PROGRAMA Nº 1273 | 29.04.2026

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¿POR QUÉ VIVIMOS EN UNA SOCIEDAD OBSESIVA?

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Hay algo que se volvió tan cotidiano que dejó de llamarnos la atención, pero si uno se detiene un segundo, es inquietante: pensamos demasiado, todo el tiempo, sin descanso, sin pausa, sin cierre. Y no es solo pensar, es volver, insistir, repetir, revisar mentalmente lo mismo como si en algún momento fuera a aparecer una respuesta distinta. Entonces la pregunta no es solo qué es una obsesión, sino por qué estamos funcionando así.

Porque la obsesión no es simplemente tener una idea fija. Es otra cosa. Es un pensamiento que se mete, que irrumpe, que no se deja manejar del todo. Aparece incluso cuando uno no lo quiere, se instala y empieza a girar. Y lo más llamativo es que muchas veces la persona sabe que ese pensamiento no tiene sentido, que no aporta nada, pero aun así no lo puede soltar. Es como si la mente quedara enganchada en un punto muerto.

Ahora, lo interesante es que esto ya no se ve solo como algo clínico o aislado. Hoy aparece en lo cotidiano, en lo normal, en lo que hacemos todos los días. Revisar mil veces algo, anticipar escenarios negativos, repasar conversaciones pasadas, dudar de decisiones ya tomadas… todo eso está completamente integrado en la vida moderna. Y ahí es donde el problema cambia de escala: deja de ser individual y pasa a ser cultural.

Vivimos en una sociedad que empuja a pensar constantemente. Todo exige atención, todo compite por un lugar en la cabeza, todo queda abierto. No hay cierre, no hay pausa, no hay desconexión real. Y en ese contexto, la mente intenta hacer algo con ese exceso: repite. Porque repetir da una sensación de control, aunque sea falsa.

Y acá hay una clave fuerte: la obsesión está profundamente ligada al intento de controlar lo que no se puede controlar. Pensar una y otra vez en algo genera la ilusión de que estamos haciendo algo al respecto. Como si la mente pudiera resolver lo incierto a base de insistencia. Pero en realidad pasa lo contrario: cuanto más se insiste, más se fija el pensamiento.

Y eso conecta directamente con otro punto: la dificultad para tolerar la incertidumbre. No saber incomoda, no tener respuesta genera ansiedad, no cerrar algo deja una sensación de incompletitud. Entonces la mente compensa generando más pensamiento. No porque sirva, sino porque es lo único que tiene a mano.

Lo más inquietante es que este mecanismo no solo está aceptado, sino que muchas veces es premiado. Pensar mucho es visto como inteligencia, anticiparse es visto como responsabilidad, revisar todo es visto como compromiso. Pero nadie habla del costo: agotamiento mental, falta de claridad, imposibilidad de soltar.

Y entonces aparece una idea incómoda pero necesaria: tal vez no estamos pensando mejor, estamos pensando de más. Tal vez no estamos resolviendo más, estamos repitiendo más. Y tal vez, en ese exceso, estamos perdiendo algo básico: la capacidad de dejar ir.

Porque en el fondo, la obsesión no habla del contenido, habla del vínculo que tenemos con el pensamiento. No es qué pensamos, sino cómo nos quedamos atrapados en eso. Es una mente que no encuentra salida, no porque no exista, sino porque no puede dejar de buscar.

Y en medio de todo esto aparece una advertencia que parece escrita para este tiempo. En el libro de Eclesiastés, capítulo 12, versículo 12, se dice: “Una advertencia más, hijo mío: multiplicar los libros es una cosa interminable y estudiar demasiado deja el cuerpo exhausto”. No es un rechazo al conocimiento, es un límite. Es entender que hay un punto donde acumular, insistir y seguir pensando deja de aportar y empieza a desgastar. Y eso, llevado a lo que vivimos hoy, es exactamente el funcionamiento obsesivo.

Y en otra línea, en la carta a los Filipenses, capítulo 4, versículo 8, se plantea algo distinto: “En fin, mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos”. Acá no se trata de dejar la mente en blanco, sino de dirigirla. De entender que no todo lo que aparece merece quedarse.

Entonces quizás la clave no esté en eliminar la obsesión, sino en entender por qué aparece. Porque una sociedad obsesiva no es más que una sociedad que no sabe frenar. Y tal vez el verdadero cambio no esté en pensar más, sino en aprender a detenerse. Porque no todo lo que pasa por la cabeza necesita quedarse… y no todo lo que insiste merece ser escuchado.

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