miércoles, 25 de abril de 2012

La cabeza parlante del Papa Silvestre II


Tras la muerte de Gregorio V, el 18 de febrero de 999, Gerberto de Aurillac, fue nombrado papa y consagrado el 2 de abril con el nombre de SILVESTRE II como homenaje a Silvestre I, que fue papa en tiempos del emperador Constantino I que adoptó el cristianismo como religión oficial del Imperio romano.

Era hombre de gran erudición; se lo conoció como la luz de la Iglesia y la esperanza de su siglo y durante su pontificado, otorgó el título de rey a los soberanos cristianos de Hungría, coronando a Esteban I, y de Polonia.

Alcanzó gran renombre como teólogo y filósofo, pero es en su faceta de matemático en la que más destacó. Así introdujo en Francia el sistema decimal y el cero que se utilizaban desde que Al-Khuwarizmi los trajera de la India y los difundiera en Europa a través de Al-Ándalus y la Marca Hispánica. También difundió el astrolabio, de origen árabe.

Utilizó su cargo de papa para hacer que se utilizara el sistema decimal por parte de los clérigos occidentales, lo que facilitó enormemente el cálculo, ya que, por ejemplo, hacia el año mil, la práctica de la división, sin usar el cero, requería unos conocimientos que sólo poseían los eruditos.

Inventó un tipo determinado de ábaco: el ÁBACO DE GERBERTO. El ábaco constaba de 27 compartimentos de metal, en el cual se depositaban 9 fichas con los números arábigos grabados. La primera columna del extremo derecho, contenía las unidades; la segunda, a su izquierda, las decenas; y así sucesivamente. Este ingenioso ábaco permitía multiplicar y dividir rápidamente. El desplazamiento de estas fichas por los 27 compartimientos indicaba finalmente el resultado de multiplicaciones y divisiones.

Así era posible efectuar rápidamente un gran número de operaciones matemáticas. Marcó las pautas para que, luego, otros estudiosos perfeccionaran el sistema con la introducción del número cero, que finalmente, él no llegó a aplicar. El invento era, en realidad, un antecedente de las modernas calculadoras de nuestros días. También se le atribuye la introducción del péndulo y la invención de un reloj de ruedas dentadas.

También fabricó una nueva versión del monocordio, un instrumento musical consistente en una caja de resonancia sobre la cual se tensaba una cuerda de longitud variable con la que se medían las vibraciones sonoras y los intervalos musicales. Estos cálculos le permitieron clasificar las distancias entre las diferentes notas en lo que luego se ha llamado, tonos y semitonos.

Silvestre II, además, fue el precursor de una especie de sistema taquigráfico, un lenguaje secreto o en clave, inspirado en una escritura abreviada que recuperó de los antiguos sabios romanos. Se le conocía como apuntes tironjanos, y había sido creada por Tirón, un compañero de Cicerón, pero había caído en desuso hasta que Silvestre II la redescubrió, se dio por enterado de su importancia, re-adaptándola. Se trataba de un alfabeto compuesto de símbolos y signos que ahorraba tiempo y tenía la ventaja de ser incomprensible para los profanos en la materia. Era una especie de criptografía.

Existen numerosas leyendas en torno a su vida, además de atribuírseles una serie de inventos ya mencionados: se le acusó de tener un pacto con el diablo y de inspirarse en obras de autores herejes. Se sostiene que este sabio medieval, era un esotérico que buscó en conocimientos arcanos como la cábala, el sufismo, la astrología, etc.

Otra leyenda que se forma en torno a Silvestre II es la de que ejerció el pontificado rompiendo una de las características más propias de los clérigos que es la del celibato. Se dice que Silvestre II hizo un pacto con Satanás, quien a su vez le puso como guardiana a un súcubo o demonio femenino, este demonio se enamoró tan profundamente de sus conocimientos que renuncio a la inmortalidad y se hizo mujer y vivió en concubinato con el pontífice. La leyenda dice que una vez que murieron los dos fueron enterrados en la misma tumba en la catedral de San Juan de Letrán y que de su tumba emana un fluido con poderes afrodisíacos.

Cautivaba a la aristocracia y a los sabios de su época con tantos conocimientos y talento, lo que le generó odio y envidia de todo tipo. La vida de Silvestre II está envuelta en un halo de misterio. Se sostiene, como parte de la leyenda en torno a él, que en el mismo instante en que él venía al mundo, un gallo cantó tres veces a miles de kilómetros de allí, en un valle de Jordania, y su sonido se escuchó incluso en Roma.

Un hecho parece haber marcado su infancia. Se dice que cerca de Aurillac, vivía un ermitaño, que había sido un antiguo clérigo. Éste era temido por todos, y se hacía llamar Andrade. Habitaba en una cueva y se auto-proclamaba descendiente de los druidas que allí celebraron rituales y sacrificios a sus divinidades. El pequeño Gerberto, impulsado por la curiosidad, venció su miedo y fue a visitarle. El anciano, se dice, que le predijo un futuro magnífico y, en contra de la voluntad de su padre, el pequeño Gerberto empezó a frecuentar la madriguera de Andrade. Según reza la leyenda, fue allí donde recibió sus conocimientos de magia celta.

Cuando Gerberto tenía 12 años, la abadía cercana a su pueblo se transformó en una escuela para los niños. Un día, unos monjes que iban por el bosque, lo vieron cuando estaba tallando en una rama, un tubo para observar las estrellas. Estos, monjes, quedaron impresionados por la inteligencia de aquel niño, y le recogieron para que estudiara en la abadía. A partir de ese momento, su destino comenzó a configurarse en el personaje que habría de ser.

Entre esta mezcla de fábulas y hechos reales, se destaca una leyenda, según la cual su tumba, en la Iglesia de San Juan de Letrán, destila agua, y ese fluir, junto al ruido de huesos, que algunas veces se dice que se oye en su sepulcro, anuncia la muerte de un papa.

Estas historias eran normales en el siglo XV, tanto, que el Liber Pontificalis, redactado en aquella época, se hizo eco de alguna de las mismas. Sin embargo, en el Renacimiento se fue más condescendiente con la figura de Silvestre II. Se reivindicó su memoria y, por ejemplo, el cardenal e historiador Caesar Baronius escribió que aquel papa, por quien no demostró jamás demasiada simpatía, fue un sabio que se adelantó a su tiempo y por ello fue objeto de calumnias y difamaciones.

Luego, algunos historiadores románticos del siglo XIX presentaron el cambio de milenio, que coincidió con su papado, como un tiempo de oscurantismo, de guerras, de epidemias y de terror. Insistieron en sus contactos con el mundo árabe, ya que se presume que durante sus estudios de matemáticas en Barcelona bajo la protección del conde Borrell, mantuvo contacto con sabios musulmanes que le iniciaron en los conocimientos mágicos y místicos, y en sus pactos con el diablo. Con ello se vinculaba al sabio con el terror que supuso el año 1000.

Por otra parte, según el cronista Guillermo de Malmesbury, Silvestre II alcanzó fama y prestigio y llegó hasta el trono de Pedro gracias a su pacto con el diablo. Sin embargo, sostiene, en el momento de su muerte sintió remordimientos y mandó que su cadáver fuera cortado en trozos y que no fuera enterrado en un lugar sagrado.

Todas estas especulaciones forman una leyenda en torno a esta figura sobresaliente. En cambio, una de las anécdotas que tuvo gran difusión en la época, fue la de las cabezas parlantes que Silvestre II habría construido, una de las cuales, respondía a las consultas que se le hacían. Según este autor, había sido fabricada con oro puro, y en Roma se decía que el Papa había descubierto un tesoro enterrado en el Campo de Marte -cerca del Vaticano- y que fundió el metal de una estatua para hacerse construir la cabeza diabólica que le vaticinaría el futuro de su pontificado.

Entre los discípulos más aventajados de Silvestre II, se encontraba Richer de Saint-Rémy, que sería su amigo y su mejor biógrafo, y quien intentó llevar a la práctica sus enseñanzas. Entre ambos construyeron esferas, astrolabios, planetarios, instrumentos musicales, e incluso relojes hidráulicos, parecidos a los que el Papa había visto en Córdoba y que cada hora dejaban caer una esfera de metal.

Quizá uno de los puntos más sacrílegos que se le atribuyen a Gerberto, fue la lectura de El Corán en árabe o de las obras de Rhazes, un famoso alquimista. Astrología, matemáticas, música, filosofía, alquimia; Trivium y Quadrivium, hicieron de este Papa, una figura mítica y célebre en todo el mundo conocido de entonces.

Entre el mito y la leyenda, entre la espiritualidad y el esoterismo, la figura del Papa Silvestre II del Año 1000, sigue intrigando hoy día.

miércoles, 11 de abril de 2012

Catequesis y Catecismo en el Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II (1962-1965) evidenció cristalinamente la ruina de la identidad tridentina y delineó los rasgos de la nueva identidad de la Iglesia católica para los siguientes años. No se sabe bien por cuántos años, pero en verdad será mucho menos que la duración del período postridentino.

Los documentos Lumen gentium (que propone la renovación interna de la Iglesia), Gaudium et spes (renovación de la presencia y misión de la Iglesia en el mundo), Dei Verbum (la Palabra de Dios, retomo a la Biblia de los católicos) y Sacrosanctum Concilium (renovación de la Liturgia), constituyen los ejes centrales para una nueva identidad de la Iglesia católica frente al mundo contemporáneo, apoyados por una serie de otros documentos menores que explicitan aspectos de esos grandes textos conciliares.

A pesar de que el Concilio Vaticano II no haya elaborado un documento sobre la catequesis, ni haya solicitado un catecismo universal, como lo hiciera el Concilio de Trento y lo quisiera el Concilio Vaticano I, en diversos textos trató sobre la importancia de la catequesis. Así, por ejemplo, en Gravissimum educationis (declaración sobre la educación cristiana), presenta una buena definición de catequesis, considerada el primer medio para la misión educativa de la Iglesia, pues "ilumina y fortifica la fe, nutre la vida según el espíritu de Cristo, lleva a una participación consciente y activa en el misterio litúrgico y despierta para la actividad apostólica" (GE 4, 1509).

También en el decreto conciliar sobre los obispos y las Iglesias particulares (Christus Dominus), el Concilio coloca como misión primera de los obispos la de "enseñar, anunciar el Evangelio de Cristo": "Al ejercer el ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo. Éste es, entre los principales deberes de los obispos, el más eminente" (CD 13, 1040). Más adelante, en el mismo decreto, hay también esta preciosa recomendación: "Para anunciar la doctrina cristiana, traten de emplear los más variados medios que en la época moderna están a mano. Y esto sobre todo para la predicación y la instrucción catequética" (CD 13, 1042).

Al transmitirla, obsérvense el orden correcto y el método conveniente, no sólo para la materia de la cual se trata, sino también para la índole, capacidad, edad y condiciones de vida de los oyentes. Así, esta instrucción se fundamenta en las Sagradas Escrituras, en la Tradición, en la Liturgia, en el Magisterio y en la vida de la Iglesia. Además de esto, cuiden que los catequistas estén perfectamente preparados para su misión, conozcan cabalmente la doctrina de la Iglesia y aprendan en la teoría y en la práctica las leyes de la psicología y las disciplinas pedagógicas. Provean también que se restablezca la institución de los catecúmenos adultos, o que sea mejor adaptada.

En este sentido, es evidente entonces que la catequesis "está alimentada y regida por las Sagradas Escrituras" IDV 21, 192). Entre las recomendaciones de este documento destacamos también: a) "Es preciso que el acceso a las Sagradas Escrituras esté ampliamente abierto a los fieles… Cuide la Iglesia que se hagan versiones adecuadas y correctas para las diversas lenguas" (DV 22.193); b) "He aquí por qué es necesario que todos los clérigos y los catequistas, que legítimamente se consagran al ministerio de la Palabra, se apeguen a las Escrituras, por medio de asiduas lecturas sagradas y diligente estudio, para que no llegue a ser predicador de la Palabra de Dios externamente quien no la escucha internamente" IDV 25, 196).

martes, 10 de abril de 2012

Et resurrexit

En 1749, un año antes de su muerte, Johann Sebastian Bach (1685-1750) completó la escritura de su Misa en si menor. Es la misa más importante que compuso y una de las más importantes en toda la historia de la música. Curiosamente, un luterano como él, compuso una misa en estilo católico (con Credo incluido). La razón de por qué lo hizo aún mantiene divididos a los estudiosos.

Casualidades del destino, la obra cuenta con numerosas posibilidades de que no fuese interpretada completa en su tiempo y cayó en el olvido. Tras su "rescate" se ha convertido en uno de los monumentos más importantes de nuestra música occidental.


Hoy les traemos una parte del Credo, o Symbolum Nicenum, como lo llamó Bach en la partitura original. Como no podía ser menos, por el tema, pues se trata de Et resurrexit para coro. Bach reutilizó gran parte de la música contenida en la misa. En este caso, parece ser que utilizó un movimiento instrumental previo. La música refleja con total eficacia la alegría de la resurrección.

Escucha el "Et resurrexit"

Leonardo da Vinci

Nació en 1452 en la villa toscana de Vinci, hijo natural de una campesina, Caterina (que se casó poco después con un artesano de la región), y de Ser Piero, un rico notario florentino.

Italia era entonces un mosaico de ciudades-estados como Florencia, pequeñas repúblicas como Venecia y feudos bajo el poder de los príncipes o el papa.

El Imperio romano de Oriente cayó en 1453 ante los turcos y apenas sobrevivía aún, muy reducido, el Sacro Imperio Romano Germánico; era una época violenta en la que, sin embargo, el esplendor de las cortes no tenía límites.

Aunque su ocupación principal era la de ingeniero militar, sus proyectos (casi todos irrealizados) abarcaron la hidráulica, la mecánica (con innovadores sistemas de palancas para multiplicar la fuerza humana), la arquitectura, además de la pintura y la escultura. Fue su período de pleno desarrollo; siguiendo las bases matemáticas fijadas por León Bautista Alberti y Piero della Francesca, Leonardo comenzó sus apuntes para la formulación de una ciencia de la pintura, al tiempo que se ejercitaba en la ejecución y fabricación de laúdes.

Aunque Leonardo no parece que se preocupara demasiado por formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari, su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli. Contratado en 1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para realizar una pintura para la iglesia de San Francisco, Leonardo emprendió la realización de lo que sería la celebérrima Virgen de las Rocas, cuyo resultado final, en dos versiones, no estaría listo a los ocho meses que marcaba el contrato, sino veinte años más tarde. La estructura triangular de la composición, la gracia de las figuras, el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido visionario de la escena, convierten a ambas obras en una nueva revolución estética para sus contemporáneos.

A este mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación de proximidad y distancia y la belleza expresiva de La belle Ferroniére. Pero hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica: La última cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica del dramático momento en que Cristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el continente.

En 1501 había causado admiración con su Santa Ana, la Virgen y el Niño; en 1503 recibió el encargo de pintar un gran mural (el doble del tamaño de La última cena) en el palacio Viejo: la nobleza florentina quería inmortalizar algunas escenas históricas de su gloria. Leonardo trabajó tres años en La batalla de Angheri, que quedaría inconclusa y sería luego desprendida por su deterioro. Importante por los bocetos y copias, éstas admirarían a Rafael e inspirarían, un siglo más tarde, una célebre de Peter Paul Rubens.

También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona Lisa. Obra famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. La mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero poco se sabe de su vida. Ni siquiera se conoce quién encargó el cuadro, que Leonardo se llevó consigo a Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro. Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a una concreción casi milagrosa, Leonardo logró plasmar un gesto entre lo fugaz y lo perenne: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda es uno de los capítulos más admirados, comentados e imitados de la historia del arte y su misterio sigue aún hoy fascinando.

El gran respeto que Francisco I le dispensó hizo que Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para su tratado sobre la pintura, pintó poco aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de París.

A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado; pero con su incansable mano izquierda Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas. Su casa de Amboise se convirtió en una especie de museo, plena de papeles y apuntes conteniendo las ideas de este hombre excepcional, muchas de las cuales deberían esperar siglos para demostrar su factibilidad e incluso su necesidad; llegó incluso, en esta época, a concebir la idea de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas que eligió para que lo acompañasen en su última etapa, la Gioconda, el San Juan y Santa Ana, la Virgen y el Niño, puede decirse que Leonardo poseía entonces uno de los grandes tesoros de su tiempo.

El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que éste se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regido por las leyes de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para recibir antes de expirar, los sacramentos.

miércoles, 4 de abril de 2012

El Jueves Santo


El Jueves Santo hay dos celebraciones muy importantes. Habitualmente, por la mañana, tiene lugar la llamada misa Crismal, que celebra el obispo de cada diócesis junto con los sacerdotes que, en ella, renuevan sus promesas sacerdotales (según la conveniencia de cada zona puede celebrarse en otro momento). Se llama Crismal porque se bendicen y consagran los santos óleos.

Por la tarde o noche se celebra la misa de la cena del Señor y, a continuación, desde que termina la celebración hasta la medianoche suele hacerse un momento de adoración eucarística para alabar y agradecer a Jesús eucaristía.

Institución de la Eucaristía

Jesús ofrece su cuerpo y sangre como comida y bebida, como signo de fraternidad y de encuentro cotidiano. No quiere dejar un consejo, una herencia, un testimonio escrito ni grandes discursos de despedida. Se quiere quedar él mismo, porque no quiere desprenderse de sus amigos. Su muerte no será tan terrible que lo lleve a la separación total del nuevo pueblo que estaba naciendo.

Como buen judío que era se reúne con los apóstoles para celebrar la Pascua de su pueblo y, a partir de ese momento, todo lo que habían anunciado los profetas en el Antiguo Testamento comienza a cumplirse: ahora sí que el banquete de la salvación puede celebrarse como una fiesta total y eterna.

El mandamiento del amor

Jesús nos enseña a obrar como él, haciendo este gesto que le correspondía a los esclavos de una casa cuando el dueño tenía invitados a comer: lavarles los pies. De esta manera Jesús demuestra que toda su vida fue un servicio a los hombres recordemos cuando curaba enfermos, liberaba de los demonios, perdonaba a los pecadores), y este último gesto indica que su muerte inminente también será otro servicio, en realidad, el más grande: morir para regalarnos la vida eterna.

Y con este mensaje nos deja una responsabilidad: «hagan lo mismo entre ustedes...»

¿Estamos dispuestos a lavarnos, servirnos, unos a otros?
¿Estamos dispuestos a entregar nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra vida, en favor de los demás?

La institución del sacerdocio

En la última cena, Jesús nos regala a aquellos que van a ser los pastores y servidores de su pueblo. Nos convocan alrededor del altar para partir el pan, nos entregan el perdón de Dios, bendicen el matrimonio y santifican la vida que nace con el sacramento del bautismo; nos fortalecen en la enfermedad con la unción y, en fin, consagran su vida para la santificación de todos.

La Vigilia Pascual


El sábado por la noche nos aprestamos a celebrar la vigilia pascual que se desarrolla en cuatro partes

La liturgia de la luz.
La liturgia de la palabra.
La liturgia bautismal.
La liturgia eucarística.

En la liturgia de la luz se hace la bendición del fuego. EI fuego aparece en la Biblia en numerosas oportunidades como signo de la presencia de Dios; sólo nos basta. Recordar la zarza ardiendo en la antigüedad o las lenguas de fuego, presencia del Espíritu Santo, en el Nuevo Testamento. Es signo de luz, calor, fuerza, vida y de amor intenso.

Al bendecir el fuego, el sacerdote dice: “Dios nuestro que, por medio de tu hijo, comunicas a los que creen el fuego de tu luz, santifica este fuego y concédenos que gracias a estas fiestas pascuales, seamos de tal manera inflamados en deseos celestiales que podamos llegar con un corazón puro a las fiestas de la luz eterna”.

A continuación, con ese fuego ya bendito, se enciende el cirio pascual, que se introduce procesionalmente en el templo que se encuentra a oscuras. Al encender el cirio, el sacerdote dice: “Que la luz de Cristo gloriosamente resucitado disipe las tinieblas de la inteligencia y del corazón”.

“Es costumbre marcar sobre el cirio una cruz. En el extremo superior se dibuja la letra alfa y en el inferior, la omega (primera y última letras del alfabeto griego). En los cuatro ángulos de la cruz se graban los números que indican el año en curso. También se colocan cinco granos de incienso en la cruz, en recuerdo de las cinco llagas de Jesús. Por todo esto, el cirio representa a Cristo, vencedor de las tinieblas y, como proclamamos en el credo: Dios de Dios, luz de luz”.

Colocan el cirio en el candelero y se hace el anuncio o pregón pascual: “noche santa que ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los prepotentes; noche dichosa que une lo divino con lo humano...”

En la antigüedad, esta vigilia era la noche obligada para el bautismo de los catecúmenos, por eso son tantas las lecturas, pues es como un repaso de toda la catequesis recibida.

El rito bautismal comprende:

Orar comunitariamente con las letanías de los santos.
Bendecir el agua bautismal y bautizar.
Renovar, toda la asamblea, las promesas bautismales.

El sacerdote concluye haciendo una bendición general y comienza la eucaristía. Aquí, vamos a compartir la cita correspondiente a todas las lecturas de la vigilia y un párrafo breve, sintéticamente comentado, como para que también, en familia, grupo o comunidad, hagamos ese mismo repaso de nuestra catequesis.

martes, 3 de abril de 2012

De las Crónicas de la época de Jesús

El siguiente texto fue tomado del periódico La Trompeta de Jerusalén y fue escrito la Pascua en que crucificaron a Jesús.

«En Jerusalén, estos últimos días, han ocurrido sucesos inesperados relacionados con Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, el mismo que, desde hace tres años, recorre el país rodeado de un círculo íntimo de doce apóstoles y mucha otra gente que lo sigue.

Su nombre se fue haciendo conocido y popular de manera que, al llegar a una ciudad, los habitantes salían de sus casas para escucharlo. En ocasiones, tuvo que subirse a un barco y hablar desde allí a la muchedumbre. También ha provocado algún revuelo, como el día en que leyó el texto de Isaías en la sinagoga y dijo que esas palabras se habían cumplido en él.

Muchos lo siguen porque dicen que hizo milagros, que curó a varios ciegos, paralíticos y leprosos. Algunos dicen haberlo visto resucitar a Lázaro, uno de sus amigos. Su fama llegó hasta nuestra ciudad y por eso, hace apenas una semana, fue recibido como un rey, La multitud que vino para la fiesta, tomó ramas de olivo y palmas para aclamarlo y salió a su encuentro diciendo: ¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel!

No se sabe con exactitud qué hizo de lunes a miércoles, porque su actividad pública fue escasa.

En una oportunidad se lo vio en el templo, donde echó a los mercaderes a latigazos porque dijo que, con sus actitudes, lo habían convertido en una cueva de ladrones, Fue la única vez que se lo vio utilizar la violencia en estos tres años. Ese día, recordó palabras de Isaías que en la Escritura afirmó que su casa era una casa de oración. Los sacerdotes se sintieron muy molestos y quisieron saber con qué autoridad decía esas cosas, pero Jesús, no les contestó.

Ese episodio los irritó mucho y, los sacerdotes, que ya lo miraban con malos ojos, decidieron hacerlo arrestar con la complicidad de uno de sus amigos: Judas.

Todos están muy inquietos por la muerte de este hombre. Para algunos fue una injusticia, para otros algo necesario, y para los que lo seguían, una desilusión.

Seguramente, en unos días, la calma volverá a reinar en la ciudad, y ya nadie se acordará de este triste episodio.

Jesús se convertirá en un crucificado más».

Carta de María a una amiga

Hoy, vamos a imaginar a María, madre de Jesús y madre nuestra por ese legado que nos dejó el Señor desde la cruz, escribiendo una carta a una amiga…
Querida amiga:

Te escribo para contarte las últimas noticias. Hace dos días, tomaron prisionero a Jesús. Los sacerdotes lo enviaron al palacio del gobernador para que lo juzgaran, Como te imaginarás, cuando me enteré, fui corriendo hasta allí. Sólo pude verlo de lejos pero, igual, mi corazón casi se paralizó.

Por suerte a mi lado estaba Magdalena que me sostuvo. Ella quería correr hasta donde estaba Jesús para defenderlo, pero yo le dije que no lo hiciera, que no teníamos que preocuparnos más de la cuenta, que Jesús se estaba ocupando de las cosas de su Padre. Le habían colocado una corona de espinas y un manto rojo, como si fuera un falso rey.

Todos se reían de él y lo maltrataban. ¡Tendrías que haberlo visto! Su mirada era la misma de siempre, En sus ojos no había ira, ni disgusto. Estaba sereno, y, de a poco, su tranquilidad me fue inundando, Recordé que, aunque no entendiera muy bien lo que pasaba, tenía que tener confianza en que estaba ocurriendo algo que no se escapaba a los planes de Dios.

Después, junto con otras mujeres, lo seguimos hasta el lugar en donde lo crucificaron. Cargaba una cruz que parecía más pesada de lo que en realidad era. No te voy a contar los detalles porque vos ya sabes lo que es la muerte en la cruz. Pero te quería escribir, porque, cuando Jesús era chiquito, siempre me decías que él era capaz de amar hasta a los enemigos. ¡Tenías razón!

Entre sus últimas palabras, dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». ¡Qué te parece! Bueno, me despido. Si me quieres escribir, hazlo a la casa de Juan, porque me voy a quedar con él. Cariños a todos.

María