
La fe en la SantĂsima Trinidad es la fuente y el destino de nuestro credo. Todo lo que afirmamos con toda claridad con respecto a la SantĂsima Trinidad lo encontramos en el Nuevo Testamento. AllĂ estĂĄ encerrado como una semilla que viene abriĂ©ndose a travĂ©s de los siglos. De los cuatro evangelistas, Juan es el que nos ayuda mayormente a comprender el misterio del Dios Trino.
Juan subraya la unidad profunda entre el Padre y el Hijo. La misiĂłn del Hijo es la de revelar el amor del Padre (Jn 17,6-8). JesĂșs llega a proclamar: "Yo y el Padre somos una cosa sola" (Jn 10,30). Entre JesĂșs y el Padre hay una unidad tan intensa que quienquiera que ve el rostro de uno, ve tambiĂ©n el rostro del otro. Y revelando al Padre, JesĂșs comunica un espĂritu nuevo "el EspĂritu de la Verdad que procede del Padre" (Jn 15,26).
A peticiĂłn del Hijo, el Padre envĂa a cada uno de nosotros este nuevo EspĂritu para que permanezca en nosotros. Este EspĂritu, que nos viene del Padre, (Jn 14,16) y del Hijo (Jn 16, 27-8), comunica la profunda unidad existente entre el Padre y el Hijo (Jn 15,26-27). Los cristianos miraban la unidad de Dios para poder entender la unidad que debĂa existir entre ellos. (Jn 13, 34-35; 17,21).
Hoy decimos: Padre, Hijo y EspĂritu Santo. En el Apocalipsis se dice: De Aquel que es, que era y que viene, de los siete espĂritus, que estĂĄn delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogĂ©nito de los muertos y el prĂncipe de los reyes de la tierra (Ap 1, 4-5). Con estos nombres, Juan dice lo que es y lo que piensan las comunidades y esperan en el Padre en el Hijo y en el EspĂritu Santo.
1.- El Nombre del Padre: El Alfa y la Omega. Es – Era – Viene. Omnipotente.
El Alfa y la Omega. Para nosotros serĂa A y Z. (cf. Is. 44,6; Ap 1,17). Dios es el principio y el final de la historia. ¡No hay puesto para otro dios! Los cristianos no aceptaban la pretensiĂłn del imperio romano que divinizaba a los emperadores. Nada de lo que sucede en la vida puede ser interpretado como una simple fatalidad, fuera de la providencia amorosa de este nuestro Dios.
Es, Era, Viene. (Ap 1,4,8; 4,8). Nuestro Dios no es un Dios distante. Ha estado con nosotros en el pasado, estĂĄ con nosotros en el presente, estarĂĄ con nosotros en el futuro. El conduce la historia, estĂĄ dentro de la historia, camina con el pueblo. Una historia de Dios es la historia de su pueblo.
Omnipotente. Era un tĂtulo imperial de los reyes despuĂ©s de Alejandro Magno. Para los cristianos, el verdadero rey es Dios. Este tĂtulo expresa el poder creador con el que Dios conduce a su pueblo. El tĂtulo refuerza la certeza de la victoria y nos obliga a cantar, desde ahora, el gozo del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra (Ap 21,2).
2.- El Nombre del Hijo: Testigo veraz. PrimogĂ©nito de los muertos. PrĂncipe de los reyes de la tierra.
Testigo veraz: Testigo es lo mismo que mĂĄrtir. JesĂșs tuvo el valor de testimoniar la Buena Nueva de Dios Padre. Fue veraz hasta la muerte y la respuesta de Dios fue la resurrecciĂłn (Fl 2,9; Hb 5,7).
PrimogĂ©nito entre los muertos: PrimogĂ©nito es como decir hermano mayor (Cl 1,18). JesĂșs es el primero que resucita. ¡Su victoria sobre la muerte vendrĂĄ con todos nosotros sus hermanos y hermanas!
PrĂncipe de los reyes de la tierra: Era un tĂtulo que la propaganda oficial daba al emperador de Roma. Los cristianos daban este tĂtulo a JesĂșs. Creer en JesĂșs era un acto de rebeliĂłn contra el imperio y su ideologĂa.
Estos tres tĂtulos vienen del salmo mesiĂĄnico 89, donde el MesĂas es llamado Testigo veraz (Sal 89,38), PrimogĂ©nito (Sal 89, 28), El AltĂsimo sobre los reyes de la tierra (Sal 89,28). Los primeros cristianos se inspiraban en la Biblia para formular la doctrina.
3.- El Nombre del EspĂritu Santo: Siete LĂĄmparas. Siete ojos, Siete espĂritus.
Siete lĂĄmparas: En el Ap. 4,5, se dice que los siete espĂritus son las siete lĂĄmparas de fuego que arden delante del Trono de Dios. Son siete porque representan la plenitud de la acciĂłn de Dios en el mundo. Son lĂĄmparas de fuego, porque simbolizan la acciĂłn del EspĂritu que ilumina, sacia y purifica (Ac 2,1). EstĂĄn delante del Trono, porque siempre estĂĄn dispuestos a responder a cualquier deseo de Dios.
Siete ojos: En el Ap 5,6, se dice que el Cordero tiene "siete ojos, sĂmbolos de los siete espĂritus de Dios enviados sobre toda la tierra". ¡QuĂ© bella imagen! Basta mirar al Cordero y ver al EspĂritu Santo obrando allĂ donde mira el Cordero, porque su ojo es el EspĂritu. ¡Y el siempre mira hacia nosotros!
Siete espĂritus: Los siete evocan los siete dones del EspĂritu de los que habla IsaĂas y que se posarĂĄn sobre el MesĂas (Is 11,2-3). Esta profecĂa se realiza en JesĂșs. Los siete espĂritus son, al mismo tiempo, de Dios y de JesĂșs. La misma identificaciĂłn del EspĂritu con JesĂșs aparece hacia el final de las siete cartas. Es JesĂșs el que habla en la carta y al final de cada carta nos dice: Quien tenga oĂdos escuche lo que el EspĂritu dice a las Iglesias. JesĂșs habla. El EspĂritu habla. Es la misma cosa.