miércoles, 7 de marzo de 2018

¿HAY EN LA BIBLIA UN APÓSTOL MUJER?


Estamos acostumbrados a imaginar a los apóstoles como si hubieran sido todos varones. Sin embargo, pocos saben que hubo una vez una apóstol mujer, muy amiga de San Pablo, que trabajó posiblemente en la ciudad de Éfeso y que incluso fue encarcelada con él. Su nombre era Junia, y aparece mencionada al final de la Carta a los Romanos. Allí Pablo, al despedirse de sus lectores, les dice: “Saluden a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, ensalzados entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo” (Rm 16,7). Resulta asombroso que Pablo no sólo le dé el título de apóstol a una mujer, sino que incluso diga que es “ensalzada” entre los apóstoles, es decir, que su fama sobresale por encima de los demás apóstoles. Debió de ser realmente una joven extraordinaria. Pero el nombre de esta mujer ha provocado y sigue provocando, grandes discusiones entre los biblistas. El motivo es que, para muchos estudiosos, Junia es el nombre de un varón. En efecto, la palabra griega Iounian puede traducirse al castellano de dos maneras: como “Junia”, y entonces se trataría de una mujer, o como “Junias” (con “s” final), y entonces sería nombre de varón, abreviado de “Juniano”.

¿Cómo averiguar el género de este nombre? Hay una sola forma y consiste en fijarse qué clase de acento lleva la palabra. Si Iounian está escrito con acento agudo (Iounían), es nombre de mujer; y si está escrito con acento circunflejo (Iouniân), es nombre de varón. Pero desgraciadamente no podemos hacer esto. ¿Por qué? Porque cuando San Pablo escribió su Carta a los Romanos, en el siglo I, no existían los acentos en la escritura griega. Sólo a partir del siglo VIII o IX se los comenzó a usar. Por lo tanto, es inútil consultar los manuscritos más antiguos para salir de la duda sobre el sexo de Junia. Pero eso no significa que sea imposible averiguarlo. Existen otros indicios que pueden ayudarnos a descifrar este enigma. En primer lugar, tenemos el testimonio del manuscrito más antiguo que existe de la Carta a los Romanos: el llamado Papiro 46. Fue escrito alrededor del año 180 (es decir, unos ciento veinte años después de que Pablo escribiera su carta original). Ahora bien, el autor de este papiro, cuando llega al pasaje al que nos referimos, en vez de escribir el nombre de “Junia” escribió “Julia”; esto demuestra que el escriba estaba pensando claramente que se trataba de una mujer y no de un hombre.

En segundo lugar, está el hecho de que todas las lenguas antiguas a las que fue traducida la Carta a los Romanos (el latín, el copto y el sirio), todas sin excepción transcriben el nombre en su forma femenina. Un tercer indicio, y más importante todavía, lo tenemos en el testimonio de casi todos los Santos Padres y escritores antiguos que comentaron la Carta a los Romanos. Siempre que hablaron de este personaje, lo consideraron una mujer. Por ejemplo Orígenes (en el siglo III), al hacer referencia al nombre de Junia, lo escribe en su forma femenina. También San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, un día que predicaba en la Catedral sobre la Carta a los Romanos, dijo conmovido: “Ser apóstol es algo grande. Pero ser «ensalzada» entre los apóstoles, ¡qué extraordinaria alabanza significa eso! ¡Caramba! ¡Aquella mujer debió de haber tenido una gran personalidad, para merecer el título de apóstol!”. Después de él, una larga fila de autores (como San Rufino, San Jerónimo, Teodoreto de Ciro, Ecumenio, San Juan Damasceno, Haymo, Rabano Mauro, Lanfranco de Bec, Atto de Vercelli, Teofilacto, San Bruno, Pedro Abelardo, Pedro Lombardo) afirmaron sin dudarlo que el ilustre apóstol elogiado por Pablo era una mujer.

Este es un dato muy importante, porque nos muestra que a todos los escritores antiguos la palabra Junia les sonaba espontáneamente a nombre femenino y no masculino; es decir, que en esa época el nombre no era usado por varones. La única voz discordante, a lo largo de todos estos siglos, es la de Epifanio de Salamina (en el siglo IV). Este monje, en contra de todas las opiniones antiguas, es el único que afirmó que Junia era un varón; y para aportar más datos, dijo que llegó a ser obispo de Apamea, en Siria. Sin embargo los estudiosos consideran las palabras de Epifanio poco creíbles, por dos razones. Primero, porque en el mismo lugar donde escribe que Junia era un hombre, Epifanio escribe también que Priscila, la conocida mujer del judío Áquila (Hch 18,2) ¡era un varón! Y segundo, porque Epifanio es famoso por su misoginia. En uno de sus libros llamado Panarion, este Padre de la Iglesia escribió frases como: “Las mujeres verdaderamente son una raza débil, poco fiable y de inteligencia mediocre”; “El Diablo sabe cómo vomitar ridiculeces a través de las mujeres”; “La mujer se descarría fácilmente, es débil y poco sensata”; “Detrás de todos los errores hay una mala mujer”.

Resulta lógico, pues, que un escritor como Epifanio, con ideas tan negativas sobre el sexo femenino, buscara evitar por todos los medios que una mujer estuviera incluida entre los apóstoles, máxime teniendo en cuenta que se la elogiaba como “ensalzada entre todos los apóstoles”. Por eso el testimonio de Epifanio, único que considera a Junia un varón, debe ser dejado de lado. Por lo tanto, debemos concluir que todos los Padres de la Iglesia, hasta la Edad Media, tuvieron a Junia por mujer; y al menos uno de ellos (Crisóstomo) se sintió feliz de poder llamarla “apóstol”. A partir del siglo VIII aparece la novedad de los acentos, en la lengua griega. Por lo tanto, los nuevos manuscritos que empiezan a circular en esta época los incluyen. Así, nosotros podemos fijarnos cuál es el acento que los escritores pusieron sobre el nombre de Iounian en las nuevas copias de la Carta a los Romanos. ¿Y con qué nos encontramos? Con que los manuscritos compuestos a partir del siglo VIII ponen sobre Junia el acento propio de un nombre femenino (Iounían). Junia, pues, sigue siendo considerada una mujer.

Pero en el siglo XIII empiezan a surgir las primeras dudas sobre el género de este nombre, rompiendo el amplio consenso que había existido entre los Padres y escritores de la Iglesia durante doce siglos. Un teólogo y filósofo italiano, llamado Egidio de Roma, se convirtió en el primero en afirmar que Junia era un varón, y empezó a llamarlo “Junias”. Pero Egidio no se basaba en ninguna prueba, ni en ningún argumento. La única explicación que daba era que una mujer no podía haber sido apóstol, y por lo tanto Junia tenía que haber sido un varón. Tal prejuicio se convirtió así en el gran argumento para negar lo que siempre se había afirmado: la feminidad de Junia. Y desde entonces, muchos se adhirieron a esta postura y la defendieron. El infundio que Egidio echó a andar adquirió pronto grandes proporciones, y la hipótesis de “Junias” fue ganando nuevos adherentes. Pero como “Junias” era un extraño nombre para un varón, y para hacer más plausible esta teoría, sus defensores comenzaron a decir que se trataba de una forma abreviada del nombre “Juniano”.

Sin embargo, los estudios modernos han demostrado que nunca, en ningún escrito antiguo, sea en griego o en latín, se encontró jamás un hombre llamado “Junias”. En cambio mujeres llamadas Junia existen muchísimas, más de 250 en la literatura antigua. Por lo tanto, hoy no caben dudas de que Junia era una mujer, a pesar de que actualmente algunas Biblias traigan erróneamente el nombre en su forma masculina.

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