miércoles, 10 de julio de 2019

BUNO EL DEMONIO MUDO

Pocos grimorios antiguos y libros prohibidos de la Edad Media reparan en él. BUNO, así se llama nuestro demonio de hoy, fue asimilado a los cultos tártaros mongoles que Europa conoció, y padeció, a través de su paso por Turquía. Algunos tratados demonológicos prefieren ver a este demonio a un desconcertante enviado del Tártaro: el sótano del infierno de la mitología griega, donde, según Homero, habitaban los héroes y los dioses vencidos, y que para Virgilio era la casa de las Furias, Erinias y Euménides.

Una confirmación de las funciones de intermediario o mensajero de BUNO aparece en un artículo de la Enciclopedia Británica, donde se nos informa que la palabra Tártaro, en la Estambul de los siglos XVII y XVIII, aludía coloquialmente a los carteros. Para completar la ambigüedad que rodea al pobre demonio, podemos añadir que es mudo y que se comunica utilizando un lenguaje de por señas. Paradójicamente, su afasia no le impidió convertirse en protector de leguleyos, rapsodas, y oradores, ya que se caracteriza por otorgar a sus devotos el don de la elocuencia.

¿A QUIÉN DEBEMOS AMAR?


Comentario Bíblico
Del Evangelio de Lucas (10,25-37)

La primera lectura está tomada de uno de los libros que más ha influido en la vida y en la teología del pueblo del Antiguo Testamento, el Deuteromonio (30,10-14). Fue un libro que se escribió para catequizar; la “leyenda” admite que en momentos determinados y de dificultades se escondió en el templo de Jerusalén y que apareció después de muchos años, lo que motivó una reforma religiosa en tiempo de rey Josías (cf 2Re 22,3-4ss), cuando vivía el profeta Jeremías.

El texto es de los más densos, profundos y expresivos. Los sabios siempre habían comparado la ley de Dios a la Sabiduría, y ésta se consideraba inaccesible. En esta exhortación se quiere poner de manifiesto que aquello que Dios quiere para su pueblo y para cada uno de nosotros es muy fácil de entender, con objeto de que se pueda llevar a la práctica. Lo que Dios quiere que hagamos no hay que ir a buscarlo más allá del cielo o a las profundidades del mar: lo bueno, lo hermoso, lo justo, es algo que debe estar en nuestro corazón, debe nacer de nosotros mismos.

La carta a los Colosenses nos ofrece un himno cristológico de resonancias inigualables: Cristo es la imagen de Dios, pero es criatura como nosotros también. Lo más profundo de Dios, lo más misterioso, se nos hace accesible por medio de Cristo. Y así, Él es el “primogénito de entre los muertos”, lo que significa que nos espera a nosotros lo que a Él. Si a Él, criatura, Dios lo ha resucitado de entre los muertos, también a nosotros se nos dará la vida que Él tiene.

Entre las afirmaciones o títulos sobre Cristo que podrían parecernos alejadas de nuestra cultura y de nuestra mentalidad, podemos escuchar y cantar este “himno” como una alabanza al “primado” de Cristo en todo. Para los cristianos ello no debe ser extraño, porque nuestra religión, nuestro acceso a Dios, está fundamentada en Cristo. Puede que, en el trasfondo, se sugiera alguna polémica para afirmar la “plenitud” de todas las cosas en Cristo. Pero este canto es como un grito necesario, porque hoy, más que nunca, podemos seguir afirmando que Cristo es el “salvador” del cosmos.

En Lucas (10,25-37): encontramos una de las narraciones más majestuosas de todo el Nuevo Testamento y del evangelio de Lucas. Una narración que solamente ha podido salir de los labios de Jesús. El escriba quiere asegurarse la vida eterna, la salvación, y quiere que Jesús le puntualice exactamente qué es lo que debe hacer para ello. Quiere una respuesta “jurídica” que le complazca. Pero los profetas no suelen entrar en esos diálogos imposibles e inhumanos.

Ya la tradición cristiana nos puso de manifiesto que Jesús había definido que la ley se resumía en amar a Dios y al prójimo en una misma experiencia de amor (cf Mc 12,28ss). No es distinto el amor a Dios del amor al prójimo, aunque Dios sea Dios y nosotros criaturas. Pero el escriba, que tenía una concepción de la ley demasiado legalista, quiere precisar lo que no se puede precisar: ¿quién es mi prójimo, el que debo amar en concreto? Aquí es donde la parábola comienza a convertirse en contradicción de una mentalidad absurda y puritana.

Dos personajes, sacerdote y levita, pasan de lejos cuando ven a un hombre medio muerto. Quizás venían del oficio, quizás no querían contaminarse con alguien que podía estar muerto, ya que ellos podrían venir de ofrecer un culto muy sagrado a Dios. ¿Era esto posible? Probablemente sí (es una de las explicaciones válidas).

Pero eso no podía ser voluntad de Dios, sino tradición añeja y cerrada, intereses de clase y de religión. Entonces aparece un personaje que es casi siniestro (estamos en territorio judío), un samaritano, un hereje, un maldito de la ley. Éste no tiene reparos, ni normas, ha visto a alguien que lo necesita y se dedica a darle vida. Mi prójimo -piensa Jesús-, el inventor de la parábola, es quien me necesita; pero más aún, lo importante no es saber quién es mi prójimo, sino si yo soy prójimo de quien me necesita. Jesús, con el samaritano, está describiendo a Dios mismo y a nadie más. Lo cuida, lo cura, lo lleva a la posada y la asegura un futuro.

Una religión que deja al hombre en su muerte, no es una religión verdadera (la del sacerdote y el levita); la religión verdadera es aquella que da vida, como hace el Dios-samaritano. Nuestro Dios es como el “hereje” samaritano que no le importa ser alguien que rompa las leyes de pureza o de culto religiosas con tal de mostrar amor a alguien que lo necesita. La parábola no solamente hablaba de una solidaridad humana, sino de la praxis del amor de Dios. Fue creada, sin duda, para hablar a los "escribas" de Israel del comportamiento heterodoxo de Dios, el cual no se pregunta a quién tiene que amar, sino que quiere salvar a todos y ofrecerles un futuro.

Fuente:

LA LEYENDA DE LA MONJA DEL VASO

La Monja del Vaso con Agua, llamada simplemente La Monja del Vaso o también, La Monja del San Juan de Dios, es un fantasma legendario del folclore costarricense que, según la leyenda, se pasea por los pasillos del Hospital San Juan de Dios en San José, el hospital más antiguo de Costa Rica.

Se cuenta que hubo una mujer que sus padres la obligaron a tomar los votos aun cuando ella no estaba de acuerdo, dando como resultado que ella no realizara de buena fe las cosas que comúnmente realiza una monja. Ella pertenecía a la orden de Las Hermanas de la Caridad, una congregación religiosa católica femenina dedicada al servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos.

Estas religiosas usaban un atuendo que se caracterizaba por un sombrero blanco de alas, cuya forma recuerda un barco de papel. El hospital, a su vez, y a pesar de los cambios de la modernidad, ha conservado gran parte de sus viejos pasillos y salones originales, lo que ha contribuido, con el pasar de los años, a que la leyenda permanezca vigente, como sucede con muchas construcciones antiguas alrededor del mundo donde las personas que las habitaron tuvieron algún tipo de sufrimiento físico y fallecieron.

Aquí tenia el cargo de cuidar o dar consuelo a todos aquellas personas que se encontraban desahuciados. Pero el trato que ofrece la monja a los pacientes era malo, ya que tardaba demasiado tiempo en cumplir con sus actividades, pero lo peor de esta historia es que los pacientes en sus últimos días de vida pasaban rogando por su ayuda. Incluso un día una persona le rogó para aliviar el sufrimiento que estaba pasando en los últimos días, pero la monja rotundamente se negó a cumplir el último deseo del moribundo, razón por la cual quedó maldita y su espectro, desde entonces, se pasea por las noches por los pasillos del viejo hospital.

Muchas personas aseguran que el hombre que pidió su ayuda era Jesucristo, quien realizó ese acto para probar la dureza del corazón de la monja; aunque también muchos afirman que era solo una persona que vivía sus últimos días. Pero esto no es seguro, pero eso sí, el hombre en poco tiempo murió, por lo que la monja quedó con muchos remordimientos que no la dejaban dormir, y que en pocos meses la llevaron a la muerte sin tener la oportunidad de arrepentirse.

La leyenda cuenta que después de todos estos sucesos extraños la mujer con vestidura de monja aparece en el pabellón donde se encontraban los enfermos más graves del hospital de San Juan de Dios, pero siempre lleva en sus manos un vaso de agua. Recorre todos los corredores que comunican con las habitaciones de los enfermos con el vaso lleno de agua, se dice que aquellos que beben del vaso, sanan milagrosamente, mientras que otras versiones dicen que, ante el miedo que la aparición produce, nadie acepta el vaso, por lo que el alma de la monja no puede descansar.

EL TRÁGICO DESTINO DE NUESTROS PRÓCERES DE LA INDEPENDENCIA


Aquel Congreso de 1816 reunió a los más intelectuales del ex virreinato del Río de la Plata. Basta afirmar que de los 29 que suscribieron el acta del 9 de julio, 12 eran sacerdotes, 19 abogados y todos egresados de las universidades del Alto Perú, Córdoba, Chile y España. De ellos, 15 fueron encarcelados o debieron exiliarse para evitar sanciones.

Estos hombres declararon la independencia en un momento realmente dramático de nuestra historia. La derrota de Sipe Sipe y la amenaza de una invasión española desde el norte o lusitana desde la Banda Oriental ponían en peligro el movimiento libertario iniciado en 1810. Sin embargo, los congresales estaban convencidos de que debían dar este paso para convertir una guerra civil entre españoles y criollos en una guerra entre naciones, y de esta forma evitar las sanciones que implicaban los crímenes de traición y lesa majestad, severamente sancionados por la Corona española. Por esa razón, el 9 de julio juraron la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Los otros fines para los que habían sido convocados al Congreso, como dictar una Constitución y proponer una forma de gobierno, demoraron años en concretarse. El rechazo a la Constitución del 19, por ser unitaria y de tendencia monárquica, les ocasionó a estos diputados innumerables inconvenientes, como la prisión o el exilio. Tal fue el desencanto que hacia 1820, en un artículo de El Argos, el editor se preguntaba qué “persona de bien e ilustrada se atrevería a ejercer alguna función pública, ya que casi todos habían sido castigados”. Las vicisitudes sufridas por algunos diputados que declararon nuestra independencia son una parte de la historia que no suele relatarse en los libros.

El presbítero Manuel Antonio Acevedo, nacido en Salta pero representante de Catamarca, fue el encargado de pronunciar el sermón de apertura de sesiones. Sin embargo, esta distinción no fue obstáculo para ser encarcelado en el tumultuoso 1820 por haber votado la Constitución unitaria del 19. José Ignacio de Gorriti suele ser confundido con su hermano Juan Ignacio, el célebre canónigo. José Ignacio fue el único militar que asistió al juramento del 9 de julio, pero lo hizo en su carácter de abogado. Curiosamente, la iconografía de la independencia, insiste en incluir militares en el evento, cuando solo Gorriti lo era y no queda constancia de que haya asistido vistiendo su uniforme.

En esas mismas ilustraciones escasean los prelados cuando eran una docena. ¿Fue acaso un mensaje subliminal a las próxima generaciones? Si el Congreso tenía una finalidad legislativa, incorporar a individuos que desconocían las leyes tenía poco sentido. Gorriti fue gobernador de Salta, pero cuando su provincia fue invadida por Quiroga, debió exiliarse y murió en Charcas, donde su hija, Juana Gorriti, la conocida escritora, se casó con Manuel Isidoro Belzú, presidente de Bolivia.

Pedro León Gallo era un sacerdote oriundo de Santiago del Estero, provincia a la que representó en 1816. Después del congreso fue un dilecto colaborador del gobernador Ibarra, circunstancia que le acarreó problemas cuando los hermanos Taboada se hicieron cargo de la provincia. Intentó huir a Tucumán pero fue apresado y sometido a tormento. Murió en esa ciudad en 1852.

Tomás Godoy Cruz también se vio envuelto en las guerras civiles que asolaron al país desde 1828. Después de la batalla de Rodeo de Chacón, cuando los federales se hicieron del poder en Mendoza, Godoy Cruz se exilió en Chile y todos sus bienes fueron confiscados. Sin embargo, el fraile Aldao le permitió volver a su provincia con tal de promover las industrias locales, especialmente la del gusano de seda, tema sobre el que el Don Juan Godoy Cruz había escrito un tratado.

Antonio Sáenz, doctor en teología y leyes, fue el primer rector de la Universidad de Buenos Aires, pero, antes de acceder a ese nombramiento académico, debió ocultarse por un tiempo, ya que le fue advertido que las autoridades lo estaban buscando para apresarlo por firmar la Constitución del 19. Teodoro Sánchez de Bustamante tuvo menos suerte que Sáenz: fue apresado en 1820. Años más tarde, después de ser gobernador de Salta, debió huir a Bolivia, donde falleció.
José Serrano se trasladó a Buenos Aires junto a los otros congresales para dictar la Constitución, pero en 1819 fue enviado junto a Marcos Balcarce en misión secreta. Interceptado por las tropas de Pancho Ramírez, fue liberado después de una serie de penurias.

Fray Justo Santa María de Oro debió desterrarse a Chile por los graves conflictos suscitados en su provincia. Estando en el país trasandino, se lo creyó implicado en un movimiento reaccionario a favor de O'Higgins. En esa oportunidad fue deportado a la isla Juan Fernández, la misma en la que el náufrago Alexander Selkirk vivió las peripecias que dieron lugar al relato de Robinson Crusoe por Daniel Defoe. Curiosamente, quien introdujo este libro en el virreinato fue un colega del Congreso de 1819, Tomás Anchorena.

Viene al caso aclarar que algunos autores cuentan a 17 prelados como firmantes del acta de independencia, pero algunos, como Loria, tomaron los hábitos años más tarde. Miguel Calixto del Corro no asistió a la firma por haber sido enviado a una misión con Artigas y Luis José de Chorroarín, Felipe Antonio de Iriarte y el Dean Funes se sumaron al Congreso después de la firma del acta del 9 de julio.

Pedro Ignacio Rivera fue otro de los diputados encarcelados en 1819. Sin embargo, se desconoce el lugar donde fue enterrado. José Eusebio Colombres se vio obligado a refugiarse en Bolivia después de la muerte de Marco Avellaneda y el fracaso de la Liga del Norte. Volvió a Tucumán, su provincia natal, donde se dedicó a la industria azucarera, aunque nuevamente fue hostigado por los Rosistas. No obstante, cuando Quiroga entró a Tucumán, puso guardias para custodiar su hogar.

Pedro Castro Barros fue tomado prisionero a la caída del general Paz y conducido a Santa Fe por las tropas de López. De allí fue trasladado a Buenos Aires, donde sufrió un simulacro de fusilamiento. Después de este penoso episodio emigró a Uruguay. Al ser rechazado como vicario general decidió irse a Chile, donde murió, en 1849. Pedro Uriarte también fue encarcelado en 1820 y liberado a instancias del gobernador Ramos Mejía, en 1820.

Juan José Paso, a pesar de su larga carrera política, fue apresado brevemente en 1820. Después de este episodio su actuación pública se limitó y decidió ingresar en las órdenes franciscanas terciarias. Fue enterrado en la Recoleta vistiendo un sayo de la orden. Por último, los dos representantes cuyanos, Juan Agustín Maza y Narciso Laprida, ambos compañeros de estudio en la Universidad de Chile, fueron convocados para el Congreso de Tucumán pero separados por sus diferentes inclinaciones políticas.

Juan Agustín Maza era federal y allegado al gobernador Corbalán. Ante la amenaza de las tropas de Paz, Maza abandonó la ciudad de Mendoza y se refugió junto a un grupo de federales en las tolderías del Cacique Coleta, quien los traicionó en forma aviesa. Maza murió en la llamada "Masacre de Chacay". En cambio Laprida adhirió a la causa unitaria y junto a Domingo Faustino Sarmiento se enroló en las tropas que pelearon contra los hombres del fraile Aldao en la batalla del Pilar, en Mendoza. La suerte les fue adversa a los unitarios. Sarmiento logró escapar y al pasar a Chile, en la pared de una choza de "El Zonda", escribió "Las ideas no se matan".

Narciso Laprida, en cambio, corrió peor suerte. Algunos dicen que fue emparedado en una vieja casona, y otros, que fue enterrado vivo por las hordas de Aldao. Desde entonces se barajaron las versiones más terribles sobre esa tarde de "balas y polvo en el viento" cuando los argentinos descubrimos que nos une el espanto.

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LA INDEPENDENCIA ARGENTINA

Muchos, como Moreno o Belgrano, ya tempranamente quisieron declarar la independencia, dándonos un himno, la bandera, la escarapela, una moneda propia y enfrentando sin claudicaciones a los realistas en toda la geografía de las colonias españolas.

Pero la situación Europea influye e influyó siempre en nuestros políticos, en muchos casos por cuestiones lógicas, pues la diplomacia internacional sigue el ritmo de sus propios intereses. En 1815 Napoleón fue vencido, y en nuestras tierras muchos pensaron que los reyes que volvían victoriosos a sus tronos jamás aceptarían desmembrar su imperio.

Por otra parte, las otras potencias no arriesgarían sus relaciones diplomáticas legitimando una nueva república con aires democráticos, algo para nada de moda entonces. El rey Fernando VII retomó su corona y quiso con todo vigor recuperar sus colonias americanas. Hasta febrero de 1816 logró en parte su propósito. Uno a uno fueron cayeron los gobiernos revolucionarios de México, Venezuela y Chile.

Los sueños independentistas parecían evaporarse. Pero quedaba un escollo, que pronto se convirtió en una obsesión: el plan de liberación de José de San Martín. Entonces los realistas decidieron avanzar sobre las provincias del norte argentino, para entorpecer los preparativos del Libertador y matar de raíz el problema.

En ese momento, San Martín había logrado que lo nombraran gobernador de Cuyo. Organizó el Ejército de Los Andes con el propósito de recuperar Chile. Y luego, desde allí realizar un ataque combinado por tierra y mar a Perú, sede del Virrey de Nueva Castilla y principal foco realista en Sudamérica. 

En ese entonces, la palabra independencia tardó tres o cuatro años en incorporarse al vocabulario revolucionario en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Más bien se hablaba de libertad y el concepto de emancipación se reservaba para una etapa posterior, cuando las armas patriotas alejaran el peligro de una derrota. Ese momento para San Martín era inminente.

La situación política desde mayo de 1810, a julio de 1816 cuando se declaró la independencia distó mucho de ser estable. Tuvimos a la Primera Junta, la Junta Grande, dos triunviratos, y, para la época de la Declaración de Tucumán, un Directorio, creado en enero de 1814 por la Asamblea General Constituyente, conocida históricamente como Asamblea del Año XIII. 

El Directorio duró hasta 1820 como forma de gobierno. En el interín el Director Ignacio Álvarez Thomas convocó al Congreso Nacional General Constituyente a reunirse en Tucumán, que, como su nombre indica, tenía entre sus objetivos dotarnos de una constitución nacional. Juan Martín de Pueyrredón era diputado por San Luis, pero el Congreso lo designó Director Supremo.

Intrigas, traiciones, cambios de rumbo que dieron o sufrieron las políticas de los distintos directores, que provocaban escozor en patriotas como San Martín o Belgrano que veían a los doctores disputarse las parcelas de poder mientras aún no se había vencido a los españoles ni asegurado la independencia. Mientras sesionaba en Tucumán el Congreso, desde Cuyo, San Martín le escribía a Godoy Cruz, el congresal por Mendoza: 

"¿Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? Es ridículo acuñar moneda, tener el pabellón y escarapela nacional y, por último, hacer la guerra al Soberano de quien se dice dependemos, y permanecer a pupilo de los enemigos".

Mientras, se desgañitaban por darnos una forma de gobierno.  El Congreso resolvió que el único sistema posible en ese momento era el monárquico constitucional. Sí, aunque no lo crean, una cantidad importante de políticos y militares entendían que lo único que los europeos aceptarían para legitimar un gobierno independiente local, sería un rey. Así que se las vieron de maravillas para pensar quién podría ser ese Rey de Argentina.

Esta conclusión respondía tanto a la decisión de las potencias europeas de monarquizarlo todo como a la necesidad de unir a los pueblos sudamericanos a través de la figura de una figura fuerte y centralizadora. Por ejemplo, Belgrano sostuvo que la Revolución Americana había perdido prestigio y toda posibilidad de apoyo europeo y que: 

"Había acaecido una mutación completa de ideas en Europa en lo respectivo a la forma de gobierno. Que como el espíritu general de las naciones, en años anteriores, era republicarlo todo, en el día se trataba de monarquizarlo todo” Y por ello, nuestro creador de la bandera, postuló que "en su concepto la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada; llamando la dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta Casa tan inicuamente despojada del trono". 

Hoy inquieta nuestra imaginación el pensar que se hubiese restaurado a los Incas como gobernantes. El Congreso debatió el tema los días varios día y finalmente, rechazó terminantemente tanto a la dinastía incaica como al régimen federal. En medio de estos debates, y bajo la influencia de San Martín, el 9 de julio de 1816, el Congreso de Tucumán resolvió tratar la Declaración de la Independencia. Presidía la sesión el diputado por San Juan, Juan Francisco Narciso de Laprida. El secretario Juan José Paso, leyó la propuesta y preguntó a los congresales si: 

"Querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli". 

Los diputados aprobaron por aclamación y luego, uno a uno expresaron su voto afirmativo. Acto seguido, firmaron el Acta de la Independencia el 9 de julio de 1816… El 19 de julio, en sesión pública, quedó acordada la fórmula del juramento que debían prestar los diputados y las instituciones: 

"¿Juráis por Dios Nuestro Señor y esta señal de cruz, promover y defender la libertad de las provincias unidas en Sud América, y su independencia del Rey de España, Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y toda otra dominación extranjera ? ¿Juráis a Dios Nuestro Señor y prometéis a la patria, el sostén de estos derechos hasta con la vida, haberes y fama? Si así lo hiciereis Dios os ayude, y si no, El y la Patria os hagan cargo".

El 21 de julio la Independencia fue jurada en la sala de sesiones por los miembros del Congreso, en presencia del gobernador, el general Belgrano, el clero, las comunidades religiosas y demás corporaciones. En los papeles, éramos libres. Los libertadores San Martín y Bolívar, sellarán en los campos de batalla la independencia real para Sudamérica.

miércoles, 3 de julio de 2019

NUESTRA SEÑORA DE ITATI


La imagen de Nuestra Señora de Itatí, “la Reina de la Civilización en la Cuenca del Plata”, es una de las imágenes marianas más celebres y antiguas de la República Argentina. Su santuario data de los comienzos de la época colonial. Se levanta en el pueblo de Itatí. A orillas del Alto Paraná y a 70 km. de la ciudad de Corrientes. La veneración a Nuestra Señora de Itatí ha sido ininterrumpido desde 1616. Pero antes en 1528, Sebastián Gaboto, explorando el Alto Paraná, desembarcó en un puerto al que dio el nombre de Santa Ana. Allí cerca se levantaba un caserío llamado Casas da Yaguarón, nombre del cacique del distrito. Algunos de los miembros de la expedición exploraron la Laguna Iberá, a la que denominaron también Santa Ana.

María tomó, tomo desde entonces, bajo su protección esas regiones. El cacique Yaguarón y sus indios eran de índole pacífica, hospitalaria, y recibieron bien a los españoles. Desde 1528 franciscanos arrojaron la primera semilla evangélica en el distrito de Santa Ana, llamado también Reducción de Yaguarí; y en ella siempre prevaleció la devoción a María Inmaculada. En 1615 (según otras versiones 1580) el puerto de Santa Ana quedo abandonado, y el fray Luis de Bolaños fundó la nueva reducción a la que dio el nombre de "Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí". Con el tiempo, el lugar comenzó a conocerse simplemente como Itatí. Fray Luis de Gamarra, párroco del lugar, fue el primero en dar a conocer los milagros de la Virgen.

En la Semana Santa de 1624 tiene lugar la primera transfiguración de la Virgen, esta duró varios días. Gamarra relata en un documento de la época: "se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto". Las transfiguraciones se repitieron a lo largo de los años. Los milagros y las curaciones son incontables, pero quizás el más significativo haya ocurrido en 1748. En ese año hubo un gran malón que buscaba destruir y saquear el poblado, pero cuando los indios llegaron a las puertas de Itatí, se abrió ante ellos una ancha y profunda zanja que les impedía el paso. Ante este hecho se retiraron despavoridos, y los habitantes del lugar acudieron entonces a la capilla agradecer a su patrona.

El 16 de julio de 1900, la imagen de Nuestra Señora de Itatí fue solemnemente coronada por voluntad del Papa León XIII. Fue entronizada con el nombre de Reina del Paraná y Reina del Amor. El 3 de febrero de 1910, el Papa Pío X creó la Diócesis de Corrientes, y el 23 de Abril de 1918, la Nuestra Señora de Itatí, fue proclamada Patrona y Protectora de la misma. Su fiesta se celebra el 9 de Julio.

TIEMPO DE LA CREACIÓN 2019

El Movimiento Católico Mundial por el Clima, se creó como una inquietud civil, a partir de la promulgación de la Encíclica Laudato Si, publicada por el Papa Francisco con el fin de hacer conciencia en la protección y conservación de la vida en el planeta Tierra al que se le denomina con el título nobiliario de: Nuestra Casa Común, que se ha puesto de moda,  a partir del deseo de muchos movimientos en el mundo que se han abocado en favor de la protección del medio ambiente. Cada año se celebra en todo el mundo, una campaña ecuménica, denominada Tiempo de la Creación, oración y acción global para proteger la casa común, enfocada hacia el medio ambiente, en la que han participado cientos de movimientos y miles de personas que han dicho presente. 

Nace como una iniciativa del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Promoviendo la celebración de la vida y la protección de la creación de Dios. Tiempo de la Creación se celebrará entre el 1 de septiembre y el 4 de octubre de este 2019. Este movimiento ha sido impulsado por el Dicasterio Romano, el Movimiento Católico Mundial por el Clima, la Red Eclesial Panamazónica (REPAM), y cientos de comunidades católicas y de Iglesias Cristianas Reformadas, preocupadas por el cuidado de la casa común. Durante todo este mes, cristianos de los 6 continentes trabajan para poner en práctica la Laudato Si, participando de eventos comunitarios para profundizar su amor por el creador, la creación y los demás. Los eventos varían de acuerdo a cada comunidad. Desde servicios de adoración y oración, hasta recoger basura o acciones pidiendo cambios en las políticas para limitar el calentamiento global a 1.5 grados centígrados. 

El Tema a tratar este año es La Red de la Vida, buscando crear conciencia como administradores de la creación y la necesidad urgente de proteger la rica biodiversidad que cubre el planeta. El Cardenal Pedro Barreto manifiesta que: “Las comunidades deciden como celebrar a su manera, en el caso de la comunidad católica, se incorpora el cuidado de la creación a la liturgia, formando círculos Laudato Si o participando en actividades como las Huelgas por el Clima, planeadas para el 20 de setiembre próximo”.

El Cardenal resalta la importancia de la Amazonía para el mundo, ya que produce el 20% del oxígeno del Planeta. La región absorbe grandes cantidades de dióxido de carbono, por lo que se le considera como uno de los pulmones del mundo. El cambio climático y la destrucción de los biomas afectan a los más pobres.

La actividad tiene a varios impulsores en todo el mundo, entre ellos están: Monseñor Duffé, el Cardenal Turkson, el Arzobispo de Canterbury, el representante del Patriarca Ecuménico Bartolomé, y otros líderes que firmaron una carta de apoyo para el Tiempo de la Creación en la que afirman: “A medida en que la crisis medioambiental incrementa, hacemos un llamado urgente a los cristianos para dar testimonio de nuestra fe y tomar acciones reales para preservar el don de la creación que compartimos, como lo canta el Salmo: “Del Señor es la Tierra y todo cuanto hay en ella, el mundo y cuantos lo habitan”. (Salmo 2:1y2). Durante el tiempo de la Creación nos preguntamos si nuestras acciones honran al Creador.

Mauricio López, Secretario Ejecutivo de la Red Eclesial Panamazónica afirma: “El Tiempo de la Creación es una oportunidad para reflexionar sobre nuestra forma de amar a otras culturas en toda su diversidad, especialmente la diversidad de comunidades amazónicas. Es una oportunidad para amar el rostro de Dios y de cómo este se hace presente en la Amazonía. Podemos involucrarnos con nuestros hermanos y hermanas más vulnerables y con el lugar que ocupan en la creación".

Sacrificio: La celebración de El Tiempo de la Creación es una posibilidad para recordar el coste en vidas humanas y daños al medio ambiente. Sólo en Brasil, más de 1150 agricultores, defensores de derechos humanos, sacerdotes y religiosas han muerto violentamente defendiendo la creación.

Desde Costa Rica
Jorge Muñoz Somarribas
Coordinador

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EL DIA EN QUE PORTUGAL Y ESPAÑA SE REPARTIERON EL NUEVO MUNDO

En pleno centro de España, en medio de las frías y áridas tierras castellanas, se erige una pequeña localidad de 141 kilómetros cuadrados. La habitan en la actualidad unas 9.000 personas y ostenta el título de "muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa". Allí ocurrió hace 525 años un hecho histórico que determinó la configuración política y territorial de América, dividió al mundo en dos hemisferios y definió la lengua y la cultura de millones de personas. Esa localidad se llama TORDESILLAS, se encuentra al norte de Madrid.

Allí fue donde el 7 de junio de 1494 las dos grandes potencias de la época, Castilla y Portugal, llegaron a un acuerdo para repartirse las zonas de navegación del océano Atlántico y los territorios del llamado "NUEVO MUNDO". Un año antes, en marzo de 1493, Cristóbal Colón había regresado a Castilla con una noticia sorprendente. El viaje que había emprendido el 3 de agosto de 1492 desde el puerto español de Palos de la Frontera en busca de una ruta más corta hacia Asia -donde los comerciantes europeos obtenían las especias, que se empleaban para condimentar los alimentos, las que alcanzaban precios altísimos- había dado sus frutos.

La expedición había concluido con el descubrimiento de unas nuevas tierras desconocidas hasta entonces en Europa. Las disputas por el control de esos territorios entre las dos grandes potencias marítimas de entonces -Castilla y Portugal- comenzaron de inmediato. El ambiente echaba chispas. Había que hacer algo para evitar la guerra. Así que en marzo de 1494 representantes de Juan II de Portugal y de los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón) se reunieron por primera vez en Tordesillas. El objetivo era establecer un acuerdo que delimitara los ámbitos de actuación de cada reino y restableciera la paz entre las dos coronas. Tordesillas era por aquel entonces una localidad importante de Castilla, un punto estratégico de paso gracias a su puente medieval sobre el río Duero.

Rodeada por una muralla, la villa tenía unos 3.500 habitantes. Las reuniones entre los embajadores de Juan II y de los Reyes Católicos se desarrollaron en un magnífico e imponente palacio de Tordesillas. Estaba recién construido y sobre cuya puerta se encontraba el escudo real de los Reyes Católicos y el de su propietario, ALFONSO GONZÁLEZ DE TORDESILLASDe lo que se acordara en Tordesillas dependía el futuro de la política atlántica de ambos reinos, por lo que tanto el rey portugués como los reyes castellanos siguieron muy de cerca el desarrollo de las negociaciones. Cuando las negociaciones estaban a punto de comenzar el rey portugués cayó enfermó. Tenía 38 años y 30 meses después moriría. A causa de su enfermedad, Juan II permaneció durante todas las negociaciones en Setúbal, una localidad portuguesa a 50 kilómetros al sur de Lisboa, pero intercambiando constantemente mensajes con sus embajadores. Mientras tanto los Reyes Católicos siguieron las negociaciones de Tordesillas primero desde la vecina localidad de Medina del Campo -a 24 kilómetros- y posteriormente desde la propia Tordesillas, residiendo en esa villa del 8 de mayo al 8 de junio. 

Hay que tener en cuenta que al regresar de su primer viaje, Colón ni siquiera era capaz de localizar con certeza las nuevas tierras que había encontrado camino de lo que él pensaba que era la India. Así que cuando los reyes castellanos le preguntaron cómo pensaba que había que solucionar el conflicto entre España y Portugal, Colón propuso que se trazara una raya divisoria de norte a sur conocida como "RAYA DE COLÓN", que y según todos los indicios pasaba por Cabo Verde y las Azores. Isabel y Fernando presentaron entonces la propuesta al Papa Alejandro VI para que mediara en el conflicto.

El pontífice, que era de origen español y que debía favores a los Reyes Católicos, admitió la propuesta pero, como le parecía excesivamente favorable a los intereses de Castilla y descaradamente perjudicial a los de Portugal, en la bula que emitió desplazó la línea divisoria 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde. Cuando los reyes castellanos le preguntaron cómo pensaba que había que solucionar el conflicto entre España y Portugal, Colón propuso que se trazara una raya divisoria de norte a sur conocida como "RAYA DE COLÓN", que y según todos los indicios pasaba por Cabo Verde y las Azores En ese punto de la negociación, Juan II aceptó ese meridiano que parte el océano Atlántico de polo a polo.

Pero en el proceso de discusiones de Tordesillas los portugueses solicitaron un desplazamiento de la línea divisoria a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Basaban esa petición en su necesidad de poder regresar de San Jorge de Mina -un puerto de dominio portugués ubicado en África, sobre la costa del golfo de Guinea, en el lugar que ocupa actualmente la ciudad de Elmina en Ghana- sin tener que invadir la costa castellana. La reclamación de Juan II fue aceptada por los monarcas españoles, considerando que estaban concediendo a Portugal agua y nada más que agua.

De esa manera, el 7 junio de 1494 las dos partes aceptan dividir el Océano Atlántico con una tercera y definitiva raya, la "RAYA DEL TRATADO DE TORDESILLAS", situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Todo lo situado al este del meridiano pactado en Tordesillas sería para Portugal, mientras que lo que quedaba al oeste se lo adjudicaba Castilla. Los reyes Isabel y Fernando, así como sus embajadores, se frotaron las manos pensando que habían ganado la partida. El tratado, pensaban, dejaba todas las tierras del 'NUEVO MUNDO' en manos de la corona castellana, mientras que Portugal se tendría que conformar simplemente con agua.

Sin embargo, se equivocaron. Cometieron un grave error. Un error gigantesco llamado Brasil, un enorme territorio entonces desconocido y que, al encontrase en extremo este de América, caía de lleno dentro de la zona de dominio portuguesa. Así que cuando el navegante Pedro Álvares de Cabral llegó en 1500 a la costa del actual estado de Bahía, Brasil pasó a manos portuguesas. Algunos historiadores consideran que es muy posible que los portugueses conociesen ya la escasa distancia que separa a la costa brasileña de las islas de Cabo Verde (4.663 km) y que fue por eso por lo que presionaron para "mover" la línea 270 leguas al oeste. Pero aunque hace 525 años fue en Tordesillas donde Portugal y España se repartieron el 'NUEVO MUNDO', el tratado firmado entonces no se conserva en esta localidad. El documento original en castellano firmado por los Reyes Católicos se conserva en Lisboa, en el Arquivo nacional da Torre do Tombo, mientras que la versión en portugués, con la firma de Juan II, se custodia en el Archivo General de las Indias, en Sevilla. En cualquier caso el Tratado de Tordesillas es el único documento español inscrito en el registro "Memoria del Mundo" de la Unesco, un registro creado en 1992 con el fin de preservar los documentos patrimonio de la humanidad.

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HIPÓLITO YRIGOYEN


Político argentino que alcanzó la presidencia de la República. Cursó sus primeros estudios en el Colegio San José de los padres bayoneses y más tarde en el colegio de la América del Sur. Ingresó después en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero no consta que lograra recibirse con el título de abogado. La situación económica de su familia le obligó a trabajar desde su temprana juventud en empleos modestos, que desempeñó sucesivamente en una compañía de transportes, en las oficinas de un abogado y luego en el Estado, como escribiente de la contaduría general, en 1870.

Dos años más tarde obtuvo el puesto de comisario de policía de una de las parroquias en las que se dividía en el plano político y administrativo la ciudad de Buenos Aires. También desde joven se sintió atraído por la actividad política, y este interés lo indujo a participar en los acontecimientos turbulentos de la revolución encabezada por el general Bartolomé Mitre en 1874, aunque luego apoyó a la facción del gobierno y del candidato a presidente electo Nicolás Avellaneda. En 1877 se alejó del cargo de comisario que todavía ocupaba, al parecer por cuestiones políticas que no quedan del todo claras, y en 1878 logró imponerse como candidato a diputado provincial hasta que los sucesos de 1880 y la federalización de Buenos Aires dieron fin a su mandato.

Sin embargo, en ese mismo año resultó electo en los comicios realizados a fin de sustituir a los diputados que habían quedado cesantes y se desempeñó en el cargo durante dos años, al cabo de los cuales se retiró a la vida privada. En este período atendió a la administración de campos de su propiedad situados en la provincia de Buenos Aires y a la enseñanza en un instituto de estudios superiores. La llamada "Revolución del 90" lo encontró entre sus más entusiastas protagonistas, y a partir de entonces, Yrigoyen ya no volvió a abandonar la vida pública. Durante los sucesos de la revolución, uno de cuyos cabecillas era su tío Leandro N. Alem, Yrigoyen fue propuesto y aceptado por las fuerzas revolucionarias para ocupar el cargo de Jefe de Policía en caso de que se concretase el triunfo y se impusiera un gobierno provisional.

A partir del 90 pasó a ser una figura significativa de la política argentina. El presidente de la República Carlos Pellegrini lo instó a participar en negociaciones entre los partidos políticos en pugna, y el también presidente Luis Sáenz Peña lo invitó incluso a incorporarse a su gabinete, pero Yrigoyen, animado por una férrea intransigencia con respecto al régimen político de la época, rechazó ambos ofrecimientos. De hecho, 1893 lo encontró nuevamente involucrado en una revolución, esta vez al frente de los sublevados, en su calidad de presidente del Comité Central bonaerense de la recientemente fundada Unión Cívica Radical.

Durante los sucesos del 93 Yrigoyen logró involucrar en el movimiento a un importante número de oficiales del ejército, dirigió personalmente las operaciones militares y participó de la ocupación de varias ciudades de la Provincia de Buenos Aires. Fue proclamado por la revolución gobernador de la Provincia, pero Yrigoyen renunció al cargo. El sistema electoral vigente entonces en la Argentina daba lugar a abusos y manejos por parte de quienes ejercían el poder político, de modo que el único medio que los radicales vislumbraban para la conquista del poder era la abstención electoral y la lucha armada.

Por ello, el 4 de febrero de 1905 explotó una tercera revolución radical encabezada nuevamente por Yrigoyen que logró ocupar parte de la capital y algunas ciudades de la provincia, pero fue finalmente sofocada por el ejército. Yrigoyen resultó entonces proscripto, pero una ley de amnistía le permitió volver a hacerse cargo de sus funciones como dirigente del partido radical. Fue entonces, en 1912, que se sancionó la llamada "Ley Sáenz Peña", que garantizaba el voto universal, obligatorio y secreto para los varones adultos y la representación para la primera minoría, con lo que la Unión Cívica Radical decidió volver a participar de las elecciones.

La idea de la elite política gobernante era que la oposición radical habría obtenido en el mejor de los casos la minoría, pero en los comicios del 2 de abril 1916 Yrigoyen resultó electo presidente de la República. Al asumir el cargo el 12 de octubre de ese mismo año, Yrigoyen fue llevado en andas por sus simpatizantes desde el congreso de la nación hasta la casa de gobierno, por una distancia de más de un kilómetro y medio. La política de este no introdujo novedades sustanciales en la economía argentina, ligada entonces al mercado mundial a través de la exportación de alimento -sustancialmente cereales y carnes- y la importación de productos manufacturados.

Sus preocupaciones eran esencialmente político-institucionales, y por lo demás casi nadie consideraba importante realizar cambios en un modelo económico que había consagrado al país como "granero del mundo". La Primera Guerra Mundial, favoreció en principio las exportaciones argentinas a los países en conflicto y activó la producción de manufacturas para reemplazar las importaciones que a causa de la guerra no llegaban regularmente al país. Pero al finalizar el conflicto se vio resentido lo que constituía el "motor" de la economía argentina, lo que puso al gobierno radical ante situaciones de difícil resolución.
Yrigoyen no pudo más que seguir una política relativamente restrictiva del gasto público, situación nada fácil por el hecho de que su partido, representante de las clases medias de origen inmigratorio en ascenso, recibía fuertes presiones para premiar fidelidades políticas con cargos y empleos en el aparato del Estado. Por otra parte, la conflictividad social del momento dio lugar a importantes protestas obreras, conducidas en general por dirigentes anarquistas. La más significativa es la que se produjo en enero de 1919 en la ciudad de Buenos Aires y que se conoce con el nombre de "Semana Trágica". Durante esos días la ciudad fue escenario de tiroteos entre obreros y policías, y por primera vez el ejército tomó parte en la represión.

Otros hechos de gravedad se produjeron durante las huelgas en la Patagonia en 1921, donde la protesta anarquista fue aplastada por el ejército con notable ferocidad. En cuanto a la política exterior, el gobierno radical se mantuvo en todo momento neutral, a pesar de que se produjeron algunos incidentes con el gobierno imperial alemán (en 1917 un barco mercante argentino fue hundido por un submarino alemán y el embajador del imperio fue expulsado del país acusado de transmitir mensajes agraviantes para el país).

Una delegación argentina presidida por el ministro de relaciones exteriores Honorio Pueyrredón y en la que participaba además el ministro plenipotenciario argentino en Francia Dr. Marcelo T. de Alvear, tomó parte en las sesiones de la Liga de las Naciones inauguradas en 1920. En ellas propusieron ciertas enmiendas al Pacto de la Liga que tendían a limitar su alcance político, lo que suscitó desacuerdos y determinó el retiro de la delegación argentina.

SIGNOS EUCARÍSTICOS EN LA SAGRADA FAMILIA DE GAUDÍ

Como en las catedrales medievales, la construcción de la Sagrada Familia tiene por objeto facilitar la catequesis de las personas que se acercan al templo. Una catequesis visual, o sea, hacer que la fe entre por los ojos. Si la torre principal será Jesucristo, a la que seguirá en altura la dedicada a la Virgen y a continuación podrán verse las torres de los Evangelistas y los Apóstoles, la basílica destaca a continuación lo más preciado: el sacramento de la Eucaristía. Con él, es el propio Dios quien se entrega por todas las personas para redimirnos.

Gaudí trasladó la importancia de la Eucaristía a un lugar destacado en el perfil del templo: los pináculos. A una altura de más de 60 metros (similar a lo que medía la Torre de Pisa antes de que se inclinara), Gaudí decidió que cada pináculo culminara con un signo eucarístico. El resultado es una sucesión de pináculos coronados con espigas y la Hostia, y pináculos que muestran el cáliz con uvas, unas negras y otras blancas. Así, desde fuera del templo puede verse que la Eucaristía que se celebrará en el interior es el acto fundamental, puesto que es -en palabras del Concilio Vaticano II- centro y raíz de la vida del cristiano.

Para reclamar la atención, Antoni Gaudí quiso que estos pináculos tuvieran color y así contrastan con el gris de la piedra. Y para ello se emplearía la técnica del trencadís, que consiste en agrupar fragmentos rotos y aparentemente irregulares de mosaico veneciano (que es vidrio de color). Empleó diversos colores, por ejemplo el verde, el naranja y tres tonos de amarillo para plasmar las espigas de trigo. El resultado son volúmenes de mosaico que cambian de color según la luz del día.

Estos signos eucarísticos invitan a recordar lo que reza el sacerdote en el ofertorio de la misa: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos. Él será para nosotros pan de vida”. En el caso del cáliz, la liturgia dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos. Él será para nosotros bebida de salvación”.

Al colocar estos signos eucarísticos a más de 60 metros de alto, eleva los frutos de la tierra para orientarlos al cielo y pedir que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que ocurre en la misa en el momento de la consagración. Incluso en estos detalles, se ve cómo Gaudí observaba la naturaleza y aprendía de ella, de modo que los racimos -que forman parte del paisaje de su tierra mediterránea– aparecen en las dos versiones principales mientras que las espigas de trigo están acompañadas de unos toques rojos y verdes que recuerdan a las amapolas.

También en el exterior del edificio se encuentra un signo eucarístico que queda menos patente. Es el pelícano. El pelícano está situado en la Fachada del Nacimiento y está debajo del ciprés que remata lo alto de la puerta principal (el Portal de la Caridad). Este animal es símbolo eucarístico desde los primeros siglos de la cristiandad, porque la mitología antigua ya le otorgaba un papel que los cristianos enseguida aplicaron a la iconografía acerca de Jesucristo: es capaz de derramar su sangre para dar el alimento a sus criaturas. En la Antigüedad se decía que el pelícano llegaba a picarse el pecho para que sus crías vivieran y los bestiarios medievales recogen esa leyenda. Por eso Gaudí colocó la figura del pelícano con dos crías, y a un lado y a otro dos ángeles: uno lleva panes y otro un ánfora de vino, los dos elementos presentes en la Eucaristía antes de la transubstanciación.

Delante del pelícano y entre los ángeles, queda un huevo con las letras JHS, que identifican a Jesucristo. La elección del huevo tampoco es casual: significa siempre la fecundidad y en él se ha visto un signo de la Eucaristía como alimento dador de vida. Gaudí estaba familiarizado con él ya que en Cataluña existe la costumbre de los huevos de Pascua y en Barcelona el día del Corpus Christi, en honor a la Eucaristía se vive un huevo que flota en una fuente en varios puntos históricos de la ciudad.

“Oh, Jesús, bondadoso pelícano…” además de la amplia cultura general que tenía Gaudí, no podemos olvidar su piedad. Con toda seguridad conocía el Adoro te devote, un himno eucarístico muy popular escrito por Santo Tomás de Aquino en el que una estrofa dice así:

Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine. Cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere.

En español: “Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame a mí, inmundo, con tu sangre: de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero”.

Tanto los signos de la Eucaristía de los pináculos como la figura del pelícano y sus crías han sido realizadas por el escultor japonés Etsuro Sotoo, que lleva 40 años trabajando en la Sagrada Familia.

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COMENZAR EL CAMINO

Comentario Bíblico
XIV Domingo del tiempo ordinario
Del Evangelio de Lucas 10, 1-12.17-20

La primera lectura del libro de Isaías 66,10-14 nos habla de una restauración de Jerusalén, después del luto que implica un designio de catástrofe y de muerte. Dios mismo, bajo la fuerza de Jerusalén como madre que da a luz un pueblo nuevo, se compromete a traer la paz, la justicia y, especialmente el amor, como la forma de engendrar ese pueblo nuevo. Toda la alegría de un parto se encadena en una serie de afirmaciones teológicas sobre la ciudad de Jerusalén. Desde ella hablará Dios, desde ella se podrá experimentar la misma “maternidad de Dios” con sus hijos. Porque Dios, lo que quiere, lo que busca, es la felicidad de sus hijos.

La segunda lectura la carta a los Gálatas 6,14-18, viene a ser la carta más polémica de Pablo. Una polémica que se hace en nombre de la cruz de Cristo, por la que hemos ganado la libertad cristiana. La cruz, aquello que antes de su conversión era una vergüenza, como para cualquier judío, se convierte en el signo de identidad del verdadero mensaje evangélico. Los cristianos debemos “gloriarnos” en esa cruz, que no es la cruz del “sacrificio” sin sentido, sino el patíbulo del amor consumado. Allí es donde los hombres de este mundo han condenado al Señor, y allí se revela más que en ninguna otra cosa ese amor de Dios y de Jesús.
Por eso Pablo no puede permitir que se oculte o se disimule la cruz del evangelio. Es más, la cruz se hace evangelio, se hace buena noticia, se hace agradable noticia, porque en ella triunfa el amor sobre el odio, la libertad sobre las esclavitudes de la Ley y de los intereses del este mundo; en ella reina la armonía del amor que todo lo entrega, que todo lo tolera, que todo lo excusa, que todo lo pasa. Pablo, habla desde lo que significa la cruz como fuerza de amor y de perdón. Aquí se marca el punto álgido que acredita la verdadera identidad cristiana.

El que vive de la Ley, en el fondo, se encuentra solo consigo mismo; el que vive en el ámbito del evangelio, deja de estar solo para vivir "con Cristo" o "Cristo en mí". Y ¿quién es Cristo? Pablo lo revela al principio de la carta: "el que se entregó a sí mismo por nosotros, por nuestros pecados" para darnos la gracia de la salvación. En el Evangelio de Lucas 10, 1-12.17-20 es todo un programa simbólico de aquello que les espera a los seguidores de Jesús: ir por pueblos, aldeas y ciudades para anunciar el evangelio. Lucas ha querido adelantar aquí lo que será la misión de la Iglesia. El “viaje” a Jerusalén es el marco adecuado para iniciar a algunos seguidores en esta tarea que Él no podrá llevar a cabo cuando llegue a Jerusalén.

El evangelista lo ha interpretado muy bien, recogiendo varias tradiciones sobre la misión que en los otros evangelistas están dispersas. El número de enviados (70 ó 72) es toda una magnitud incontable, un número que expresa plenitud, porque todos los cristianos están llamados a evangelizar. Se recurre a Números 11,24-30, los setenta ancianos de Israel que ayudan a Moisés con el don del Espíritu; o también a la lista de Génesis 10 sobre los pueblos de la tierra. No se debe olvidar que Jesús está atravesando el territorio de los samaritanos, un pueblo que, tan religioso como el judío, no podía ver con buenos ojos a los seguidores de un judío galileo, como era Jesús.

Advirtamos que no se trata de la misión de los Doce, sino de otros muchos (72). Lo que se describe en Lc 10,1 es propio de su redacción; la intencionalidad es poner de manifiesto que toda la comunidad, todos los cristianos deben ser evangelizadores. No puede ser de otra manera, debemos insistir mucho en ese aspecto. El evangelio nos libera, nos salva personalmente; por eso nos obligamos a anunciarlo a nuestros hermanos, como clave de solidaridad.

Resaltemos un matiz, sobre cualquier otro, en este envío de discípulos desconocidos: volvieron llenos de alegría (v. 20), “porque se le sometían los demonios”. Esta expresión quiere decir sencillamente que el mal del mundo se vence con la bondad radical del evangelio. Es uno de los temas claves del evangelio de Lucas, y nos lo hace ver con precisión en momentos bien determinados de su obra.

Los discípulos de Jesús no solamente están llamados a seguirle a Él, sino a ser anunciadores del mensaje a otros. Cuando se anuncia el evangelio liberador del Señor siempre se percibe un cierto éxito, porque son muchos los hombres y mujeres que quieren ser liberados de sus angustias y de sus soledades. ¡Debemos confiar en la fuerza del evangelio!

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QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE EL INFIERNO-Segunda Parte

¿Existe el infierno? Y si es así, ¿en qué consiste? ¿Revela la Biblia algún detalle sobre él?

La Palabra de Dios, pues, si bien enseña la existencia del infierno, jamás ha explicado en qué consiste. Lo único que afirma claramente es que se trata de la “no salvación”, un estar sin Dios. Pero sobre los sufrimientos o penas que allí habrá no dice una sola palabra. Antes que nada, debemos aclarar que el infierno no es un “castigo” inventado por Dios para los pecadores. Pensar así lo convierte a Dios en un ser cruel y despiadado, un ser sádico que se venga de los seres humanos que le han desobedecido, justamente cuando estos no tienen ya posibilidad alguna de enmendar su situación. Más bien el infierno es un “fracaso” de Dios, una “tragedia” para Dios, que él no puede evitar porque respeta profundamente la libertad y la elección de cada hombre. Como enseñaba Juan Pablo II en la mencionada catequesis, el infierno no es un “lugar” creado por Dios, sino una “situación”, que no existe independientemente de la persona que se aleja de Dios. También el cielo es una “situación”, un “estado” de amor de la persona.

Al ser, pues, el cielo y el infierno una “situación” humana, ni siquiera Dios puede obligar a nadie a entrar en ellos. Así como Dios no puede salvar a nadie a la fuerza, tampoco puede “condenar” a nadie. Es simplemente la consecuencia de las opciones del ser humano. Aclarado este punto, nos preguntamos ahora: ¿en qué consiste el infierno? ¿Cómo será aquella realidad que deberán enfrentar los que se han “condenado”? A lo largo de la historia los teólogos han propuesto diferentes hipótesis, que pueden resumirse en tres. ¿Qué enseña esta postura? Que al morir, la persona está destinada en el más allá a vivir para siempre sin Dios. Y como todo ser humano fue creado para estar junto a Dios, la imposibilidad de estar con él en la otra vida le producirá un dolor “infernal”, un tormento atroz y brutal, que durará por toda la eternidad.

A esta explicación del infierno se le puede hacer una crítica. La posibilidad de resucitar en el más allá no es una facultad que el hombre tiene por naturaleza. Es un regalo que Dios hace a cada persona luego de su muerte. Como dice san Pablo: “El don de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús” (Rom 6, 23). Ahora bien, si a una persona luego de su muerte le espera la condenación, ¿para qué Dios la va a resucitar? ¿Por qué no la deja que se quede muerta definitivamente? ¿Le va a regalar la resurrección sólo para poder castigarla y torturarla eternamente en el otro mundo? Algunos teólogos han hecho una segunda propuesta: la del infierno como “muerte definitiva”. Según esta, como la resurrección es un don de Dios, un regalo de su amor, si alguien rechaza a Dios simplemente no resucitará en el más allá. El infierno sería, pues, no resucitar, caer en la nada, no recuperar la vida. Quienes defienden esta postura la fundamentan en algunos dichos de Jesús, el cual en ciertas ocasiones da a entender que sólo resucitarán los buenos. Por ejemplo, cuando dice: “se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 14), como si los pecadores no fueran a resucitar. O cuando enseña: “los que sean dignos de entrar en la otra vida y de resucitar de entre los muertos” (Lc 20, 35), como si algunos fueran declarados indignos de resucitar.

Esta segunda hipótesis tiene un punto débil. Es cierto que Dios respeta la libertad humana, y que si alguien libremente se niega a aceptar la vida que él ofrece, con dolor de Padre aceptará su voluntad y lo dejará condenarse. Pero, ¿puede una libertad finita en el hombre merecer un castigo infinito? ¿Puede un pecado temporal acarrear un castigo eterno? ¿Cómo es posible que a alguien, que en este mundo sólo rechazó a las criaturas de Dios, se lo castigue privándolo de la persona de Dios? Esto ha llevado a los teólogos a una tercera propuesta: la del infierno como condenación del mal de cada uno. ¿Qué significa esto? Que todos nos vamos a salvar, pero de diferente manera. En efecto, nadie es tan absolutamente malo que no tenga algo bueno en su haber. Y ningún pecado, por serio y grave que sea, puede aniquilar ese algo de bondad que hay en cada persona. De modo que Dios, al final, salvará en toda persona lo que “pueda”, es decir, el resto de bondad que queda en todo hombre. La misma persona, pues, se salvará en parte y se condenará en parte. Dios salvará lo bueno que hay en cada uno, y condenará y anulará lo malo.

Esta explicación (ya aceptada en el siglo IV nada menos que por san Ambrosio), parece justificada por las palabras de Pablo (1Cor 3, 15), el cual al hablar del día del juicio enseña que toda persona tiene algo que salvar, incluso aquéllas cuyas malas obras queden anuladas en el juicio: “Aquel cuya obra quede destruida, sufrirá daño, pero él se salvará, aunque como quien ha pasado por el fuego” (es decir, disminuido). Y más adelante dice: “Así como entre las estrellas hay diferentes brillos, así también será en la resurrección de los muertos” (1Cor 15, 41-42). Esta tercera propuesta (aunque tampoco resiste a todas las críticas) parecería ser la que, de alguna manera, mejor refleja la imagen amorosa del Dios de la Biblia. El plan de Dios. Ninguna hipótesis presentada por los teólogos hasta ahora puede explicar plenamente el infierno. Lo que sí está claro es que hay un “algo” en el más allá, que no sabemos bien en qué consiste, al que llamamos “infierno”, y que hace la diferencia entre ser bueno y ser malo. En efecto, no todos tendrán el mismo destino después de la muerte. Dependerá de cómo haya vivido cada uno. No da lo mismo ser justo que injusto, ayudar a los demás que maltratarlos, ser sembrador de paz que ser violento.

Es que cada acto de amor que uno hace, cada gesto de servicio, aun cuando nadie se entere, provoca en lo íntimo de cada persona un reclamo de resurrección, un grito de vida plena, un retazo de cielo fascinante. Y toda acción mala genera en el hombre una mengua, un menoscabo, un deterioro íntimo que lo hará surgir apocado, “condenado” en la otra vida. Pero mientras tanto, nuestra tarea es la de anunciar la salvación de todos, sin cerrar de antemano las puertas del paraíso a nadie. Porque dice la Biblia que Dios tiene un plan: “quiere que ‘todos’ los hombres se salven” (1Tim 2, 4).

¡Y nosotros no tenemos por qué arruinarle los planes a Dios…!

Ariel Álvarez Valdés
Biblista

martes, 25 de junio de 2019

HERMANOS SU VOCACIÓN ES LA LIBERTAD


Comentario Bíblico
Domingo del tiempo ordinario
Del Evangelio de Lucas 9,51-62

La carta de la libertad cristiana, tal como se conoce la carta a los Gálatas, nos habla precisamente de ese don por el que luchó Pablo contra los que se oponían al evangelio. El Apóstol sabe que la libertad puede malinterpretarse con el libertinaje; todos lo sabemos. No obstante, el evangelio es el don de la libertad más grande que el hombre tiene que recuperar constantemente como don de Dios. El “apóstrofe” con que Pablo reclama a los cristianos la consecuencia de su vocación a la libertad es de una fuerza inaudita. Y deja claro que la libertad debe experimentarse en el amor. Sin el amor, la libertad cristiana también estaría herida de muerte. No se trata solamente de matices o de pura retórica: ¿De qué nos vale la libertad desde el odio? ¿Dónde nos lleva la libertad sin reconciliación?

Durante toda la carta, Pablo se ha mantenido en una actitud irrenunciable a los valores del evangelio que él predica, que recibió por revelación y por el que da la vida. Ese evangelio es la experiencia más grande de libertad que jamás hubiera podido soñar. Ahora, en la parte práctica de la carta vuelve de nuevo sobre el tema. La libertad verdadera es un don del Espíritu; el libertinaje es una consecuencia del egoísmo (de la carne, como a Pablo le parece bien decir). La carne es todo ese mundo que nos ata a cosas sin sentido. El cristiano, como hombre que debe ser del Espíritu, está llamado a ser libre y a no esclavizarse en lo que no tiene sentido.

La lectura del evangelio expone una ocasión clave de la vida de Jesús. Es el momento de ir a Jerusalén; es el comienzo del “viaje hacia la ciudad Santa” que en el tercer evangelista se recarga de un sentido teológico especial, porque se intenta presentar, de la forma más efectiva, la actividad de Jesús como profeta, a la vez que el evangelista se vale de la significación de ese viaje para enseñarnos a ser discípulos de Jesús. No están claras las referencias geográficas del viaje.

Estamos casi en el centro del evangelio y Lucas, a diferencia de Marcos, quiere privilegiar toda la “subida” a Jerusalén que será en realidad una “bajada” al abismo de la condena y de la muerte. El texto de hoy está formado por dos narraciones: la repulsa de Jesús en Samaría y las exigencias del discipulado. Él no hizo discípulos enseñándoles una doctrina, como los rabinos, sino enseñándoles a vivir de otra forma y manera.

La renuncia a la violencia que propugnan los hijos del Zebedeo porque no ha sido Jesús recibido en Samaría es ya una declaración de intenciones. Lo es también que el profeta galileo vaya a Jerusalén pasando por el territorio de los herejes samaritanos para anunciarles también el mensaje del Reino. Son rechazados y Jesús cuenta con ello, pero no se le ocurre incitar a la condena y a la violencia. Éste es un aspecto determinante del “seguimiento” de Jesús según Lucas. Merecería la pena comentar este episodio como paradigma de la actitud básica de Jesús en su decisión de ir a Jerusalén.

Por eso, inmediatamente después de la decisión de Jesús, se nos presenta el conjunto de las llamadas de Jesús a seguirle. La forma y la manera es distinta de lo que sucede entre Elías y Eliseo. Aquí es la palabra directa de Jesús, o la petición de los que quieren ser discípulos, o los que quieren informarse, como si fueran candidatos. Pero la radicalidad es la misma. Es una llamada para seguir a Jesús que ha decidido jugarse su vida como portavoz de Dios delante de los jefes y señores de este mundo que están en Jerusalén.

Lucas quiere que los discípulos también tomen conciencia de lo que es este viaje, este proyecto y esta tarea. ¿Para qué seguir a Jesús? ¿Por qué romper con las ideologías familiares? ¿Por qué no mirar hacia atrás? Porque la tarea del Reino de Dios exige una mentalidad nueva, liberadora. Los seguidores de Jesús tienen que estar en camino, como Él; el camino es la vida misma desde una experiencia de fraternidad.

Los textos del seguimiento que Lucas ha tomado del evangelio de itinerantes, probablemente galileos radicales (Q), no tienen por qué ser caracterizados como filósofos cínicos. Desde luego, Jesús no lo era, ni lo podía ser. Pero en esos dichos se refleja toda la crítica hacia las instituciones sociales y el desapego, incluso, de lazos familiares que puedan desviar la atención de las exigencias de Reino de Dios. No se trata de odio familiar, pues eso estaría contra el amor a los enemigos que Jesús defendió expresamente. Es, más bien, poner las cosas en su sitio cuando se trata de sacar adelante el proyecto de Dios, que puede no coincidir con intereses religiosos institucionales e incluso familiares.

El discípulo de Jesús se abre a un horizonte nuevo, a una familia universal, a una religión de vida y no de muerte. Las palabras del seguimiento son rupturistas, pero no angustiosas; son radicales, utópicas si queremos, porque van a la raíz de la vida y porque son las que transformas nuestra vida y nuestro entorno social y religioso. Jesús quiere que le sigamos para hacer presente el reinado de Dios en este mundo. Y el Reino de Dios es lo único que puede traer la libertad a quien la anhela.

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