
La edición número 82 de ANUNCIAR Informa, correspondiente al mes de septiembre de 2026, centra su “Tema de Tapa” en algo que me llama poderosamente la atención de este tiempo que nos toca vivir. Nunca tuvimos tantas posibilidades de comunicarnos y, sin embargo, cada vez hablamos más de soledad. Tenemos teléfonos, redes sociales, video llamadas y grupos que nos permiten contactar en segundos. Estamos conectados constantemente. Y, sin embargo, estar conectado no necesariamente significa estar acompañado.
La Organización Mundial de la Salud advierte que la soledad y el aislamiento social constituyen un problema extendido en todo el mundo. En España, el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada señala que el 25,5 % de los jóvenes de entre 16 y 29 años se encuentra en situación de soledad no deseada. Pero no es solo un problema juvenil. Los adultos también buscamos reconocimiento, esperamos respuestas y necesitamos sentir que alguien nos presta atención.
Quizás el problema no sea que nos comunicamos demasiado, sino que confundimos comunicación con encuentro. Un “me gusta” no necesariamente significa afecto. Un mensaje no reemplaza una conversación y una video llamada, aunque acerque, tampoco reproduce el abrazo de alguien a nuestro lado. Podemos conocer cada detalle de la vida de una persona a través de sus publicaciones y, al mismo tiempo, desconocer lo que está viviendo por dentro.
La soledad tampoco siempre llega en silencio. Puede aparecer en quien publica porque necesita sentirse mirado, en quien revisa el teléfono esperando una respuesta, en el adolescente que participa de cientos de conversaciones digitales, pero no encuentra con quién hablar de lo que le preocupa, o en el adulto que enciende la televisión apenas llega a casa para no escuchar el silencio. Cambian las circunstancias: sentir que nuestra existencia importa para alguien.
Incluso algunas tendencias juveniles actuales pueden leerse desde esta perspectiva. Detrás de la necesidad de ser vistos aparece algo profundamente humano: “Mírame”, “Reconoceme”, “decime que estoy acá”. Cambian las herramientas, pero la necesidad permanece.
La tecnología no es necesariamente el problema. Internet también puede conectar, acompañar y ofrecer comunidades. El problema aparece cuando la conexión sustituye al encuentro y confundimos tener muchas interacciones con construir vínculos profundos.
La Biblia lo expresa con una frase vigente: “No conviene que el hombre esté solo” (Génesis 2, 18) Somos seres de encuentro. Necesitamos hablar, escuchar, abrazar, acompañar y ser acompañados.
Combatir la soledad puede comenzar con gestos: llamar a alguien, visitar a un familiar, preguntar cómo está un amigo, sentarnos con nuestros hijos sin mirar el teléfono, escuchar a una persona mayor o recuperar una conversación pendiente.
El desafío de nuestro tiempo no es desconectarnos del mundo, sino aprender de nuevo a conectarnos entre nosotros. Una pantalla puede ser una herramienta extraordinaria, pero nunca debería convertirse en el sustituto absoluto del otro.
Quizás, en un mundo que promete conectarnos con todos, la verdadera revolución sea mucho más sencilla: volver a estar cerca de alguien. De verdad.
Esta publicación corresponde a una versión resumida.
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Alfredo Musante Martínez
Para ANUNCIAR Informa (AI)