perfecta analogía, el recipiente experimental y nuestro mundo se identificaban. Mientras la corteza de la Tierra se asimila a una envoltura cerrada como en el instrumento de Koroviakov, su interior, en el cual el núcleo sólido flota en el magma líquido, se parece al líquido y partículas contenidos en él. Por consiguiente, sería lícito suponer que también el magma terrestre podría estar moviéndose bajo la corteza de igual manera, dando lugar así a la misma forma pentagonal obtenida repetidamente  en el trompo.
 
Ahora bien, ¿qué derivaciones surgen de esto en caso de comprobarse como cierto? Para entenderlo debemos partir de la base de que el desplazamiento del magma y del núcleo generan fuertes flujos magnéticos que bien pueden ser causa de diversos cataclismos naturales. En tal sentido, hemos de considerar que datos suministrados por la NASA, indicaron que las mediciones efectuadas con un altímetro de radar de alta frecuencia detectaron  que el fondo oceánico en el Triángulo de las Bermudas se hallaba a unos veinticinco metros por debajo del nivel normal.
 
Y si a ello le sumamos la existencia de otras cuatro zonas donde se dan las mismas anomalías, las cuales se encuentran bajo el mismo ángulo las unas con relación a las otras, el enigma parece ir cediendo posiciones. Especialmente si, como sostiene Koroviakov, uniendo con una línea las cinco zonas anómalas se obtiene finalmente un pentágono que respeta con absoluta fidelidad la forma en que estaría ubicado el magma bajo la corteza terrestre, lo cual, conduciría a una explicación de las perturbaciones magnéticas por la mera coincidencia entre tales zonas y los puntos de máxima actividad del magma.

El Movimiento Millerista


El Millerismo o Movimiento Millerista, fundado por William Miller, fue un predicador laico metodista, masón, militar, agricultor y jefe cívico, en el este de Nueva York. Estudiante de la historia y la profecía bíblica, a partir de sus estudios comenzó a predicar en 1831 el inminente segundo advenimiento de Cristo.

Entre sus descendientes espirituales directos existen varias denominaciones religiosas, incluyendo la Iglesia Adventista del Séptimo Día y movimientos posteriores que se fundaron con la inspiración directa del énfasis de Miller en la profecía bíblica, incluyendo el Movimiento de Estudiantes de la Biblia ó Russellitas, actualmente conocidos como los Testigos de Jehová.

A través de su conocimiento de la historia, Miller se dio cuenta que los eventos descritos en el libro de Daniel capítulos 2 y 7 correspondían a eventos históricos. Cierto día, al estudiar Daniel 8:14 llegó a estar convencido de que la "purificación" de la que hablaba el profeta se trataba del regreso de Cristo para purificar la Iglesia. Ocupando un razonamiento de "sentido común cristiano" (tal como el principio de interpretación profética de día por año, a las profecías de Daniel y Apocalipsis) interpretó la profecía de "los 2300 días" de Daniel 8:14 concluyendo que la segunda venida de Cristo ocurriría "alrededor del año 1843."

El movimiento Millerista culminó con el "movimiento del séptimo mes", que enseñaba que el "ministerio sacerdotal de Cristo" culminaría con la purificación de la tierra, estableciendo la segunda venida de Cristo en o antes del 22 de octubre de 1844, coincidiendo con un Yom Kippur. Como Cristo no regresó en esa fecha, el episodio se llegó a conocer como "El Gran Chasco", o la "Gran Decepción"

Un pequeño grupo de Milleristas creía que sus cálculos habían sido correctos, pero que su comprensión de la purificación del santuario era equivocada, y comenzaron a enseñar que otra cosa había sucedido en 1844. Su estudio de la Biblia los llevó a la convicción de que en esa fecha Jesús había entrado al "Lugar Santísimo" del santuario celestial, y había comenzado un "juicio investigador" del mundo: un proceso a través del cual ocurre una examinación de los registros celestiales para "determinar quiénes, a través del arrepentimiento de sus pecados y la fe en Cristo, están en condiciones de recibir los beneficios de la expiación", luego del cual Jesús regresará a la tierra.

A pesar de la urgencia de sus partidarios, Miller nunca fijó una fecha exacta para la Segunda Venida. Sin embargo, en respuesta a sus peticiones, redujo el período a algún día dentro del calendario Hebreo comenzando en el año gregoriano de 1843, registrando: "Mis principios en breve, son, que Jesucristo vendrá otra vez a esta tierra, limpiará, purificará, y tomará posesión del mismo, con todos los santos, en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844”.

El 21 de marzo de 1844 pasó sin incidentes, algunas discusiones y estudios posteriores resultaron en la pronta adopción de una nueva fecha: 18 de abril de 1844, basado en la interpretación del Calendario hebreo (opuesta al calendario rabínico). Como en la fecha pasada, el 18 de abril pasó sin el retorno de Cristo. Miller respondió públicamente, escribiendo: "Confieso mi error y reconozco mi decepción; pero aún creo que el día del Señor está cerca, casi a la puerta".

El 22 de octubre y el amanecer del 23 de octubre, se convirtieron en la gran decepción de los Milleristas. Hiram Edson registró que "Nuestras más profundas esperanzas y expectativas fueron destrozadas, y un espíritu de angustia vino sobre nosotros como nunca antes había experimentado... lloramos y lloramos hasta el atardecer." Después de la “Gran Decepción” muchos Milleristas simplemente renunciaron a sus creencias. Algunos no lo hicieron y proliferaron puntos de vista y explicaciones. Miller inicialmente parecía creer que la Segunda Venida de Cristo aún iba a tener lugar, que "el año de expectativa estaba de acuerdo a la profecía; pero... que debía de haber algún error en la cronología de la Biblia, que provenía de algún error humano, que podría haber desechado alguna fecha y que esto de alguna forma contará para la discrepancia." Miller nunca renunció a su creencia en la Segunda Venida de Cristo. Murió el 20 de diciembre de 1849, aún convencido que la Segunda Venida era inminente.