miércoles, 22 de mayo de 2013

El Espíritu Santo conduce y penetra en la historia de Israel

El Antiguo Testamento nos ofrece preciosos testimonios sobre el papel reconocido del 'Espíritu' de Dios (como 'soplo', 'aliento', 'fuerza vital', simbolizado por el viento) no sólo en los libros que recogen la producción religiosa y literaria de los autores sagrados, espejo de la psicología y del lenguaje de Israel, sino también en la vida de los personajes que hacen de guías del pueblo en su camino histórico hacia el futuro mesiánico.

Es el Espíritu de Dios quien, según los autores sagrados, actúa sobre los jefes haciendo que ellos no sólo obren en nombre de Dios, sino también que con su acción sirvan de verdad al cumplimiento de los planes divinos, y por lo tanto miren no tanto a la construcción y el engrandecimiento de su propio poder personal o dinástico según las perspectivas de una concepción monárquica o aristocrática, sino más bien a la prestación de un servicio útil a los demás y en especial al pueblo. Se puede decir que, a través de esta mediación de los jefes, el Espíritu de Dios penetra y conduce la historia de Israel.

Ya en la historia de los patriarcas se observa que hay una mano superior, realizadora de un plan que mira a su 'descendencia', que los guía y conduce en su camino, en sus desplazamientos, en sus vicisitudes. Entre ellos tenemos a José, en quien reside el Espíritu de Dios como espíritu de sabiduría, descubierto por el faraón, que pregunta a sus ministros: "¿Podemos encontrar otro hombre que tenga en igual medida el espíritu de Dios?". (Gen 41, 38). El espíritu de Dios hace a José capaz de administrar el país y de realizar su extraordinaria función no sólo en favor de su familia y las ramificaciones genealógicas de ésta, sino con vistas a toda la futura historia de Israel.

También sobre Moisés, mediador entre Yahvéh y el pueblo, actúa el espíritu de Dios, que lo sostiene y lo guía en el éxodo que llevará a Israel a tener una patria y a convertirse en un pueblo independiente, capaz de realizar su tarea mesiánica. En un momento de tensión en el ámbito de las familias acampadas en el desierto, cuando Moisés se lamenta ante Dios porque se siente incapaz de llevar “…Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto...” (Nm 11, 14), Dios le manda escoger setenta hombres, con los que podrá establecer una primera organización del poder directivo para aquellas tribus en camino, y le anuncia: “Yo bajaré hasta allí, te hablaré, y tomaré algo del espíritu que tú posees, para comunicárselo a ellos. Así podrán compartir contigo el peso de este pueblo, y no tendrás que soportarlo tú solo”. (Nm 11, 17). Y efectivamente, reunidos setenta ancianos en torno a la tienda del encuentro: “Entonces el Señor descendió en la nube y le habló a Moisés. Después tomó algo del espíritu que estaba sobre él y lo infundió a los setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en éxtasis; pero después no volvieron a hacerlo”. (Nm 11, 25).

Cuando, al fin de su vida, Moisés debe preocuparse de dejar un jefe en la comunidad: “Que el Señor, el Dios que anima a todo viviente, ponga al frente de esta comunidad a un hombre que la guíe en todos sus pasos y al que ellos obedezcan en todo. Así la comunidad del Señor no estará como una oveja sin pastor" El Señor respondió a Moisés: "Toma a Josué, hijo de Nun, que es un hombre animado por el espíritu, e impone tu mano sobre él”. (Nm 27, 17-18), y Moisés le impone 'su mano' a fin de que también él esté “lleno del espíritu de sabiduría” (Dt 34, 9). Son casos típicos de la presencia y de la acción del Espíritu en los 'pastores' del pueblo.

A veces el don del espíritu es conferido también a quien, a pesar de no ser jefe, está llamado por Dios a prestar un servicio de alguna importancia en especiales momentos y circunstancias. Por ejemplo, cuando se trata de construir la 'tienda del encuentro' y el 'arca de la Alianza', Dios dice a Moisés: "Yo designé a Besalel - hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá - y lo llené del espíritu de Dios, para conferirle habilidad, talento y experiencia en la ejecución de toda clase de trabajos” (Ex 31, 2.3). Es más, incluso respecto a los compañeros de trabajo de este artesano, Dios añade: “Junto con él puse a Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, y doté de una habilidad especial a todos los artesanos competentes, a fin de que puedan ejecutar lo que les he ordenado, a saber: la Carpa del Encuentro, el Arca del Testimonio, la tapa que la cubre y todo el mobiliario del Santuario” (Ex 31, 6.7).

Cuando se realiza el cambio histórico de los Jueces a los Reyes, según la petición de los israelitas que querían tener 'un rey para que nos juzgue, como todas las naciones' (1 Sm 8, 5), el anciano juez y liberador Samuel hace que Israel no pierda el sentimiento de la pertenencia a Dios como pueblo elegido y que quede asegurado el elemento esencial de la teocracia, a saber, el reconocimiento de los derechos de Dios sobre el pueblo. La unción de los reyes como rito de institución es el signo de la investidura divina que pone un poder político al servicio de una finalidad religiosa y mesiánica. En este sentido, Samuel, después de haber ungido a Saúl y haberle anunciado el encuentro en Guibeá con un grupo de profetas que vendrían salmodiando, le dice: “Entonces te invadirá el espíritu del Señor; entrarás en trance con ellos y serás cambiado en otro hombre”. (1 Sm 10, 6). Y efectivamente: “Apenas Saúl se dio vuelta para alejarse de Samuel, Dios le cambió el corazón, y aquel mismo día se cumplieron las señales. Desde allí, se dirigieron a Guibeá, y se encontraron con un grupo de profetas. Entonces lo invadió el espíritu de Dios y entró en trance en medio de ellos”. (1 Sm 10, 9.10).

También cuando llegó la hora de las primeras iniciativas de batalla: “El espíritu de Dios irrumpió sobre Saúl cuando este oyó esas palabras, y una violenta ira se apoderó de él”. (1 Sm 11, 6). Se cumplía así en él la promesa de la protección y de la alianza divina que había sido hecha a Samuel: “Cuando te hayan sucedido todas estas señales, haz todo lo que sea conveniente, porque Dios está contigo” (l Sm 10, 7). Cuando el espíritu de Dios abandona a Saúl, que es perturbado por un espíritu malo (Cfr. 1 Sm 16, 14), ya está en el escenario David, consagrado por el anciano: “Samuel con la unción por la que Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá”. (1 Sm 16, 13).

Con David, mucho más que con Saúl, toma consistencia el ideal del rey ungido por el Señor, figura del futuro Rey-Mesías, que será el verdadero liberador y salvador de su pueblo. Aunque los sucesores de David no alcanzarán su estatura en la realización de la realeza mesiánica, más aún, aunque no pocos prevaricarán contra la Alianza de Yahvéh con Israel, el ideal del Rey Mesías no desaparecerá y se proyectará hacia el futuro cada vez más en términos de espera, caldeada por los anuncios proféticos.

Por tanto, el santo espíritu del Señor (Is 42, 1; cfr. 61, 1 ss.; 63, 10-13; Sal 50/51, 13; Sab 1, 5; 9, 17), su 'soplo' (ruah), que recorre toda la historia bíblica, será dado en plenitud al Mesías. Ese mismo espíritu que alienta sobre el caos antes de la creación (Cfr. Gen 1, 2), que da la vid todos los seres (Cfr. Sal 103/104, 29.30; 33, 6; Gen 2, 7; 37, 5.6. 9.10) que suscita a los Jueces (Cfr. Jue 3, 10; 6, 34; 11, 29) y los Reyes (Cfr. 1 Sm 11, 6), que capacita a los artesanos para el trabajo del santuario (Cfr. Ex 31, 3; 35, 31), que da la sabiduría a José (Cfr. Gen 41, 38), la inspiración a Moisés y a los profetas (Cfr. Nm 11, 17. 25.26; 24, 2; 1 5 10, 6.10; 19, 20), como a David (Cfr. 1 Sm 16, 13; 2 5 23, 2), descenderá sobre el Mesías con la abundancia de sus dones (Cfr. Is 11, 2) y lo hará capaz de realizar su misión de justicia y de paz. “Este es mi Servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones”. (Is 42, 1); “…no desfallecerá ni se desalentará hasta implantar el derecho en la tierra, y las costas lejanas esperarán su Ley”. (42, 4).

¿De qué manera implantará el derecho y liberará a los oprimidos? ¿Será, tal vez, con la fuerza de las armas, como habían hecho los Jueces, bajo el Impulso del Espíritu, y como hicieron, muchos siglos después, los Macabeos? El Antiguo Testamento no permitía dar una respuesta clara a esta pregunta. Algunos pasajes anunciaban intervenciones violentas, como por ejemplo el texto de Isaías que dice: “Pisoteé a los pueblos en mi ira, los embriagué en mi furor, hice correr su sangre hasta el suelo.” (Is 63, 6). Otros en cambio, insistían en la abolición de toda lucha: “El será juez entre las naciones y árbitro de pueblos numerosos. Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra”. (Is 2, 4).

La respuesta debía ser revelada por el modo en que el Espíritu Santo guiaría a Jesús en su misión: por el Evangelio sabemos que el Espíritu impulsó a Jesús a rechazar el uso de las armas y toda ambición humana y a conseguir una victoria divina por medio de una generosidad ilimitada, derramando su propia sangre para liberarnos de nuestros pecados. Así se manifestó de manera decisiva la acción directiva del Espíritu Santo.

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