viernes, 21 de mayo de 2010

Dones del Espíritu Santo

En la teología católica se llama dones del Espíritu Santo a unas disposiciones fijas que hacen al hombre dócil para secundar los impulsos, inspiraciones o mociones del Espíritu Santo. Tales dones son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

Un don es algo dado por otro libre, gratuita y benévolamente: el mismo Espíritu Santo es mencionado como un don en la liturgia o himnos litúrgicos.

Dado que la teología considera al mismo Espíritu Santo como el primer don de Dios, en sentido amplio pueden llamarse “dones del Espíritu Santo” todos los dones de Él. En sentido impropio son dones del Espíritu Santo las virtudes sobrenaturales aun cuando no impliquen la gracia y en sentido propio todo don que implique la amistad o gracia de Dios. Se dice que son hábitos sobrenaturales pues los dones para que sean permanentes o se mantengan han de tener la forma de hábitos. Dado que se trata de realidades sobrenaturales han de ser infundidas por Dios en el alma.

En la teología escolástica suele aclararse que los dones son infundidos en las “potencias del alma” indicando con ello las facultades superiores (entendimiento, voluntad, memoria) que reciben un hábito que les permite responder con mayor facilidad y secundar las mociones propias del Espíritu Santo o gracia actual. La facultad los recibe “pasivamente” pero ha de de actuarlos: es decir, no quitan la libertad ni la cohíben.

Es clásico el uso del siguiente texto del libro del profeta Isaías:

Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor. (Isaías 11, 1-2).

El texto es marcadamente mesiánico y su aplicación como dones que son dados a todos los cristianos se debe a la reflexión posterior de los Padres de la Iglesia a partir de otros textos bíblicos, en resumen a la tradición de la Iglesia aun cuando el único texto específico y fundamental es el mencionado de Isaías. Ahora bien, el texto masorético no cuenta siete sino seis (no menciona el espíritu de piedad) lo cual ha dado pie a discusiones entre los teólogos (que asumen que son siete dado el carácter simbólico de este número) y los exegetas que consideran el texto una simple enumeración de las cualidades de gobierno del Mesías. Tomás de Aquino dedica un artículo en su Suma teológica a defender que son siete.

La terminología usada por los padres tanto latinos como griegos es bastante rica: hablan de dones, munera (regalos), charismata (carismas), spiritus (espíritus), virtutes (fuerzas). Los padres griegos que tratan más extensamente sobre los dones son Justino, Orígenes, Cirilo de Alejandría, Gregorio de Nacianzo y Dídimo el Ciego. Entre los latinos hay que mencionar a Agustín de Hipona y Gregorio Magno. En el sínodo de Roma del año 382, bajo la presidencia del Papa Dámaso I se trató de los dones aplicando la profecía de Isaías a Jesucristo:

Se dijo: Ante todo hay que tratar del Espíritu septiforme que descansa en Cristo. Espíritu de sabiduría: Cristo virtud de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de entendimiento: Te daré entendimiento y te instruiré en el camino por donde andarás (Sal 31, 8). Espíritu de consejo: Y se llamará su nombre ángel del gran consejo (Is 9, 6). Espíritu de fortaleza: Virtud o fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1Co 1, 24). Espíritu de ciencia: Por la eminencia de la ciencia de Cristo Jesús (Ef 3, 19). Espíritu de verdad: Yo soy el camino, la vida y la verdad (Jn 14, 6). Espíritu de temor (de Dios): El temor del Señor es principio de la sabiduría (Sal 110, 10).
El Papa León XIII en la encíclica Divinum illud munus (publicada en el año 1897) afirma:

“El justo que vive de la vida de la gracia y que opera mediante las virtudes, como otras tantas facultades, tiene absoluta necesidad de los siete dones, que más comúnmente son llamados dones del Espíritu Santo. Mediante estos dones, el espíritu del hombre queda elevado y apto para obedecer con más facilidad y presteza a las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Igualmente, estos dones son de tal eficacia, que conducen al hombre al más alto grado de santidad; son tan excelentes, que permanecerán íntegramente en el cielo, aunque en grado más perfecto. Gracias a ellos es movida el alma y conducida a la consecución de las bienaventuranzas evangélicas, esas flores que ve abrirse la primavera como señales precursoras de la eterna beatitud”.

Atomizar, parece ser una practica rentable

Primero fueron los partidos políticos mediante aquello de la “transversalidad”, luego fueron los sindicatos, las obras sociales, y por último, después de las controversias con el campo, los medios de difusión. Es como que, atomizar, curubicar, desmembrar o dividir las cosas en muchas partes, políticamente paga bien.

La atomización de los partidos políticos que logra el kirschnerismo, da buenos resultados cuando, a pesar de haber perdido su mayoría parlamentaria, la oposición ha quedado tan dividida que le permite ejercer presiones sobre aquellas partes –que aun siendo muy minoritarias- le posibilitan ganar posiciones dentro del Congreso.

Con el espectro radioeléctrico de frecuencias de radiodifusión pasa algo muy parecido. El gobierno dice que el pluralismo debe expresarse a través de la mayor cantidad de medios que sean posibles de instalar, y que estos deben ser autorizados a todo tipo de entidad, de empresa o al propio Estado Nacional. Sin embargo, cualquier entendido en comunicación social, sabe que la saturación de información, en realidad desinforma, y que la atomización del espectro (más emisoras chicas, que grandes) impide acceder a la información amplia y general y sólo permite la información del ámbito local.

Y seguramente, para los gobiernos debe ser más conveniente que la ciudadanía esté solamente informada de lo que pasa a su acotado alrededor, que a ésta le lleguen todas las noticias que se producen más allá de sus alcances.

Por otra parte, que cada sector posea su propia emisora sólo contribuiría a la polarización de las opiniones, cosa rotundamente contraria al criterio de pluralidad. Esa, también es una forma de atomizar la audiencia para que cada parte sólo se escuche a sí misma y no conozca lo que piensa o dice la otra.

Y, en nuestro país todo lo que pasa se parece a otras cosas que ya ocurrieron en el pasado y sobre las cuales la ciudadanía –imposibilitada de impedirlas- no tiene más remedio que ser una sometida espectadora de las consecuencias.

La atomización –en estos casos- se produce dentro la misma sociedad; por ejemplo: la contaminación del Riachuelo separa a la gente entre sanos y enfermos; la contaminación del espectro radioeléctrico por causa de su atomización, incomunicaría a los argentinos, y como estos, muchos ejemplos más podrían ser señalados para advertir que existe una estrategia que consiste en “atomizar” para gobernar.

Conductas –históricamente- repetidas que conducen de manera irremediable a las mismas consecuencias.

Pero, parece que, atomizar, dividir, curubicar o desmembrar, resulta ser rentable para las apetencias políticas. Mientras esto no cambie, tampoco cambiará nuestro destino como país.

No se trata –específicamente- del peligro que estaría corriendo la libertad de expresión, sino, de la posibilidad de que se quiera dominar la orientación de la información. Es sólo para pensar.

Edgardo Molo
Asesor Técnico Legal
Especialista en Radiodifusión

domingo, 16 de mayo de 2010

Wojtyla el musical: El amor es más fuerte

Era esperable encontrarse con semejante obra musical si estaba de por medio alguien que hace más de veinte años está trabajando en los medios de comunicación. Hablo de “Wotjyla, el musical” y la mano de Héctor “Tito” Garabal haciendo una nueva incursión en la producción teatral.

Quien les escribe no encuentra las palabras justas para hacer un comentario apropiado debido a no ser un especialista en este arte de las tablas. No obstante, intentaré contar lo experimentado en mi corazón antes que una opinión técnica sobre la obra presentada.

Este musical refleja como pudo haber sido el Papa Juan Pablo II en su juventud expresándose toda la fuerza, la frescura, la elocuencia y los diferentes carismas que como un crisol brillaban en el espíritu del joven Lolek.

Hay una brillante actuación del joven actor Andrés Bagg dando vida a ese personaje que encarna a un “polaco” pregonando siempre que “con la palabra se podría cambiar el mundo”. Andrés logra encarnar a un Wojtyla con todos sus carismas y nos lleva de la mano a recorrer los momentos más importantes de la vida del joven Karol y que fueron forjando su personalidad. En esta maravillosa obra, podemos observar la intachable amistad de Wojtyla con Jurek Kluger, de descendencia judía, personaje interpretado por Chacho Gabaral.

Se destacan momentos de mucha tensión como la ocupación Nazi en Polonia, la decisión de Jurek de querer formar parte de la resistencia, tomando las armas y la figura de Lolek tratando de convencer a su amigo que solo las palabras y el amor vencerán al odio, cerrando con una promesa de dos los amigos de volver a encontrarse algún día.

A lo largo de la obra vamos viendo como se va presentando el llamado de Dios en Karol modelando su vocación al sacerdocio, el nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia primero y cardenal después, hasta llegar a su elección como pontífice. Al finalizar la obra tiene lugar el reencuentro de alta emotividad con su amigo Jurek, para cumplir aquella promesa hecha cuando eran jóvenes.

La música original es una excelente y cuidada obra de Ángel Mahler quien hace escuchar al público un verdadero canto a la vida. En tanto, la producción general es de James Murray y las espléndidas coreografías son de Natalia Mezzera. Debo destacar que Marcelo Kotliar y Chacho Garabal, creadores del libro y las letras, no dejaron escapar ningún detalle. Con el gesto superlativo en la escena del saludo entre el flamante Juan Pablo II y el Cardenal Stefan Wyszynski, primado de Polonia.

A modo de síntesis cabe decir que esta obra es un canto a la vida, al amor, a la esperanza, a la amistad y a permanecer firmes en la lucha por encontrar las “claves para un mundo mejor”. Decir que la recomiendo y que no se la pierdan es poco, al punto de advertir que sería un pecado mortal no ir a disfrutar de esta obra maestra que nos devolvió, aunque sea por un ratito a Karol Józef Wojtyla… al entrañable Juan Pablo II.

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa radial
EL ALFA Y LA OMEGA
http://www.elalfaylaomega-elprograma.blogspot.com/

miércoles, 12 de mayo de 2010

¿Que entendemos por Matrimonio?

Martes 11.05.2010
Editorial - Programa Nº 440
------------------------------------------------------------------

En la editorial que me toca desarrollar aquí en el programa voy a plantear un tema muy polémico y es la del proyecto de ley sobre matrimonio entre personas del mismo sexo: pero quisiera que explicar que entendemos por Matrimonio:

La palabra matrimonio como denominación de la institución social y jurídica deriva de la práctica y del Derecho Romano. El origen etimológico del término es la expresión "matri-monium", es decir, el derecho que adquiere la mujer que lo contrae para poder ser madre dentro de la legalidad.

La concepción romana tiene su fundamento en la idea de que la posibilidad que la naturaleza da a la mujer de ser madre quedaba subordinada a la exigencia de un marido al que ella quedaría sujeta al salir de la tutela de su padre y de que sus hijos tendrían así un padre legítimo al que estarían sometidos hasta su plena capacidad legal: es la figura del pater familias.

La forma tradicional de matrimonio es entre un hombre y una mujer, con la finalidad de constituir una familia. Esa definición ortodoxa ha sido cuestionada, de una parte, porque se ha otorgado reconocimiento a las uniones entre un hombre y una mujer con finalidades prácticamente idénticas al matrimonio, pero que adoptan formas y denominaciones distintas. Por otro lado, el desarrollo de nuevos modelos de familia (parejas no casadas con hijos, madres solteras), han desvinculado la función reproductiva del matrimonio. Finalmente, en varios países y estados se ha producido una ampliación de derechos que ha dado reconocimiento al matrimonio entre personas del mismo sexo.

El matrimonio es una institución social que crea un vínculo conyugal entre sus miembros. Este lazo es reconocido socialmente, ya sea por medio de disposiciones jurídicas o por la vía de los usos y costumbres. El matrimonio establece entre los cónyuges —y en muchos casos también entre las familias de origen de éstos— una serie de obligaciones y derechos que también son fijados por el derecho, que varían, dependiendo de cada sociedad.

Desde el punto de vista del derecho occidental, el matrimonio constituye una unión de dos personas que tiene por finalidad constituir una familia. Hasta hace pocos años se consideraba un elemento esencial de la definición el hecho que ambos contrayentes debían ser de sexo opuesto, pero en el último tiempo este elemento ha sido objeto de moderaciones debido a la introducción, por algunos ordenamientos, del matrimonio entre personas del mismo sexo.

En las sociedades de influencia occidental suele distinguirse entre matrimonio religioso y matrimonio civil, siendo el primero una institución cultural derivada de los preceptos de una religión, y el segundo una forma jurídica que implica un reconocimiento y un conjunto de deberes y derechos legal y culturalmente definidos.

Para el cristianismo, el origen del matrimonio entre una pareja no es sólo cultural, sino que procede de la misma naturaleza humana en cuanto que (como dice el libro del Génesis (1-27) “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer”. El matrimonio sería, por tanto, una institución y no un producto cultural cuyas principales características -unidad, indisolubilidad y apertura a la vida- vendrían definidas por la propia naturaleza del concepto católico de amor entre hombre y mujer, que exige a los esposos o cónyuges amarse el uno al otro para siempre y que alcanza su mayor expresión en la procreación.

Las características generales de la institución del matrimonio incluidas en algunos ordenamientos jurídicos son la dualidad, la heterosexualidad y el contenido en cuanto a derechos y deberes. A partir del siglo XX, en las sociedades de influencia occidental y procedente del liberalismo se recoge también el principio de igualdad, con un peso creciente en las regulaciones derivadas.

La dualidad del matrimonio es el principio por el que la institución está prevista, en principio, para unir a dos personas y vincularlas para su convivencia y procreación. En algunos ordenamientos (en especial los de base islámica) se que reconoce la posibilidad de que un hombre contraiga matrimonio con más de una mujer. Pero incluso en este caso la institución vincula a una persona con otra, pues las diversas mujeres que un musulmán pueda tener no están unidas, en principio, por ningún nexo matrimonial ni tienen derechos y obligaciones entre sí.

Tradicionalmente el matrimonio exige la pertenencia de cada contrayente a uno de ambos sexos, de manera que un hombre y una mujer son los únicos que, en principio, pueden contraer matrimonio. Este principio está siendo modificado en algunos países en favor del principio de igualdad, a fin de reconocer la paridad de derechos y obligaciones entre hombre y mujer y extender los beneficios que implica la institución del matrimonio a parejas formadas por personas del mismo sexo (matrimonio homosexual), lógicamente ya que hay parejas heterosexuales que se casan y tampoco tienen hijos.

El contenido en cuanto a derechos y deberes de los cónyuges varía en función del ordenamiento jurídico de cada país, pero por lo general todos les imponen la obligación de vivir juntos y guardarse fidelidad, de socorrerse mutuamente, de contribuir al levantamiento de las cargas familiares y de ejercer conjuntamente la potestad doméstica y la patria potestad sobre los hijos, que se presumen comunes salvo prueba en contrario. Las singularidades del contenido del matrimonio en cuanto a derechos y deberes de los cónyuges derivan en cada país de su propia concepción cultural de la institución, que ha dado forma a la misma en su legislación positiva y en su práctica jurídica.

En síntesis: cuando hablamos de matrimonio homosexual, se pone en juego la familia. Es importante conocer que el 96,5% de los países no tienen matrimonio para homosexuales. Es decir, de 198 países existentes, sólo 7 lo aceptan en su normativa (Canadá, Suecia, Noruega, Sudáfrica, España, Bélgica y Holanda).

Hoy en día los tratados universales de Derechos Humanos expresan el carácter de derecho fundamental el acceso al matrimonio sólo entre un varón y una mujer. Igualar hoy el matrimonio para personas del mismo sexo representaría producir una falta de sintonía entre la legislación y la manera en que vive y piensa la mayor parte de los ciudadanos, no solo de la Argentina, sino también del mundo. Todos los ciudadanos tienen derecho a ser respetados en la diversidad, en el estilo de vida que elijan para si mismos. Sin embargo, como plantea la Diputada Nacional Cyntia Hotton: “creo y considero que no es el matrimonio, con su historia, su identidad y su normativa legal, la institución para equiparar jurídicamente con las uniones homosexuales. Esto es promover en las nuevas generaciones una concepción errónea de la sexualidad y del matrimonio”.

Por otro lado, el derecho reclamado por los homosexuales a adoptar niños responde al deseo de ser padres y no a las necesidades de los menores de tener las figuras de padre y madre que ayuden en su desarrollo psicosexual. El niño que es adoptado ya viene con problemas. Si lo damos en adopción a un papá y un papá, no le doy derecho a una mamá. La ley protege al matrimonio entre un hombre y una mujer, lo resguarda por su fin social de procreación. Defender al matrimonio y mantenerlo como institución no quiere decir que se esté discriminando. Tiene que tener distinto nombre, no son comparables, ni legalmente puede tener el mismo término. Respecto al derecho de adopción que reclaman, ello es bregar por su propio interés y no por el interés superior del niño.

Son signos de que debemos estar atentos ante los nuevos desafíos que se nos presentan en este siglo XXI, en este Continente de la Esperanza y quisiera cerrar mi editorial con lo que nos exhorta Pablo en su carta a los cristianos de Tesalónica: “Pero ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas para que ese Día los sorprenda como un ladrón: todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios. Los que duermen lo hacen de noche, y también los que se emborrachan. Nosotros, por el contrario, seamos sobrios, ya que pertenecemos al día: revistámonos con la coraza de la fe y del amor, y cubrámonos con el casco de la esperanza de la salvación. Porque Dios no nos destinó para la ira, sino para adquirir la salvación por nuestro Señor Jesucristo, que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a él”. (1º Tes. 5, 4-9)

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa Radial
EL ALFA Y LA OMEGA

Acción santificadora del Espíritu Santo - Programa Nº 440

El espíritu divino, según la Biblia, no es sólo luz que ilumina dando el conocimiento y suscitando la profecía, sino también fuerza que santifica. En efecto, el espíritu de Dios comunica la santidad, porque él mismo es 'espíritu de santidad'. 'espíritu santo'. Se atribuye este apelativo al espíritu divino en el capítulo 63 del libro de Isaías cuando. En el largo poema dedicado a exaltar los beneficios de Yahvé y a deplorar los descarríos del pueblo a lo largo de la historia de Israel, el autor sagrado dice que 'ellos se rebelaron y contristaron a su espíritu santo' (Is 63, 10). Pero añade que después del castigo divino. 'se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo'. Para preguntarse: “¿Dónde está el que hizo subir de las aguas al pastor de su rebaño? ¿Dónde está el que puso dentro de él su santo espíritu” (Is 63, 11 ).

Este apelativo resuena también en el Salmo 50/51, donde, al pedir perdón y misericordia al Señor, el autor le implora: “No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu”. (Salmo 51 / 50, 13). Se trata del principio íntimo del bien, que actúa en el interior para llevar a la santidad.

El libro de la Sabiduría afirma la incompatibilidad entre el Espíritu Santo y cualquier falta de sinceridad o de justicia: “Porque el santo espíritu, el educador, huye de la falsedad, se aparta de los razonamientos insensatos, y se siente rechazado cuando sobreviene la injusticia”. (Sáb. 1, 5). Se expresa también una relación muy estrecha entre la sabiduría y el espíritu. En la sabiduría, dice el autor inspirado: “En ella hay un espíritu inteligente, santo, único, multiforme, sutil, ágil, perspicaz, sin mancha, diáfano, inalterable, amante del bien, agudo, libre, bienhechor, amigo de los hombres, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, lo observa todo y penetra en todos los espíritus: en los inteligentes, en los puros y hasta los más sutiles”. (7, 22-23). Sin este espíritu santo que Dios 'envía de lo alto, el hombre no puede discernir la santa voluntad de Dios y mucho menos, evidentemente, cumplirla fielmente.

En el Antiguo Testamento la exigencia de santidad está fuertemente vinculada a la dimensión cultual y sacerdotal de la vida de Israel. El culto se debe tributar en un lugar 'santo', lugar de la Morada de Dios tres veces santo (Cfr. Is 6, 1.4). La nube es el signo de la presencia del Señor (Cfr. Ex 40, 34.35; 1 Re 8, 10.11); todo, en la tienda, en el templo, en el altar, en los sacerdotes, desde el primer consagrado Aarón (Cfr. Ex 29, 1, ss.), debe responder a las exigencias del 'sacro'. Que es como una aureola de respeto y de veneración creada en torno a personas, ritos y lugares privilegiados por una relación especial con Dios.

Algunos textos de la Biblia afirman la presencia de Dios en la tienda del desierto y en el templo de Jerusalén (Ex 25, 8; 40 34-35; 1 Re 8, 10-13; Ez 43,4-5). Sin embargo, en la narración misma de la dedicación del templo de Salomón se refiere una oración en la que el rey pone en duda esta pretensión diciendo: “Pero ¿es posible que Dios habite realmente en la tierra? Si el cielo y lo más alto del cielo no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta Casa que yo he construido!” (1 Re 8, 27).

En los Hechos de los Apóstoles, Esteban expresa la misma convicción a propósito del templo: “…si bien es cierto que el Altísimo no habita en casas hechas por la mano del hombre. Así lo dice el Profeta: El cielo es mi trono, y la tierra la tarima de mis pies. ¿Qué casa me edificarán ustedes, dice el Señor, o donde podrá estar mi lugar de reposo?” (Hech 7, 48).

La razón de ello la explica Jesús mismo en su charla con la Samaritana: “Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”. (Jn 4, 24). Una casa material no puede recibir plenamente la acción santificadora del Espíritu Santo. Y por tanto no puede ser verdaderamente 'morada de Dios'. La verdadera casa de Dios debe ser una 'casa espiritual', como dirá Pedro, formada por 'piedra vivas', es decir, por hombres y mujeres santificados interiormente por el Espíritu de Dios (Cfr. 1 Pe 2, 4.10; Ef. 2, 21.22).

Por ello. Dios prometió el don del Espíritu a los corazones, en la célebre profecía de Ezequiel, en la que dice: “Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor -oráculo del Señor- cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes. Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes”. (Ez 36. 23.27).

El resultado de este don estupendo es la santidad efectiva vivida con la adhesión sincera la santa voluntad de Dios. Gracias a la presencia íntima del Espíritu Santo, finalmente los corazones serán dóciles a Dios y la vida de los fieles será conforme a la ley del Señor.

Contra el espíritu de Dios combate el espíritu de la mentira: “El respondió: 'Iré y seré un espíritu de mentira en la boca de todos los profetas'. Entonces el Señor le dijo: 'Tú lograrás seducirlo. Ve y obra así'. Ahora, el Señor ha puesto un espíritu de mentira en la boca de todos los profetas, porque él ha decretado tu ruina”. (1 Re 22, 21-23), el 'espíritu inmundo' que subyuga a hombres y pueblos sometiéndolos a la idolatría.

En el oráculo sobre la liberación de Jerusalén. En perspectiva mesiánica, que se lee en el libro de Zacarías el Señor promete realizar él mismo la conversión del pueblo haciendo desaparecer el espíritu inmundo: 'Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén. Para lavar el pecado y la impureza. “Aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza. Aquel día -oráculo del Señor de los ejércitos- yo extirparé del país el nombre de los ídolos y no se los volverá a mencionar; de la misma manera, expulsaré de esta tierra a los profetas y el espíritu de impureza”. (Za 13. 1.2).

En Isaías sobre este tema nos dice: “No intervino ni un emisario ni un mensajero: él mismo, en persona, los salvó; por su amor y su clemencia, él mismo los redimió; los levantó y los llevó en todos los tiempos pasados. Pero ellos se rebelaron y afligieron su santo espíritu. Entonces él se volvió su enemigo y combatió contra ellos”. (Is 63, 9.10).

El profeta contrapone la generosidad del amor salvífico de Dios para con su pueblo, y la ingratitud de éste. En su descripción antropomórfica se conforma con la psicología humana la atribución al espíritu de Dios de la tristeza producida por el abandono del pueblo. Pero según el lenguaje del profeta, se puede decir que el pecado del pueblo contrista el espíritu de Dios especialmente porque este espíritu es santo: el pecado ofende la santidad divina. La ofensa es más grave porque el Espíritu Santo de Dios no sólo ha sido colocado por Dios en su siervo Moisés (Cfr. Is 63, 11), sino que lo ha dado como guía a su pueblo durante el éxodo de Egipto (Cfr. Is 63. 14), como signo y prenda de la salvación futura: “…Pero ellos se rebelaron...”, (Is 63, 10). También Pablo, heredero de esta concepción y de este lenguaje, recomendará a los cristianos de Éfeso: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención”. (Ef. 4, 30).

El uso más frecuente del apelativo 'Espíritu Santo' es un indicio de esta evolución. Este apelativo inexistente en los libros más antiguos de la Biblia, se impone poco a poco precisamente porque sugería la función del Espíritu Santo para la santificación de los fieles. Los himnos de Qumran en varias ocasiones dan gracias a Dios por la purificación interior que él ha realizado por medio de su Espíritu santo (Himnos de la Ságruta de Qumran, 16, 12;17. 26). El intenso deseo de los fieles no era ya sólo de ser liberados de los opresores, como en el tiempo de los Jueces, sino ante todo de poder servir al Señor en santidad y justicia, delante de él todos nuestros días. Por esto, era necesaria la acción santificadora del Espíritu Santo.

A esta espera corresponde el mensaje evangélico. Es significativo que en los cuatro evangelios la palabra 'santo' aparezca por primera vez en relación con el espíritu, tanto para hablar del nacimiento de Juan Bautista y del de Jesús (Mt 1, 18)20; Lc 1, 15, 35), como para anunciar el bautismo en el Espíritu Santo (Mc 1, 8; Jn 1, 33). En la narración de la Anunciación, la Virgen María escucha las palabras del ángel Gabriel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios”. (Lc 1. 35). Así comenzó la decisiva acción santificadora del Espíritu de Dios, destinada a propagarse a todos los hombres.