lunes, 30 de enero de 2012

Falleció el padre Hernán Pérez Etchepare SSP

Buenos Aires, 30 Ene. 12 (AICA-AI).- Luego de una dolorosa enfermedad, el viernes 27 de enero, a la edad de 47 años, falleció en la ciudad de Buenos Aires el padre Hernán Pérez Etchepare, de la Sociedad San Pablo.

El velatorio de sus restos se realizó en la capilla San Roque anexa a la basílica de San Francisco, de Buenos Aires. La misa de exequias tuvo lugar en la capilla San Pablo, de la comunidad de los padres paulinos, en la localidad bonaerense de Florida, y la inhumación se llevó a cabo en el cementerio de Olivos.

El padre Pérez Etchepare, fiel al carisma que imprimió a su congregación el beato Santiago Alberione, desarrolló un vivaz apostolado en los medios de comunicación social, y entre otras responsabilidades era el director de la hojita El Domingo, que se distribuye cada fin de semana en muchas iglesias del país.

En una comunicación del Club Gente de Prensa, su presidente Jorge Rouillon alude a su afecto y su jovialidad, a su sentido del humor, a su interés por ampliar su formación y mejorar su quehacer profesional, a su amor a la Iglesia, y a su corazón de sacerdote entregado a Dios y a los demás.

En una misa que celebró durante el velatorio, el director general de la Editorial San Pablo, padre Ricardo González SSP, dijo que el padre Hernán “fue un enamorado de la vida, un enamorado de Dios”.

El domingo 29 de enero, ante unas 130 personas que desbordaban la capilla San Pablo, el vicario provincial de la Sociedad de San Pablo, padre Fernando Teseyra SSP, presidió la misa exequial de cuerpo presente, concelebrada por 8 sacerdotes: los padres Luis Muñoz, Santiago Bonomini, Ricardo González Vilchez, Albino Möhr, Juan Guouman, (paulinos), junto con los presbíteros Fernando Gianetti, de la Comisión de Ecumenismo; Juan Carlos Gil, a cargo de la Posada del Orante, en cuyos cursos había colaborado el padre Pérez Etchepare, y Eduardo Pérez Dal Lago, que compartía con él la organización anual de una exposición de íconos (el padre Hernán había hablado en la presentación de la última muestra, el 9 de diciembre último, en el Museo José Hernández).

Durante la misa se leyeron mensajes del superior provincial, desde Guadalajara (México, y del superior general, desde Roma.

En la homilía, el padre Fernando Teseyra lo recordó como profundamente humano, sensible, apasionado por la poesía, el arte, la música en sus diversas expresiones. Lo recordó como hermano de la familia paulina y dijo: "Todos estos años han sido un peregrinar; hemos compartido muchos sueños, muchas esperanzas”. Expresó: “Nos enseñó a perdonar, a tener esperanza, alegría”.

Mencionó la cantidad de poesías escritas por el padre Hernán en las que se da cuenta de su sensibilidad por el bien. Tenía un corazón grande, que le hacía apreciar las plantas, la naturaleza, los animales, en lo que amaba la Creación de Dios.

También mencionó su apasionamiento –que vinculó con el de San Pablo- por predicar al Señor. Mencionó su corazón de innato comunicador y señaló cómo para una persona que lo conocía por primera vez era como si lo conociera de siempre. Con esa historia de su vida compartida de a pedacitos con cada uno de nosotros, podríamos hacer un mosaico, dijo, con las cosas bellas que dejó.

Recordó su pasión por los íconos, que lo llevó a organizar una primera muestra en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso, seguida por otras cada año, últimamente en el Museo Hernández. Sólo un apasionado que ama puede hacer esas cosas, agregó

Nacido en Rafaela, Santa Fe, era una muy buena y sencilla persona que le gustaba, con una mirada de fe y de bien común, dialogar sobre distintos aspectos de la vida.

En su ciudad natal realizó los estudios primarios en la ex Normal (Centenario) y los secundarios en la ex Nacional (Luisa Raimondi).

Mientras estudiaba Derecho, en Santa Fe, conoció a la congregación las Hijas de San Pablo y le encantó la vocación paulina, sumándose, desde 1986, a la Pía Sociedad de San Pablo, donde comenzó sus estudios eclesiásticos y la formación religiosa paulina.

Estudió en Córdoba y Teología en la Pontificia Universidad Católica de Chile, país en el que vivió unos 6 años, siendo ordenado sacerdote en Buenos Aires, en 1998.

También se especializó en Relaciones Públicas y Ceremonial Empresario.

Era consejero y secretario provincial de la citada congregación y, entre su variada y fructífera actividad, era el director de la revista mensual "La liturgia cotidiana" que incluye las lecturas de cada día con sus comentarios y tenía a su cargo la hojita El Domingo.

Entre sus actividades pastorales se destacaba por su trabajo en los encuentros ecuménicos y el diálogo interreligioso, especialmente con el judaísmo.

En el año 2009, ANUNCIAR Grupo Multimedio de Comunicación, Asociación Civil lo nombró MIEMBRO DE HONOR por la exhaustiva labor que realizaba por la COMÚN-UNIÓN de los comunicadores católicos.

martes, 24 de enero de 2012

Porque creemos y rezamos a los santos

Este es un tema que trae mucha controversia entre los cristianos evangélicos y hasta en los católicos que por nuestras malas catequesis no hemos sabido transmitir la fe y no hemos puesto las cosas en su verdadero lugar. La Iglesia no inventa santos, ni hace santo a una persona, Dios es quien lo santifica, la Iglesia sólo reconoce lo que Dios ha hecho, y por lo mismo las reconoce como modelos en las virtudes cristianas y pone como ejemplo y camino para que todos los hombres y mujeres de buena voluntad encuentren la senda que conduce a ese estado maravilloso y pleno que el Señor quiere de cada uno de nosotros, como hijos suyos y como Padre amoroso que es.

Los vocablos hebreo y griego para “santidad” transmiten la idea de puro o limpio en sentido religioso, apartado de la corrupción. La santidad de Dios denota su absoluta perfección moral. En español se utiliza la palabra santa cuando se trata de una mujer (por ejemplo, Santa Teresa de Jesús). Cuando es un hombre se utiliza siempre “San”, con las excepciones de Santo Tomé, Santo Toribio, Santo Tomás, y Santo Domingo, en las que se emplea el término completo.

Los santos fueron personas destacadas por sus virtudes y son como modelos capaces de mostrar a los demás un camino ejemplar de perfección. Al ser Dios amor, su principal virtud es, consecuentemente, su capacidad para amar a Dios y a los demás seres humanos. El cristianismo considera además que toda la humanidad está llamada a ser santa y a seguir a los santos, que representan el ejemplo de creencia y seguimiento de Dios cuya vida puede resumirse en un sólo concepto: el amor al ser supremo.

Muchas veces con asombro me encuentro con testimonios relacionados a los santos, como por ejemplo, “San Antonio no me cumplió la promesa y lo pongo de cabeza y así “castigo” al santo”, o sino esa disputa que existe que un santo puede ser más milagroso que otro. De hecho, los santos no hacen milagros. Los santos piden junto con nosotros para que el milagro o gracia pedida en la oración ocurra, si Dios así lo permite o desea.

Muchas personas por el amor que tienen a María o a algún santo le dedican un culto muy particular, hasta el extremo de adorarlo (la mayoría de las veces sin saberlo) y allí es cuando cometemos un error grave: debemos aprender como manifestar nuestro respeto a las imágenes que nos recuerdan a la Virgen, al Sagrado Corazón, como a cualquier santo, lo saludamos haciendo una pequeña reverencia con mucha piedad, inclinando la cabeza y nuestra mano en el corazón, sin necesidad de hacernos la señal de la cruz, ni arrodillándonos, ya que esas imágenes no son divinas ni tienen ningún poder sobrenatural, solo nos recuerdan a aquellos que hoy están en la presencia del Padre; no cometemos ningún pecado manifestando nuestro respeto y amor de esta manera ya que la adoración se la reservamos por completo a Dios y a Jesucristo presente en el Sacramento de la Eucaristía.

Ya en el concilio de Trento, en el año 1563, decía al respecto: “Deben tenerse y conservarse las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los otros santos y tributárseles el debido honor y veneración, no porque se crea que hay en ellas alguna divinidad o virtud, sino porque el honor que se les tributa, se refiere a los originales que ellas representan; adoramos a Cristo y veneramos a los santos, cuya semejanza ostentan aquéllas”.

Es importante hacer hincapié sobre el hecho de que esta autorizada declaración nos recuerda que todos los beneficios de Dios los obtenemos por intermedio de Jesucristo, "que es nuestro único Redentor y Salvador". Pero venerar a los santos, no nos aparta de Cristo. Cuando oramos a nuestra Señora y a los santos, les rogamos a ellos que gozan del favor de Dios, que intercedan por nosotros ante Dios, a fin de recibir de El, a través de Jesucristo, lo que necesitamos. No pedimos a Nuestra Señora o a los santos que nos concedan favores, sencillamente porque sabemos que no pueden concederlos. A Dios le pedimos que tenga misericordia de nosotros, que nos perdone, y nos conceda los beneficios que merezcamos.

Volviendo al tema principal de esta editorial, que entendemos por la palabra santo, la misma se utiliza como adjetivo para indicar una relación directa con Dios, El es la fuente de toda santidad y, así, llamamos santas las cosas relacionadas con él o dedicadas a él: “Santas Escrituras”, “un lugar santo”, “Tierra Santa”. También llamamos santos a los hombres y mujeres que El santificó. El hombre por sí mismo no es capaz de la santidad, sólo es capaz de colaborar con Dios y responder positivamente a las gracias que El otorga.

Hay muchos caminos para llegar a la santidad, sea cual sea nuestra vida, podemos ser santos. Unos llegaron a la santidad por la vía del martirio (dar la vida por Cristo); hay santos en todos los estados de la vida: vírgenes, religiosos, casados, viudos, sacerdotes, jóvenes, niños, reyes, pobres, ricos y pobres, sabios y campesinos sin estudio, esclavos, soldados y hasta prostitutas (como María Magdalena) y ladrones (como el buen ladrón crucificado junto a Jesús) han alcanzado la santidad. San Agustín decía: ¿Lo que estos y estas hicieron ¿no lo podrás hacer tú también?

Los milagros existen, pero no son signos de santidad. Que nos quede muy claro y esto es muy importante para nuestra vida de fe, que realmente los milagros no los hace el santo, ¿esta claro esto? El santo no OTORGA ninguna gracia, ni pedido que le hagamos, el único que nos da las gracias pedidas en nuestra oración al santo, cualquiera que sea el santo, la OTORGA Dios, aunque muchas veces elige hacerlos a través de alguien, por ejemplo: a San Expedito que es el patrono de las causas urgentes, o a San Cayetano, patrono del trabajo, nunca olvidemos que quién hizo lo que pedimos en la oración al santo fue: Dios.

María en cambio, es Mediadora entre Dios y los hombres, en cuanto que Ella presenta a su Hijo los bienes y súplicas de nosotros a Dios y, a la vez, transmite la vida divina que se nos ofrece en Cristo Jesús. Hay que saber, sin embargo, que la mediación de Cristo es única en cuanto que es por virtud propia y exclusiva. Como dice San Pablo: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo, hombre él también” (1 Timoteo 2,5). En cambio, la mediación de María es, por voluntad de Jesús, participada y subordinada a la de Cristo, pero es verdadera mediación: en virtud de su Maternidad divina que establece una especial unión con la Trinidad, y en virtud de su Maternidad espiritual que establece una relación especial con todos los hombres. Así, es Mediadora en cuanto que se encuentra sirviendo de lazo de unión entre dos extremos: Dios y los hombres.

Dice Santo Tomás que nada impide que existan entre Dios y los hombres, por debajo de Cristo, mediadores secundarios que cooperen con Él de una manera dispositiva o ministerial; es decir, disponiendo a los hombres a recibir la influencia del Mediador principal o transmitiéndosela, pero siempre en virtud de los méritos de Jesucristo.

Nuestros hermanos separados, denuncian que los católicos adoramos imágenes, cuando nos dirigimos a los santos o la Virgen, representados por una imagen, veamos bien cómo es esto. En el libro del Éxodo 20, 4-5, leemos: “No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas. No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto…”

Por lo tanto, a primera vista parecería que nuestros hermanos evangélicos tienen razón. Pero en otros pasajes de la Biblia el mismo Dios ordena hacer imágenes. Por ejemplo, en el mismo libro del Éxodo 25, 18-19, está escrito: “…y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa”. Notemos que es el propio Dios quien ordena la confección de esos dos ángeles, así como ponerlos a ambos lados del Arca de la Alianza.

Dios pareciera que se contradice, Dios prohíbe hacer imágenes, ¿y al mismo tiempo manda hacerlas? Espere no se inquiete, hacer imágenes no constituye pecado en sí mismo, pero puede serlo dependiendo del fin con que sean esculpidas. Por eso, Dios prohíbe terminantemente producir una imagen con el fin de adorarla como si fuese un dios. Esto se explica porque en aquella época los israelitas estaban rodeados de naciones paganas idólatras, es decir, que creían que las estatuas eran dioses o estaban dotadas de propiedades divinas, y por eso las adoraban y eran tendientes a imitarlas.

Antes de terminar mi editorial, quisiera explicarles cuatro modos que debemos aprendernos (no de memoria) sobre diferentes maneras de expresar nuestro amor a Dios, a Jesús, a su Madre la Virgen y los santos, puede ser un poco difícil de recordar pero nos ilustran muy bien como rendir el culto sin meter la pata:

LatríaLatría es un término usado en la teología para referirse a la forma más alta de reverencia, la cual debe ser dirigida solamente a Dios o la Trinidad. Latría es también usado como sufijo, con el significado de adoración, en composiciones como, por ejemplo, idolatría: adoración a los ídolos.

HiperdulíaLa Hiperdulía es el culto de veneración que los católicos, ortodoxos y algunos protestantes rinden a la Virgen María, considerada por los católicos como la madre de Dios, al ser la Madre de Jesucristo. El culto de la Hiperdulía es básicamente el mismo que el de la Dulía, sólo que en este caso, nosotros los católicos, mostramos que existe más amor, más respeto y más confianza ante la gracia que recibió de Jesús, por mediación de María. Igualmente se diferencia la Hiperdulía o veneración a la Virgen María, lo que se llama la Protodulía o veneración al Patriarca San José, padre putativo de Jesús.

DulíaLa Dulía es la veneración a los Apóstoles, a los santos y a los beatos y a los ángeles y arcángeles. Cabe recordar que la Iglesia católica, basada en las Santas Escrituras establece que los católicos deberán profesar amor y respeto a todos los demás seres humanos, familia, amigos y enemigos, según lo enseñó Jesús. En la teología, la Dulía es la veneración hacia los santos o hacia sus imágenes o reliquias. Según Santo Tomás, la dulía no es comparable con la Latría o veneración a Dios en el sentido que una va dirigida hacia un par y la otra hacia un ser superior.

En síntesis: Benedicto XVI, nos decía sobre los Amigos de Dios: "El santo es aquel que está tan fascinado por la belleza de Dios y por su perfecta verdad que éstas lo irán progresivamente transformando. Por esta belleza y verdad está dispuesto a renunciar a todo, también a sí mismo. Le es suficiente el amor de Dios, que experimenta y transmite en el servicio humilde y desinteresado del prójimo".
No olvidemos y recordémoslo siempre: el cristiano, ya es santo, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual, pero al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente.

A veces pensamos que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano, es más, podríamos decir, de cada hombre. Todos los seres humanos están llamados a la santidad que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en esa “semejanza” a Él, según la cual, han sido creados.

Los santos no son personas que nunca han cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se reconcilian. Perseverar en la santidad es mantenerse en comunión con Cristo quien salva y da vida eterna. Dios quiere que todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta en la carta a los Hebreos 12-14: "Busquen la paz con todos y la santificación, porque sin ella nadie verá al Señor."

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa radial
EL ALFA Y LA OMEGA

Silencio y Palabra: camino de evangelización

Mensaje del papa para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

CIUDAD DEL VATICANO, martes 24 enero 2012 (ZENIT.org).- "Silencio y Palabra: camino de evangelización” es el tema elegido por Benedicto XVI para la 46 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año se celebrará el domingo 20 de mayo. El papa hace público su mensaje en el día en que se conmemora a san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.

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Queridos hermanos y hermanas

Al acercarse la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales de 2012, deseo compartir con vosotros algunas reflexiones sobre un aspecto del proceso humano de la comunicación que, siendo muy importante, a veces se olvida y hoy es particularmente necesario recordar. Se trata de la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. Cuando palabra y silencio se excluyen mutuamente, la comunicación se deteriora, ya sea porque provoca un cierto aturdimiento o porque, por el contrario, crea un clima de frialdad; sin embargo, cuando se integran recíprocamente, la comunicación adquiere valor y significado.

El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena. En el silencio, por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona. En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones. Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Por esto, es necesario crear un ambiente propicio, casi una especie de "ecosistema" que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.

Gran parte de la dinámica actual de la comunicación está orientada por preguntas en busca de respuestas. Los motores de búsqueda y las redes sociales son el punto de partida en la comunicación para muchas personas que buscan consejos, sugerencias, informaciones y respuestas. En nuestros días, la Red se está transformando cada vez más en el lugar de las preguntas y de las respuestas; más aún, a menudo el hombre contemporáneo es bombardeado por respuestas a interrogantes que nunca se ha planteado, y a necesidades que no siente. El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes. Sin embargo, en el complejo y variado mundo de la comunicación emerge la preocupación de muchos hacia las preguntas últimas de la existencia humana: ¿quién soy yo?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? Es importante acoger a las personas que se formulan estas preguntas, abriendo la posibilidad de un diálogo profundo, hecho de palabras, de intercambio, pero también de una invitación a la reflexión y al silencio que, a veces, puede ser más elocuente que una respuesta apresurada y que permite a quien se interroga entrar en lo más recóndito de sí mismo y abrirse al camino de respuesta que Dios ha escrito en el corazón humano.

En realidad, este incesante flujo de preguntas manifiesta la inquietud del ser humano siempre en búsqueda de verdades, pequeñas o grandes, que den sentido y esperanza a la existencia. El hombre no puede quedar satisfecho con un sencillo y tolerante intercambio de opiniones escépticas y de experiencias de vida: todos buscamos la verdad y compartimos este profundo anhelo, sobre todo en nuestro tiempo en el que "cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales" (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2011).

Hay que considerar con interés los diversos sitios, aplicaciones y redes sociales que pueden ayudar al hombre de hoy a vivir momentos de reflexión y de auténtica interrogación, pero también a encontrar espacios de silencio, ocasiones de oración, meditación y de compartir la Palabra de Dios. En la esencialidad de breves mensajes, a menudo no más extensos que un versículo bíblico, se pueden formular pensamientos profundos, si cada uno no descuida el cultivo de su propia interioridad. No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras: "Como pone de manifiesto la cruz de Cristo, Dios habla por medio de su silencio. El silencio de Dios, la experiencia de la lejanía del Omnipotente y Padre, es una etapa decisiva en el camino terreno del Hijo de Dios, Palabra encarnada… El silencio de Dios prolonga sus palabras precedentes. En esos momentos de oscuridad, habla en el misterio de su silencio" (Exhort. ap. Verbum Domini, 21). En el silencio de la cruz habla la elocuencia del amor de Dios vivido hasta el don supremo. Después de la muerte de Cristo, la tierra permanece en silencio y en el Sábado Santo, cuando "el Rey está durmiendo y el Dios hecho hombre despierta a los que dormían desde hace siglos" (cf. Oficio de Lecturas del Sábado Santo), resuena la voz de Dios colmada de amor por la humanidad.

Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. "Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora" (Homilía durante la misa con los miembros de la Comisión Teológica Internacional, 6 de octubre 2006). Al hablar de la grandeza de Dios, nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y así se abre el espacio para la contemplación silenciosa. De esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión, la necesidad imperiosa de "comunicar aquello que hemos visto y oído", para que todos estemos en comunión con Dios (cf. 1 Jn 1,3). La contemplación silenciosa nos sumerge en la fuente del Amor, que nos conduce hacia nuestro prójimo, para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva.

En la contemplación silenciosa emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad. Como recuerda el Concilio Vaticano II, la Revelación divina se lleva a cabo con "hechos y palabras intrínsecamente conectados entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas" (Dei Verbum, 2). Y este plan de salvación culmina en la persona de Jesús de Nazaret, mediador y plenitud de toda la Revelación. Él nos hizo conocer el verdadero Rostro de Dios Padre y con su Cruz y Resurrección nos hizo pasar de la esclavitud del pecado y de la muerte a la libertad de los hijos de Dios. La pregunta fundamental sobre el sentido del hombre encuentra en el Misterio de Cristo la respuesta capaz de dar paz a la inquietud del corazón humano. Es de este Misterio de donde nace la misión de la Iglesia, y es este Misterio el que impulsa a los cristianos a ser mensajeros de esperanza y de salvación, testigos de aquel amor que promueve la dignidad del hombre y que construye la justicia y la paz.

Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo. A María, cuyo silencio "escucha y hace florecer la Palabra" (Oración para el ágora de los jóvenes italianos en Loreto, 1-2 de septiembre 2007), confío toda la obra de evangelización que la Iglesia realiza a través de los medios de comunicación social.

Vaticano, 24 de enero 2012, Fiesta de San Francisco de Sales

©Librería Editorial Vaticana

miércoles, 18 de enero de 2012

Las expresiones religiosas de las nuevas necesidades populares

La protección de los males de gargantas y el cuidado de la vista que lejanas tradiciones atribuyen respectivamente a san Blas y a santa Lucía, el reconocimiento de santa Cecilia como patrona de la música, la entusiasta invocación de enamorados de América del Norte a san Valentín, o el pedido dirigido a san Antonio en los países de cultura latina y la invocación de antiguos trabajadores de los correos de Europa a san Gabriel Arcángel, muestran que la religiosidad popular siempre reflejó las actividades y necesidades existenciales que preocupan en distintas épocas a vastos sectores de la humanidad.

Algunas son penurias que adquieren mayor relevancia por los problemas que se encuentran en determinadas culturas y situaciones sociales o económicas más o menos coyunturales. Por eso, antiguas necesidades vuelven a resurgir con nuevas fuerzas, mientras que otras devociones van perdiendo relevancia. Así ocurrió en el siglo pasado con san Cayetano, que casi sin mayor difusión en su país de origen, comenzó a estar presente ya en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, pero cuya referencia a quienes buscan “pan y trabajo” se expandió en Argentina durante la crisis económica de 1930.

Devociones Populares: nuevas y antiguas nos interpelan frente a algunas cuestiones teológicas y pastorales que intento continuar a partir de tres interrogantes: ¿qué nuevas necesidades se reflejan en estas expresiones la religiosidad popular? ¿Hasta dónde pueden ser parte de una religiosidad difusa o incluso supersticiosa? ¿Catequizan las imágenes en la búsqueda del Reino anunciado por Jesús y su justicia? ¿Qué aporta la pastoral a estas nuevas necesidades populares?

En la iglesia de San Peter am Perlach –Augsburgo– se encuentra desde 1700 una pintura de María, conocida como “la que desata los nudos”. De estilo barroco y autor desconocido, representa la Inmaculada Concepción rodeada de una multitud angélica presidida por una paloma, símbolo del Espíritu Santo. Uno de los ángeles le entrega una cinta con muchos nudos. Ella los mira atentamente, los desata y lo entrega a otro ángel que recibe ahora la cinta blanca en su textura original.

Probablemente esta imagen se inspire en un texto de san Ireneo de Lyon que dice que por su fe y su obediencia al Padre, María desató el nudo de la desobediencia y de la incredulidad de nuestros primeros padres: “porque los lazos del pecado no podrían ser desatados sino por un proceso inverso al que había seguido el pecado”.

En el imaginario popular el nudo simboliza una dificultad que llega a tener un reflejo similar a la soga del ahorcado y por eso se dice tener un nudo en la garganta. En los nudos del cuadro cada uno puede ver representadas las trabas, angustias y dolores más difíciles y aterradores de la vida y puede decir con confianza “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Otro personaje que ha entrado en escena es: San Expedito –venerado en la Edad Media en el Oriente ortodoxo y católico, Turín y en Sicilia– su nombre, su posible leyenda y su invocación para las necesidades urgentes y para las causas judiciales, son atributos que parten de la tradición de su rápida conversión y de un juego de palabras en torno a expedito-expeditivo-expediente.

En la cultura posmoderna, la urgencia puede ser el resultado de una ansiedad incapaz de tolerar la frustración de la espera. Muchos niños y niñas han descubierto que es suficiente un berrinche para lograr de inmediato la golosina deseada, ya que sus padres no se atreven a educarlos en el arte de la postergación. Pero también existen urgencias que son absolutamente necesarias para la vida, como puede ser el corazón de quien requiere ser trasplantado, el dinero para evitar un inminente desalojo, o la llegada de la ambulancia para socorrer a los heridos en un accidente ferroviario.

La urgencia no queda restringida al ámbito de las necesidades privadas y se convierte en una necesidad imperiosa en la búsqueda de la justicia social y del desarrollo de los pueblos. La propuesta de Pablo VI es muy clara: “La situación presente tiene que afrontarse valerosamente y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo. El desarrollo exige transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar más, reformas urgentes. Cada uno debe aceptar generosamente su papel, sobre todo los que por su educación, su situación y su poder tienen grandes posibilidades de acción” (Populorum Progressio, 32).

La petición de una urgente intervención divina pertenece a la fe reflejada en la piedad del pueblo judío y la liturgia cristiana (ver Sal 22, 20; 69, 18; 71, 12). El anhelo de la justicia y una rápida resolución judicial también recorre todas las páginas de la Biblia. En el Salmo (82, 2) la crítica a los jueces es muy precisa: “¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y favorecerán a los malvados?”. El propio Jesús de Nazaret concluye la parábola del reclamo de la viuda al juez injusto con una referencia a la rápida intervención de Dios aunque incluya el aguante y la paciencia: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia” (Lc 18, 7-8).

Los enmarañados procedimientos judiciales no suelen caracterizarse por la agilidad en la resolución de los problemas civiles más comunes y mucho menos en las sentencias por los graves delitos que ocurren a diario. Además de las responsabilidades propias del Poder Judicial, existe también un reclamo de “justicia social” que comienza con el derecho a la vida y a los demás derechos humanos cuyo reconocimiento práctico se va postergando indefinidamente.

Limitándose solamente a la devoción a María Desatanudos y a san Expedito se puede sintetizar todo lo anterior en una afirmación: son reflejo de las actuales necesidades de desatar los diferentes nudos que atenazan la existencia y la urgencia en la búsqueda de una justicia demasiado largamente esperada. Por contrapartida, se constatan que también se encuentran urgencias y necesidades que nada tienen que ver con auténticas relaciones de amor, serios compromisos en la lucha por la justicia y sobre todo, con la enseñanza del Evangelio de Jesucristo. Personas que están obsesionadas por lograr la desaparición de su rival amoroso o que se encuentran urgidas por relaciones comerciales que incluyen el negociado y el soborno no dudan en recurrir a las representaciones de personas que, según lo relata la historia documentada, las tradiciones o la leyenda, vivieron de un modo totalmente lo contrario a lo que se les solicita. Además, los negocios de “santería” cercanos a los templos y sus ofertas de brebajes, piedras de colores y sahumerios especializados que con la vela que ayuda a recordar las promesas del bautismo.

Por eso es necesario preguntarse: ¿en qué medida estas devociones y cultos conducen al encuentro con Jesucristo? Es difícil responder por cada persona. Desde el punto de vista simbólico, aparecería más claramente la relación con Jesús si en la misma representación se encuentra incluido, como es el caso de la imagen de san Cayetano con el Niño Jesús en brazo y la de san Expedito con la Cruz del compromiso. En las imágenes de la Virgen María, al reconocerla como “Madre de Dios” e invocarla diciéndole “bendito es fruto de tu vientre, Jesús”, lo implícito parece explicitarse.

Pero aún la misma cruz, en determinadas culturas y circunstancias, requiere de un adecuado discernimiento evangelizador. Así opinaba Bartolomé de las Casas en el siglo XVI: “Erigir cruces e invitar a los indios a tributarles señales de respeto es cosa buena, con tal que se les haga comprender la significación de ese gesto; pero si no se dispone del tiempo necesario, o si no se habla su lengua, es cosa inútil y superflua, ya que los indios pueden imaginarse que se les propone allí un nuevo ídolo, que figura el dios de los cristianos; y así se les incita a adorar un trozo de madera como a un dios, lo cual es idolatría. La conducta más segura, la única regla que conviene a los cristianos observar cuando se encuentran en territorios paganos, es dar ejemplo con obras virtuosas, de manera que según las palabras de nuestro redentor, vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, y piensen que un dios que tiene tales adeptos, no puede menos ser bueno y verdadero.”
En ese sentido, reconociendo que la imagen remite a quien representa; no cabe duda que más que la estatua, la pintura o el icono, son las acciones las que pueden resultar más opresoras, injustas o alienantes, como a la inversa, pueden hacer presente el reino de Dios y su justicia en la tierra. Aun sin referencia explícita, cuando la devoción popular entra en contacto con quien está representado en la imagen y pide o agradece la armonía de la familia, el trabajo que permite ganar el pan cotidiano, el logro de la casa propia, la desaparición de tantos nudos que agobian y las urgentes respuestas a sus necesidades que, en la medida que son propias del desarrollo integral, está pidiendo o agradeciendo valores del reino de Dios anunciado por Jesús de Nazaret.

El Documento de Puebla, que ha valorado muy positivamente la religiosidad popular latinoamericana en el contexto de la evangelización de la cultura, también ha señalado algunos aspectos negativos de diverso origen que, veinticinco años después, parece acentuarse: “De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social, consumismo, sectas, religiones orientales y agnósticas, manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas, mesianismos políticos secularizados, desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la Evangelización”. Desde la propia responsabilidad de los agentes pastorales se observa que “la religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre élites y pueblos. Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada pastoral” (ver Documento de Puebla, 455-456).

Mientras van apareciendo esos signos, como el sol que se vislumbra detrás de la imagen del icono azteca de la Virgen de Guadalupe, surge la necesidad de atender las manifestaciones de la religiosidad popular en contexto posmoderno, con una adecuada pastoral propuesta a partir de los nuevos sentimientos y valores que la expresan, proyectada en todos los ámbitos de las devociones y la liturgia, el itinerario catequístico en el seno de familias, incluso las conformadas de modo diverso a la tradición, los espacios de las comunidades, parroquias y santuarios y las acciones relacionadas con el amplio mundo de los vínculos sociales, políticos y económicos. Este intento viene desarrollándose en varios santuarios del país a partir de la década del ‘70 y su práctica puede aportar algunas sugerencias útiles para las nuevas situaciones.

Una de las claves pastorales está en tratar de superar el lenguaje de las élites ilustradas y de la cultura enciclopedista que introduce el razonamiento formal y a las ideas transmitidas sólo por palabras, escritos y conceptos. Se trata de vivenciar el cristianismo popular, difundido en los sectores inmensamente mayoritario del pueblo; un cristianismo que no se lo debe juzgar exclusivamente, ni se lo debe creer agotado en la religiosidad popular –que constituye ciertamente su expresión rica y variadísima– sino que se lo debe investigar y reconocer en sus elementos evangélicos fundamentales: la fe, la esperanza y la caridad inculturadas en el estilo de vida peculiar de ese pueblo y que constituye una forma de cristianismo distinto pero tan válido como cualquier otro de las muchas formas históricas que ha asumido el cristianismo en diversos tiempos y lugares.

Fuente: Vida Pastoral
Edición: Nº 269 ENERO / FEBRERO 2008
Autor: Pbro. Eduardo A. González

lunes, 9 de enero de 2012

¿Qué es EVANGELIZAR?

Evangelizar quiere decir: enseñar el arte de vivir. Jesús dice al comenzar su vida pública: Él me ha ungido para llevar las buenas nuevas a los pobres (Lc 4, 18); y esto quiere decir: Yo tengo las respuestas a las preguntas fundamentales. Por este motivo tenemos necesidad de una nueva evangelización.

Gran parte de la humanidad de hoy en día, no encuentra en la evangelización permanente de la Iglesia una respuesta que convenza a la pregunta: ¿Cómo vivir? El Evangelio está hecho para todos y no sólo para un sector determinado de personas, por esto estamos obligados a buscar nuevas vías para llevar el Evangelio a todos.

Sin embargo, aquí se esconde la tentación de la impaciencia, de buscar inmediatamente el gran éxito, de buscar los grandes números. Y este no es el método de Dios. Para el reino de Dios y, de esta manera, para la evangelización, instrumento y vehículo del reino de Dios, siempre es válida la parábola del grano de mostaza (Cf. Mc 4, 31 - 32). Nueva evangelización no podría significar atraer inmediatamente con nuevos y más refinados métodos a las grandes masas alejadas de la Iglesia. No es esta la promesa de la nueva evangelización.

Es cierto que debemos utilizar razonablemente los métodos modernos para hacernos escuchar - o mejor dicho: hacer accesible y comprensible la voz del Señor... No es que busquemos ser escuchados nosotros - no queremos aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino queremos servir al bien de las personas y de la humanidad dando espacio a Aquél que es la Vida.

Todos los métodos razonables y moralmente aceptables deben ser estudiados - es un deber utilizar estas posibilidades de la comunicación. Pero las palabras y todo el arte de la comunicación no pueden ganar a la persona humana en esa profundidad, a la que debe llegar el Evangelio.

Jesús predicaba durante el día y de noche rezaba - pero esto no es todo. Su vida entera fue - como lo muestra el Evangelio de Lucas - un camino hacia la cruz, una ascensión hacia Jerusalén. Jesús no ha redimido el mundo con bellas palabras, sino con su sufrimiento y con su muerte. Es ésta, su pasión, la fuente inagotable de vida por el mundo; la pasión da fuerza a su palabra.

En relación a los contenidos de la nueva evangelización, antes que nada se debe tener presente que no se puede obviar el Antiguo del Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento está resumido en el mensaje de Juan Bautista: ¡Conviértanse! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no hay posibilidad de alcanzar a Jesús sin dar respuesta al llamado del precursor.

Dios no puede hacerse conocido sólo con las palabras. No se conoce una persona si se sabe de esta persona sólo a través de otra. Anunciar a Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a rezar. La oración es fe en acto. Y sólo en la experiencia de la vida con Dios aparece también la evidencia de su existencia.

Hablar de Dios y hablar con Dios siempre deben marchar conjuntamente. El anuncio de Dios es guía para la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por Cristo. Por esto la liturgia no es un tema junto a la predicación del Dios viviente, sino la puesta en práctica de nuestra relación con Dios. Si me permiten me gustaría hacer una observación general sobre la cuestión litúrgica.

Muchas veces en nuestras Iglesias el modo de celebrar la liturgia es demasiado racionalista. La liturgia se vuelve enseñanza, cuyo criterio es: hacerse entender - la consecuencia es con frecuencia hacer banal el misterio, la preponderancia de nuestras palabras, la repetición de la fraseología que parece más accesible y más agradable a la gente. Pero esto es un error no solamente teológico, sino también psicológico y pastoral.

Hoy la sociedad y por añadidura el hombre que en ella vive, una fuerte penetración de modas y estilos de vida, el esoterismo, las ciencias ocultas, la difusión de técnicas asiáticas de distensión y de auto-vaciamiento demuestran que en nuestras liturgias falta algo. Justamente en nuestro mundo actual tenemos necesidad del silencio, del misterio por encima del individuo, de la belleza.

Un último elemento central de toda evangelización verdadera es la vida eterna. Actualmente debemos con nueva fuerza anunciar en la vida diaria nuestra fe. Quisiera mencionar aquí solamente un aspecto muchas veces descuidado de la predicación de Jesús: El anuncio del Reino de Dios es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que entra en la historia para hacer justicia.

Esta predicación es, por lo tanto, anuncio del juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre no puede hacer o no hacer lo que quiere. Él será juzgado. Él debe dar cuenta de sus actos. Esta certeza tiene valor para los poderosos así como para los humildes. Donde ésta sea respetada, están trazados los límites de todo poder de este mundo. Dios hace justicia y sólo Él puede hacerlo al final de cuentas.

En síntesis:
Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Sólo quien no quiere que haya justicia puede oponerse a esta verdad. Si tomamos en serio el juicio y la seriedad de la responsabilidad que nos implica, comprenderemos bien el otro aspecto de este anuncio, es decir, la redención, el hecho que Jesús en la cruz asume nuestros pecados; que Dios mismo en la pasión del Hijo se hace abogado de nosotros, pecadores, haciendo así posible la penitencia, dando esperanza al pecador arrepentido.

La bondad de Dios es infinita, de esta manera volvemos a nuestro punto de partida: DIOS. Si consideramos bien el mensaje cristiano, no hablamos de muchas cosas. El mensaje cristiano es en realidad muy simple. Hablemos de Dios y del hombre, y así decimos todo.

Alfredo Musante
Director Responsable
Programa Radial
EL ALFA Y LA OMEGA

miércoles, 4 de enero de 2012

El Bautismo: como sacramento del pueblo

Desde hace unos treinta años, principalmente entre los teólogos, pastoralistas y agentes más cercanos al catolicismo popular, se fue instalando una idea que podría expresarse más o menos así: "el Bautismo es el sacramento del pueblo". Con esas, u otras palabras, parece afirmarse lo siguiente: en primer lugar, que en nuestra región existe un afecto especial por bautizar a los niños y que su solicitud surge espontáneamente; no al modo del cumplimiento de una norma externa sino como algo que forma parte constitutiva del modo de ser, de la cultura. Pero además, también subyace otra noción que configura un panorama más complejo tanto de comprensión teórico-doctrinal como de intervención pastoral: una suerte de apropiación del Bautismo por parte del pueblo.

En este contexto, la preeminencia del Bautismo respecto a los otros sacramentos y la importancia de la praxis pastoral y catequética que esa preferencia conlleva, ha sido considerada en numerosas ocasiones por el magisterio local. Ya en el Documento de San Miguel en la declaración del Episcopado Argentino sobre la adaptación a la realidad actual del país, de las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín - 1969), al afirmar que "la Iglesia en nuestra Patria reconoce como hijos suyos a la multitud de hombres y mujeres bautizados que forman la gran mayoría de la población argentina...", se le otorgaba una especial significación a "todo bautizado" como miembro pleno de la Iglesia, que hasta el momento no era habitual. Con lo cual, parecía revalorizarse no sólo el sacramento en sí mismo –que no necesitaba ninguna revalorización, sino, y sobre todo, en el entorno global en que es solicitado, otorgado y vivido, es decir, en estas propias características culturales.

Más recientemente, en Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización (CEA, 1990) y después en Navega Mar Adentro (CEA, 2003), se vuelve sobre el particular denotando este peculiar aprecio por el Bautismo presente en la generalidad del pueblo. Otro documento, pero este específico sobre el tema y de gran valor magisterial para el conjunto de la Iglesia en Argentina aunque no pertenezca a la CEA, es el llamado Indicaciones pastorales para el Bautismo de Niños de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires, de 2002. En él, se destaca la "delicadeza" pastoral con la que debe acompañarse todos los aspectos referidos al Bautismo (recepción, catequesis, celebración...).

Estos tres documentos, y otros similares al último elaborados en diversas diócesis de la Iglesia de la Argentina, no sólo tienen la utilidad de ofrecer orientaciones o indicaciones pastorales. Además, representan un claro signo de que existe una "intuición" eclesiástica por la que se capta la peculiaridad de este sacramento en el talante popular. En qué consiste esta peculiaridad, y si es que a partir de ella podrían –o deberían "repensarse" algunos elementos implicados en este sacramento, es el tema que ahora nos ocupa.

El dato empírico e inicial con el que contamos, es que la cantidad de familias que piden el Bautismo para sus hijos, supera amplísimamente a la cantidad de familias de práctica preceptual. Muchas de ellas, ciertamente, peregrinan con más o menos habitualidad a algún santuario o participan de las celebraciones litúrgicas más significativas (Semana Santa, Navidad...). Sin embargo, en su gran mayoría y como suelen decir ellas mismas: "no somos de ir a misa", y no son pocas las que agregan: "creemos en Dios, somos católicos, pero no estamos de acuerdo con muchas cosas de la Iglesia...".
El segundo dato, no siempre tan evidenciado, es el siguiente: según cálculos estimados, sólo dos de cada diez parejas que piden el Bautismo para sus hijos, poseen vínculo sacramental y sus conocimientos catequéticos son bastante elementales. En principio, ambas características tomadas en sí mismas, enajenadas de otras consideraciones posibles, resultan poco consistentes para "calificar" la catolicidad de estas personas o sus niveles de creencia o increencia. Y no se trata tampoco, en absoluto, de hacerlas pasar por el tamiz de la ilustración, tanto en lo cultural como en lo cognoscitivo para otorgarles credencial de cristianas. Así y todo, lo que hoy estos datos están aportando, dos elementos bastante implicados entre sí. Por un lado, el avance sistemático de la crítica de las instituciones, tantas veces estudiado en el contexto del postmodernismo y del cambio de paradigmas, y por otro, que la apropiación del Bautismo está yendo bastante más allá de lo que se consideraba hasta hace unos veinte años en el entorno del catolicismo popular. Lo que se observa, y cada vez con más fuerza, es que entre el imaginario religioso de los tantos que piden el Bautismo para sus hijos y no pocas de las formulaciones tradicionales de la doctrina católica, se abre una brecha cada vez mayor.

Estas apreciaciones las estamos haciendo desde el contexto de una ciudad (la de Buenos Aires, por ejemplo), con todas las connotaciones diferenciales que tienen las grandes metrópolis respecto a otras zonas urbanas. El imaginario religioso (no llega a ser un sistema completo), aún sosteniendo los elementos centrales de la piedad católica (confianza en la providencia divina, devoción por la Virgen y por los santos, fe en Jesucristo salvador...) se ha ido distanciado significativamente de algunos aspectos de la doctrina. Y no sólo de las referidas a la moralidad.

En las nuevas generaciones, las del ’80 en adelante, la apropiación del catolicismo está avanzando de un modo original: ya no se trata de criticar las disposiciones doctrinales, puesto que en gran medida se las ignora. Si no más bien, todo parece conducir a una suerte de reconstrucción doctrinal realizada sobre la base de la propia experiencia de fe. Ante la consulta acerca de porqué desean bautizar a sus niños, la respuesta –salvo en particularísimas excepciones, apunta en esta dirección: "para que esté protegido por Dios", "para que reciba su bendición", "para que crezca sanito", "para que no sea un animalito"... En algunos casos se menciona al Bautismo como "introducción" a la vida de la fe haciendo siempre la salvedad de que, en definitiva, será el niño quien escoja su camino cuando tenga edad suficiente.

Queda claro, entonces, que para esta comprensión del Bautismo no existe ningún tipo de restricción que pudiera impedirlo. ¿En qué afecta la calidad conyugal de los padrinos al deseo de que el niño goce del amparo y de la protección de Dios? La predicación multisecular de la Iglesia respecto al sentido salvífico del Bautismo y su necesidad como respuesta al pecado original, no aparece reflejado en el catolicismo popular. Tampoco, a no ser en las familias más vinculadas a la institución eclesiástica, aparece la figura del padrino-madrina como "el mayor en la fe". Como se sabe, la elección de los padrinos está mucho más vinculada a los afectos que a la educación cristiana. Y en tantísimos casos, tal vez la mayoría, se los escoge a modo de "retaguardia" paterna.

La pregunta que nos surge de inmediato, es qué hacer con estos datos. Que la respuesta pastoral se hace imprescindible, no hay dudas, pero ¿es suficiente? ¿O esta realidad nos provoca a dar otro paso? La perspectiva pastoral, según se ve, tiene sus límites. Veamos esto: en las Indicaciones pastorales... que mencionamos más arriba se insiste en la importancia de "evitar que se difiera indefinidamente o que se impida el Bautismo en razón de los padrinos", para lo cual, se propone privilegiar el deseo de los padres instando a las comunidades a suplir las posibles insuficiencias. En cuanto malabar dialéctico, la propuesta parece razonable, pero de qué modo real las comunidades pueden suplir esas insuficiencias. ¿Acompañando a los padres y a los niños en la formación de su fe? ¿A cuántos es posible acompañar? ¿Cómo? ¿Cómo lo harían las comunidades de los Santuarios en los que los bautismos se multiplican por cientos o por miles a lo largo del año? En la misma línea, ¿qué sentido tiene informar acerca de las "condiciones necesarias" para el padrinazgo (ser católico, estar confirmado, llevar una vida congruente con la fe –por ejemplo, no vivir en pareja extra sacramental, como lo expresa el Código de derecho canónico 872 §3), si de todos modos se lo aceptará igual aún no cumpliendo con esos requisitos? ¿No nos encontramos, acaso, frente a una contradicción pastoral-doctrinal?

Planteado este asunto en términos estrictos, podrían asumirse (de hecho, se asumen) dos actitudes sensiblemente diversas aunque haya matices en cada una de ellas. Por la primera, el Bautismo se restringiría a las familias que puedan acreditar no sólo el cumplimiento de algunas normas, sino también, que manifiesten su convencimiento de que "por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios..." como enseña el Nuevo Catecismo de la Iglesia católica, en el 1213. Y además, siempre que los padrinos elegidos sean "creyentes sólidos, capaces y prestos a ayudar al nuevo bautizado, niño o adulto, en su camino de la vida cristiana..." (Catecismo, 1255). La otra actitud, fuertemente valorada y reconocida en los últimos años, es la de aceptar que las limitaciones humanas, pueden ser suplidas por la misericordia divina y que por tanto, dado que el Bautismo en sí mismo es mucho más importante que las condiciones circundantes de quien se bautiza y mucho más que la claridad conceptual que acerca de este sacramento tiene el que lo solicita, no debe ser negado mientras exista "esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la fe católica" (Código 868 §1).

Ambas actitudes, sin embargo, relegan la reflexión en torno al meollo creyente que se verifica en la vivencia concreta de las grandes mayorías bautizadas, esas mismas mayorías, a su vez, que le otorgan al continente latinoamericano el privilegio de contar con el porcentaje más alto de católicos del mundo. La primera, lo desacredita casi por completo; la segunda, o bien lo tolera, o bien le concede algún valor pero en el contexto del "mal menor", como un talante religioso que debe ser superado teniendo como horizonte la recta doctrina y el cumplimiento de lo normado. El Bautismo y todo lo que gira en torno a él –como se desprende de lo ya dicho, coloca sobre la mesa algunas cuestiones muy sensibles de la doctrina católica. No sólo es otra puerta por la que ingresa el conflicto ético-religioso de las uniones no sacramentalizadas y todo lo atinente a la moral familiar; si no que instala, desde la lógica popular –no ilustrada, y esto es lo significativo– la cuestión del pecado original y su correlato teológico: la salvación.

¿Por qué la noción de pecado original se ha escindido casi por completo del Bautismo en su comprensión popular? ¿Por qué el Bautismo no es entendido como la liberación del pecado y condición para la salvación? ¿Por qué la elección de los padrinos toma el eje de los afectos mucho antes que el de la educación religiosa, aunque no la desprecie? Estas son algunas de las preguntas que, considerado el Bautismo ya no en su formulación doctrinal sino en cuanto apropiado por el catolicismo popular irrumpen interpelando a la inteligencia de la fe.

Ciertamente que podría considerarse una desviación, una pérdida del verdadero sentido creyente. Pero también, podría entenderse que el sentir de los fieles se ofrece como una interpretación existencial del catolicismo que ayuda a depurarlo de ciertas adherencias, en especial, de las que tanto han insistido en la separación radical de lo divino y lo humano. La experiencia gozosa, esperanzadora y profundamente humana que provoca el niño recién nacido, en poco se asocia a un nacimiento viciado desde su origen por una culpa ancestral. Así mismo, la experiencia más cotidiana de la salvación, no parece proceder tanto de la formación y la práctica religiosa, como del vínculo afectivo con quienes se comparte los gozos y los pesares: es el amor lo que nos salva y es amando como nos salvamos. Esa es la enseñanza basal de Jesús y de los Evangelios.

Tal vez por esto, por la posibilidad de reinterpretar el Bautismo en clave humanizadora de lo religioso, es que se ha convertido –como se dijo al principio– en el sacramento del pueblo.

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Fuente:
Revista Vida Pastoral
Nº 266 – Julio – Agosto 2007