Este es un tema que trae mucha controversia entre los cristianos evangélicos y hasta en los católicos que por nuestras malas catequesis no hemos sabido transmitir la fe y no hemos puesto las cosas en su verdadero lugar. La Iglesia no inventa santos, ni hace santo a una persona, Dios es quien lo santifica, la Iglesia sólo reconoce lo que Dios ha hecho, y por lo mismo las reconoce como modelos en las virtudes cristianas y pone como ejemplo y camino para que todos los hombres y mujeres de buena voluntad encuentren la senda que conduce a ese estado maravilloso y pleno que el Señor quiere de cada uno de nosotros, como hijos suyos y como Padre amoroso que es.
Los vocablos hebreo y griego para “santidad” transmiten la idea de puro o limpio en sentido religioso, apartado de la corrupción. La santidad de Dios denota su absoluta perfección moral. En español se utiliza la palabra santa cuando se trata de una mujer (por ejemplo, Santa Teresa de Jesús). Cuando es un hombre se utiliza siempre “San”, con las excepciones de Santo Tomé, Santo Toribio, Santo Tomás, y Santo Domingo, en las que se emplea el término completo.
Los santos fueron personas destacadas por sus virtudes y son como modelos capaces de mostrar a los demás un camino ejemplar de perfección. Al ser Dios amor, su principal virtud es, consecuentemente, su capacidad para amar a Dios y a los demás seres humanos. El cristianismo considera además que toda la humanidad está llamada a ser santa y a seguir a los santos, que representan el ejemplo de creencia y seguimiento de Dios cuya vida puede resumirse en un sólo concepto: el amor al ser supremo.
Muchas veces con asombro me encuentro con testimonios relacionados a los santos, como por ejemplo, “San Antonio no me cumplió la promesa y lo pongo de cabeza y así “castigo” al santo”, o sino esa disputa que existe que un santo puede ser más milagroso que otro. De hecho, los santos no hacen milagros. Los santos piden junto con nosotros para que el milagro o gracia pedida en la oración ocurra, si Dios así lo permite o desea.
Muchas personas por el amor que tienen a María o a algún santo le dedican un culto muy particular, hasta el extremo de adorarlo (la mayoría de las veces sin saberlo) y allí es cuando cometemos un error grave: debemos aprender como manifestar nuestro respeto a las imágenes que nos recuerdan a la Virgen, al Sagrado Corazón, como a cualquier santo, lo saludamos haciendo una pequeña reverencia con mucha piedad, inclinando la cabeza y nuestra mano en el corazón, sin necesidad de hacernos la señal de la cruz, ni arrodillándonos, ya que esas imágenes no son divinas ni tienen ningún poder sobrenatural, solo nos recuerdan a aquellos que hoy están en la presencia del Padre; no cometemos ningún pecado manifestando nuestro respeto y amor de esta manera ya que la adoración se la reservamos por completo a Dios y a Jesucristo presente en el Sacramento de la Eucaristía.
Ya en el concilio de Trento, en el año 1563, decía al respecto: “Deben tenerse y conservarse las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los otros santos y tributárseles el debido honor y veneración, no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, sino porque el honor que se les tributa, se refiere a los originales que ellas representan; adoramos a Cristo y veneramos a los santos, cuya semejanza ostentan aquéllas”.
Es importante hacer hincapié sobre el hecho de que esta autorizada declaración nos recuerda que todos los beneficios de Dios los obtenemos por intermedio de Jesucristo, "que es nuestro único Redentor y Salvador". Pero venerar a los santos, no nos aparta de Cristo. Cuando oramos a nuestra Señora y a los santos, les rogamos a ellos que gozan del favor de Dios, que intercedan por nosotros ante Dios, a fin de recibir de El, a través de Jesucristo, lo que necesitamos. No pedimos a Nuestra Señora o a los santos que nos concedan favores, sencillamente porque sabemos que no pueden concederlos. A Dios le pedimos que tenga misericordia de nosotros, que nos perdone, y nos conceda los beneficios que merezcamos.
Volviendo al tema principal de esta editorial, que entendemos por la palabra santo, la misma se utiliza como adjetivo para indicar una relación directa con Dios, El es la fuente de toda santidad y, así, llamamos santas las cosas relacionadas con él o dedicadas a él: “Santas Escrituras”, “un lugar santo”, “Tierra Santa”. También llamamos santos a los hombres y mujeres que El santificó. El hombre por sí mismo no es capaz de la santidad, sólo es capaz de colaborar con Dios y responder positivamente a las gracias que El otorga.
Hay muchos caminos para llegar a la santidad, sea cual sea nuestra vida, podemos ser santos. Unos llegaron a la santidad por la vía del martirio (dar la vida por Cristo); hay santos en todos los estados de la vida: vírgenes, religiosos, casados, viudos, sacerdotes, jóvenes, niños, reyes, pobres, ricos y pobres, sabios y campesinos sin estudio, esclavos, soldados y hasta prostitutas (como María Magdalena) y ladrones (como el buen ladrón crucificado junto a Jesús) han alcanzado la santidad. San Agustín decía: ¿Lo que estos y estas hicieron ¿no lo podrás hacer tú también?
Los milagros existen, pero no son signos de santidad. Que nos quede muy claro y esto es muy importante para nuestra vida de fe, que realmente los milagros no los hace el santo, ¿esta claro esto? El santo no OTORGA ninguna gracia, ni pedido que le hagamos, el único que nos da las gracias pedidas en nuestra oración al santo, cualquiera que sea el santo, la OTORGA Dios, aunque muchas veces elige hacerlos a través de alguien, por ejemplo: a San Expedito que es el patrono de las causas urgentes, o a San Cayetano, patrono del trabajo, nunca olvidemos que quién hizo lo que pedimos en la oración al santo fue: Dios.
María en cambio, es Mediadora entre Dios y los hombres, en cuanto que Ella presenta a su Hijo los bienes y súplicas de nosotros a Dios y, a la vez, transmite la vida divina que se nos ofrece en Cristo Jesús. Hay que saber, sin embargo, que la mediación de Cristo es única en cuanto que es por virtud propia y exclusiva. Como dice San Pablo: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también” (1 Timoteo 2,5). En cambio, la mediación de María es, por voluntad de Jesús, participada y subordinada a la de Cristo, pero es verdadera mediación: en virtud de su Maternidad divina que establece una especial unión con la Trinidad, y en virtud de su Maternidad espiritual que establece una relación especial con todos los hombres. Así, es Mediadora en cuanto que se encuentra sirviendo de lazo de unión entre dos extremos: Dios y los hombres.
Dice Santo Tomás que nada impide que existan entre Dios y los hombres, por debajo de Cristo, mediadores secundarios que cooperen con Él de una manera dispositiva o ministerial; es decir, disponiendo a los hombres a recibir la influencia del Mediador principal o transmitiéndosela, pero siempre en virtud de los méritos de Jesucristo.
Nuestros hermanos separados, denuncian que los católicos adoramos imágenes, cuando nos dirigimos a los santos o la Virgen, representados por una imagen, veamos bien cómo es esto. En el libro del Éxodo 20, 4-5, leemos: “No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto…”
Por lo tanto, a primera vista parecería que nuestros hermanos evangélicos tienen razón. Pero en otros pasajes de la Biblia el mismo Dios ordena hacer imágenes. Por ejemplo, en el mismo libro del Éxodo 25, 18-19, está escrito: “…y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa”. Notemos que es el propio Dios quien ordena la confección de esos dos ángeles, así como ponerlos a ambos lados del Arca de la Alianza.
Dios pareciera que se contradice, Dios prohíbe hacer imágenes, ¿y al mismo tiempo manda hacerlas? Espere no se inquiete, hacer imágenes no constituye pecado en sí mismo, pero puede serlo dependiendo del fin con que sean esculpidas. Por eso, Dios prohíbe terminantemente producir una imagen con el fin de adorarla como si fuese un dios. Esto se explica porque en aquella época los israelitas estaban rodeados de naciones paganas idólatras, es decir, que creían que las estatuas eran dioses o estaban dotadas de propiedades divinas, y por eso las adoraban y eran tendientes a imitarlas.
Antes de terminar mi editorial, quisiera explicarles cuatro modos que debemos aprendernos (no de memoria) sobre diferentes maneras de expresar nuestro amor a Dios, a Jesús, a su Madre la Virgen y los santos, puede ser un poco difícil de recordar pero nos ilustran muy bien como rendir el culto sin meter la pata:
LatríaLatría es un término usado en la teología para referirse a la forma más alta de reverencia, la cual debe ser dirigida solamente a Dios o la Trinidad. Latría es también usado como sufijo, con el significado de adoración, en composiciones como, por ejemplo, idolatría: adoración a los ídolos.
HiperdulíaLa Hiperdulía es el culto de veneración que los católicos, ortodoxos y algunos protestantes rinden a la Virgen María, considerada por los católicos como la madre de Dios, al ser la Madre de Jesucristo. El culto de la Hiperdulía es básicamente el mismo que el de la Dulía, sólo que en este caso, nosotros los católicos, mostramos que existe más amor, más respeto y más confianza ante la gracia que recibió de Jesús, por mediación de María. Igualmente se diferencia la Hiperdulía o veneración a la Virgen María, lo que se llama la Protodulía o veneración al Patriarca San José, padre putativo de Jesús.
DulíaLa Dulía es la veneración a los Apóstoles, a los santos y a los beatos y a los ángeles y arcángeles. Cabe recordar que la Iglesia católica, basada en las Santas Escrituras establece que los católicos deberán profesar amor y respeto a todos los demás seres humanos, familia, amigos y enemigos, según lo enseñó Jesús. En la teología, la Dulía es la veneración hacia los santos o hacia sus imágenes o reliquias. Según Santo Tomás, la dulía no es comparable con la Latría o veneración a Dios en el sentido que una va dirigida hacia un par y la otra hacia un ser superior.
En síntesis: Benedicto XVI, nos decía sobre los Amigos de Dios: "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".
No olvidemos y recordémoslo siempre: el cristiano, ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente.
A veces pensamos que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre. Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados.
Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian. Perseverar en la santidad es mantenerse en comunión con Cristo quien salva y da vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta en la carta a los Hebreos 12-14: "Busquen la paz con todos y la santificación, porque sin ella nadie verá al Señor."
Alfredo Musante
Director Responsable
Programa radial
EL ALFA Y LA OMEGA
martes 24 de enero de 2012
Silencio y Palabra: camino de evangelización
Mensaje del papa para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
CIUDAD DEL VATICANO, martes 24 enero 2012 (ZENIT.org).- "Silencio y Palabra: camino de evangelización” es el tema elegido por Benedicto XVI para la 46 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año se celebrará el domingo 20 de mayo. El papa hace público su mensaje en el día en que se conmemora a san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
*****
Queridos hermanos y hermanas
Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.
El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de "ecosistema" que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.
Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.
En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que "cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales" (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011).
Hay que considerar con interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: "Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio" (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo, la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo, cuando "el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre despierta a los que dormían desde hace siglos" (cf. Oficio de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios colmada de amor por la humanidad.
Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. "Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora" (Homilía durante la misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de "comunicar aquello que hemos visto y oído", para que todos estemos en comunión con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva.
En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con "hechos y palabras intrínsecamente conectados entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (Dei Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve la dignidad del hombre y que construye la justicia y la paz.
Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio "escucha y hace florecer la Palabra" (Oración para el ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de los medios de comunicación social.
Vaticano, 24 de enero 2012, Fiesta de San Francisco de Sales
©Librería Editorial Vaticana
CIUDAD DEL VATICANO, martes 24 enero 2012 (ZENIT.org).- "Silencio y Palabra: camino de evangelización” es el tema elegido por Benedicto XVI para la 46 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año se celebrará el domingo 20 de mayo. El papa hace público su mensaje en el día en que se conmemora a san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
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Queridos hermanos y hermanas
Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.
El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de "ecosistema" que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.
Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.
En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que "cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales" (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011).
Hay que considerar con interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: "Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio" (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo, la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo, cuando "el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre despierta a los que dormían desde hace siglos" (cf. Oficio de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios colmada de amor por la humanidad.
Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. "Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora" (Homilía durante la misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de "comunicar aquello que hemos visto y oído", para que todos estemos en comunión con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva.
En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con "hechos y palabras intrínsecamente conectados entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (Dei Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve la dignidad del hombre y que construye la justicia y la paz.
Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio "escucha y hace florecer la Palabra" (Oración para el ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de los medios de comunicación social.
Vaticano, 24 de enero 2012, Fiesta de San Francisco de Sales
©Librería Editorial Vaticana
lunes 23 de enero de 2012
San Francisco de Sales
Nació en el Castillo de Sales, proveniente de una familia noble, a los 13 años viajó a París para estudiar con los jesuitas, después a la Universidad de París y de allí a la de Padua estudiando Derecho y Teología. Su deseo de ser Sacerdote ya estaba presente pero oculto a su padre, sólo su madre y amigos íntimos lo sabían. Tomó como ejemplos de vida a San Francisco de Asís y a San Felipe Neri con lo que desarrolla una personalidad alegre, paciente y optimista. Sus inicios como sacerdote los ejerció entre los pobres.En 1594, fue hacia la zona del Chablais dominada por calvinistas. En un inicio fue echado por los pobladores y tuvo que pasar temporadas viviendo en la intemperie y de manera rudimentaria evitando 2 intentos de asesinato e incluso ataques de lobos, pero su celo y trabajo empezó a dar fruto, sumado a su carácter amable y paciente y una propaganda hecha a mano y distribuida casa por casa, profunda en su contenido refutando las ideas calvinistas, logró cautivar a los pobladores y convertirlos. Francisco de Sales resumió su labor a Juana de Chantal con esta frase: Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas.
Su labor quedó manifestada con la visita del Obispo Granier 4 años más tarde cuando fue recibido por gran número de católicos, hecho que antes hubiera sido imposible. Los escritos con los que se sirvió fueron los que hicieron su primer libro de "Controversias" y revelaron el carácter de escritor de Francisco.
Su fama creció tanto por su virtud como por su sencillez. Fue nombrado Obispo Coadjutor de Ginebra; viajó a Francia y así llegó a hacerse amigo del secretario de Enrique IV y del mismo monarca, quien deseaba que Francisco se quedase allí, pero el santo rechazó la oferta volviendo a Ginebra ("prefiero a la esposa pobre", dijo). En 1602 Obispo Granier murió y Francisco tomó su lugar, su estilo de vida y carácter cobraron mayor fama ya que se reveló como un gran organizador de su diócesis llevando una vida austera y con suma preocupación por los pobres y por la formación de sus feligreses, por ello es que empezó a escribir libros de manera sencilla que gustaron a todos. Consta, además, que perteneció a la Tercera Orden Mínima.
Su encuentro con Juana de Chantal en 1604, recibiéndola como hija espiritual, dio como resultado la fundación de la Orden de la Visitación de Santa María, el 6 de junio de 1610, para mujeres jóvenes y viudas que querían vivir el llamado de Dios sin la rigurosidad de los conventos monacales. La oposición del obispo de Lyon a este novedoso tipo de congregación, les obligó a redactar una regla basada en la de San Agustín de Hipona.
Después de una temporada atendiendo a las comunidades religiosas de su diócesis fatigado por su gran labor apostólica murió a los 56 años.
En 1665 fue canonizado por el papa Alejandro VII fijando la Iglesia Católica su fiesta litúrgica el 24 de enero. En 1877 recibió el título de Doctor de la Iglesia por la eminencia de sus obras y por su vida ejemplar. Es patrono de los escritores y periodistas.
en
19:30
miércoles 18 de enero de 2012
Las expresiones religiosas de las nuevas necesidades populares
La protección de los males de gargantas y el cuidado de la vista que lejanas tradiciones atribuyen respectivamente a san Blas y a santa Lucía, el reconocimiento de santa Cecilia como patrona de la música, la entusiasta invocación de enamorados de América del Norte a san Valentín, o el pedido dirigido a san Antonio en los países de cultura latina y la invocación de antiguos trabajadores de los correos de Europa a san Gabriel Arcángel, muestran que la religiosidad popular siempre reflejó las actividades y necesidades existenciales que preocupan en distintas épocas a vastos sectores de la humanidad.Algunas son penurias que adquieren mayor relevancia por los problemas que se encuentran en determinadas culturas y situaciones sociales o económicas más o menos coyunturales. Por eso, antiguas necesidades vuelven a resurgir con nuevas fuerzas, mientras que otras devociones van perdiendo relevancia. Así ocurrió en el siglo pasado con san Cayetano, que casi sin mayor difusión en su país de origen, comenzó a estar presente ya en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, pero cuya referencia a quienes buscan “pan y trabajo” se expandió en Argentina durante la crisis económica de 1930.
Devociones Populares: nuevas y antiguas nos interpelan frente a algunas cuestiones teológicas y pastorales que intento continuar a partir de tres interrogantes: ¿qué nuevas necesidades se reflejan en estas expresiones la religiosidad popular? ¿Hasta dónde pueden ser parte de una religiosidad difusa o incluso supersticiosa? ¿Catequizan las imágenes en la búsqueda del Reino anunciado por Jesús y su justicia? ¿Qué aporta la pastoral a estas nuevas necesidades populares?
En la iglesia de San Peter am Perlach –Augsburgo– se encuentra desde 1700 una pintura de María, conocida como “la que desata los nudos”. De estilo barroco y autor desconocido, representa la Inmaculada Concepción rodeada de una multitud angélica presidida por una paloma, símbolo del Espíritu Santo. Uno de los ángeles le entrega una cinta con muchos nudos. Ella los mira atentamente, los desata y lo entrega a otro ángel que recibe ahora la cinta blanca en su textura original.
Probablemente esta imagen se inspire en un texto de san Ireneo de Lyon que dice que por su fe y su obediencia al Padre, María desató el nudo de la desobediencia y de la incredulidad de nuestros primeros padres: “porque los lazos del pecado no podrían ser desatados sino por un proceso inverso al que había seguido el pecado”.
En el imaginario popular el nudo simboliza una dificultad que llega a tener un reflejo similar a la soga del ahorcado y por eso se dice tener un nudo en la garganta. En los nudos del cuadro cada uno puede ver representadas las trabas, angustias y dolores más difíciles y aterradores de la vida y puede decir con confianza “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.
Otro personaje que ha entrado en escena es: San Expedito –venerado en la Edad Media en el Oriente ortodoxo y católico, Turín y en Sicilia– su nombre, su posible leyenda y su invocación para las necesidades urgentes y para las causas judiciales, son atributos que parten de la tradición de su rápida conversión y de un juego de palabras en torno a expedito-expeditivo-expediente.
En la cultura posmoderna, la urgencia puede ser el resultado de una ansiedad incapaz de tolerar la frustración de la espera. Muchos niños y niñas han descubierto que es suficiente un berrinche para lograr de inmediato la golosina deseada, ya que sus padres no se atreven a educarlos en el arte de la postergación. Pero también existen urgencias que son absolutamente necesarias para la vida, como puede ser el corazón de quien requiere ser trasplantado, el dinero para evitar un inminente desalojo, o la llegada de la ambulancia para socorrer a los heridos en un accidente ferroviario.
La urgencia no queda restringida al ámbito de las necesidades privadas y se convierte en una necesidad imperiosa en la búsqueda de la justicia social y del desarrollo de los pueblos. La propuesta de Pablo VI es muy clara: “La situación presente tiene que afrontarse valerosamente y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo. El desarrollo exige transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar más, reformas urgentes. Cada uno debe aceptar generosamente su papel, sobre todo los que por su educación, su situación y su poder tienen grandes posibilidades de acción” (Populorum Progressio, 32).
La petición de una urgente intervención divina pertenece a la fe reflejada en la piedad del pueblo judío y la liturgia cristiana (ver Sal 22, 20; 69, 18; 71, 12). El anhelo de la justicia y una rápida resolución judicial también recorre todas las páginas de la Biblia. En el Salmo (82, 2) la crítica a los jueces es muy precisa: “¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y favorecerán a los malvados?”. El propio Jesús de Nazaret concluye la parábola del reclamo de la viuda al juez injusto con una referencia a la rápida intervención de Dios aunque incluya el aguante y la paciencia: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia” (Lc 18, 7-8).
Los enmarañados procedimientos judiciales no suelen caracterizarse por la agilidad en la resolución de los problemas civiles más comunes y mucho menos en las sentencias por los graves delitos que ocurren a diario. Además de las responsabilidades propias del Poder Judicial, existe también un reclamo de “justicia social” que comienza con el derecho a la vida y a los demás derechos humanos cuyo reconocimiento práctico se va postergando indefinidamente.
Limitándose solamente a la devoción a María Desatanudos y a san Expedito se puede sintetizar todo lo anterior en una afirmación: son reflejo de las actuales necesidades de desatar los diferentes nudos que atenazan la existencia y la urgencia en la búsqueda de una justicia demasiado largamente esperada. Por contrapartida, se constatan que también se encuentran urgencias y necesidades que nada tienen que ver con auténticas relaciones de amor, serios compromisos en la lucha por la justicia y sobre todo, con la enseñanza del Evangelio de Jesucristo. Personas que están obsesionadas por lograr la desaparición de su rival amoroso o que se encuentran urgidas por relaciones comerciales que incluyen el negociado y el soborno no dudan en recurrir a las representaciones de personas que, según lo relata la historia documentada, las tradiciones o la leyenda, vivieron de un modo totalmente lo contrario a lo que se les solicita. Además, los negocios de “santería” cercanos a los templos y sus ofertas de brebajes, piedras de colores y sahumerios especializados que con la vela que ayuda a recordar las promesas del bautismo.
Por eso es necesario preguntarse: ¿en qué medida estas devociones y cultos conducen al encuentro con Jesucristo? Es difícil responder por cada persona. Desde el punto de vista simbólico, aparecería más claramente la relación con Jesús si en la misma representación se encuentra incluido, como es el caso de la imagen de san Cayetano con el Niño Jesús en brazo y la de san Expedito con la Cruz del compromiso. En las imágenes de la Virgen María, al reconocerla como “Madre de Dios” e invocarla diciéndole “bendito es fruto de tu vientre, Jesús”, lo implícito parece explicitarse.
Pero aún la misma cruz, en determinadas culturas y circunstancias, requiere de un adecuado discernimiento evangelizador. Así opinaba Bartolomé de las Casas en el siglo XVI: “Erigir cruces e invitar a los indios a tributarles señales de respeto es cosa buena, con tal que se les haga comprender la significación de ese gesto; pero si no se dispone del tiempo necesario, o si no se habla su lengua, es cosa inútil y superflua, ya que los indios pueden imaginarse que se les propone allí un nuevo ídolo, que figura el dios de los cristianos; y así se les incita a adorar un trozo de madera como a un dios, lo cual es idolatría. La conducta más segura, la única regla que conviene a los cristianos observar cuando se encuentran en territorios paganos, es dar ejemplo con obras virtuosas, de manera que según las palabras de nuestro redentor, vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, y piensen que un dios que tiene tales adeptos, no puede menos ser bueno y verdadero.”
En ese sentido, reconociendo que la imagen remite a quien representa; no cabe duda que más que la estatua, la pintura o el icono, son las acciones las que pueden resultar más opresoras, injustas o alienantes, como a la inversa, pueden hacer presente el reino de Dios y su justicia en la tierra. Aun sin referencia explícita, cuando la devoción popular entra en contacto con quien está representado en la imagen y pide o agradece la armonía de la familia, el trabajo que permite ganar el pan cotidiano, el logro de la casa propia, la desaparición de tantos nudos que agobian y las urgentes respuestas a sus necesidades que, en la medida que son propias del desarrollo integral, está pidiendo o agradeciendo valores del reino de Dios anunciado por Jesús de Nazaret.
El Documento de Puebla, que ha valorado muy positivamente la religiosidad popular latinoamericana en el contexto de la evangelización de la cultura, también ha señalado algunos aspectos negativos de diverso origen que, veinticinco años después, parece acentuarse: “De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social, consumismo, sectas, religiones orientales y agnósticas, manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas, mesianismos políticos secularizados, desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la Evangelización”. Desde la propia responsabilidad de los agentes pastorales se observa que “la religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre élites y pueblos. Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada pastoral” (ver Documento de Puebla, 455-456).
Mientras van apareciendo esos signos, como el sol que se vislumbra detrás de la imagen del icono azteca de la Virgen de Guadalupe, surge la necesidad de atender las manifestaciones de la religiosidad popular en contexto posmoderno, con una adecuada pastoral propuesta a partir de los nuevos sentimientos y valores que la expresan, proyectada en todos los ámbitos de las devociones y la liturgia, el itinerario catequístico en el seno de familias, incluso las conformadas de modo diverso a la tradición, los espacios de las comunidades, parroquias y santuarios y las acciones relacionadas con el amplio mundo de los vínculos sociales, políticos y económicos. Este intento viene desarrollándose en varios santuarios del país a partir de la década del ‘70 y su práctica puede aportar algunas sugerencias útiles para las nuevas situaciones.
Una de las claves pastorales está en tratar de superar el lenguaje de las élites ilustradas y de la cultura enciclopedista que introduce el razonamiento formal y a las ideas transmitidas sólo por palabras, escritos y conceptos. Se trata de vivenciar el cristianismo popular, difundido en los sectores inmensamente mayoritario del pueblo; un cristianismo que no se lo debe juzgar exclusivamente, ni se lo debe creer agotado en la religiosidad popular –que constituye ciertamente su expresión rica y variadísima– sino que se lo debe investigar y reconocer en sus elementos evangélicos fundamentales: la fe, la esperanza y la caridad inculturadas en el estilo de vida peculiar de ese pueblo y que constituye una forma de cristianismo distinto pero tan válido como cualquier otro de las muchas formas históricas que ha asumido el cristianismo en diversos tiempos y lugares.
Fuente: Vida Pastoral
Edición: Nº 269 ENERO / FEBRERO 2008
Autor: Pbro. Eduardo A. González
martes 10 de enero de 2012
María Elena Walsh
Fue una poetisa, escritora, música, cantautora, dramaturga y compositora argentina, que ha sido considerada como mito viviente, prócer cultural (y) blasón de casi todas las infancias. Lo escrito por María Elena configura la obra más importante de todos los tiempos en su género, comparable a la Alicia de Lewis Carroll o a Pinocchio; una obra que revolucionó la manera en que se entendía la relación entre poesía e infancia.Especialmente famosa por sus obras infantiles, entre las que se destacan el personaje/canción Manuelita la tortuga y los libros Tutú Marambá, El reino del revés y Dailan Kifki, es también autora de difundidas canciones populares para adultos, entre ellas Como la cigarra, Serenata para la tierra de uno y El valle y el volcán. Otras canciones de su autoría que integran el cancionero popular argentino son: La vaca estudiosa, Canción de Titina, El Reino del Revés, La pájara Pinta, La canción de la vacuna (El brujito de Gulubú), La reina Batata, El twist del Mono Liso, Canción para tomar el té, En el país de Nomeacuerdo, La familia Polillal, Los ejecutivos, Zamba para Pepe, Canción de cuna para un gobernante, Oración a la justicia, Dame la mano y vamos ya, etc. Entre sus álbumes destacados se encuentran Canciones para mirar (1963) y Juguemos en el mundo (1968).
Su padre, Enrique Walsh, era un irlandés, que trabajaba como empleado del departamento contable de la New Western Railway of Buenos Aires (Ferrocarril Oeste de Buenos Aires) y tocaba muy bien el piano. De la cultura popular inglesa, María Elena tomaría las tradicionales canciones para niños, que su padre le cantaba de niña, así como el hábito de las construcciones verbales que caracterizan al nonsense británico, como una de las principales fuentes de inspiración en su obra. Su madre, Lucía Elena Monsalvo, era argentina, hija de padre argentino y madre andaluza. Se había casado con su padre, en segundas nupcias de éste, y tuvieron juntos dos hijas, Susana y María Elena. Del primer matrimonio, su padre tuvo también otros cuatro hijos.
A los 12 años decide ingresar a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, ubicada en la Ciudad de Buenos Aires (Barracas), donde se radicó. Tímida y rebelde, leía mucho de adolescente. En 1945, a los 15 años, publicó su primer poema. En 1947, cuando contaba con 17 años, sufre la muerte de su padre y publica su primer libro, un poemario titulado Otoño imperdonable que recibió el segundo premio Municipal de Poesía, aunque el jurado se excusó diciéndole que no le habían otorgado el primero porque era demasiado joven. A pesar de su juventud, se trata de un libro notable, que llamó de inmediato la atención sobre ella del mundo literario hispanoamericano. Reúne poemas escritos entre los 14 y los 17 años, que sorprenden por la madurez expresiva y por un estilo natural, plenos de hallazgos y juegos líricos, como en Término, donde se define a sí misma como un sitio donde florecerá la muerte.
Luego de finalizar sus estudios secundarios en 1948, recibiéndose como profesora de Dibujo y Pintura, aceptó la invitación de Juan Ramón Jiménez (autor de Platero y yo) de visitarlo en su casa de Maryland (Estados Unidos), donde permanecería seis meses en 1949. De vuelta en Buenos Aires y ya sobre el filo de la mitad del siglo, María Elena frecuentaba los círculos literarios e intelectuales y escribía ensayos en diversas publicaciones. En 1951 publicó su segundo poemario, Baladas con Ángel. El libro fue editado en un mismo volumen con Argumento del enamorado, del igualmente joven escritor Ángel Bonomini, quien por entonces era novio de María Elena. El volumen constituye un todo en el que dos enamorados intercambian sus emociones expresadas en versos.
María Elena Walsh parecía comenzar a definir su vida como una de las más prometedoras figuras del mundo intelectual porteño. Sin embargo, aunque nadie lo percibiera, se sentía asfixiada: por las represiones familiares y sociales relacionadas con una sexualidad que siempre mantuvo reservada a la intimidad, por los celos y pequeñas traiciones del mundo cultural, y por un clima político polarizado entre peronismo y antiperonismo, tendencia esta última con la que se identificaba la joven, como lo hacía la mayor parte de la clase media. Algunos años después, al ver lo que hicieron los gobiernos antiperonistas, comenzaría sentir simpatías por el peronismo y su significado de progreso para los sectores populares. Pero en ese momento, su vida estaba a punto de pegar un notable viraje.
María Elena Walsh inició su asociación artística y afectiva con Leda Valladares en 1951, por carta. En ese entonces tenía 21 años, once menos que Valladares, una artista tucumana relacionada con el folklore cotidiano del noroeste -hija del mítico folklorista Chivo Valladares- y una de las primeras mujeres en egresar de la Universidad Nacional de Tucumán. En 1952 se instalaron en París y comenzaron a cantar canciones folklóricas de tradición oral de la región andina de Argentina, como carnavalitos, bagualas y vidalas.
De regreso en la Argentina en 1956, Leda y María realizaron una extensa gira por el noroeste argentino en donde reunieron varias canciones que grabarían luego en sus dos primeros álbumes realizados en su país. Muchas de esas canciones se instalarían en el cancionero folklórico. Por entonces comenzaron a aparecer las diferencias entre ambas que llevaría a su separación: mientras Leda Valladares reivindicaba el valor del indigenismo y del folklore puro, en el sentido de la creación anónima, María Elena Walsh se inclinaba a la creación de nuevas expresiones, alimentándose de las raíces folklóricas, pero sin estar estrictamente restringidas a ellas, orientándose por los valores de la justicia social, el feminismo y el pacifismo.
En 1958 María Herminia Avellaneda le ofreció a Walsh escribir guiones de televisión para programas infantiles. En 1960 Leda y María mostraron un notable viraje en su estilo al grabar Canciones de Tutú Marambá, en la que cantan canciones infantiles que Walsh había escrito para los guiones que estaba realizando para la televisión. Allí se incluyen las primeras cuatro canciones que harían famosa a María Elena Walsh en la música infantil: "La vaca estudiosa", "Canción del pescador", "El Reino del Revés" y "Canción de Titina".
De ese modo nació la idea de hacer un espectáculo musical-dramático para niños que se llamó Canciones para mirar. La obra estaba compuesta a partir de doce canciones de Walsh, que cantaban Leda y María vestidas como juglares. Doña Disparate y Bambuco fue la última presentación de Leda y María. En esta obra aparecen el Mono Liso, y sobre todo la tortuga Manuelita, el personaje más paradigmático y conocido del universo infantil creado por María Elena Walsh. La obra tenía una similitud con el clima onírico de Alicia en el país de las maravillas.
En 1968 estrenó su espectáculo de canciones para adultos Juguemos en el mundo, que se constituyó en un acontecimiento cultural que influiría fuertemente en la nueva canción popular argentina, que venía conformándose desde diversos enfoques, como el Movimiento del Nuevo Cancionero impulsado por músicos como Mercedes Sosa y Armando Tejada Gómez, el folklore vocal que estaban desarrollando grupos como los Huanca Hua y el Cuarteto Zupay.
Asfixiada por la censura impuesta por la dictadura militar, en julio de 1978, en plena Copa Mundial de Fútbol, decidió "no seguir componiendo ni cantar más en público". Paradójicamente, varias de sus canciones se volvieron símbolo de la lucha por la democracia, como Como la cigarra, Canción de cuna para un gobernante, Oración a la Justicia, Dame la mano y vamos ya, Balada del Comudus Viscach, Postal de guerra o su versión de We shall overcome (Venceremos), la clásica marcha del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.
En 1985 fue nombrada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires y en 1990, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba y Personalidad Ilustre de la Provincia de Buenos Aires. En 1994 apareció la recopilación completa de sus canciones para niños y adultos y en 1997, Manuelita ¿dónde vas? Falleció el 10 de enero de 2011 a los 80 años en el Sanatorio de la Trinidad después de una prolongada internación a causa de su cáncer óseo. Sus restos se velaron en la sede central de SADAIC y posteriormente fueron inhumados en el panteón que posee esta entidad en el Cementerio de la Chacarita.
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03:32
lunes 9 de enero de 2012
¿Qué es EVANGELIZAR?
Evangelizar quiere decir: enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: Él me ha ungido para llevar las buenas nuevas a los pobres (Lc 4, 18); y esto quiere decir: Yo tengo las respuestas a las preguntas fundamentales. Por este motivo tenemos necesidad de una nueva evangelización.
Gran parte de la humanidad de hoy en día, no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia una respuesta que convenza a la pregunta: ¿Cómo vivir? El Evangelio está hecho para todos y no sólo para un sector determinado de personas, por esto estamos obligados a buscar nuevas vías para llevar el Evangelio a todos.
Sin embargo, aquí se esconde la tentación de la impaciencia, de buscar inmediatamente el gran éxito, de buscar los grandes números. Y este no es el método de Dios. Para el reino de Dios y, de esta manera, para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, siempre es válida la parábola del grano de mostaza (Cf. Mc 4, 31 - 32). Nueva evangelización no podría significar atraer inmediatamente con nuevos y más refinados métodos a las grandes masas alejadas de la Iglesia. No es esta la promesa de la nueva evangelización.
Es cierto que debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacernos escuchar - o mejor dicho: hacer accesible y comprensible la voz del Señor... No es que busquemos ser escuchados nosotros - no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino queremos servir al bien de las personas y de la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida.
Todos los métodos razonables y moralmente aceptables deben ser estudiados - es un deber utilizar estas posibilidades de la comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana en esa profundidad, a la que debe llegar el Evangelio.
Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba - pero esto no es todo. Su vida entera fue - como lo muestra el Evangelio de Lucas - un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra.
En relación a los contenidos de la nueva evangelización, antes que nada se debe tener presente que no se puede obviar el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: ¡Conviértanse! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta al llamado del precursor.
Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia.
Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. Si me permiten me gustaría hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica.
Muchas veces en nuestras Iglesias el modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender - la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral.
Hoy la sociedad y por añadidura el hombre que en ella vive, una fuerte penetración de modas y estilos de vida, el esoterismo, las ciencias ocultas, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza.
Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia.
Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los poderosos así como para los humildes. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas.
En síntesis:
Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido.
La bondad de Dios es infinita, de esta manera volvemos a nuestro punto de partida: DIOS. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.
Alfredo Musante
Director Responsable
Programa Radial
EL ALFA Y LA OMEGA
Gran parte de la humanidad de hoy en día, no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia una respuesta que convenza a la pregunta: ¿Cómo vivir? El Evangelio está hecho para todos y no sólo para un sector determinado de personas, por esto estamos obligados a buscar nuevas vías para llevar el Evangelio a todos.
Sin embargo, aquí se esconde la tentación de la impaciencia, de buscar inmediatamente el gran éxito, de buscar los grandes números. Y este no es el método de Dios. Para el reino de Dios y, de esta manera, para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, siempre es válida la parábola del grano de mostaza (Cf. Mc 4, 31 - 32). Nueva evangelización no podría significar atraer inmediatamente con nuevos y más refinados métodos a las grandes masas alejadas de la Iglesia. No es esta la promesa de la nueva evangelización.
Es cierto que debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacernos escuchar - o mejor dicho: hacer accesible y comprensible la voz del Señor... No es que busquemos ser escuchados nosotros - no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino queremos servir al bien de las personas y de la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida.
Todos los métodos razonables y moralmente aceptables deben ser estudiados - es un deber utilizar estas posibilidades de la comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana en esa profundidad, a la que debe llegar el Evangelio.
Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba - pero esto no es todo. Su vida entera fue - como lo muestra el Evangelio de Lucas - un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra.
En relación a los contenidos de la nueva evangelización, antes que nada se debe tener presente que no se puede obviar el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: ¡Conviértanse! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta al llamado del precursor.
Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia.
Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. Si me permiten me gustaría hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica.
Muchas veces en nuestras Iglesias el modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender - la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral.
Hoy la sociedad y por añadidura el hombre que en ella vive, una fuerte penetración de modas y estilos de vida, el esoterismo, las ciencias ocultas, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza.
Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia.
Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los poderosos así como para los humildes. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas.
En síntesis:
Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido.
La bondad de Dios es infinita, de esta manera volvemos a nuestro punto de partida: DIOS. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.
Alfredo Musante
Director Responsable
Programa Radial
EL ALFA Y LA OMEGA
viernes 6 de enero de 2012
EPIFANÍA: la manifestación del Señor
Epifanía significa "manifestación". Jesús se da a conocer. Aunque Jesús se dio a conocer en diferentes momentos a diferentes personas, la Iglesia celebra como epifanías tres eventos:Su Epifanía ante los Reyes Magos (Mt 2, 1-12)
Su Epifanía a San Juan Bautista en el Jordán
Su Epifanía a sus discípulos y comienzo de Su vida pública con el milagro en Caná.
La Epifanía que más celebramos en la Navidad es la primera. Esta fiesta, tiene su origen en la Iglesia de Oriente. A diferencia de Europa, el 6 de enero tanto en Egipto como en Arabia se celebraba el solsticio, festejando al sol victorioso con evocaciones míticas muy antiguas.
Hasta el siglo IV la Iglesia comenzó a celebrar en este día la Epifanía del Señor. Al igual que la fiesta de Navidad en occidente, la Epifanía nace contemporáneamente en Oriente como respuesta de la Iglesia a la celebración solar pagana que tratan de sustituir. Esta fiesta ya se celebraba en la Galia a mediados del siglo IV donde se encuentran vestigios de haber sido una gran fiesta para el año 361 AD. La celebración es ligeramente posterior a la de Navidad.
Mientras en Oriente la Epifanía es la fiesta de la Encarnación, en Occidente se celebra con esta fiesta la revelación de Jesús al mundo pagano, la verdadera Epifanía. La celebración gira en torno a la adoración a la que fue sujeto el Niño Jesús por parte de los tres Reyes Magos (Mt 2 1-12) como símbolo del reconocimiento del mundo pagano de que Cristo es el salvador de toda la humanidad.
De acuerdo a la tradición de la Iglesia del siglo I, se relaciona a estos magos como hombres poderosos y sabios, posiblemente reyes de naciones al oriente del Mediterráneo, hombres que por su cultura y espiritualidad cultivaban su conocimiento de hombre y de la naturaleza esforzándose especialmente por mantener un contacto con Dios. Del pasaje bíblico sabemos que son magos, que vinieron de Oriente y que como regalo trajeron incienso, oro y mirra; de la tradición de los primeros siglos se nos dice que fueron tres reyes sabios: Melchor, Gaspar y Baltazar. Hasta el año de 474 AD sus restos estuvieron en Constantinopla, la capital cristiana más importante en Oriente; luego fueron trasladados a la catedral de Milán (Italia) y en 1164 fueron trasladados a la ciudad de Colonia (Alemania), donde permanecen hasta nuestros días.
El hacer regalos a los niños el día 6 de enero corresponde a la conmemoración de la generosidad que estos magos tuvieron al adorar al Niño Jesús y hacerle regalos tomando en cuenta que "…Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo" (Mt. 25, 40); a los niños haciéndoles vivir hermosa y delicadamente la fantasía del acontecimiento y a los mayores como muestra de amor y fe a Cristo recién nacido.
Toda la liturgia en este tiempo, habla de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.
En su búsqueda espiritual, el ser humano ya dispone naturalmente de una luz que lo guía: es la razón, gracias a la cual puede orientarse, aunque a tientas hacia su Creador. Pero, dado que es fácil perder el camino, Dios mismo vino en su ayuda con la luz de la revelación, que alcanzó su plenitud en la encarnación del Verbo, Palabra eterna de verdad. La Epifanía celebra la aparición en el mundo de esta luz divina, con la que Dios salió al encuentro de la débil luz de la razón humana. Así, en esta solemnidad, se propone la íntima relación que existe entre la razón y la fe, las dos alas de que dispone el espíritu humano para elevarse hacia la contemplación de la verdad.
Cristo no es sólo luz que ilumina el camino del hombre. También se ha hecho camino para sus pasos inciertos hacia Dios, fuente de vida. Un día dijo a los Apóstoles: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto" (Jn 14, 6-7). Y ante la objeción de Felipe añadió: “El que me ha visto, ha visto al Padre”. (Jn 14, 9.1 1). La epifanía del Hijo es la epifanía del Padre. ¿No es éste, en definitiva, el objetivo de la venida de Cristo al mundo? El mismo afirmó que había venido, como nos lo cuenta Juan 17-6: “…Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra”. (cf. Jn 17, 6).
También a nuestra época se puede aplicar el oráculo del profeta Isaías: “…Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora”. (Is 60, 2-3), la Iglesia está llamada a revestirse de luz: “¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!” (cf. Is 60, 1), para resplandecer como una ciudad situada en la cima de un monte: la Iglesia no puede permanecer oculta, porque los hombres necesitan recoger su mensaje de luz y esperanza, y glorificar al Padre que está en los cielos.
Conscientes de esta tarea apostólica y misionera, que compete a todo el pueblo cristiano, vamos como peregrinos a Belén, a fin de unirnos a los Magos de Oriente, mientras ofrecen dones al Rey recién nacido. Pero el verdadero don es él: Jesús, el don de Dios al mundo. Debemos acogerlo a él, para llevarlo a cuantos encontremos en nuestro camino. El es para todos la epifanía, la manifestación de Dios, esperanza del hombre, de Dios, liberación del hombre, de Dios, salvación del hombre.
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10:55
Los Magos: siguieron la estrella
No es un cuento de Navidad, sino una profunda experiencia. Ciertamente, ante el relato de los magos (Mt 2,2-11) surgen diversos interrogantes: ¿es pura leyenda?, ¿es sólo un símbolo, según el cual Jesús sería la estrella de Jacob?, ¿estamos ante un signo, es decir, ante algo que realmente aconteció y que resulta significativo? Del fenómeno de la estrella se dan diversas interpretaciones: un cometa, una nueva estrella, un astro milagroso, una conjunción triple. Por diversos motivos, esta última merece especial atención.El astrónomo J. Kepler hizo esta hipótesis en 1606: una conjunción triple, que se repitió tres veces, extraordinariamente rara, de los planetas Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. En el año 7 a.C. ocurrió el mismo fenómeno y fue particularmente luminoso. La conjunción apareció el 12 de abril y se repitió tres veces, con puntos de culminación el 29 de mayo, el 3 de octubre y el 4 de diciembre.
El fenómeno pudo coincidir con las principales fiestas judías, las tres fiestas de peregrinación a Jerusalén (pascua y Pentecostés en abril y mayo, fiesta de las tiendas en septiembre-octubre): “Tres veces al año, todos los varones se presentarán delante del Señor, tu Dios, en el lugar elegido por él: en la fiesta de los Ázimos, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Chozas. Nadie se presentará delante del Señor con las manos vacías. Cada uno dará lo que pueda, conforme a la bendición que el Señor, tu Dios, te haya otorgado”. (Dt 16,16-17). En los Hechos de los Apóstoles (2,1-11) nos encontramos con una fiesta de peregrinación, la de pentecostés (siete semanas). El viaje podía durar mes y medio en aquella época, siguiendo las rutas comerciales, la del Eúfrates o la del desierto.
Es de suponer que los magos (sabios, astrónomos) fueran, como el profeta Daniel (Dn 4,6), judíos de la diáspora, no gentiles. Sólo unos creyentes judíos podrían percibir la señal que les ponía camino de Jerusalén. Para los demás no dejaba de ser un fenómeno más. Los magos percibieron en su trabajo una señal, una señal dada en lo alto del cielo: Los cielos cantan la gloria de Dios (Sal 19,2). Una tablilla en caracteres cuneiformes, que fue dada a conocer en el año 1925 y que se encuentra en el museo estatal de Berlín, revela que la conjunción fue observada en la escuela de astronomía de Sippar, antigua ciudad de Babilonia. En tiempo de Jesús había en Mesopotamia una importante colonia judía.
Los magos llegan preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarle. La actitud de adoración, que con razón puede considerarse aquí prematura, sólo se entiende después, a la luz de la Pascua. En los magos sería, más bien, un gesto de reconocimiento y de respeto, como dice Isaías 60,1-6: “¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora. Mira a tú alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, porque se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti. Te cubrirá una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor”.
La pregunta de los magos sobresaltó a Herodes, el rey extranjero (y usurpador) puesto por los romanos. Ciertamente, ese nacimiento no había sido en su casa, sino en otra parte. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Mesías. Ellos le dijeron: En Belén de Judá, porque así está escrito por medio del profeta Miqueas 5,1: “Y tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel: sus orígenes se remontan al pasado, a un tiempo inmemorial”.
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: “Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. "En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel". Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: "Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”. (Mt 2,4-8)
Los magos van de señal en señal y preguntando. Acogen las señales y, también, la información que, por diversos caminos, les llega. Eso sí, con discernimiento. Van camino a Belén y aparece de nuevo la señal: Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría (Mt 2,10). Como Belén está al sur de Jerusalén (8 km), la nueva conjunción se encuentra delante y encima de ellos. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego los cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, volvieron a su país por otro camino (2,11-12).
A finales del siglo I, el historiador judío Josefo habla de un movimiento mesiánico muy vivo el año 6 a.C., indicando que Herodes castigaba con medidas drásticas a todos aquellos que expresaban su esperanza en la liberación del pueblo judío de la dominación romana. Habla también del rumor popular de que Dios había decidido acabar con el dominio de Herodes, pues una señal divina había anunciado la venida de un caudillo nacional judío. El escritor pagano Macrobio, hacia el 400 d.C., recoge una alusión de Augusto a su contemporáneo Herodes, que había ordenado matar a todos los niños de dos años para abajo.
El sabio judío Maimónides escribió hacia el año 1170 d.C. que los judíos tenían el convencimiento de que el Mesías surgiría cuando se produjera una conjunción de los planetas Saturno y Júpiter en el signo de Piscis. Simeón, jefe del gran levantamiento judío contra la dominación romana en los años 132-135 de nuestra era, fue llamado bar kochba (hijo de la estrella), en referencia al pasaje: Avanza la estrella de Jacob, como se relata en Números 24,17: “Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel: golpea las sienes de Moab y el cráneo de todos los hijos de Set”.
Lucas relata el mismo acontecimiento de otro modo. No habla de magos: la palabra tenía (y tiene) connotaciones negativas. Habla de ángeles, mensajeros de Dios, y de pastores, que en la comarca vigilaban y guardaban por la noche su rebaño, así lo relata Lucas 2,8-14: “En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!”
Podemos citar algunos ejemplos:
-Salmo 19-2,7
“El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos; un día transmite al otro este mensaje y las noches se van dando la noticia. Sin hablar, sin pronunciar palabras, sin que se escuche su voz, resuena su eco por toda la tierra y su lenguaje, hasta los confines del mundo. Allí puso una carpa para el sol, y este, igual que un esposo que sale de su alcoba, se alegra como un atleta al recorrer su camino. El sale de un extremo del cielo, su órbita llega hasta el otro extremo, y no hay nada que escape a su calor”
-Carta a los Hebreos 2-5,6
“¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy? ¿Y de qué ángel dijo: Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo? Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: Que todos los ángeles de Dios lo adoren”.
Los ejércitos celestiales son - según los antiguos - las estrellas, ordenadas en gran número en el cielo y trazando sus órbitas, pero también los ángeles que las mueven. Los pastores dieron a conocer lo que les habían dicho de aquel niño (Lc 2,17). Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor. Movido por el Espíritu, Simeón fue al templo. Aunque el misterio de Jesús le desbordara, tuvo conciencia de estar delante del Mesías (2,29-32). Sus padres estaban admirados de lo que se decía de él (2,33; ver 2,19). El salmo 110,3 adquiere un significado especial: “Tú eres príncipe desde tu nacimiento, con esplendor de santidad; yo mismo te engendré como rocío, desde el seno de la aurora”.
Los escribas y los sumos sacerdotes escudriñaron la Biblia y encontraron no menos de cuatrocientos sesenta y seis profecías mesiánicas y más de quinientos cincuenta conclusiones sacadas de las Escrituras. Y hasta le indicaron a Herodes el lugar exacto donde podía encontrar al Salvador, al verdadero Rey de los judíos. Sin embargo, ninguno se puso en movimiento. Los Magos, en cambio, nos dejaron el ejemplo de quien está en actitud de búsqueda ante Dios.
En nuestra vida suelen suceder hechos cargados de sentido que reclaman nuestra atención. Ciertamente, si uno no se pone a investigar, a ver qué quiere decirnos Dios, vive más tranquilo, no se cuestiona, no se hace problemas. Pero no avanza, se mueve en un horizonte estrecho, mezquino, sin dimensiones, y se priva de lo que le ofrece su capacidad para progresar.
Los Magos estaban a la espera. Aguardaban. Y cuando apareció algo en su cielo, comprendieron que era el signo. No dudaron. No se dejaron enredar con falsas hipótesis. Iniciaron una larga caminata por el deseo de cumplir la voluntad de Dios, y siguieron adelante pese a todos los sacrificios que tal decisión implicaba.
En la vida hay que seguir una estrella. Un ideal. Un proyecto de vida. Un modelo de santidad. Esa es la estrella que brilla para nosotros en nuestro cielo azul. Y hay que seguirla a pesar de todos los sacrificios que impone.
Jesús nos espera al final…
El sabio judío Maimónides escribió hacia el año 1170 d.C. que los judíos tenían el convencimiento de que el Mesías surgiría cuando se produjera una conjunción de los planetas Saturno y Júpiter en el signo de Piscis. Simeón, jefe del gran levantamiento judío contra la dominación romana en los años 132-135 de nuestra era, fue llamado bar kochba (hijo de la estrella), en referencia al pasaje: Avanza la estrella de Jacob, como se relata en Números 24,17: “Lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca: una estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel: golpea las sienes de Moab y el cráneo de todos los hijos de Set”.
Lucas relata el mismo acontecimiento de otro modo. No habla de magos: la palabra tenía (y tiene) connotaciones negativas. Habla de ángeles, mensajeros de Dios, y de pastores, que en la comarca vigilaban y guardaban por la noche su rebaño, así lo relata Lucas 2,8-14: “En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!”
Podemos citar algunos ejemplos:
-Salmo 19-2,7
“El cielo proclama la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos; un día transmite al otro este mensaje y las noches se van dando la noticia. Sin hablar, sin pronunciar palabras, sin que se escuche su voz, resuena su eco por toda la tierra y su lenguaje, hasta los confines del mundo. Allí puso una carpa para el sol, y este, igual que un esposo que sale de su alcoba, se alegra como un atleta al recorrer su camino. El sale de un extremo del cielo, su órbita llega hasta el otro extremo, y no hay nada que escape a su calor”
-Carta a los Hebreos 2-5,6
“¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy? ¿Y de qué ángel dijo: Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo? Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice: Que todos los ángeles de Dios lo adoren”.
Los ejércitos celestiales son - según los antiguos - las estrellas, ordenadas en gran número en el cielo y trazando sus órbitas, pero también los ángeles que las mueven. Los pastores dieron a conocer lo que les habían dicho de aquel niño (Lc 2,17). Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor. Movido por el Espíritu, Simeón fue al templo. Aunque el misterio de Jesús le desbordara, tuvo conciencia de estar delante del Mesías (2,29-32). Sus padres estaban admirados de lo que se decía de él (2,33; ver 2,19). El salmo 110,3 adquiere un significado especial: “Tú eres príncipe desde tu nacimiento, con esplendor de santidad; yo mismo te engendré como rocío, desde el seno de la aurora”.
Los escribas y los sumos sacerdotes escudriñaron la Biblia y encontraron no menos de cuatrocientos sesenta y seis profecías mesiánicas y más de quinientos cincuenta conclusiones sacadas de las Escrituras. Y hasta le indicaron a Herodes el lugar exacto donde podía encontrar al Salvador, al verdadero Rey de los judíos. Sin embargo, ninguno se puso en movimiento. Los Magos, en cambio, nos dejaron el ejemplo de quien está en actitud de búsqueda ante Dios.
En nuestra vida suelen suceder hechos cargados de sentido que reclaman nuestra atención. Ciertamente, si uno no se pone a investigar, a ver qué quiere decirnos Dios, vive más tranquilo, no se cuestiona, no se hace problemas. Pero no avanza, se mueve en un horizonte estrecho, mezquino, sin dimensiones, y se priva de lo que le ofrece su capacidad para progresar.
Los Magos estaban a la espera. Aguardaban. Y cuando apareció algo en su cielo, comprendieron que era el signo. No dudaron. No se dejaron enredar con falsas hipótesis. Iniciaron una larga caminata por el deseo de cumplir la voluntad de Dios, y siguieron adelante pese a todos los sacrificios que tal decisión implicaba.
En la vida hay que seguir una estrella. Un ideal. Un proyecto de vida. Un modelo de santidad. Esa es la estrella que brilla para nosotros en nuestro cielo azul. Y hay que seguirla a pesar de todos los sacrificios que impone.
Jesús nos espera al final…
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09:10
miércoles 4 de enero de 2012
Las vacaciones son para descansar
Por definición, se denomina como vacaciones a ese período, dentro de un año, en que las personas que trabajan o estudian toman un receso en sus actividades, casi siempre en la época estival. La mayoría de los departamentos de Relaciones Humanas de las empresas apoyan este beneficio, no siempre pensando en la salud de las personas, sino, también, porque, a través de este tiempo de descanso, se logra incrementar la productividad de los trabajadores durante el resto del año.A medida que trascurre tanto el período laboral como el escolar, los trabajadores y estudiantes comienzan a tener menos energía, y sensación de fatiga (astenia), para realizar las tareas habituales. El sistema inmune se debilita, y aparecen ciertos síntomas que se atribuyen a otras causas: cansancio, fatiga, falta de apetito, dolores musculares, de cabeza y molestias en el estómago. Entre estos síntomas psicológicos, surge la tristeza, irritabilidad, intolerancia, ansiedad, trastornos del sueño, somatizaciones, disfunciones o baja actividad sexual y disminución de la libido, falta de concentración y creatividad, y un gran desinterés y desmotivación por el trabajo.
Es sorprendente percibir que, a menudo, por no saber “vacacionar” el estrés, en vez de eliminarse, se incrementa. Los niveles de tensión aumentan haciendo del “supuesto descanso” una experiencia tan agotadora como la vida habitual. Se mantiene la misma inflexibilidad, convirtiendo las vacaciones en un trabajo de verano. Existe algo llamado “ocio culposo”, que es ni más ni menos que esa incapacidad que manifiestan las personas por estar inactivas o cumpliendo otras actividades que no son las cotidianas. Para algunos, este cambio brusco de ocupación a vacío puede suponer un grave problema y un estrés añadido. El no tener nada que hacer es tan malo como tener siempre frenéticamente algo que hacer. En vacaciones, se debe dormir más, dedicarse a la familia, aprovechar los espacios verdes y relajarse. Los padres descargan esta imposibilidad sobre sus hijos buscándoles tareas o entretenimientos y no les permiten, así, disfrutar un verdadero descanso. Las colonias de vacaciones imponen, también, sus exigencias propias.
Las vacaciones son para descansar
Es fundamental olvidarse de los horarios. No obligarse, por ejemplo, a salir a caminar o ir a la playa porque hay que aprovechar todo al máximo. Pero sí gozar de aquello que se pospuso en el correr del año, como estar con uno mismo, meditar o reflexionar. Hay personas con niveles elevados de ansiedad o estrés que no se desconectan de las rutinas y no logran relajarse. Si los niveles de ansiedad no disminuyen en vacaciones o, por el contrario, se incrementan, el período de receso termina transformándose en un estrés en lugar de un descanso. Los días de vacaciones deben ser sinónimo de tranquilidad, descanso y ocio. Si los niveles de ansiedad no descienden y se suman a los que ya se traen, el agotamiento será aún mayor, originando diferentes patologías.
Las vacaciones, masificadas a partir del desarrollo de la sociedad industrial como tiempo necesario para restaurar la potencia laboral, hoy están desvirtuadas cuando dejan de cumplir ese fin. El reposo, en sus dimensiones física (distensión del cuerpo), psíquica (relajación de la mente) y social (desconexión de la rutina), precisa reunir algunas condiciones para ser efectivo. Cuando no se alcanza una cantidad de días suficientes, no se corta con las rutinas habituales o las exigencias de organización del descanso se tornan un trabajo más agobiante que las tareas habituales, se funciona bajo estados de tensión, donde simplemente se cambia el estrés laboral habitual por un estado de estrés vacacional… Una vez en el lugar del supuesto descanso, se continúa con las conductas propias de la supervivencia del más apto: apurarse para encontrar el mejor lugar, consumir exacerbadamente por la necesidad de “disfrutar intensamente todo”, no parar para no “perder tiempo”, competir antes que compartir, cuidarse de los otros.
Por supuesto que estas conductas no son antojadizas, sino que responden a un modelo social donde se sobrevaloran el estatus socioeconómico, el éxito y la capacidad de consumir o mostrar, aun a costa de cierto vacío existencial generado por la carencia o minusvalía de valores intangibles, como pueden ser los culturales, artísticos, afectivos o éticos. Lo importante es que cada uno encuentre su mejor manera de descansar y disfrutar sin presionar o presionar a los demás. Vivir el día a día de las vacaciones contribuye a que éstas se prolonguen más.
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Fuente: Revista On Line San Pablo Nº 476
Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
joacorocha05@yahoo.com.ar
El Bautismo: como sacramento del pueblo
Desde hace unos treinta años, principalmente entre los teólogos, pastoralistas y agentes más cercanos al catolicismo popular, se fue instalando una idea que podría expresarse más o menos así: "el Bautismo es el sacramento del pueblo". Con esas, u otras palabras, parece afirmarse lo siguiente: en primer lugar, que en nuestra región existe un afecto especial por bautizar a los niños y que su solicitud surge espontáneamente; no al modo del cumplimiento de una norma externa sino como algo que forma parte constitutiva del modo de ser, de la cultura. Pero además, también subyace otra noción que configura un panorama más complejo tanto de comprensión teórico-doctrinal como de intervención pastoral: una suerte de apropiación del Bautismo por parte del pueblo.En este contexto, la preeminencia del Bautismo respecto a los otros sacramentos y la importancia de la praxis pastoral y catequética que esa preferencia conlleva, ha sido considerada en numerosas ocasiones por el magisterio local. Ya en el Documento de San Miguel en la declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, de las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín - 1969), al afirmar que "la Iglesia en nuestra Patria reconoce como hijos suyos a la multitud de hombres y mujeres bautizados que forman la gran mayoría de la población argentina...", se le otorgaba una especial significación a "todo bautizado" como miembro pleno de la Iglesia, que hasta el momento no era habitual. Con lo cual, parecía revalorizarse no sólo el sacramento en sí mismo –que no necesitaba ninguna revalorización, sino, y sobre todo, en el entorno global en que es solicitado, otorgado y vivido, es decir, en estas propias características culturales.
Más recientemente, en Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (CEA, 1990) y después en Navega Mar Adentro (CEA, 2003), se vuelve sobre el particular denotando este peculiar aprecio por el Bautismo presente en la generalidad del pueblo. Otro documento, pero este específico sobre el tema y de gran valor magisterial para el conjunto de la Iglesia en Argentina aunque no pertenezca a la CEA, es el llamado Indicaciones pastorales para el Bautismo de Niños de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires, de 2002. En él, se destaca la "delicadeza" pastoral con la que debe acompañarse todos los aspectos referidos al Bautismo (recepción, catequesis, celebración...).
Estos tres documentos, y otros similares al último elaborados en diversas diócesis de la Iglesia de la Argentina, no sólo tienen la utilidad de ofrecer orientaciones o indicaciones pastorales. Además, representan un claro signo de que existe una "intuición" eclesiástica por la que se capta la peculiaridad de este sacramento en el talante popular. En qué consiste esta peculiaridad, y si es que a partir de ella podrían –o deberían "repensarse" algunos elementos implicados en este sacramento, es el tema que ahora nos ocupa.
El dato empírico e inicial con el que contamos, es que la cantidad de familias que piden el Bautismo para sus hijos, supera amplísimamente a la cantidad de familias de práctica preceptual. Muchas de ellas, ciertamente, peregrinan con más o menos habitualidad a algún santuario o participan de las celebraciones litúrgicas más significativas (Semana Santa, Navidad...). Sin embargo, en su gran mayoría y como suelen decir ellas mismas: "no somos de ir a misa", y no son pocas las que agregan: "creemos en Dios, somos católicos, pero no estamos de acuerdo con muchas cosas de la Iglesia...".
El segundo dato, no siempre tan evidenciado, es el siguiente: según cálculos estimados, sólo dos de cada diez parejas que piden el Bautismo para sus hijos, poseen vínculo sacramental y sus conocimientos catequéticos son bastante elementales. En principio, ambas características tomadas en sí mismas, enajenadas de otras consideraciones posibles, resultan poco consistentes para "calificar" la catolicidad de estas personas o sus niveles de creencia o increencia. Y no se trata tampoco, en absoluto, de hacerlas pasar por el tamiz de la ilustración, tanto en lo cultural como en lo cognoscitivo para otorgarles credencial de cristianas. Así y todo, lo que hoy estos datos están aportando, dos elementos bastante implicados entre sí. Por un lado, el avance sistemático de la crítica de las instituciones, tantas veces estudiado en el contexto del postmodernismo y del cambio de paradigmas, y por otro, que la apropiación del Bautismo está yendo bastante más allá de lo que se consideraba hasta hace unos veinte años en el entorno del catolicismo popular. Lo que se observa, y cada vez con más fuerza, es que entre el imaginario religioso de los tantos que piden el Bautismo para sus hijos y no pocas de las formulaciones tradicionales de la doctrina católica, se abre una brecha cada vez mayor.
Estas apreciaciones las estamos haciendo desde el contexto de una ciudad (la de Buenos Aires, por ejemplo), con todas las connotaciones diferenciales que tienen las grandes metrópolis respecto a otras zonas urbanas. El imaginario religioso (no llega a ser un sistema completo), aún sosteniendo los elementos centrales de la piedad católica (confianza en la providencia divina, devoción por la Virgen y por los santos, fe en Jesucristo salvador...) se ha ido distanciado significativamente de algunos aspectos de la doctrina. Y no sólo de las referidas a la moralidad.
En las nuevas generaciones, las del ’80 en adelante, la apropiación del catolicismo está avanzando de un modo original: ya no se trata de criticar las disposiciones doctrinales, puesto que en gran medida se las ignora. Si no más bien, todo parece conducir a una suerte de reconstrucción doctrinal realizada sobre la base de la propia experiencia de fe. Ante la consulta acerca de porqué desean bautizar a sus niños, la respuesta –salvo en particularísimas excepciones, apunta en esta dirección: "para que esté protegido por Dios", "para que reciba su bendición", "para que crezca sanito", "para que no sea un animalito"... En algunos casos se menciona al Bautismo como "introducción" a la vida de la fe haciendo siempre la salvedad de que, en definitiva, será el niño quien escoja su camino cuando tenga edad suficiente.
Queda claro, entonces, que para esta comprensión del Bautismo no existe ningún tipo de restricción que pudiera impedirlo. ¿En qué afecta la calidad conyugal de los padrinos al deseo de que el niño goce del amparo y de la protección de Dios? La predicación multisecular de la Iglesia respecto al sentido salvífico del Bautismo y su necesidad como respuesta al pecado original, no aparece reflejado en el catolicismo popular. Tampoco, a no ser en las familias más vinculadas a la institución eclesiástica, aparece la figura del padrino-madrina como "el mayor en la fe". Como se sabe, la elección de los padrinos está mucho más vinculada a los afectos que a la educación cristiana. Y en tantísimos casos, tal vez la mayoría, se los escoge a modo de "retaguardia" paterna.
La pregunta que nos surge de inmediato, es qué hacer con estos datos. Que la respuesta pastoral se hace imprescindible, no hay dudas, pero ¿es suficiente? ¿O esta realidad nos provoca a dar otro paso? La perspectiva pastoral, según se ve, tiene sus límites. Veamos esto: en las Indicaciones pastorales... que mencionamos más arriba se insiste en la importancia de "evitar que se difiera indefinidamente o que se impida el Bautismo en razón de los padrinos", para lo cual, se propone privilegiar el deseo de los padres instando a las comunidades a suplir las posibles insuficiencias. En cuanto malabar dialéctico, la propuesta parece razonable, pero de qué modo real las comunidades pueden suplir esas insuficiencias. ¿Acompañando a los padres y a los niños en la formación de su fe? ¿A cuántos es posible acompañar? ¿Cómo? ¿Cómo lo harían las comunidades de los Santuarios en los que los bautismos se multiplican por cientos o por miles a lo largo del año? En la misma línea, ¿qué sentido tiene informar acerca de las "condiciones necesarias" para el padrinazgo (ser católico, estar confirmado, llevar una vida congruente con la fe –por ejemplo, no vivir en pareja extra sacramental, como lo expresa el Código de derecho canónico 872 §3), si de todos modos se lo aceptará igual aún no cumpliendo con esos requisitos? ¿No nos encontramos, acaso, frente a una contradicción pastoral-doctrinal?
Planteado este asunto en términos estrictos, podrían asumirse (de hecho, se asumen) dos actitudes sensiblemente diversas aunque haya matices en cada una de ellas. Por la primera, el Bautismo se restringiría a las familias que puedan acreditar no sólo el cumplimiento de algunas normas, sino también, que manifiesten su convencimiento de que "por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios..." como enseña el Nuevo Catecismo de la Iglesia católica, en el 1213. Y además, siempre que los padrinos elegidos sean "creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana..." (Catecismo, 1255). La otra actitud, fuertemente valorada y reconocida en los últimos años, es la de aceptar que las limitaciones humanas, pueden ser suplidas por la misericordia divina y que por tanto, dado que el Bautismo en sí mismo es mucho más importante que las condiciones circundantes de quien se bautiza y mucho más que la claridad conceptual que acerca de este sacramento tiene el que lo solicita, no debe ser negado mientras exista "esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la fe católica" (Código 868 §1).
Ambas actitudes, sin embargo, relegan la reflexión en torno al meollo creyente que se verifica en la vivencia concreta de las grandes mayorías bautizadas, esas mismas mayorías, a su vez, que le otorgan al continente latinoamericano el privilegio de contar con el porcentaje más alto de católicos del mundo. La primera, lo desacredita casi por completo; la segunda, o bien lo tolera, o bien le concede algún valor pero en el contexto del "mal menor", como un talante religioso que debe ser superado teniendo como horizonte la recta doctrina y el cumplimiento de lo normado. El Bautismo y todo lo que gira en torno a él –como se desprende de lo ya dicho, coloca sobre la mesa algunas cuestiones muy sensibles de la doctrina católica. No sólo es otra puerta por la que ingresa el conflicto ético-religioso de las uniones no sacramentalizadas y todo lo atinente a la moral familiar; si no que instala, desde la lógica popular –no ilustrada, y esto es lo significativo– la cuestión del pecado original y su correlato teológico: la salvación.
¿Por qué la noción de pecado original se ha escindido casi por completo del Bautismo en su comprensión popular? ¿Por qué el Bautismo no es entendido como la liberación del pecado y condición para la salvación? ¿Por qué la elección de los padrinos toma el eje de los afectos mucho antes que el de la educación religiosa, aunque no la desprecie? Estas son algunas de las preguntas que, considerado el Bautismo ya no en su formulación doctrinal sino en cuanto apropiado por el catolicismo popular irrumpen interpelando a la inteligencia de la fe.
Ciertamente que podría considerarse una desviación, una pérdida del verdadero sentido creyente. Pero también, podría entenderse que el sentir de los fieles se ofrece como una interpretación existencial del catolicismo que ayuda a depurarlo de ciertas adherencias, en especial, de las que tanto han insistido en la separación radical de lo divino y lo humano. La experiencia gozosa, esperanzadora y profundamente humana que provoca el niño recién nacido, en poco se asocia a un nacimiento viciado desde su origen por una culpa ancestral. Así mismo, la experiencia más cotidiana de la salvación, no parece proceder tanto de la formación y la práctica religiosa, como del vínculo afectivo con quienes se comparte los gozos y los pesares: es el amor lo que nos salva y es amando como nos salvamos. Esa es la enseñanza basal de Jesús y de los Evangelios.
Tal vez por esto, por la posibilidad de reinterpretar el Bautismo en clave humanizadora de lo religioso, es que se ha convertido –como se dijo al principio– en el sacramento del pueblo.
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Fuente:
Revista Vida Pastoral
Nº 266 – Julio – Agosto 2007
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