
En la tapa de marzo de 2026, en la edición número 76 de nuestro boletín digital ANUNCIAR Informa, contemplamos a una persona que avanza por un sendero envuelto en penumbras. No corre, no se detiene: camina. Y en ese gesto sencillo se resume el espíritu de la Cuaresma. El camino no está completamente iluminado; hay sombras, dudas, silencios. Pero al fondo, casi como una promesa, aparece un resplandor.
Esa luz no irrumpe de golpe ni elimina la oscuridad de inmediato. Está allí, esperando ser alcanzada paso a paso. Así llega la Cuaresma: como un recordatorio sereno de que la vida no se mide por lo que acumulamos, sino por la forma en que transitamos nuestros días, por cómo amamos, cómo servimos y cómo nos dejamos transformar.
Hoy, mientras observo las noticias, siento que el llamado de la Cuaresma nunca ha sido tan urgente. Conflictos bélicos, crisis económicas que dejan a familias sin hogar, migraciones forzadas, desigualdad social y el constante bombardeo de información que a veces nos deja exhaustos y desorientados. En medio de esta tormenta, es fácil olvidar el sentido de este tiempo: no se trata de sufrir por sufrir, ni de cumplir rituales sin conciencia. Se trata de detenernos, de mirar dentro de nosotros mismos y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras vidas y con la vida de los demás.
La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza, un gesto sencillo que nos recuerda nuestra fragilidad: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Es una frase que a veces parece dura, pero su fuerza radica en la humildad que nos invita a abrazar. Nos recuerda que no somos dueños absolutos de la vida, que cada día es un regalo y que, en nuestra pequeñez, podemos elegir sembrar bien, sembrar amor. Esta conciencia es vital, especialmente hoy, cuando el mundo parece girar a toda velocidad y nos olvidamos de lo esencial.
Para mí, la Cuaresma es también una oportunidad de aprendizaje práctico. Es un tiempo para mirar los “demonios” de nuestra era: la indiferencia frente al sufrimiento, la codicia, el egoísmo y la desconfianza que nos separa como humanidad. Nos desafía a actuar: a tender la mano al que lo necesita, a escuchar al que sufre, a construir puentes donde existen muros. Cada acto de bondad, por pequeño que parezca, es una semilla que crece, y en este tiempo, esas semillas pueden convertirse en árboles de esperanza.
Y es que la historia de la Cuaresma no termina al sonar de las campanas del Domingo de Pascua; más bien, ahí comienza un nuevo capítulo. La resurrección de Jesús nos enseña que la verdadera transformación no es temporal, que la fe que cultivamos, la paciencia que practicamos y la generosidad que mostramos deben extenderse más allá de estos 40 días. La Cuaresma termina solo en el calendario; en la vida, es un inicio permanente de conciencia, un recordatorio de que cada acción, cada decisión, cada palabra cuenta.
En medio del caos del mundo actual, necesitamos encontrar ese espacio de silencio y reflexión, donde podamos conectar con Dios y con nuestra propia capacidad de amar y servir. Necesitamos entender que la Cuaresma nos enseña a mirar hacia afuera tanto como hacia adentro, a reconocer que somos parte de un tejido humano más amplio y que nuestra vida tiene un propósito mayor que los logros individuales o el bienestar efímero.
Durante estos cuarenta días, la oración, el ayuno y la limosna se convierten en señales en el camino. No son prácticas vacías ni costumbres heredadas sin sentido; son una brújula interior que nos orienta cuando el sendero parece incierto. Nos invitan a mirar hacia dentro, a reencontrarnos con nuestra humanidad más profunda y con Dios, pero también a abrir los ojos ante quienes caminan a nuestro lado.
La imagen de la tapa del boletín digital ANUNCIAR Informa de marzo de 2026, nos habla de esperanza: aunque atravesemos tramos de sombra, siempre hay una luz que nos espera. Y cada paso que damos con intención, fe y compromiso nos acerca un poco más a ella.
Alfredo Adrián Musante Martínez
Para ANUNCIAR Informa (AI)



