PROGRAMA Nº 1270 | 08.04.2026

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¿CUANDO SE CELEBRÓ LA ÚLTIMA CENA? (Segunda Parte)

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Si la última cena tuvo lugar el martes por la noche, entonces la pasión de Cristo deja de ser un episodio comprimido en pocas horas y se transforma en un proceso más largo, más intenso y profundamente humano. Ya no hablamos de una secuencia vertiginosa entre el jueves y el viernes, sino de varios días en los que se despliega, paso a paso, el drama más decisivo de la historia. Todo comienza en ese martes por la noche, cuando Jesús celebra la Pascua con sus discípulos y, tras ese momento cargado de sentido, se dirige al monte de los Olivos, donde ora, enfrenta su propia angustia interior y finalmente es arrestado; a partir de allí, se abre un camino sin retorno, un recorrido que no se detiene y que avanza con una lógica implacable.

Al día siguiente, el miércoles por la mañana, tiene lugar la primera sesión del Sanedrín. Las autoridades religiosas buscan pruebas, intentan construir una acusación firme, pero el proceso no resulta sencillo, porque los testimonios se contradicen y las versiones no logran coincidir plenamente; sin embargo, más allá de las dificultades formales, la decisión parece estar ya encaminada. Jesús permanece en manos de sus captores, sin que haya urgencia en resolver el caso, porque lo que domina no es la prisa sino el cálculo. La jornada transcurre en tensión contenida y, al caer la noche, el silencio se vuelve parte del tormento, mientras la espera se transforma en un componente más de la condena que lentamente se va configurando.

El jueves por la mañana, el Sanedrín vuelve a reunirse y esta vez la resolución es clara: Jesús debe morir. La sentencia religiosa queda establecida, pero el problema es que no pueden ejecutarla por sí mismos, ya que necesitan la aprobación del poder romano. Por eso lo conducen ante Pilato: “Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.” (Lc 23,1). Comienza entonces otra instancia, otro juicio, otro escenario en el que el conflicto adquiere una dimensión política. Pilato interroga a Jesús, analiza la situación y percibe la tensión que se mueve detrás de las acusaciones; no encuentra culpa y trata de liberarlo, pero la presión aumenta, crece, se intensifica, y en medio de esa situación decide tomar una salida estratégica: enviarlo a Herodes Antipas, gobernante de Galilea, ya que Jesús pertenece a esa región.

El encuentro con Herodes no es un episodio menor, porque el Evangelio señala con claridad que “Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.” (Lc 23,9), lo que revela curiosidad, expectativa, incluso cierto interés, pero no una verdadera búsqueda de verdad. Jesús no responde, y ese silencio no es vacío sino significativo, porque se convierte en su forma de sostenerse frente a un interrogatorio que no busca justicia. Finalmente, Herodes se burla de él y lo devuelve a Pilato, cerrando así el círculo del poder que decide sobre su destino. Esa noche, Jesús queda bajo custodia romana, y aunque todo parece encaminado, la tensión no disminuye, sino que se mantiene, se acumula, se densifica en la espera del desenlace.

El viernes por la mañana, Pilato retoma el caso. Lo presenta ante el pueblo, insiste en su inocencia, intenta encontrar una salida que le permita evitar la condena, y propone una elección: liberar a Barrabás o a Jesús. La multitud responde, y esa respuesta no es neutra, sino decisiva. La presión se vuelve insoportable, el margen de maniobra desaparece y Pilato termina cediendo. La sentencia se ejecuta. A partir de ese momento comienza la fase final: la flagelación, la corona de espinas, las burlas de los soldados; cada gesto, cada acción, cada palabra va profundizando el sufrimiento, no de manera improvisada, sino como parte de un proceso que avanza sin detenerse. Luego llega el camino hacia el Calvario, con la cruz sobre los hombros, con el peso físico y el peso simbólico, con una marcha lenta marcada por el agotamiento, hasta que finalmente se alcanza el lugar de la ejecución.

A las tres de la tarde, el proceso llega a su punto culminante. Jesús muere en la cruz. Pero lo que está cronología ampliada permite comprender es algo mucho más profundo, porque muestra que la pasión no fue un estallido repentino ni una reacción impulsiva de una multitud desbordada, sino un proceso deliberado, sostenido en el tiempo, en el que intervinieron autoridades religiosas, poder político y presión popular. Nada fue improvisado, todo avanzó paso a paso hacia un final que parecía inevitable, y en medio de ese escenario emerge con mayor claridad la figura de Jesús, no como alguien arrastrado por los acontecimientos, sino como quien atraviesa cada etapa con una decisión firme, sin retroceder, sin negociar, sin responder a la violencia con violencia, permaneciendo.

Durante horas, durante días, sostiene esa actitud, y ese detalle cambia por completo la manera de comprender su fidelidad, porque no es lo mismo resistir un instante que mantenerse en el tiempo, no es igual enfrentar un momento crítico que atravesar un proceso largo cargado de tensión, dolor y desgaste. Aquí aparece una enseñanza decisiva: la fidelidad no se mide en actos aislados, sino en la capacidad de sostenerse cuando la prueba se extiende, cuando el cansancio aparece, cuando la presión aumenta y cuando el silencio pesa más que las palabras. Jesús no fue fiel solo en el final, lo fue en cada etapa, en cada interrogatorio, en cada espera, en cada humillación, y eso interpela directamente a sus discípulos, porque la vida no se compone únicamente de momentos intensos, sino que está hecha, sobre todo, de procesos, de tiempos largos, de luchas que no se resuelven de inmediato.

Esta mirada también permite comprender mejores detalles que antes resultaban confusos, como el silencio de los Evangelios sobre el miércoles y el jueves, que durante mucho tiempo se interpretó como un tiempo de intimidad, pero que hoy puede entenderse como parte de la pasión vivida en cautiverio y tensión constante. Incluso la legislación judía cobra un nuevo sentido, ya que los juicios debían realizarse durante el día, no se podía condenar a muerte en víspera de sábado o de fiesta, ni dentro de las 24 horas posteriores al arresto; la cronología extendida respeta estas normas, mientras que la tradicional las pone en cuestión. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: la Iglesia continúa celebrando la última cena el Jueves Santo, no por exactitud histórica, sino por su sentido pedagógico y espiritual, porque, así como se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre sin afirmar que esa sea la fecha histórica, también se mantiene este día como referencia litúrgica.

Y el mensaje que queda es claro y directo: Cristo no se detuvo, avanzó hasta el final, sostuvo su entrega a lo largo del tiempo sin abandonar su misión. Por eso, la invitación también es clara: no alcanza con ser fiel por un momento, no basta con sostenerse cuando todo es favorable, porque la verdadera fidelidad se juega en la duración, en la perseverancia, en la capacidad de mantenerse cuando la lucha se prolonga; ahí, precisamente ahí, es donde la vida pone a prueba lo que somos, y es ahí donde el ejemplo de Cristo deja de ser un recuerdo para convertirse en un camino.

Equipo de Redacción
ANUNCIAR Informa (AI)
Para el programa de radio
EL ALFA Y LA OMEGA

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