miércoles, 18 de enero de 2012

Las expresiones religiosas de las nuevas necesidades populares

La protección de los males de gargantas y el cuidado de la vista que lejanas tradiciones atribuyen respectivamente a san Blas y a santa Lucía, el reconocimiento de santa Cecilia como patrona de la música, la entusiasta invocación de enamorados de América del Norte a san Valentín, o el pedido dirigido a san Antonio en los países de cultura latina y la invocación de antiguos trabajadores de los correos de Europa a san Gabriel Arcángel, muestran que la religiosidad popular siempre reflejó las actividades y necesidades existenciales que preocupan en distintas épocas a vastos sectores de la humanidad.

Algunas son penurias que adquieren mayor relevancia por los problemas que se encuentran en determinadas culturas y situaciones sociales o económicas más o menos coyunturales. Por eso, antiguas necesidades vuelven a resurgir con nuevas fuerzas, mientras que otras devociones van perdiendo relevancia. Así ocurrió en el siglo pasado con san Cayetano, que casi sin mayor difusión en su país de origen, comenzó a estar presente ya en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, pero cuya referencia a quienes buscan “pan y trabajo” se expandió en Argentina durante la crisis económica de 1930.

Devociones Populares: nuevas y antiguas nos interpelan frente a algunas cuestiones teológicas y pastorales que intento continuar a partir de tres interrogantes: ¿qué nuevas necesidades se reflejan en estas expresiones la religiosidad popular? ¿Hasta dónde pueden ser parte de una religiosidad difusa o incluso supersticiosa? ¿Catequizan las imágenes en la búsqueda del Reino anunciado por Jesús y su justicia? ¿Qué aporta la pastoral a estas nuevas necesidades populares?

En la iglesia de San Peter am Perlach –Augsburgo– se encuentra desde 1700 una pintura de María, conocida como “la que desata los nudos”. De estilo barroco y autor desconocido, representa la Inmaculada Concepción rodeada de una multitud angélica presidida por una paloma, símbolo del Espíritu Santo. Uno de los ángeles le entrega una cinta con muchos nudos. Ella los mira atentamente, los desata y lo entrega a otro ángel que recibe ahora la cinta blanca en su textura original.

Probablemente esta imagen se inspire en un texto de san Ireneo de Lyon que dice que por su fe y su obediencia al Padre, María desató el nudo de la desobediencia y de la incredulidad de nuestros primeros padres: “porque los lazos del pecado no podrían ser desatados sino por un proceso inverso al que había seguido el pecado”.

En el imaginario popular el nudo simboliza una dificultad que llega a tener un reflejo similar a la soga del ahorcado y por eso se dice tener un nudo en la garganta. En los nudos del cuadro cada uno puede ver representadas las trabas, angustias y dolores más difíciles y aterradores de la vida y puede decir con confianza “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Otro personaje que ha entrado en escena es: San Expedito –venerado en la Edad Media en el Oriente ortodoxo y católico, Turín y en Sicilia– su nombre, su posible leyenda y su invocación para las necesidades urgentes y para las causas judiciales, son atributos que parten de la tradición de su rápida conversión y de un juego de palabras en torno a expedito-expeditivo-expediente.

En la cultura posmoderna, la urgencia puede ser el resultado de una ansiedad incapaz de tolerar la frustración de la espera. Muchos niños y niñas han descubierto que es suficiente un berrinche para lograr de inmediato la golosina deseada, ya que sus padres no se atreven a educarlos en el arte de la postergación. Pero también existen urgencias que son absolutamente necesarias para la vida, como puede ser el corazón de quien requiere ser trasplantado, el dinero para evitar un inminente desalojo, o la llegada de la ambulancia para socorrer a los heridos en un accidente ferroviario.

La urgencia no queda restringida al ámbito de las necesidades privadas y se convierte en una necesidad imperiosa en la búsqueda de la justicia social y del desarrollo de los pueblos. La propuesta de Pablo VI es muy clara: “La situación presente tiene que afrontarse valerosamente y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo. El desarrollo exige transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar más, reformas urgentes. Cada uno debe aceptar generosamente su papel, sobre todo los que por su educación, su situación y su poder tienen grandes posibilidades de acción” (Populorum Progressio, 32).

La petición de una urgente intervención divina pertenece a la fe reflejada en la piedad del pueblo judío y la liturgia cristiana (ver Sal 22, 20; 69, 18; 71, 12). El anhelo de la justicia y una rápida resolución judicial también recorre todas las páginas de la Biblia. En el Salmo (82, 2) la crítica a los jueces es muy precisa: “¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y favorecerán a los malvados?”. El propio Jesús de Nazaret concluye la parábola del reclamo de la viuda al juez injusto con una referencia a la rápida intervención de Dios aunque incluya el aguante y la paciencia: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia” (Lc 18, 7-8).

Los enmarañados procedimientos judiciales no suelen caracterizarse por la agilidad en la resolución de los problemas civiles más comunes y mucho menos en las sentencias por los graves delitos que ocurren a diario. Además de las responsabilidades propias del Poder Judicial, existe también un reclamo de “justicia social” que comienza con el derecho a la vida y a los demás derechos humanos cuyo reconocimiento práctico se va postergando indefinidamente.

Limitándose solamente a la devoción a María Desatanudos y a san Expedito se puede sintetizar todo lo anterior en una afirmación: son reflejo de las actuales necesidades de desatar los diferentes nudos que atenazan la existencia y la urgencia en la búsqueda de una justicia demasiado largamente esperada. Por contrapartida, se constatan que también se encuentran urgencias y necesidades que nada tienen que ver con auténticas relaciones de amor, serios compromisos en la lucha por la justicia y sobre todo, con la enseñanza del Evangelio de Jesucristo. Personas que están obsesionadas por lograr la desaparición de su rival amoroso o que se encuentran urgidas por relaciones comerciales que incluyen el negociado y el soborno no dudan en recurrir a las representaciones de personas que, según lo relata la historia documentada, las tradiciones o la leyenda, vivieron de un modo totalmente lo contrario a lo que se les solicita. Además, los negocios de “santería” cercanos a los templos y sus ofertas de brebajes, piedras de colores y sahumerios especializados que con la vela que ayuda a recordar las promesas del bautismo.

Por eso es necesario preguntarse: ¿en qué medida estas devociones y cultos conducen al encuentro con Jesucristo? Es difícil responder por cada persona. Desde el punto de vista simbólico, aparecería más claramente la relación con Jesús si en la misma representación se encuentra incluido, como es el caso de la imagen de san Cayetano con el Niño Jesús en brazo y la de san Expedito con la Cruz del compromiso. En las imágenes de la Virgen María, al reconocerla como “Madre de Dios” e invocarla diciéndole “bendito es fruto de tu vientre, Jesús”, lo implícito parece explicitarse.

Pero aún la misma cruz, en determinadas culturas y circunstancias, requiere de un adecuado discernimiento evangelizador. Así opinaba Bartolomé de las Casas en el siglo XVI: “Erigir cruces e invitar a los indios a tributarles señales de respeto es cosa buena, con tal que se les haga comprender la significación de ese gesto; pero si no se dispone del tiempo necesario, o si no se habla su lengua, es cosa inútil y superflua, ya que los indios pueden imaginarse que se les propone allí un nuevo ídolo, que figura el dios de los cristianos; y así se les incita a adorar un trozo de madera como a un dios, lo cual es idolatría. La conducta más segura, la única regla que conviene a los cristianos observar cuando se encuentran en territorios paganos, es dar ejemplo con obras virtuosas, de manera que según las palabras de nuestro redentor, vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, y piensen que un dios que tiene tales adeptos, no puede menos ser bueno y verdadero.”
En ese sentido, reconociendo que la imagen remite a quien representa; no cabe duda que más que la estatua, la pintura o el icono, son las acciones las que pueden resultar más opresoras, injustas o alienantes, como a la inversa, pueden hacer presente el reino de Dios y su justicia en la tierra. Aun sin referencia explícita, cuando la devoción popular entra en contacto con quien está representado en la imagen y pide o agradece la armonía de la familia, el trabajo que permite ganar el pan cotidiano, el logro de la casa propia, la desaparición de tantos nudos que agobian y las urgentes respuestas a sus necesidades que, en la medida que son propias del desarrollo integral, está pidiendo o agradeciendo valores del reino de Dios anunciado por Jesús de Nazaret.

El Documento de Puebla, que ha valorado muy positivamente la religiosidad popular latinoamericana en el contexto de la evangelización de la cultura, también ha señalado algunos aspectos negativos de diverso origen que, veinticinco años después, parece acentuarse: “De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social, consumismo, sectas, religiones orientales y agnósticas, manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas, mesianismos políticos secularizados, desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la Evangelización”. Desde la propia responsabilidad de los agentes pastorales se observa que “la religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre élites y pueblos. Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada pastoral” (ver Documento de Puebla, 455-456).

Mientras van apareciendo esos signos, como el sol que se vislumbra detrás de la imagen del icono azteca de la Virgen de Guadalupe, surge la necesidad de atender las manifestaciones de la religiosidad popular en contexto posmoderno, con una adecuada pastoral propuesta a partir de los nuevos sentimientos y valores que la expresan, proyectada en todos los ámbitos de las devociones y la liturgia, el itinerario catequístico en el seno de familias, incluso las conformadas de modo diverso a la tradición, los espacios de las comunidades, parroquias y santuarios y las acciones relacionadas con el amplio mundo de los vínculos sociales, políticos y económicos. Este intento viene desarrollándose en varios santuarios del país a partir de la década del ‘70 y su práctica puede aportar algunas sugerencias útiles para las nuevas situaciones.

Una de las claves pastorales está en tratar de superar el lenguaje de las élites ilustradas y de la cultura enciclopedista que introduce el razonamiento formal y a las ideas transmitidas sólo por palabras, escritos y conceptos. Se trata de vivenciar el cristianismo popular, difundido en los sectores inmensamente mayoritario del pueblo; un cristianismo que no se lo debe juzgar exclusivamente, ni se lo debe creer agotado en la religiosidad popular –que constituye ciertamente su expresión rica y variadísima– sino que se lo debe investigar y reconocer en sus elementos evangélicos fundamentales: la fe, la esperanza y la caridad inculturadas en el estilo de vida peculiar de ese pueblo y que constituye una forma de cristianismo distinto pero tan válido como cualquier otro de las muchas formas históricas que ha asumido el cristianismo en diversos tiempos y lugares.

Fuente: Vida Pastoral
Edición: Nº 269 ENERO / FEBRERO 2008
Autor: Pbro. Eduardo A. González

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